Capítulo 16
Maddox
Bésame. Bésame.
Es la única maldita palabra que rebota contra las paredes de mi cráneo en este momento. Me encantaría que fuera cualquier otra, una más racional, pero siempre que la órbita de Matthew choca con la mía, mi mente se vuelve un caos.
Porque lo deseas , responde mi consciencia con veneno.
Y no miente. Estuve a punto de fundir la batería de mi juguete esta última semana por la cantidad de veces que lo usé recordando lo que ocurrió en Nueva York.
Me obligo a apartar esas imágenes y a centrarme en el presente, pero resulta casi imposible cuando noto que mi pecho sigue pegado al suyo.
Siento la dureza de sus pectorales contra mi piel a través de la ropa y ruego a cualquier dios disponible que mis pezones, ahora dolorosamente erguidos, no lo delaten en un momento tan inoportuno.
¿Me había excitado la manera posesiva en la que me habló? Jodidamente sí.
«Y te convertiré en la maldita dueña del mundo, si es lo que deseas».
¿Por qué tiene que hacer las cosas tan condenadamente difíciles? ¿Por qué me mira de esa forma? Como si estuviera dispuesto a construirme un trono con los huesos de nuestros enemigos solo para poder arrodillarse a mis pies… Dioses. La imagen no me desagrada en lo absoluto.
Trago saliva y trato de quedarme inmóvil.
Un movimiento en falso y la fricción será evidente.
Me muerdo el labio inferior hasta sentir el sabor a hierro, intentando acallar mi propia voz interior.
Los ojos oscuros de Matthew rastrean cada microexpresión de mi rostro.
Su mirada baja por mi cuello, se detiene un segundo de más en mi pecho y vuelve a subir.
Donde sea que fije la vista, siento que una caricia de fuego puro me quema la piel.
—Necesito que me sueltes —murmuro.
Él afloja el agarre al instante.
Pero no retrocede. Y yo tampoco. La posición no cambia; seguimos frente a frente, a milímetros, con nuestras respiraciones fundiéndose hasta convertirse en una sola.
—Si de verdad quieres ayudarme, tienes que saber por qué volví a Chicago —digo, recuperando la frialdad en mi tono. Él asiente despacio—. Tienes que saber toda la verdad.
—Nada me gustaría más —confiesa.
Me aparto por fin y camino hacia mi escritorio. Paso la yema del dedo índice por el panel oculto en el costado del segundo cajón. El sensor biométrico lee mi huella, emitiendo un suave clic metálico, y siento el peso de su mirada clavada en mi espalda.
—¿Qué es…?
—Un sistema de seguridad —respondo, imperturbable, mientras abro el cajón y busco entre los compartimentos—. Le pedí a Will algo impenetrable para guardar documentos.
Extraigo una gruesa carpeta color madera y empujo el cajón hasta que vuelve a bloquearse. Me giro hacia Matthew, que asiente, evaluando la situación con su mente táctica.
—Esta información no puede caer en manos equivocadas —añado—. Solo yo debo tener acceso.
—¿Y me la podrías prestar…?
—No.
Alza ambas cejas, sorprendido por mi negativa rotunda. Me detengo frente a él, abrazando la carpeta contra mi pecho como si fuera un escudo.
—¿Qué hay ahí, Maddox?
—El resultado de toda la investigación que llevé a cabo en Europa. —Una sonrisa afilada tira de mis labios—. No creerías que pasé dos años tomando el sol en París y fingiendo ser una niña asustada, ¿verdad?
Lo veo sonreír.
—Nunca has sabido quedarte quieta, tesoro .
—Jamás. Y mucho menos mientras las basuras que me torturaron siguen respirando sin preocupaciones.
—¿Y qué planeaste, Maddox?
—Cazarlos —sentencio con una calma letal—. Uno por uno.
Matthew da un paso al frente. El marrón de sus ojos me envuelve, destilando un brillo de devoción tan absoluta que cala hasta mis huesos y calienta mi sangre.
Basta. Deja de mirarme así.
—Déjame ser tu arma —ruega.
—Yo soy mi maldita arma —aclaro.
Lo veo tensar la mandíbula.
—Maddox…
Inhalo profundo. Intento armarme de valor para soltar la verdadera bomba, porque no sé cómo va a reaccionar. No sé si querrá seguir siendo mi escudo cuando escuche la magnitud de mi plan. No sé si me seguirá mirando con esa devoción incondicional.
Solo espero que sí.
—Matthew, planeo vengarme de todos y cada uno de ellos —remarco las últimas palabras, clavando mis ojos en los suyos—. Y eso incluye a tu hermano.
El silencio cae sobre nosotros. El marrón de sus ojos parece volverse líquido, encendido por un fuego nuevo. Corta la distancia que nos separa hasta que su pecho vuelve a quedar a escasos centímetros del mío, inundando mis fosas nasales con su aroma. Mi piel se eriza de forma automática.
—Iría contra el maldito mundo entero por ti.
—Su mano sube con lentitud. La yema de sus dedos delinea mi mandíbula hasta sostener mi mentón con firmeza, obligándome a no apartar la mirada—.
Iría contra mi propia sangre si es necesario, porque dejó de ser mi familia en el segundo en que se atrevió a ponerte una mano encima.
Maddox Salvatore, si necesitas que me arrodille y te jure lealtad con mi vida, lo haré.
Haré cualquier cosa que me pidas. Nunca, jamás, dudes de mi lealtad hacia ti.
Me quedo sin aliento. Creo que nunca en mi vida había estado tan segura de algo como lo estoy de sus palabras en este instante.
Pero siempre había sido así con él, ¿cierto? Bastaba una sola frase suya, una sola mirada de esos ojos insondables, y yo sabía que Matthew siempre sería brutalmente honesto. Que siempre mataría por cuidarme. Pero, más importante aún, que siempre elegiría mi bando.
Siempre sería mi fantasma.
Me siento en el borde del colchón y le indico que haga lo mismo.
Durante la siguiente hora, me dedico a hablarle de mi venganza.
Le detallo todo lo que investigué, el volumen asqueroso de información que logré recabar en veinticuatro meses, la línea de tiempo que tracé sobre cada objetivo y la red de vigilancia que monté sobre ellos.
Le sorprende que haya levantado semejante imperio de inteligencia yo sola, pero le explico que utilicé al guardaespaldas de mi madre.
A través de él, pude escarbar en el barro sin ensuciarme las manos.
Tenía información de cada miembro, incluso a los que ya estaban pudriéndose bajo tierra.
Pero sabía que no tenía el nombre real del jefe, Marcio Smith no se llamaba así, no tenía ninguna duda.
Tampoco había conseguido demasiados detalles recientes de Kevin, alias Luc, poco me importó en su momento porque lo creía muerto.
El problema había estallado cuando Will logró captar el rostro de su gemelo en una cámara de seguridad.
Aunque no llegué a esa parte de la historia.
—¿En Portugal? —Matthew me interrumpe, atónito—. Supimos que estaba en Europa, nada más. Pero Portugal está…
—Cerca. Lo sé —suspiro, dejándome caer un poco hacia atrás en el colchón—. Tuve que usar cada gramo de autocontrol de mi cuerpo para no tomar un vuelo y asesinarlo yo misma.
—¿Por qué carajos no me dijiste nada? —Su voz se endurece.
—¿Qué esperabas? ¿Una llamada amistosa desde París para contarte que mi captor y torturador estaba a dos países de distancia?
—¡Podría haber hecho algo, Maddox! —Me reprende, frustrado—. Levi lo estuvo buscando por todas partes…
—Mi padre no hace las cosas como yo —digo entre dientes.
Matthew me escudriña, con una arruga profunda formándose en su entrecejo.
—¿Qué quieres decir con eso?
—¿Tú crees que Levi sabe la verdadera razón por la que estoy aquí? —Lo miro directamente a los ojos, sin parpadear—. Por supuesto que no lo sabe. Y no quiero que lo sepa.
—Maddox…
—Matthew, no voy a permitir que mi padre me arrebate esto. No voy a dejar que arruine mis planes.
—¿¡Me estás diciendo que planeas actuar a espaldas del Don!?
El colchón rebota cuando él abandona su lugar a mi lado. Comienza a pasearse de un lado a otro de la habitación, procesando la magnitud de mi confesión. En cierta forma es una traición a Draghi si hago las cosas en las sombras.
—Yo no utilizaría esas palabras.
—¿Ah, no? ¿Y cómo lo llamarías tú? —pregunta, destilando ironía.
Pongo los ojos en blanco. Puedo sentir su tensión irradiando por los poros de su piel.
—Maddox… esto es locura.
—Es mi venganza, Matthew —me apresuro a cortar, implacable—. Mía. No la de Levi. Quiero que esto se haga a mi manera, bajo mis reglas.
—Él también quiere venganza, es tu padre…
—No. Él no la quiere así.
—Maddox, escúchame…
—Matthew. —Mi voz es un látigo que corta el aire de la habitación—. Esto se hará exactamente como yo diga. Si estás dispuesto a acatarlo, bien. Y si no lo estás, no me interesa.
Se queda clavado en el sitio. Sus oscuros ojos me atraviesan y soy testigo de la violenta guerra que se desata en su cabeza.
Sé muy bien lo que piensa: su instinto le grita que no me deje caminar sola hacia este abismo, que no me permita desafiar a mi padre.
Pero, al mismo tiempo, sabe que no hay fuerza en la tierra que pueda detenerme. Me conoce demasiado bien.
—Por ahora, Levi no puede enterarse de absolutamente nada —ordeno, bajando el tono, pero no la intensidad—. Al menos hasta que me asegure de que aceptará mis términos y condiciones sin chistar.
Matthew deja caer los hombros, una rendición silenciosa ante la mujer a la que acaba de jurarle su vida.
—¿Y cuáles serán exactamente esos términos y condiciones? —pregunta en voz baja.
—Hacerlos sufrir. Hacerlos pagar. Y solo cuando me canse de verlos sangrar… asesinarlos.