Capítulo 13
Maddox
Mierda.
Mierda. Mierda. Mierda.
Maddox Francesca Salvatore, ¿en qué maldito universo te pareció una buena idea rogarle al consigliere de tu padre que te tocara?
Aprieto los párpados con tanta fuerza que veo destellos blancos antes de girarme, milímetro a milímetro, para no despertarlo.
Abro los ojos y ahí está. El perfil de Matthew descansa sobre mi almohada, con los labios ligeramente separados y el ceño liso.
Su respiración es profunda, acompasada. Es la primera vez que lo veo con la guardia baja. Tan jodidamente… humano.
Me muerdo el labio inferior hasta saborear la sangre.
Todo esto fue un error monumental. Desde el maldito segundo en que cedí y lo dejé dormir en mi cama, desde que le supliqué que no se detuviera, hasta que permití que me envolviera entre sus brazos para conciliar el sueño.
Todo se fue al reverendo carajo y no hay máquina del tiempo que pueda deshacerlo.
Podría fingir que no pasó nada, levantar mis muros de hielo, pero algo en el fondo de mi estómago me advierte que Matthew no me lo va a permitir.
«Eres tú, siempre fuiste tú».
La memoria de mi propia voz gimiendo esa confesión me golpea la nuca. Trago saliva, sintiendo que el oxígeno de la habitación se vuelve denso. ¿En qué momento perdí el control de esa manera?
Comienzo a deslizarme hacia el borde del colchón con la lentitud de un fantasma, rezando para escapar al baño.
Lo logro. Cuando mis pies descalzos tocan la alfombra, me doy cuenta de lo pesado que es su sueño.
¿Por qué demonios no durmió así anoche? Si hubiera caído inconsciente de inmediato, jamás habría notado lo empapada que estaba por él.
Podrías haber ido al baño a tocarte sola , me recrimina mi conciencia.
Y es verdad. Pero no lo hice. En su lugar, me quedé ahí, respirando su olor, dejando que la excitación me consumiera hasta que fue tan evidente que él tomó el control.
¿Por qué mi cuerpo reacciona a él con esta violencia? La respuesta me aterra por lo simple que es: no he dejado que un hombre me toque en dos años. Y mis únicas fantasías, mis putas y exclusivas fantasías, llevan su nombre.
¿Cuándo empezó esta locura? No podría fijar una fecha exacta, pero recuerdo una tarde en París.
Estaba sola en mi habitación, mirando el teléfono con la mente en blanco, cuando me llegó un mensaje suyo.
Un simple saludo que sabía acabaría ignorando, pero me quedé congelada mirando la pantalla como una absoluta imbécil, porque por primera vez, el ícono gris de su perfil de WhatsApp había desaparecido.
Había puesto una foto.
Y joder. Estaba guapísimo. No, guapo es una palabra patética para describirlo.
Era jodidamente letal. Excitante. Y es exactamente esa combinación la que debería mantenerme a kilómetros del consigliere de mi padre.
El hombre que le juró lealtad de sangre al Don.
El arma humana que me sigue como una sombra y que ha asesinado sin parpadear para mantenerme a salvo.
Tengo que restaurar los límites. Hoy. Ahora.
El problema es que mis límites no solo se cruzaron anoche. Quedaron reducidos a cenizas.
Lo primero que hago al encerrarme en el baño es abrir el grifo de la ducha al máximo. Me quedo inmóvil frente al espejo, observando cómo el cristal comienza a empañarse, borrando mi reflejo. Paso la mano temblorosa por la superficie húmeda, obligándome a mirar lo que hay debajo de la ropa.
Me quito la camiseta y el pantalón corto. Dejo caer la tela al suelo y trago el nudo de alambre que se me forma en la garganta.
No he estado con nadie en veinticuatro meses, y no solo por la traición de Máximo. Sino por lo que hicieron con mi cuerpo.
Paso las yemas de los dedos por las líneas pálidas que cruzan mi piel. Las cicatrices han sanado, ya no tienen ese tono violento y repulsivo de los primeros meses, al menos no ante mis ojos, pero siguen ahí. Marcas de guerra. Pruebas de que estoy rota, arruinada.
¿Cómo puedo ser tan ingenua de esperar que un hombre como Matthew acepte esta versión destrozada de mí? ¿Cómo puedo creer, aunque sea por un segundo, que alguien va a mirarme desnuda a la luz del día y amar cada centímetro dañado de mi piel?
La visión se me vuelve borrosa por las lágrimas contenidas. Niego con la cabeza, apartando la debilidad de un manotazo.
Basta. Estás aquí para vengarte. Sexo y amor son dos palabras que no entran en el plan.
Me meto bajo el chorro de agua hirviendo, intentando que el calor arranque de mi piel el rastro fantasma de las manos de Matthew.
Me recuerdo que mi único puto objetivo en este país es destruir a los que me destruyeron.
No hay espacio en mis planes para dejarme arrastrar por el deseo, y mucho menos para enamorarme de un hombre plagado de secretos, por mucho que me mire como si yo fuera la única maldita religión en la que cree.
Salgo de la ducha veinte minutos después, envuelta en una gruesa bata blanca.
Me paralizo en seco.
Matthew está despierto. Sentado en el borde de mi cama, completamente vestido, y una media sonrisa letal que me roba el equilibrio. ¿Siempre fue tan obscenamente atractivo?
Sí. Siempre lo fue, estabas muy ocupada mirando al idiota de su hermano, susurra esa parte de mí que decido amordazar y enterrar en lo más profundo de mi mente.
Fuerzo mi postura. Levanto la barbilla, adopto mi máscara de hielo y aclaro la garganta.
—Buenos días —suelto, con un tono frío y profesional, acercándome a la cama para buscar mi ropa—. Nuestro vuelo sale en dos horas. Supongo que volverás con nosotros a Chicago, así que…
No termino la frase.
Antes de que mi cerebro procese el movimiento, la mano de Matthew atrapa mi muñeca y tira de mí. El mundo gira y, de pronto, estoy sentada a horcajadas sobre sus muslos.
Trago saliva. El pánico me atraviesa el pecho.
—Matthew…
—¿Esta es la parte en la que finges que nada de lo que pasó anoche sucedió? —Su voz es grave, un ronroneo que vibra directo en mi centro.
Mierda. ¿Acaso no podía seguirme el juego y evitar este maldito enfrentamiento?
—Escucha…
—¿Vamos a hacer de cuenta que anoche no te deshacías suplicando por mí?
Mi-er-da.
Sus ojos oscuros se clavan en los míos. Antes de que pueda intentar zafarme, su mano sube y envuelve mi mentón.
No me lastima, pero la presión es firme, obligándome a mantener la mirada fija en la suya.
Su respiración choca contra mis labios, ligeramente agitada.
Sus pupilas están dilatadas por algo que roza la rabia.
No llevo ropa interior.
El pensamiento me asalta con violencia. Es una posición peligrosamente vulnerable. Estoy completamente desnuda bajo la bata, a horcajadas sobre el hombre que anoche me hizo gritar hasta quedarme afónica sin necesidad de rozar mi piel.
Su mano izquierda baja hasta mi cadera, aferrándome con fuerza posesiva. Puedo sentir la fricción áspera de la tela de sus pantalones justo entre mis muslos y… Dios santo, ¿estoy a punto de humedecerme otra vez? No. Me niego.
—Matthew —murmuro, y odio que suene como una súplica. Si no detengo esto ahora, los límites que destrozamos en la madrugada serán un juego de niños comparado con lo que va a pasar en esta cama—. Escúchame…
—¿Vamos a fingir que no te corriste en mis manos mientras gritabas mi maldito nombre? —Sus dedos aplican una fracción más de presión en mi mandíbula. Duele un poco. Y me excita. ¿Qué carajos está mal conmigo?—. Responde, Maddox.
—Jamás dije que hiciéramos eso —susurro con dificultad, sintiendo el calor invadir mis mejillas.
—No. Pero es lo que estás pensando —gruñe.
Está furioso, conozco cada microexpresión de su rostro para saberlo. Pero debajo de esa ira, hay algo crudo. Algo que se parece dolorosamente a la decepción.
—Es lo que quieres, ¿verdad? —insiste, asintiendo para sí mismo—. Dilo.
Mi corazón martillea contra mis costillas, amenazando con fracturarlas. No sé qué responder. O, mejor dicho, lo sé, pero por primera vez en dos años, no estoy segura de tener la fuerza para priorizar mi venganza por encima de este hombre.
—Sí —confieso. El nudo en mi garganta me asfixia.
Una sombra densa cruza su mirada. Traga saliva con pesadez, pero su agarre sobre mi cuerpo no cede un milímetro.
—¿Por qué? —exige. Frunzo el ceño, intentando proteger mi expresión, pero él continúa—. ¿Por qué te empeñas en fingir que no estás tan jodidamente loca por mí como yo lo estoy por ti?
Mi pecho se contrae. No, no, no. No puede estar diciendo esto.
—¿Quién te dijo semejante estupidez? —ataco, escudándome en la arrogancia.
Me regala una sonrisa afilada y peligrosa. En ese preciso instante, la humedad de mi sexo me delata, empapando el interior de mis muslos. Él baja la vista apenas un segundo hacia el cruce de mis piernas y luego vuelve a mis ojos, sabiendo exactamente lo que acaba de provocar.
—Deberías esforzarte más si quieres mentirme, tesoro —susurra, acortando la distancia hasta que nuestros labios casi se rozan—. ¿Aún vas a mirarme a la cara y decirme que quieres hacer de cuenta que anoche no ocurrió?
¿Quiero hacerlo? No. Quiero quedarme en sus brazos y no salir de esta maldita habitación nunca. Pero mi vida dejó de pertenecer a mis deseos hace mucho tiempo.
—Sí —sentencio.
La sonrisa se borra de su rostro como si le hubiera dado una bofetada.
Veo su nuez de Adán subir y bajar. Ladea un poco la cabeza, escaneando mis ojos con desesperación, buscando una grieta, un titubeo que le indique que estoy mintiendo. No lo encuentra. Porque, aunque me esté matando por dentro, la determinación en mi mirada es real.
—¿Por qué?
Su voz ya no es una exigencia. Es un hilo ronco, casi derrotado. La presión de su mano en mi mandíbula desaparece, aunque sus dedos se quedan ahí, acariciando mi piel como si fuera de cristal.
No debería abrir la boca. Debería darle una orden directa y obligarlo a salir. Pero sé que eso no funcionará con Matthew. La única forma de levantar el muro entre nosotros es usando la artillería pesada. La única salida, es destrozarlo.
—Porque lo de anoche fue un error.
El efecto es inmediato y devastador.
La poca luz que quedaba en sus oscuros ojos se apaga. Sus manos caen de mi cuerpo como si de pronto quemara. Me obligo a no retroceder, a no pedir perdón. Después de todo, es la verdad. Fue un error que complica mis planes, y no puedo permitirme fallar.
Sin decir una palabra, me levanta por la cintura y me deposita sobre el colchón, a su lado.
Lo veo dudar un segundo. Pasa una mano frenética por su cabello, arruinando el peinado perfecto, y me da la espalda con la respiración errática.
Parpadeo confundida al darme cuenta que parece a punto de tener un ataque de pánico.
—Matthew…
—Te veo en la pista de aterrizaje —corta, con un tono robótico, carente de cualquier emoción.
Abre la puerta de la habitación y desaparece por el pasillo sin mirar atrás.
Me quedo sentada en la cama, con la vista clavada en la puerta que dejó entornada, abrazándome las rodillas.
Antes de que pueda reunir las fuerzas para levantarme e ir hacia mi maleta, la puerta se abre por completo. El cabello inconfundiblemente naranja de mi mejor amiga es lo primero que veo, seguido de su ceño profundamente fruncido.
El sutil rastro a jazmín que rodea a Penny inunda la habitación. Es evidente que se cruzó con Matthew en el pasillo, y considerando que anoche nos vio peligrosamente juntos en la pista de baile, no hace falta ser un genio para sumar dos más dos.
—¿Estás bien? —pregunta en un susurro cauteloso, cerrando la puerta y apoyando la espalda contra la madera. Asiento lentamente, bajando la vista hacia mis manos entrelazadas sobre mi regazo—. Porque está clarísimo que él no lo está —añade con suavidad.
Trago saliva, obligándome a endurecer la voz.
—No tengo tiempo para preocuparme por los sentimientos de los demás.
—Ya. Claro —suspira, cruzándose de brazos—. ¿Sabes una cosa, Maddie? En toda mi vida, jamás había visto esa expresión en el rostro de un hombre.
Giro la cabeza hacia ella, con el corazón en la garganta.
—¿Qué expresión?
Penny me sostiene la mirada, con los ojos llenos de compasión.
—La que te delata cuando acaban de romperte el corazón en mil pedazos.