Traición y Sangre II (Draghi 2) Capítulo 9
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Capítulo 9

Maddox

Mis intentos por convencer a Penny de que se quedara en su habitación fueron una absoluta pérdida de tiempo. Estaba encaprichada con acompañarme a esa maldita fiesta y no iba a ceder.

Desde que abandoné el despacho de Lucchese, mi cabeza no había dejado de dar vueltas.

Sus insinuaciones, la forma en la que habló, el peso de su mirada…

Me costaba tragarlo, pero había algo en él que me transmitía una confianza retorcida.

Al menos por ahora, sentía que podía usarlo a mi favor.

Él no tenía por qué conocer los detalles de mi venganza, aunque yo sería una completa idiota si creyera que no sospecha el verdadero motivo que me trajo de regreso a Estados Unidos.

Lucchese organizó esta fiesta para su propio beneficio, sí.

Pero si esa pista me servía para encontrar respuestas, significaba que nuestros intereses se habían cruzado.

Llevaba dos años anestesiando cualquier tipo de emoción, construyendo un muro a mi alrededor, pero tener a alguien con ese nivel de poder moviendo hilos a mi favor me daba, irónicamente, un respiro.

—Es una simple fiesta, Maddie.

Despegué la vista de los documentos esparcidos sobre el colchón para fulminar a mi mejor amiga con la mirada.

Tras la reunión con Harry, me había encerrado en mi suite. Necesitaba apagar la ansiedad, enfriar la sangre y pensar de forma estratégica. Asistir a la fiesta con sed de sangre no me serviría de nada; no había necesidad de asesinar a nadie esta noche.

Llevaría mi arma, por supuesto. Mentiría si dijera que no me moría de ganas de usarla.

Definitivamente necesitaba pisar un campo de tiro cuanto antes.

Pero debía actuar con madurez. Era una oportunidad perfecta para infiltrarme y obtener información.

Por eso, apenas llegué a la habitación, llamé a Will para que me enviara todo lo que tuviera sobre el encuentro entre el desconocido y el supuesto hijo de Marcio.

Estaba inmersa en esos papeles, sentada en pijama sobre las sábanas de seda, cuando Penny irrumpió. Cargaba seis bolsas de boutiques exclusivas. Lucchese se había adelantado y la había invitado directamente.

Mi respuesta inicial para ella fue un rotundo «no» .

—No voy a cambiar de parecer, Penny.

La escuché resoplar frente al espejo gigante de la suite, donde se estaba probando una de sus compras.

—¿Y por qué parece que planeas pasar la noche sepultada en papeles en lugar de arreglarte para el evento del año?

—Porque el «evento del año» es en dos horas —le aclaré sin mirarla, pasando una página del expediente—. Y para mí es trabajo, no una pista de baile.

—¿A qué te refieres?

Su tono repentinamente confundido logró captar mi atención. Levanté la vista.

—¿Qué te dijo Lucchese exactamente para convencerte?

Las mejillas de Penny se tiñeron de un carmesí violento. Alcé una ceja, disfrutando del espectáculo. No recordaba la última vez que la había visto nerviosa por un hombre.

—¿Por qué asumes que fue él quien me lo dijo? —Se cruzó de brazos a la defensiva, y la comisura de mis labios se torció en una sonrisa burlona. Penny puso los ojos en blanco y me arrojó una de las prendas nuevas a la cara—. De acuerdo, sí. Fue él. Insinuó que esperaba verme allí esta noche…

—Y tú no pudiste negarte a esa sonrisa de mafioso encantador.

—¡Eso no es justo! —se quejó—. Me emocioné al pensar que no regresaríamos a Chicago de inmediato, creí que…

—Regresaremos a Chicago esta misma noche —la corté, endureciendo la voz para devolvernos a la realidad—.

La fiesta de Lucchese es una fachada. Está buscando nuevos socios para distribuir los diamantes que exporta desde Europa —noto una arruga en su frente—.

No todo en la mafia son armas y drogas, Penny.

Así que es mi oportunidad para acercarme a mi objetivo, pero en cuanto consiga lo que busco, nos largamos.

Volví la vista a los documentos, dispuesta a sumergirme de nuevo en las caras de mis enemigos, pero la vibración agresiva de mi celular sobre la cama rompió el silencio.

Tragué saliva al leer el nombre en la pantalla iluminada.

Sentí la mirada inquisitiva de Penny clavada en mi nuca.

—Deberías dejar de ignorarlo —murmuró suavemente, antes de caminar hacia la puerta y salir, dejándome a solas con el ruido del teléfono.

Escuché el golpe seco de la madera al cerrarse. Cerré los ojos, contando los segundos hasta que la llamada saltó al buzón de voz. Solo entonces solté el aire que mis pulmones habían estado reteniendo.

La paz me duró menos de un latido. La pantalla volvió a encenderse. El mismo nombre. La misma insistencia. Quise dejarlo sonar, pero el impulso que había estado reprimiendo todo el maldito día derribó mis defensas. Agarré el teléfono y descolgué.

—¿Qué parte de «no quiero saber nada de ti» no te quedó clara?

—Si de verdad crees que un berrinche va a mantenerme alejado, es que no me conoces en absoluto.

Mi piel se erizó de golpe.

Fue un impacto directo al pecho. Su voz sonó grave, áspera, y cortante como el filo de una navaja. Odiaba con toda mi alma lo mucho que me afectaba escucharlo hablarme con esa autoridad brutal.

La noche que regresé a Chicago, necesité acaparar toda mi fuerza de voluntad para plantarme frente a él y sostenerle la mirada.

Nunca fui buena mintiéndole, ni siquiera cuando intenté engañarlo saliendo con su hermano.

Y sabía que, de alguna forma, mi máscara de hielo se había agrietado frente a él en ese ascensor.

Esa era la maldición de Matthew: sabía leerme.

Por eso me aterraba tenerlo cerca. Si pasaba más de cinco minutos en su presencia, toda mi coraza se iba a desmoronar, dejando a la vista la verdad cruda y humillante de lo que me provocaba.

Jamás querría tenerlo lejos de mi vida, pero no podía permitirme sentir algo para lo que estaba rota.

Algo que ni siquiera lograba comprender.

El Matthew que me dejó destrozarlo en Chicago tenía la guardia baja. Pero el hombre al otro lado de la línea era el consigliere despiadado que yo conocía desde niña. El que no aceptaba un «no» por respuesta.

—¿Qué ocurrió estos dos años? Antes solías respetar mis decisiones. —ataqué.

—Dejaste muy en claro que mis principios te importan una mierda. ¿O ya lo olvidaste?

—Lo que no olvido es que te ordené que te mantuvieras alejado. No quiero escucharte a menos que…

—A menos que me des autorización. Sí, princesa, te escuché la primera vez —El sarcasmo en su voz era veneno puro—. ¿Qué carajos pasó en Europa? Regresaste con unos aires de realeza que no te sientan.

Sonreí con ironía, clavando las uñas en las sábanas. Se estaba comportando como un maldito bastardo controlador.

—¿Qué es lo que quieres, Matthew?

—Saber qué demonios haces en Nueva York, Maddox. —Dejé escapar un suspiro frustrado. Por supuesto que estaba al tanto de mis movimientos—. Y ni se te ocurra mentirme.

—No pensaba hacerlo. Estoy aquí. Vine a reunirme con Lucchese. ¿Acaso mi padre no te pasó el informe completo?

—No me trago que te haya convocado a una reunión.

—Me importa muy poco lo que te tragues o no.

—¿Qué estás tramando, Maddox?

—Nada que te incumba.

—Todo lo que lleve tu nombre me incumbe.

Cerré los ojos con fuerza, negando con la cabeza para mí misma. No debí responder. No debí dejarme arrastrar por esta debilidad. Matthew era la peor distracción posible, un ancla emocional que me hundiría si no lograba cortarla.

—Maddox, no tienes que hacer esto sola.

Su voz cambió. La furia desapareció, dando paso a una suavidad ronca que me golpeó peor que un grito. Tragué saliva. Mi labio inferior tembló. De repente ya no era la heredera letal y calculadora; era una chica aterrada, acorralada por la única persona que la hacía sentir a salvo.

—Puedo ayudarte —insistió—. No tienes que…

—Sí —lo interrumpí de golpe, con un nudo asfixiante cerrándome la garganta—. Tengo que hacerlo. Sabes perfectamente que debo hacerlo.

—Pero no sola. No poniéndote en la línea de fuego.

El miedo latía en cada una de sus sílabas, reflejando el mío propio.

—Sé cuidarme sola, Matthew.

—Yo también puedo cuidarte.

—¿Cómo lo hiciste la última vez?

El silencio al otro lado de la línea fue absoluto. Sabía que le había dado donde más le dolía. Fue un golpe bajo. Pero era mi única munición para mantenerlo alejado.

—Déjame cuidarte, Maddox. Por favor.

Su súplica fue un susurro roto que casi me hace flaquear.

El escudo de hielo estaba a punto de hacerse añicos.

Abrí la boca para responder, para decirle algo, lo que fuera.

Pero antes de que pudiera emitir un solo sonido, una mano grande y fría apareció sobre mi hombro y me arrebató el teléfono.

Me congelé, sintiendo que el corazón se me detenía.

Lucchese estaba de pie frente a mí. ¿En qué momento había entrado?

—No te preocupes, consigliere —ronroneó Lucchese al teléfono, con una calma depredadora—. Yo me encargo de cuidarla esta noche. Conmigo no corre ningún peligro… Bueno, solo el tipo de peligro que a ella le gusta, ya sabes.

Le clavé una mirada cargada de instinto asesino. Lucchese solo me guiñó un ojo, ampliando su sonrisa cínica. No logré escuchar los gritos de Matthew al otro lado de la línea, pero la mandíbula de Harry se tensó de pura diversión ante su furia.

—Ya te dije que yo la cuido, Matthew, pero ahora debo dejarte —continuó Lucchese, saboreando cada palabra—. Tengo una cita con la princesa. Por si te preguntabas cuáles eran nuestros planes. Adiós.

Lucchese cortó la llamada.

Me extendió el teléfono con absoluta parsimonia. La adrenalina me exigió levantarme y romperle la cara, pero antes de que pudiera mover un músculo, se giró y caminó hacia la puerta con la tranquilidad de quien acaba de tirar una cerilla en un tanque de gasolina.

—Tomará el primer vuelo a Nueva York, ¿lo sabes, verdad? —murmuro.

Él se detiene en el umbral y se giró a medias, dedicándome una sonrisa oscura y calculadora.

—Cuento con ello, Maddox.

Lo miré, perpleja.

—¿Por qué hiciste eso? —exigí en un siseo.

Se encogió de hombros con elegancia.

—Solo les di un pequeño empujón. Creo que ustedes dos tienen asuntos que resolver.

Lo fulminé con la mirada, pero él ya estaba abriendo la puerta.

—Ah, por cierto, Maddox —añadió antes de desaparecer en el pasillo—. Es una fiesta importante. Te ruego que te comportes y la mantengas libre de incidentes. Confío en tu discreción.

La puerta se cerró suavemente, dejándome sola con un silencio atronador y la absoluta certeza de que, en unas pocas horas, Matthew entraría por esa puerta dispuesto a quemar la ciudad entera.