Capítulo 12
Matthew
Cálmate .
Repito la maldita palabra en mi cabeza mientras fuerzo la mandíbula a mantenerse en su sitio, aferrándome a mi mejor cara de póker.
He visto a cientos de mujeres en ropa interior, pero ninguna de ellas era Maddox. Ninguna era la mujer que me devora la cordura, el amor de mi vida y la hija de mi jefe. La combinación más letal que el universo pudo arrojarme a la cara.
Tengo que evitar a toda costa que baje la mirada. Si se da cuenta de que mi polla está tan dura que amenaza con rasgar la tela del pantalón, perderé la poca dignidad que me queda. Mierda. No debería dejar que me vea así, completamente descolocado.
—Matthew —sisea entre dientes, envolviéndose rápidamente en una bata roja—. ¿Qué demonios te ocurre ahora?
Separo los labios para responder, pero el oxígeno parece haber abandonado la maldita habitación.
¿Qué hacía aquí? Perseguirla como un jodido psicópata porque no soportaba que nuestra conversación quedara a medias.
Pero no puedo soltarle eso. Las palabras se evaporan en mi garganta, dejándome como un idiota balbuceante.
—Yo…
Me callo en el instante en que la escucho suspirar con pesadez. Rueda los ojos, me da la espalda y se encierra en el baño de la suite de un portazo.
Me dejo caer sobre el enorme colchón, que se hunde bajo mi peso, y entierro el rostro entre las manos.
Me detesto por lo cavernícola que debo parecerle.
Un adolescente desesperado e inestable que pierde los estribos por la mujer que le quita el sueño.
El problema es que este crío desesperado tiene más de treinta años y sangre en las manos.
En el segundo en que Lucchese mencionó que esto era una especie de cita, vi todo teñido de rojo.
El alcohol se evaporó de mis venas. No me importaron los límites que Maddox intentó imponerme, ni el veneno de sus palabras de hace unos días.
Solo podía imaginar a ese infeliz poniendo sus manos sobre ella, y la necesidad visceral de arrancarle cada extremidad me cegó.
Le mentí a Levi. Le dije que Maddox me había exigido que viajara a Nueva York para reunirme con ella. Así conseguí el avión privado. Cuando llegué a la ciudad y descubrí que solo era una estúpida gala de Lucchese, logré calmarme. Todavía quiero destrozarle la cara a Harry, pero eso podía esperar.
El verdadero problema estalló cuando la encontré acorralando a ese imbécil. ¿Quién carajos era ese tipo?
Maddox esconde algo. La conozco mejor que a mí mismo; sé que no cruzó el océano y volvió al país para jugar a las casitas, como cree su padre. Pero si la presiono, si la acorralo, levanta esos muros de hielo y se convierte en un robot. En una versión de Maddox inalcanzable.
Alzo la cabeza de golpe cuando la puerta del baño se abre.
Me observa, ceñuda. Lleva puesta una camiseta de tirantes negra y un pantalón corto de algodón a juego.
Un conjunto inofensivo que solo me provoca ganas de arrancárselo a mordiscos.
Se cruza de brazos y apoya el peso en el umbral de la puerta.
Su cabello rubio cae húmedo sobre sus hombros; debe haberse dado una ducha rápida.
Trago saliva. La memoria visual de sus pechos ceñidos por el encaje negro de su brasier me golpea de nuevo, amenazando con quebrar mi autocontrol.
—¿Me explicas por qué sigues en mi habitación? —exige.
—Necesito una cama —suelto, la voz más ronca de lo normal.
Alza una ceja, incrédula.
—¿Y qué se supone que haga, Matthew? No soy la dueña de este hotel.
—Lucchese dijo que no hay habitaciones disponibles.
Es una mentira descarada y ambos lo sabemos. Ladea la cabeza, escaneándome.
—Bien. Duerme con Jace.
—Él duerme con Marco.
Exhala un bufido exasperado, me ignora y camina hacia la mesita de noche.
La observo rebuscar en un bolso hasta sacar un blíster de píldoras.
El pánico me atraviesa el pecho como una bala fría.
¿Son las pastillas para los ataques de pánico que tomaba hace dos años?
Me fijo mejor. No. Estas son pequeñas y de un tono amarillo pálido.
—¿Qué es eso? —murmuro, viéndola tragar una con un sorbo de agua—. Maddox… ¿estás bien?
—Por Dios —suspira, frotándose la sien—. Sí, Matthew. Son solo píldoras, no molestes.
El sutil rubor que tiñe sus mejillas no me pasa desapercibido, pero decido no presionar.
—Maddox…
—¿Qué?
Me obligo a sostenerle la mirada.
—¿Puedo dormir contigo?
Sus manos se congelan sobre el embozo de las sábanas. Me mira como si me hubiera vuelto completamente loco.
—No estás hablando en serio.
Me limito a apretar los labios, conteniendo una sonrisa.
—Por favor…
—Duerme con Lucchese, seguro los dos necesitan compañía —replica con sarcasmo, descorriendo las sábanas para meterse en la cama.
—Vamos, nena…
—No.
—Maddox…
—No.
— Tesoro …
—Dios santo —bufa, tapándose los ojos con una mano mientras niega con la cabeza—. Eres inagotable, ¿lo sabías? —Sonrío, sabiendo que he ganado—. Bien. Pero las manos quietas.
Alzo ambas palmas en señal de rendición, saboreando mi pequeña victoria.
La escucho suspirar antes de darse la vuelta, dándome la espalda. Me levanto, aseguro el pestillo de la puerta y apago la luz. En la oscuridad, me deshago de la ropa hasta quedar solo en ropa interior y me deslizo bajo las sábanas.
Maldita sea.
Dormir al lado de Maddox va a ser una tortura infernal. No porque no quiera estar aquí, sino porque mi erección, que nunca bajó del todo, ahora palpita con dolorosa insistencia.
Me quedo boca arriba, rígido como una tabla, clavando la vista en la negrura del techo.
Contengo el instinto animal de girarme, atraparla por la cintura y hundir su espalda contra mi pecho.
Es en lo único que puedo pensar. Estamos compartiendo cama por primera vez.
Solos. Casi desnudos. ¿En qué momento mentir para colarme aquí me pareció un plan brillante?
Aunque, conociéndola, ella sabe perfectamente que le mentí. Maddox no es estúpida. Si me dejó quedarme, tal vez… tal vez tenga una oportunidad. O tal vez solo soy un bastardo demasiado optimista.
No sé cuánto tiempo pasa hasta que el cansancio me vence, pero un quejido ahogado me arranca del sueño. Mis ojos se abren de golpe. Años operando en la mafia me enseñaron que un ruido en la madrugada siempre es una amenaza. Contengo la respiración, inmóvil, afinando el oído.
Nada. Solo el zumbido lejano del tráfico de Nueva York.
Entonces, algo se mueve a mi lado. Giro el cuello milímetros y me olvido de cómo respirar.
En algún momento de la noche, Maddox acortó la distancia. Está jodidamente cerca. Su espalda irradia calor contra mi costado y su trasero roza mi cadera. Ningún puto soldado de la organización debería estar así con ella. Mucho menos yo.
Trago saliva y tenso cada músculo de mi cuerpo para no asustarla. Seguro es un movimiento inconsciente. Pero lo hace de nuevo.
Más lento. Más deliberado.
Frunzo el ceño en la penumbra. La sábana ha resbalado hasta nuestras cinturas.
La luz amarillenta de las farolas se filtra por los ventanales, delineando su silueta bajo la fina tela del pantalón.
Bajo la mirada y lo veo. Está de costado, frotando sus muslos con una fricción desesperantemente lenta.
Mierda.
Se está tocando. El movimiento es sutil, casi imperceptible, pero inconfundible.
—Maddox —susurro, rezando para que esté dormida. La escucho maldecir por lo bajo— ¿Estás despierta?
—Duérmete —suplica en un hilo de voz—. Por favor…
Cierro los ojos con fuerza. Me va a matar.
Su voz no es la de alguien que habla en sueños. Es ronca, arrastrada, empapada en necesidad. Lo único que cruza por mi mente es calmar esa necesidad. Se mueve de nuevo y el ritmo de su respiración se quiebra. El aire entre nosotros se vuelve espeso, cargado de electricidad.
—Desde aquí puedo oler tu excitación —gruño.
—¿Tienes que ser tan animal? —susurra ella, pero no detiene la fricción de sus piernas.
La sangre me abandona la cabeza y se desploma directo a mi entrepierna, golpeando con una violencia que me marea.
—Deja de hacer eso, Maddox…
—Si no hubieras insistido en dormir en mi cama… —ataca, su tono teñido de algo mucho más oscuro que la simple vergüenza.
—¿Qué? —Mi voz es pura lija—. ¿Te estarías tocando sin que yo me enterara?
Silencio. Un silencio que me destroza los nervios.
—Quizás —admite en un susurro culpable.
Mierda.
La palabra me impacta directo en el pecho.
Mi polla palpita, dolorosamente rígida ante la imagen mental de sus dedos deslizándose por su humedad.
Me muerdo el interior de la mejilla hasta saborear la sangre, luchando por mantener el control.
Esto es cruzar cada puta línea roja que ella misma trazó noches atrás.
Pero estoy al borde del abismo. A un solo latido de perder la cordura.
—¿Necesitas ayuda? —ofrezco, en un susurro áspero.
No debería. Pero la deseo. Dios, cómo la deseo.
Solo pienso en enredar mis puños en su cabello y forzar esos labios perfectos a recibirme. Pienso en devorarla viva, en lamer cada centímetro de su piel hasta que se rompa a llorar en mis brazos. Aferro la sábana con el puño, buscando un ancla en la realidad.
Le llevas diez años, Matthew . Me recuerda mi mente y quiero abofetearme.
—Matthew —advierte. Mi nombre en su boca suena distinto. Frágil. A punto de ceder—. No…
—¿Alguna vez te has tocado pensando en mí? —Las palabras se me escapan. Debería callarme si no quiero que la respuesta me reduzca a cenizas, pero mi mano viaja por inercia hasta mi propio bulto sobre la tela del bóxer—. Yo lo hago todo el maldito tiempo.
Se queda sin aire. Su cuerpo tiembla visiblemente.
—¿De verdad? —pregunta, con voz temblorosa—. ¿Y qué fantaseas?
Aprieto los párpados. Me está provocando. Está jugando a un puto juego de ruleta rusa sabiendo que no tengo el seguro puesto.
— Tesoro —advierto, la voz grave y amenazante—. Me pusiste límites hace dos noches. Si quieres que los olvide, o si es solo un juego de una madrugada, necesito que lo dejes muy claro.