Traición y Sangre II (Draghi 2) Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

Se remueve, girándose lentamente hasta quedar de cara a mí. Sus ojos verdes brillan como los de un felino en la oscuridad. Atrapa su labio inferior entre los dientes. Sus piernas siguen fuertemente cruzadas.

—No quiero que olvides nada —murmura.

—¿Entonces por qué carajos haces esto? —Espero, pero no dice nada—. Sabes el poder que tienes sobre mí, Maddox. Lo sabes perfectamente.

—No es mi culpa que esté excitada y tú hayas decidido invadir mi espacio.

Sonrío. Bien. Quiere jugar con fuego, vamos a quemarnos.

—Si no tienes intención de levantar tus límites…

—En absoluto —se apresura a atajar.

—Entonces puedes solucionar tu problema sola —me inclino una fracción hacia ella. Su respiración se corta—. Y supongo que no te importará que esté aquí mirando.

—Eso…

—Y tampoco te interesa escuchar mis fantasías, ¿verdad? —La arrincono. La escucho tragar saliva ruidosamente—. Aunque te mueres por saberlo.

—Era simple curiosidad —susurra a un palmo de mi boca, moviendo las caderas otra vez.

Ese leve roce termina de dinamitar mi paciencia.

—Simple curiosidad —repito, apretando el agarre sobre mi miembro—. Entonces no te interesa saber que fantaseo con hundir mis dedos en tu dulce coño.

—Para nada —finge indiferencia, pero el espasmo involuntario de sus muslos la delata—. Es…

—Tampoco te interesa saber cómo imagino hacerte correr en mi mano mientras me suplicas a gritos.

Sus labios se separan, liberando todo el oxígeno de sus pulmones de golpe.

—Basta…

—Y cómo, después de destrozarte, saco mis dedos y los chupo. —No puedo parar. Quiero que entienda que es la dueña absoluta de mis putos pensamientos—. Uno por uno.

Baja la mirada instintivamente hacia mi mano apresando mi erección, antes de obligarse a mirarme a los ojos. Sonrío con arrogancia.

—Saboreo tu orgasmo en mi piel, Maddox, sabiendo que es lo más exquisito que probaré en mi perra vida.

—Eres un animal —jadea.

Chasqueo la lengua. El ambiente se densifica. Ella se gira boca arriba, exponiéndose, aunque mantiene el rostro girado hacia mí.

—Tócate —ordeno en un susurro letal.

—No me des órdenes.

—Te fascina que lo haga —gruño, porque conozco cada puta reacción de su cuerpo. El olor almizclado de su excitación me golpea de lleno—. Tócate para mí, Maddox.

Se muerde el labio inferior hasta casi sangrar. Lentamente, arrastra las palmas por encima de la camiseta de algodón. No aparta sus ojos de los míos. Cuando ahueca sus senos y sus pezones se endurecen al instante, tengo que soltar la tela del colchón para no rasgarla.

Sus manos viajan hasta el dobladillo de la prenda. Se arquea y tira de la tela hacia arriba, arrastrándola hasta sus clavículas, dejando sus pechos desnudos y expuestos a la penumbra.

Mierda. Podría correrme solo viéndola así.

—Maddox —agonizo.

Ella sonríe, envalentonada. La luz de la luna apenas delinea el relieve firme de sus senos.

—¿Tú no te vas a tocar? —susurra, volviendo a acariciar sus pechos. Gime al instante, arqueando la columna—. Dios…

—Matthew —corrijo con brusquedad—. Dios no. Matthew.

Sus ojos destellan con pura malicia.

—Matthew.

Estoy a punto de reventar.

El recuerdo me asalta sin piedad: hace dos años, en el asiento de mi coche, mis manos apretando su garganta cuando descubrí su engaño. Esa misma noche, solo en mi cama, la ahorqué en mi mente, pero no por furia. Me corrí imaginando que era ella quien me tocaba mientras gemía mi nombre.

—Si me toco ahora, no aguantaré ni cinco putos segundos —confieso, arrastrando las palabras—. Y el único lugar donde quiero derramarme es dentro de ti.

Traga saliva. Sé cómo se escuchan mis palabras, estoy confesando algo enfermizo, pero necesito que entienda que me convierto en una maldita bestia cuando se trata de ella.

Las yemas de sus dedos rozan sus propios pezones y deja escapar un quejido agudo.

—No —la detengo. Frunce el ceño, confundida—. Acerca tu mano.

Alza una ceja, dudando un segundo, antes de acercar la mano a mi rostro. Separo los labios, atrapo su dedo índice y su pulgar, y los succiono lentamente, mojándolos con mi saliva. La humedad resplandece. Es sucio. Es vulgar. Y me excita de una manera que raya en la locura.

—Ahora sí —ronroneo—. Pellízcate.

Lo hace. Un jadeo se quiebra en su garganta al sentir el rastro húmedo y frío de mi boca sobre su piel hipersensible.

—Con tu otra mano, baja hacia ese dulce coño, tesoro .

El rubor tiñe su cuello a pesar de la oscuridad.

—Matthew… —murmura, abrumada—. Es extraño escucharte hablar así.

—Tú conoces al consigliere de traje y corbata —siseo—. Pero esta bestia que tienes en tu cama, es el monstruo que tú misma creaste, Maddox.

Tira la cabeza hacia atrás, hundiéndola en la almohada, y gime. No resisto más. Me incorporo apoyando el peso en el codo derecho, alzándome sobre ella sin llegar a rozarla, dominando el panorama visual de su cuerpo entregado.

—Y este monstruo es completamente tuyo —susurro contra su oído—. Déjame verte.

—No… eso está fuera de los límites —jadea, aterrada de su propia vulnerabilidad.

—Estoy harto de tus malditos límites —gruño.

Saca la mano izquierda de entre sus muslos. El brillo de su propia humedad en sus dedos me roba el aliento. Lentamente, bajo mi mirada escrutadora, engancha los pulgares en la cinturilla del pantalón corto y tira de la tela hacia abajo, deshaciéndose de él.

Lo que queda frente a mí es el encaje negro de sus bragas, empapadas en el centro. Aprieto el puño libre contra la sábana hasta que me duelen los nudillos.

— Tesoro … Por favor.

Lleva la mano mojada de mi saliva a su pecho, apretando el pezón. La otra mano, cubierta de sus propios fluidos, serpentea por su vientre plano y se entierra bajo la línea del encaje negro.