Traición y Sangre II (Draghi 2) Capítulo 12 #3
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Capítulo 12 #3

Me inclino sobre ella. Una jaula de puro músculo, pero sin tocar un solo centímetro de su piel.

Apoyo la mano junto a su cabeza. Gime y se retuerce cuando sus dedos encuentran su clítoris.

Sé que si dejo caer mi peso sobre ella, si la aplasto contra el colchón, la haré mía aquí mismo. Pero prometí jugar con sus reglas.

—Quiero que metas dos dedos —exijo, mi boca a un centímetro de la suya, respirando su mismo aire—. Vamos, tesoro . Obedece.

—Matthew… —gime, acatando la orden al instante.

—Clávalos hasta el fondo.

—Mierda. Matthew, por Dios…

—Muévelos —interrumpo, implacable—. Lento.

Obedece, y me consume la agonía de no ser yo quien la esté penetrando. Quiero comprobar si es tan caliente y estrecha como imagino, si podría quebrarla y reconstruirla a mi antojo. Quiero ser el dueño absoluto de esos sonidos.

—Imagina que son mis dedos, tesoro —ordeno ronco—. Soy yo quien te hace temblar, Maddox. Soy yo el que te tiene empapada y suplicando.

—Sí —solloza—. Eres tú. Siempre fuiste tú.

El puto mundo se detiene. Mi corazón se salta un latido. Sé que es el clímax nublándole la razón, que no significa lo que yo quiero que signifique. Pero me desarma igual.

—Detente —exijo. Abre los ojos, descolocada—. Saca los dedos.

—Pero…

—Despacio, Maddox.

Gime con frustración al sentir el vacío, y yo me muerdo el labio para no devorarle la boca.

—Llévalos a tu clítoris.

—Matthew… es increíble.

—Lo sé —sonrío con suficiencia—. Acarícialo con las yemas. Lento. Haz círculos.

—Es demasiado —se arquea, desesperada—. Necesito que me toques. Por favor…

Sus ojos verdes, vidriosos por las lágrimas de placer contenido, me ruegan en la penumbra.

—Me impusiste reglas —digo, la voz tensa como la cuerda de un arco—. Y las voy a cumplir.

Maldice entre dientes.

—¿Desde cuándo te importan las reglas?

—Si mi piel roza la tuya, te juro por mi vida que te follaré contra cada maldita pared de esta suite, Maddox —advierto, oscuro y letal—. Pero te ayudaré a llegar si me lo pides.

—Sí. Por favor. Por favor…

Escucharla suplicar quiebra mi última línea de defensa.

—Tus súplicas son mi puta melodía favorita —murmuro, liberando la mano que me sostiene. Sin rozar su piel desnuda, apoyo la palma de mi mano sobre el dorso de la suya, que sigue atrapada bajo el encaje de sus bragas—. Después de tus gemidos, claro.

Presiono mi mano sobre la suya, forzándola a hundir los dedos dentro de su cuerpo una vez más.

—Matthew… Espera, no…

—Vamos, tesoro . Puedes con tres dedos —aplico presión, guiando su muñeca, bombeándola desde afuera pero sintiendo el ritmo frenético de su interior a través de su propia mano—. ¿Cómo esperas recibir mi polla si no puedes con tres putos dedos?

—Es…

—Tienes un coño precioso.

—Ni siquiera lo has visto —jadea, cuando impongo un ritmo más violento, obligando a su mano a bombear con brutalidad—. Dioses…

—Matthew —corrijo—. Tesoro . Siempre que gimas en una cama conmigo, será con mi nombre en la boca.

Traga aire a bocanadas. Es una hazaña tortuosa masturbarla usándola a ella misma como guante, pero funciona. La fricción, el calor traspasando la tela, el poder de controlarla. Lo siente como si fuera yo. Sus gemidos son míos.

—Mierda, Maddox. Eres mía.

—Matthew… Yo… No…

—No te detengas —gruño, incapaz de evitar que mi torso roce el borde de su pecho—. Mierda, nena…

—Te quiero dentro de mí —lloriquea, perdiendo la cabeza.

Aferro las sábanas con la mano libre, a punto de rendirme.

—Maddox…

—Lo sé —solloza—. Sé que es una fantasía. Déjame fantasear.

La adoración que siento por esta mujer me destruye. Aplico más fuerza sobre el dorso de su mano, empujando sus nudillos hasta el límite.

—Matthew…

—Vas a tocarte con fuerza ahí. Quiero que te corras para mí.

Duda un segundo, mirando nuestras manos unidas sobre su sexo, separadas solo por su ropa.

—Se siente…

—¿Jodidamente bien? —ronroneo—. A partir de hoy, seré el único que te haga sentir así. Presiona con fuerza, tesoro .

Se rompe. Arquea la espalda como un arco tenso, echa la cabeza hacia atrás y el primer grito rasga el silencio de la habitación.

Aumenta la velocidad bajo la jaula de mi mano y gime descontrolada.

Si algún cabrón en este hotel está escuchando cómo suena Maddox, tendré que arrancarle la lengua mañana.

—Eso es. Córrete para mí, cielo.

Explota. Su cuerpo entero convulsiona en una serie de temblores violentos. Los espasmos aprietan sus propios dedos y el exceso de su humedad moja mi mano a través del encaje. Se ahoga en su clímax, arrastrada por una marea de placer que la deja jadeando,

Me aparto, cayendo de espaldas a su lado, buscando aire como si yo también hubiera llegado a mi orgasmo.

Ella se gira de inmediato, dándome la espalda. Suspiro.

Extiendo el brazo y la atraigo, apresándola contra mi pecho. Entierro la nariz en su cuello, aspirando el rastro salado de su sudor y su deseo. Se estremece, pero termina cediendo, acurrucándose contra mi cuerpo caliente.

Cierro los ojos, rezando a un Dios que no me escucha para que, mañana por la mañana, no me mire como si solo fuera el peor de sus errores.