Traición y Sangre II (Draghi 2) Capítulo 15
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Capítulo 15

Matthew

Quizá necesitaba un maldito psiquiatra.

Pero ya era demasiado tarde siquiera para considerarlo. O quizá, simplemente, debí hacerle caso cuando me exigió que mantuviera mi distancia.

Debía respetar sus límites.

El problema es que jamás en mi vida había respetado los límites de nadie; no iba a empezar a hacerlo a mis treinta años. Mucho menos si se trataba de ella.

«Lo que ocurrió anoche fue un error».

Cierro los ojos con fuerza cuando el eco de sus palabras me golpea la mente otra vez. ¿Por qué tuvo que decir aquello? ¿Cómo podía mentirme a la cara cuando cada milímetro de su cuerpo gritaba que la hiciera mía?

¿Y por qué yo no podía simplemente aceptarlo y dar un paso atrás?

Porque estás enfermo de ella. Estás obsesionado.

Una semana. Siete malditos días habían pasado soportando la agonía de no acercarme, de no llamarla. De ahogar el impulso de hacer cualquier estupidez con tal de robarle un segundo de atención. Me contuve. Respeté sus malditos límites.

Pero esa distancia no evitó que me tocara cada noche pensando en ella. ¿Soy un animal primitivo? Sí. Pero también estoy irremediablemente enamorado, y eso es algo que no puedo arrancarme del pecho.

Me acerco a la ventana de su propia habitación y miro hacia la entrada de la casa.

Ahí está. Baja del jeep negro de Will y se despide con un gesto de la mano.

Camina hacia la puerta con el bolso colgado del hombro y unas gafas de sol oscuras que detesto con cada fibra de mi ser, porque me privan de sus ojos.

El viento acaricia su cabello rubio, convirtiéndolo en una cascada de rizos dorados que, como siempre, me roba el aliento. Va vestida de negro de pies a cabeza.

Siempre me ha provocado este mismo colapso.

Desde el instante en que dejé de mirar a la intocable hija del Don para empezar a ver simplemente a…

Maddox. Su belleza objetiva era innegable, sí, pero su verdadero poder radicaba en esa luz que irradiaba y lo devoraba todo.

Su naturaleza pasional, su impulsividad, esa sonrisa letal; todo en ella vibraba.

Por eso me destrozaba ver en lo que la habían convertido después de la tortura. Me mataba saber que esa luz se había atenuado hasta casi desaparecer. Casi. Porque en el fondo de mis entrañas sabía que una chispa seguía ahí adentro. Latiendo. Débil, asustada, pero viva.

Quiero recuperarla , pienso, apretando los puños. Voy a recuperarla .

Esa era la única idea en mi cabeza cuando tomé la decisión de infiltrarme en su casa.

Ya no soportaba cruzarme con ella en las reuniones y fingir que éramos extraños.

Estaba harto. Me daban exactamente igual las palabras venenosas que intentara usar para alejarme.

Iba a quedarme a su lado. Lo haría hasta mi último aliento, incluso si me odiaba por ello, incluso si jamás lograba mirarme como yo la miraba. Nada de eso importaba ya.

Solo quería ser parte de su vida.

Me doy la vuelta en el momento exacto en que escucho el clic del picaporte. Maddox entra de espaldas a mí. Lanza las gafas sobre el escritorio, tira el bolso sobre el colchón y lleva las manos al dobladillo de su camiseta negra, a punto de quitársela mientras se gira.

Se paraliza. Sus ojos se abren de par en par, sorprendidos, y deja caer las manos de inmediato.

¿Acababa de experimentar un maldito déjà vu ? Por supuesto. Y habría dado la vida porque la escena se completara.

—¡Matthew! ¿Qué demonios haces aquí? —De pronto, el oxígeno abandona la habitación. La veo acercarse a la puerta y cerrarla con cautela a sus espaldas—. ¿Levi sabe que estás en mi cuarto?

Siete días sin escuchar su voz. Había sido la peor semana de mi puta vida.

No puedo apartar la mirada. No entiendo qué me ocurre, pero es como si mi cerebro hubiera olvidado cómo articular palabras. Mi mente se queda en blanco, anclada en el verde de sus ojos, en el timbre de su voz llenando el espacio entre nosotros.

En cómo pronunció mi nombre. Como un suspiro prisionero que por fin escapaba de sus labios.

En ella. Solo en ella.

—Te extraño.

Es lo único que logra cruzar mi garganta. Ni siquiera puedo creer que lo haya admitido en voz alta.

Al escucharme, la postura defensiva de Maddox se desmorona. Pierde la tensión de los hombros, parpadea un par de veces, y mis ojos captan el levísimo temblor en su labio inferior. Me observa como si me hubiera vuelto completamente loco, como si le hubiera hablado en un dialecto muerto.

Es la primera vez que veo su gélida máscara resquebrajarse en días, y lo único que deseo es caer de rodillas y repetirle lo mucho que me hace falta.

—Matthew…

Su voz es un hilo bajo. Un roce suave, como una caricia en la oscuridad.

Trago saliva con fuerza. Durante una fracción de segundo, el instinto de supervivencia me grita que invente una excusa y huya de esta habitación, pero lo aplasto de inmediato.

—Te extraño —repito, esta vez con una seguridad que hace vibrar mi pecho—. Y estoy exhausto de fingir lo contrario. Ya no voy a jugar este maldito juego.

Parpadea, descolocada.

—¿Qué juego? ¿De qué estás hablando…?

—Del que te empeñas en jugar tú. —Su rostro se contrae en una mueca de pura confusión—.

No quiero hacer de cuenta que no existes.

No quiero pretender que tu indiferencia me resbala, porque me quema vivo.

No voy a fingir que no te extraño, y mucho menos voy a aceptar que me despidas de tu vida como si no fuera nada. ¿Sabes por qué, Maddox?

Comienzo a caminar hacia ella. Maddox no aparta los ojos de los míos, pero noto cómo contiene la respiración con cada paso que doy. Sé que estoy cruzando una línea roja. Debería dar media vuelta y largarme antes de hacer una locura. Pero entonces la miro, y el mundo exterior deja de existir.

—Porque no solo estás en mi vida; estás enterrada dentro de mí —suelto, acortando la distancia—. Estás grabada a fuego en mi mente, en mis putos huesos. No puedo alejarte de mi vida, y tampoco quiero hacerlo. ¿Lo entiendes? No puedo. No quiero. Y no voy a permitírtelo.

Sus ojos se cristalizan, inundados por lágrimas traicioneras que lucha por retener. Y entonces lo confirmo: la luz sigue ahí. Sepultada bajo el horror, el trauma y la sed de venganza, pero sigue conmigo. Aún no la he perdido.

—Matthew…

La envuelvo en mis brazos antes de que logre formular una excusa para alejarme.

Su cuerpo se tensa por la sorpresa, pero no deshago el abrazo.

En su lugar, hundo una mano en su nuca, enredando los dedos en la suavidad de su cabello rubio, mientras con la otra trazo patrones lentos sobre su columna vertebral.

La tensión la abandona un segundo después.

Dejo escapar un suspiro tembloroso. No me está empujando. Está permitiendo que la sostenga. El momento es tan frágil que temo que, si respiro demasiado fuerte, se rompa en mil pedazos. Aprieto los brazos a su alrededor con la firmeza exacta para que sepa que soy su ancla, pero sin asustarla.

Entonces, la siento temblar. Es un movimiento casi imperceptible contra mi pecho, seguido por el sonido roto y ahogado de su llanto. Se aferra a mi camisa y yo murmuro promesas sin sentido contra su cabello, besando su coronilla, acariciando su cuello.

Hace una semana, la situación en esa cama de Nueva York había sido muy distinta.

Había devorado sus gemidos. Sus jadeos. Había visto su cuerpo convulsionar de puro deseo en mis manos, y se había sentido jodidamente perfecto.

Pero nada de eso se acercaba a esta sensación.

Que bajara las armas y me dejara entrar en su dolor…

era el acto más crudo e íntimo que habíamos compartido jamás.

Me obligo a aflojar el agarre. Acaba de bajar la guardia y no sé cuánto durará este milagro; tengo que ser inteligente, suave, y aprovechar este destello de su verdadera alma sin las corazas de acero.

—Déjame ayudarte, cariño —murmuro contra su piel—. Déjame estar para ti, por favor. Haré lo que me pidas. Me convertiré en el arma que necesites. No vine a este puto mundo para otra cosa que no sea cumplir tus órdenes, Maddox. Siempre lo supe. Por favor…

El hechizo se rompe. Siento cómo sus manos se apoyan en mi pecho y me empuja con suavidad. Mi instinto es atraparla de nuevo, pero me obligo a quedarme quieto, presionando los labios hasta que me duelen.

Por suerte no retrocede demasiado. Se limpia las mejillas con el dorso de la mano, y el aroma dulce a cereza de su piel sigue llenando mis pulmones. Esquiva mi mirada, aclarándose la garganta, con los ojos enrojecidos.

—Lo siento, Matthew. No estoy jugando a nada. No se trata de un juego.

El hecho de que no me grite y su voz mantenga ese tono rasposo me da la esperanza de que la puerta no se ha cerrado del todo, pero sus ojos han vuelto a congelarse.

—¿Entonces qué demonios ocurre? —pregunto, sin aliento—. ¿Por qué me apartas?

—Matthew…

—¿Fui demasiado lejos? —Una punzada de culpa me atraviesa—. Lo que pasó en Nueva York… si crucé un límite, si te hice sentir…

—No. No es eso. —Suspira, negando lentamente—. Es decir, eso nunca debió pasar.

—Pero pasó —gruño entre dientes.

Si se atreve a arrepentirse en voz alta, juro que voy a perder la cabeza.

Asiente, y el aire vuelve a mis pulmones de golpe.

—Sí. Pasó —concede por fin—. Porque ambos lo quisimos. Así que no te disculpes por algo que deseabas hacer.

—De acuerdo —murmuro—. Pero eso sigue sin explicar tu maldita necesidad de empujarme lejos.

—El problema es que tú no quieres ayudarme, Matthew. —Su mirada se clava en la mía, y arqueo las cejas, totalmente descolocado—. Tú quieres salvarme.

Trago saliva con dificultad mientras ella niega con la cabeza.

Levanta una mano temblorosa y, cuando su palma cálida aterriza en mi mejilla, todas mis defensas se desintegran.

El tiempo, las reglas de la mafia, el maldito mundo entero deja de existir fuera de esta habitación.

Todo el universo se reduce a la fricción de su piel contra la mía.

Me dedica una sonrisa cargada de tristeza, y yo solo quiero abrirme el pecho y dejarla vivir ahí dentro.

—Hasta que no comprendas que no quedan fragmentos de mí que puedas pegar, que la vieja Maddox que quieres rescatar ya no existe…

—Traga saliva, y el sonido rompe el silencio—.

Hasta que no aceptes que no hay absolutamente nada que salvar aquí adentro, no te quiero cerca.

Porque sé que cuando me miras, lo haces esperando encontrar a la chica de antes, y ella está muerta, Matthew. Murió en aquella celda hace dos años.

En menos de un segundo, la frialdad regresa. El muro de obsidiana que utiliza para asfixiar sus emociones vuelve a levantarse en sus ojos.

Intenta apartar la mano de mi rostro, pero mis reflejos son más rápidos. Mi mano sube como un látigo y atrapo su muñeca. La atmósfera de la habitación cambia radicalmente.

Mi mano libre viaja directo a su cintura, clavando los dedos con posesividad en su cadera. Maddox abre los ojos, sorprendida por la embestida, y el aire entre nosotros se vuelve denso, cargado de estática y peligro. Alza una ceja, desafiante, pero noto cómo su respiración se corta.

Tiro de ella. Solo aplico la fuerza necesaria para aplastar su pecho contra el mío, a escasos centímetros de distancia, utilizando cada gramo de mi autocontrol para no arrinconarla contra la maldita puerta y devorarla.

Me inclino, rozando su mejilla con mi aliento.

—Después de todos estos años a tu lado —murmuro, arrastrando las palabras contra su piel—, ¿cómo puedes ser tan ciega de creer que no aceptaría exactamente lo que eres ahora? ¿O, mejor dicho, en lo que te convirtieron?

Veo su garganta temblar. Su pecho sube y baja contra el mío a un ritmo frenético.

Y sé que no está asustada. Jamás le daría miedo.

Su corazón desbocado, la humedad que vuelve a sus labios y la piel erizada bajo mis dedos no son producto del terror.

Vienen de un lugar mucho más oscuro. Un sentimiento que reconozco a la perfección, porque me está calcinando por dentro en este mismo instante.

Deseo. Hambre.

—No pareces muy dispuesto a aceptarlo, juzgando por tu actitud compasiva…

—No lo olvides, Maddox. A ti te habrá criado un Don, pero yo nací en las sombras.

Llevo en este puto mundo de sangre mucho más tiempo que tú, y he visto a hombres convertirse en verdaderas abominaciones.

—Ajusto el agarre en su cintura, acercándola un milímetro más, sintiendo cómo su pulso late descontrolado bajo mis dedos en su muñeca—.

Conozco a los monstruos. Y créeme, tesoro , cuando te miro no veo un demonio.

Solo veo a una mujer rota a la que le hicieron creer que tiene que serlo.

—Quizá aún no lo sea. —Sus ojos destellan con una oscuridad letal—. Pero te juro que algún día lo seré.

—¿Por qué? —siseo, sacudiendo la cabeza—. ¿Por qué estás tan desesperada por ponerte una corona de espinas que no te pertenece? ¿Qué demonios quieres demostrar?

—Quiero demostrar que soy la dueña de estas calles. —Su voz es implacable. Fría como el acero—. Que tengo el poder absoluto sobre esta puta ciudad.

Trago saliva. Suena exactamente igual que su padre.

—Quiero demostrar que puedo mirarlos a los ojos y masacrarlos a todos sin un ápice de piedad —sentencia.

Me inclino hacia ella hasta que nuestras respiraciones se mezclan.

Maddox alza la barbilla, retándome con la mirada, y yo tiro de su cadera con un movimiento brusco, pegando su pelvis a la mía.

Si está enfadada por mi atrevimiento, su cuerpo cuenta una historia muy distinta, porque no retrocede ni un milímetro.

—Entonces, déjame ayudarte —susurro, rozando su nariz con la mía—. Y te convertiré en la maldita dueña del mundo, si es lo que deseas.