Traición y Sangre II (Draghi 2) Capítulo 11
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Capítulo 11

Maddox

El mar de trajes de diseñador y vestidos de alta costura se abre a mi paso, dedicándome miradas que fingen no ser evidentes. Conozco a la perfección los rumores que circulan sobre mí en el este mundo: que erradiqué a una maldita organización entera con mis propias manos.

Y todos en esta sala saben que no son simples rumores. Disfruto el peso de ese respeto. Me gusta que retrocedan sin que tenga que abrir la boca.

Sonrío, y la piel tirante de la cicatriz en mi mejilla se tensa.

El desconocido detiene su conversación en el instante en que me planto frente a él. Escanea mi rostro con diversión arrogante, pero algo en su expresión titubea cuando sus ojos tropiezan con mi marca.

—He escuchado tantas cosas sobre ti que casi siento que te conozco desde hace tiempo —ronronea, alzando su copa.

Levanto una ceja, impasible.

—Qué interesante. Porque yo no sé absolutamente nada de ti.

Ahora es él quien alza las cejas. Y es la maldita verdad. No tengo idea de quién es este imbécil. Solo sé que se codea con mis objetivos, bien podría ser un daño colateral o una pieza útil.

—Uno pensaría que, al acercarse con tanta decisión, la princesa de Chicago ya sabría quién soy —murmura, dando un paso al frente para acortar la distancia.

Me encojo de hombros y le doy un sorbo lento a mi whisky.

—A decir verdad, no —le concedo, devolviéndole el paso para invadir su espacio personal—. Pero detesto las zonas grises. Cuando no sé nada de alguien, me encargo de averiguarlo todo.

—¿Tanta curiosidad le provoco? —Su tono baja una octava.

—En absoluto —confieso con voz gélida—. Solo estoy tratando de decidir si vale la pena asesinarte o no.

El cambio es instantáneo. Lo veo pasar saliva con dificultad.

Sus hombros pierden esa postura relajada y su espalda se tensa.

Exactamente lo que quería: infundir miedo para exigir respeto.

No tengo tiempo para lidiar con un peón que se cree con derecho a subestimarme.

Necesita entender que no me temblará el pulso si decido meterle una bala entre ceja y ceja aquí mismo.

—Me advirtieron que podías ser impulsiva. —Se inclina, quedando a escasos centímetros de mi rostro—. No creí que fuera para tanto.

Le sonrío.

Desde esta distancia puedo analizarlo mejor. Cabello negro, ojos oscuros. Facciones dolorosamente ordinarias. Es más alto que yo, pero no impone presencia. No tiene ni de cerca la complexión depredadora de Matthew, ni esa mandíbula que…

Mierda. ¿Por qué carajos lo estoy comparando con él?

—Todo depende —murmuro, arrastrando las palabras.

—¿De qué?

—De si me hacen enojar.

—¿Y qué haría falta para eso? —me desafía, recuperando una fracción de su falsa valentía—. Dudo mucho que yo pueda molestar a la heredera de Salvatore desde aquí, en Nueva York.

—Tienes razón —susurro—. A mí no me molestas tú. Me molestan las ratas con las que te relacionas.

El color abandona su rostro en un parpadeo. Disfruto cómo la sangre huye de sus mejillas; sé que no se esperaba el golpe.

—Verás —continúo, saboreando el veneno—, hace unos días te reuniste en un depósito a las afueras de la ciudad. Con alguien que es de extrema importancia para mí.

—¿Cómo lo sabes? —Suelta la pregunta sin aliento, la máscara de seductor completamente destrozada.

—Porque tengo ojos en todo el maldito país —siseo, despojándome del tono civilizado—. Sé lo que ocurre en mis calles y en las de mis aliados. Y sé exactamente cuándo un don nadie decide cruzar la línea y convertirse en mi enemigo.

—¿Qué quieres decir con eso?

Su nuez de Adán sube y baja erráticamente. Está temblando. Esa es la confirmación final de que no es ningún pez gordo; un Don jamás perdería la compostura de esta forma.

—Que quien hace negocios con mis enemigos, se convierte en un problema.

—Pero…

—Se dicen muchas cosas sobre mí en las calles, ¿cierto? —Traga saliva y asiente torpemente. Me acerco un poco más, rozando casi su perfil con mis labios para que solo él pueda escucharme por encima de la música—. Todas son ciertas. Y créeme, no quieres ponerme a prueba.

Me aparto, enderezando la postura, y le dedico una última sonrisa impecable mientras alzo mi vaso de whisky.

Un destello de movimiento al otro lado del salón capta mi atención. Las puertas del ascensor se abren, pero la multitud me impide ver quién acaba de llegar. Lo ignoro y devuelvo mi atención a mi nueva presa.

—Espero que de ahora en adelante elijas mejor a tus socios comerciales…

—Frank —suelta, desesperado por complacerme—. Frank Stevens.

Amplío mi sonrisa. Bingo.

—Sería una verdadera lástima hacerte desaparecer junto al resto de imbéciles que me estorbaron, Frank.

El tipo agacha la cabeza, asintiendo sin atreverse a mirarme a los ojos.

Bebo el último trago de mi whisky, saboreando mucho más que el alcohol que me quema la garganta. Saboreo la pequeña victoria. He trazado la línea y ahora tengo un nombre. Frank correrá directamente hacia su superior para informarle de esta amenaza. Solo tengo que seguir el rastro.

Estoy en medio de mi triunfo silencioso cuando una energía pesada, oscura y asfixiante se clava en mis ojos. Una presencia avanza directo hacia mí, partiendo la multitud con la contundencia de un puto huracán.

Mierda.

Matthew lleva pantalones de vestir oscuros y una camisa negra que se ajusta de forma obscena a sus hombros y brazos, el tatuaje de serpiente en su cuello parece brillar bajo la luz del salón.

Tengo que tensar cada músculo de mis piernas para evitar que flaqueen.

Su cabello no tiene el peinado pulcro de siempre; está revuelto, salvaje, y la sombra de la barba lo hace ver como un maldito vikingo sediento de sangre.

Camina con paso destructivo, y la sombra de una sonrisa que traía desaparece en el instante en que clava sus ojos en el hombre que tengo al lado.

Trago saliva, sintiendo que el oxígeno me abandonaba.

Antes de que él logre llegar, le lanzo a Frank una mirada letal de advertencia, lo rodeo rápidamente y me interpongo en el camino de Matthew, frenándolo en seco.

—¿Qué demonios haces aquí?

—¿Quién demonios es ese tipo?

Nuestras voces chocan al mismo tiempo. Aprieto los dientes, recordándome a mí misma que estoy en medio de un nido de víboras. Tengo que mantener la maldita compostura. Por el rabillo del ojo, capto a Penny y a Lucchese observándonos desde la distancia con absoluto interés.

—Matthew —siseo en tono de advertencia—. ¿Qué estás haciendo en Nueva York?

—Lucchese me invitó a la fiesta.

Pongo los ojos en blanco. Da un paso hacia mí, invadiendo mi espacio personal de una forma que hace que me suden las palmas. Antes de que mi cerebro pueda procesar el movimiento, su mano derecha se posa en la base de mi columna y me arrastra contra él.

—¿Bailamos?

Tiene que ser una maldita broma.

—No, gracias.

Intento retroceder, pero su mano libre me arrebata el vaso vacío y lo abandona sobre la bandeja de un camarero que pasa. Acto seguido, entrelaza sus dedos con los míos y aplasta mi cuerpo contra el suyo.

—Matthew…

—Baila conmigo —exige, su voz un murmullo ronco que vibra en mi pecho—. Por favor, tesoro .

¿Por qué tiene que hacer que todo sea tan jodidamente difícil?

Asiento, rendida. Me guía sin esfuerzo hacia el centro de la pista, donde otras parejas se mueven con lentitud al compás del piano y las cuerdas. Empiezo a temblar. Ruego al cielo que no lo note, pero con esta cercanía, es imposible ocultarle nada.

Su mano es grande, áspera, y aunque la tela de mi saco nos separa, siento el calor de su palma quemándome la piel.

Estamos tan pegados que el aroma amaderado que siempre lo acompaña me inunda los sentidos.

Siento su respiración contra mi sien, el latido pesado de su corazón contra mi pecho.

¿O es el mío? Ya no puedo distinguirlos.

Me hace girar con una destreza fluida y me vuelve a atrapar contra él, esta vez más fuerte.

Alzo una ceja, forzando una máscara de indiferencia.

—¿Desde cuándo sabes bailar?

Él esboza una sonrisa de medio lado, letal y arrogante.

—Aunque te cueste creerlo, tesoro —susurra, rozando casi la comisura de mis labios—, hay muchas cosas que no sabes de mí.

Suspiro, dejando que el cansancio se filtre en mi voz. Me guía en otro giro, pero esta vez tira de mí hasta que mi espalda choca bruscamente contra la pared sólida de su pecho. Su brazo envuelve mi cintura como una cadena de acero.

La dureza de su cuerpo contra el mío me corta la respiración. Esto es una locura. Esto no debería estar pasando.

—Un hombre lleno de secretos —murmuro, girando el rostro a medias para mirarlo de soslayo—. Lástima que los hombres así nunca me han traído nada bueno.

Su mandíbula se tensa. En un movimiento brusco pero calculado, me hace girar de nuevo para tenerme frente a frente.

—No te atrevas a compararme —gruñe. Su voz baja una octava, envolviéndome en una amenaza oscura y territorial que hace que mi centro palpite.

—Entonces responde. ¿Qué haces aquí?

—¿Con quién estabas hablando?

—Yo pregunté primero.

Una risa seca y carente de humor abandona sus labios.

—Se me olvidaba que la princesa regresó de Europa exigiendo reverencias —chasquea la lengua, clavando sus ojos oscuros en los míos—. Vine porque necesitaba verte.

—¿Y a qué se debe esa urgencia?

—¿Alguna vez te he mencionado lo mucho que me repugna Harry Lucchese? —Alzo una ceja, incitándolo a seguir—. Estaba convencido de que esto era una especie de cita. Vine con la firme intención de arrancarle esos ojos arrogantes de la cara.

—Matthew, por el amor de Dios…

—Pero luego llegué y vi el circo de la gala —continúa, ignorando mis protestas y moviéndonos al unísono por la pista—. Me tranquilicé. Hasta que te vi susurrándole al oído a ese infeliz en la esquina.

—Y volviste a perder la cabeza.

—Exacto —confiesa. Su aliento choca contra mis labios—. No soporto ver a otro maldito hombre cerca de ti.

—Para tu desgracia, no tienes control sobre mí.

Algo salvaje cruza su mirada.

—Y no quiero tenerlo —dice, arrastrando cada palabra con una intensidad que me quema—. Lo que no evita que quiera matarlos a todos.

—Matthew…

— Tesoro …

Su tono ya no es burlón, ni protector. Es crudo y peligroso.

Mis dedos se clavan en la solapa de su camisa sin que yo haya dado la orden.

Estamos demasiado cerca. La fricción de nuestros muslos al movernos, la forma en que sus dedos se hunden en mi cintura…

Si alguien en esta sala se detuviera a mirarnos, sabría que esto dejó de ser un baile de salón hace mucho tiempo.

Y eso es exactamente lo que me aterra.

—No digas eso —murmuro, con la voz quebrada—. No aquí.

Sus ojos caen hacia mi boca. Lento. Con hambre. Como si estuviera evaluando las consecuencias de un desastre inminente y decidiera que vale la pena la destrucción.

—¿Decir qué?

—Lo que sea que estés pensando.

Su pulgar presiona el hueco de mi cintura, un gesto mínimo y posesivo que me dispara una corriente eléctrica directo a la espina dorsal. Sabe lo que me provoca. Siempre lo ha sabido.

El aire entre nosotros se vuelve denso, pesado, imposible de respirar. No es solo deseo reprimido, es el peso de todos los años que pasamos fingiendo que esta tensión no existía.

—No estás prohibida para mí, Maddox —afirma, con una seguridad que me destroza.

Alzo el mentón, negándome a ceder terreno.

—Lo estoy. Y tú, mejor que nadie en esta sala, deberías saberlo.

La frustración estalla en sus facciones. No es enojo. Es la clase de agonía y contención que solo posee un hombre que lleva años obedeciendo reglas que está a punto de romper.

Inclina la cabeza. Su frente casi choca contra la mía. Casi.

—No me mires así —suplica en un ronco susurro.

—¿Así cómo?

—Como si no supieras exactamente lo que me estás haciendo.

Mi respiración se vuelve superficial. Porque lo sé. Y él sabe que lo sé.

Nada me preparó para este Matthew. El hombre que yo dejé en Chicago era una fortaleza de hielo: disciplinado, regido por el honor, incapaz de cruzar la línea con la hija del Don.

Pero este hombre frente a mí ha mandado todo su puto código moral al infierno.

Está dispuesto a dejarse consumir por los instintos.

Y no es justo.

No es justo cuando estoy a un paso de mi venganza. Si presiono un poco más, si me dejo arrastrar por su gravedad, caeré de rodillas por él. Y no puedo cometer el mismo error dos veces.

Abre la boca, a punto de romper la última barrera entre nosotros, pero el tintineo cristalino de una copa golpeada por un cubierto corta la tensión. Nos separamos un milímetro, girando la cabeza hacia el centro del salón. Lucchese está de pie, alzando su copa de champán, listo para dar un discurso.

—Buenas noches, damas y caballeros…

Es mi única ventana de escape.

No lo dudo un segundo. Me zafo bruscamente del agarre de Matthew antes de que pueda reaccionar y me escabullo entre la multitud hacia los bordes del salón. Paso de largo los ascensores y empujo la pesada puerta de las escaleras de emergencia.

Bajo por los escalones, ignorando el dolor punzante en mis pantorrillas y el hecho de que llevo tacones. Necesito poner distancia. Necesito kilómetros de cemento entre su pecho y el mío si quiero sobrevivir a esta noche sin arruinar mis planes.

Alcanzo mi pasillo con los pulmones ardiendo. Digito el código de seguridad de mi suite con manos temblorosas y entro, empujando la puerta hasta escuchar el clic de la cerradura.

El silencio de la habitación me golpea. Suelto un suspiro irregular, pateo los malditos zapatos lejos de mí y comienzo a desabotonarme el saco y la blusa, dejando que caigan al suelo hasta quedar solo en brasier.

Cierro los ojos, tratando de calmar el latido errático de mi corazón.

Me giro hacia la puerta y me congelo.

—¡Matthew!