Traición y Sangre II (Draghi 2) Capítulo 10
14%

Capítulo 10

Maddox

Las fiestas de la mafia comparten una única regla no escrita: los invitados son depredadores.

Aquí no hay ciudadanos comunes. Los empresarios y políticos de traje impecable que sonríen a las cámaras de día, son los mismos que ordenan ejecuciones al caer la noche. En este mundo, todo el mundo tiene una doble moral y una segunda piel.

Mi historial en estos eventos es casi nulo.

La última vez que Levi me permitió asistir a una gala en este mismo hotel, la noche terminó con un cadáver a mis pies.

Sin embargo, mi padre me entrenó toda la vida para leer estas salas.

Conocer el peso de cada apellido, saber quién mueve los hilos y qué papel juega cada facción es instinto de supervivencia puro.

En nuestro mundo, si no están de tu lado, están en tu contra.

Por eso acepté la invitación. Sabía exactamente a qué clase de nido de víboras me estaba metiendo, y eso jugaba a mi favor. Identificar a mi objetivo sería mucho más sencillo en un terreno donde yo conocía las reglas.

Salgo de mi habitación y la sonrisa emocionada de Penny se borra de un plumazo. Una mueca de absoluta incredulidad la reemplaza.

—¿Qué haces vestida así?

La esquivo y comienzo a caminar por el pasillo hacia el ascensor. El repiqueteo de sus tacones contra la madera pulida me confirma que me sigue de cerca. Cuando llegamos, las puertas de metal se cierran, atrapándonos.

—Sé que no es una fiesta normal, Maddie, pero ¿los mafiosos no se visten de etiqueta? —Cierro los ojos, dejando que su queja flote en el aire—. ¿Quién va a saber que eres la hija del Don si apareces así?

—Lo saben, Penny —la corto de forma tajante—. Y no precisamente por mi ropa. Soy la viva imagen de Levi, pero, por encima de todo… llevo una cicatriz en la cara.

La veo palidecer a través del reflejo en el espejo. Pasa saliva con dificultad.

—¿Ellos… lo saben? Es decir, ni siquiera te conocen, ¿verdad? Habrá mucha gente de fuera…

—El líder de una facción enemiga no secuestra a la hija de un Don y la tortura durante días sin que todos se enteren. Las noticias corren rápido. —Le dedico una sonrisa letal, torcida y vacía—. También saben muy bien cómo terminó esa organización. Todos asesinados. Por mí.

Penny agacha la cabeza. La escucho soltar un suspiro tembloroso.

—Lo siento —murmura.

Me encojo de hombros, restándole importancia al frío que se me instala en el pecho.

—Además, no he tenido tiempo de ir de compras. Ni siquiera planeaba asistir a esto.

—Podrías haber usado uno de mis vestidos.

Era cierto. Su excursión de compras por Nueva York junto a Jace había sido exhaustiva.

Por lo poco que me contó, parecía que habían dejado atrás su historia y ahora funcionaban como amigos.

Las bolsas de Penny estaban repletas de vestidos, la mayoría en tonos esmeralda, su color favorito.

Sin embargo, esta noche llevaba un ajustado vestido negro cubierto de lentejuelas, convencida de que era el código de vestimenta adecuado.

Yo opté por un traje sastre completamente negro. Líneas limpias, un corte andrógino, elegante y silencioso. Mi objetivo era pasar desapercibida.

O eso creía.

El ascensor emite una campanada suave. Las puertas se abren de par en par, revelando el imponente salón de cristal y oro. Y en un instante, queda claro que mi presencia no va a pasar desapercibida para nadie.

El murmullo de la sala muere.

Me congelo. Clavo la mirada en un punto fijo al otro lado del salón, sintiendo el peso de un centenar de ojos de depredadores clavados en mi nuca. El aire abandona mis pulmones. El pulso me martillea en los oídos, amenazando con desatar un ataque de pánico justo aquí.

Entonces, una mano cálida envuelve la mía.

Desvío la vista. Penny me está mirando. Me dedica una sonrisa serena. Es el ancla que necesito para volver a respirar. Asiente con un movimiento casi imperceptible. Hago lo mismo.

Sobreviví al puto infierno y regresé para contarlo. Puedo soportar una sala llena de mafiosos.

Avanzo. Lento, pero con aplomo. Mantengo la barbilla en alto mientras mis ojos escanean la multitud hasta encontrar a Lucchese a lo lejos. Es el mismo salón donde tuvimos nuestra reunión, pero ahora cada rincón estalla en luz dorada. La espesa alfombra amortigua el sonido de mis pasos.

Sigo sintiendo las miradas sobre mí, pero me obligo a creer que es paranoia.

No soy la anfitriona. No soy tan importante.

Penny, por su parte, se desenvuelve como si hubiera nacido para esto.

Camina a mi lado irradiando confianza y, poco a poco, las conversaciones de fondo se reanudan. La primera impresión ha pasado.

Nos detenemos en seco cuando Lucchese se cruza en nuestro camino. Aunque finge cortesía, su atención está fija y exclusivamente clavada en la pelirroja que tengo al lado. Penny, en respuesta, le dedica la peor de sus miradas.

—Es un placer tenerte aquí, Penny. En más de un sentido —ronronea Lucchese.

Contengo el impulso de poner los ojos en blanco. Mi amiga ignora su tono seductor y pasea la vista por el resto de los invitados, negándole deliberadamente su atención. Sé que eso lo vuelve loco.

—Es una lástima que no me haya arreglado para ti.

Lucchese ladea la cabeza, divertido.

—¿Y para quién, si no?

Penny clava sus enormes ojos en él y alza una ceja, desafiante.

—Para mí.

Presenciar esto me causa una mezcla de fastidio y pura diversión. ¿Ver al Don de Nueva York rogando por un poco de atención como si fuera un crío al que le niegan un juguete? Sí, es un buen espectáculo. Y la indiferencia de Penny lo hace aún mejor.

Ella me dedica una última sonrisa victoriosa y se da la vuelta para ir hacia la barra.

Pero Harry da un paso lateral, cortándole el paso.

Mis instintos se disparan. Me tenso, lista para intervenir.

Sé que él no le haría daño, pero no confío en nadie, y pobre del imbécil que intente pasarse de la raya con mi mejor amiga.

—No tengo intenciones de asesinar a nadie esta noche —la voz de Lucchese cae un par de octavas.

Me mantengo al margen, pero alerta—. Así que, por el bien de todos los bastardos en esta sala, Penélope, ten cuidado.

Porque en el instante en que alguien que no sea yo te ponga una mano encima, te enviaré sus putas manos en una caja.

Penny aprieta los labios. Su labio inferior tiembla una fracción de segundo antes de endurecer el gesto. Le sostiene la mirada con furia contenida, lo rodea y desaparece entre la multitud.

Clavo mis ojos en Lucchese.

—¿Me explicas qué carajos fue eso?

Él me ignora por completo, siguiendo el rastro de la espalda de Penny con la vista.

—Lucchese. ¿Cómo demonios sabes que se llama Penélope?

Se encoge de hombros, finalmente volviéndose hacia mí.

—Penny… Penélope. No hay que ser un maldito genio.

—Sí, claro —murmuro, escéptica—. Lo que tú digas.

Sacudo la cabeza, obligándome a desechar el tema. No tengo tiempo para las obsesiones enfermizas de otro mafioso.

—¿Me vas a decir por qué me hiciste venir a esta fiesta, Harry?

Él hace un gesto mínimo con la cabeza, señalando por encima de mi hombro. Me giro lentamente. La sangre se me congela en las venas.

—¿Es él?

—Te dije que no podías faltar.

En una de las esquinas más exclusivas de la sala, rodeado de hombres de trajes caros, está el desconocido. El mismo maldito rostro que el código de Will captó en las cámaras de seguridad junto al gemelo de Luc.

Ni Will, ni yo, ni supuestamente Harry sabíamos su nombre.

Y ahí estaba, bebiendo, riendo a carcajadas y codeándose con los capos más pesados de la ciudad como si fuera uno de ellos.

—No quiero un derramamiento de sangre innecesario bajo mi techo, Maddox —advierte Lucchese. No me di cuenta de en qué momento acortó la distancia, pero está pegado a mi espalda.

El olor al whisky de su aliento choca contra mí. Y en un latido traicionero, mi mente proyecta la imagen de Matthew. Un nudo de angustia me aprieta la garganta. ¿Dónde estará ahora? ¿Ya habrá tomado el vuelo? ¿Estará pensando en mí con la misma intensidad venenosa con la que yo pienso en él?

Lo tienes que mantener alejado , Maddox.

La voz en mi cabeza ruge, exigiendo orden. Mi plan tiene que ser perfecto. No puedo volver a cometer el error de mezclar lo personal con la sangre.

—Acabas de amenazar con mutilar a cualquiera que toque a Penny —le recrimino, recuperando la compostura.

—Cierto. Pero es mi fiesta.

Lucchese le da un sorbo largo a su vaso, encogiéndose de hombros sin un gramo de culpa.

—Relájate. No habrá ningún derramamiento de sangre… innecesario.

—Maddox —gruñe en tono de advertencia.

Le guiño un ojo, me doy media vuelta y camino directo hacia la esquina del salón.

Avanzo con la frente en alto. Al pasar junto a un camarero, le arrebato un vaso de whisky de la bandeja sin detener el paso.

Estoy a dos metros de distancia cuando el desconocido detiene su conversación.

Levanta la vista, me clava los ojos y su rostro se ilumina con una sonrisa perversa.

—Maddox Salvatore, en persona.

Como le dije a Penny: todo el maldito mundo sabe quién soy.