Capítulo 8
Maddox
Tomo aire cuando las puertas del ascensor se abren en el último piso. Penny y yo avanzamos por la alfombra roja en dirección a la oficina de Lucchese.
No estaba en mis planes que me acompañara. Hay cosas que no necesita escuchar ni saber, como que fui yo quien asesinó al tío de Harry. Pero, en cuanto intenté convencerla de que se quedara atrás, enumeró todos los motivos por los que no piensa dejarme sola.
Motivo número uno: asegurarse de que no le dispare a mi socio en un ataque de ira.
A ver... tenía un buen punto.
Los tacones se hunden en la gruesa alfombra sin producir el más mínimo sonido. Cuesta creer que, hace apenas dos años, esa misma tela absorbiera sangre con tanta facilidad que no quedó una sola mancha.
Una sonrisa apenas tira de mis labios.
Desvío la vista hacia Penny justo a tiempo para encontrarla completamente absorta, observándolo todo con los ojos muy abiertos.
—¿Q-qué…?
—Diamantes —respondo sabiendo de antemano su pregunta.
Sé reconocer su expresión porque es la misma que yo tuve cuando entré por primera vez al salón de varios metros cuadrados, un bar elegante y de elite, con una extensa alfombra roja, amueblados de roble negro y decoración brillante—.
Lucchese tiene una extraña obsesión con los diamantes.
Y con todo lo que brille —digo en un murmullo—. Quizás sí es un niño…
—Espera, ¿tú no tienes un collar con un diamante rojo incrustado en detalles dorados? —asiento y ella abre los ojos—. ¿¡Los detalles son de oro!?
—Jamás dije eso…
—¡No es necesario! —hablaba en murmullos, ya que nos están escoltando hasta la oficina de Lucchese para encontrarnos con él.
Resulta un tanto divertido escucharla tan entusiasmada y sorprendida—.
Es decir, mira todo este lugar. Hay oro puro por donde te fijes —recorre de nuevo la estancia que dejamos atrás—. Oro y diamantes, es…
—¿Demasiado?
—Demasiado —suspira—. Pero me gustaría un collar con diamantes azules. Ya sabes, como mis ojos.
Sonrío.
—Sí, creo que Lucchese pensaría igual.
Llegamos a la puerta de su despacho y uno de los escoltas la abre para dejarnos pasar.
Solo Penny y yo entramos; los demás permanecen afuera.
No me hizo ninguna gracia que insistieran en que Marco y Jace no nos acompañaran.
Pero Harry es mi socio y, por mucho que me cueste admitirlo, debo confiar en él.
Así que terminé aceptándolo... a regañadientes.
Aunque también ayuda que lleve mi Mossberg conmigo.
Hay hábitos imposibles de abandonar.
Avanzamos hasta los dos sofás individuales y tomamos asiento mientras esperamos a que Lucchese aparezca. No tarda demasiado.
Sin embargo, no entra por la misma puerta que nosotras.
Surge desde la parte trasera del despacho, como si hubiera un pasillo oculto o una puerta secreta que conecta el edificio entero.
No puedo evitar pensar en mi casa. En los recovecos, pasillos y puertas ocultas que comunican cada rincón, tal y como mi padre las hizo construir cuando yo era niña.
Supongo que los mafiosos tenemos debilidad por los escondites.
—Bien, aquí estoy —su voz melodiosa y arrogante irrumpe nuestro ambiente silencioso, no nos mira, en su lugar está viendo su muñeca, parece que está acomodando su Rólex—. ¿Qué es tan importante que la princesa de la Cosa Nostra no podía esperar…?
Se calla en cuanto levanta la vista y se encuentra con Penny.
Mi mejor amiga me mira, incómoda, casi intimidada, antes de volver su atención hacia él. Lucchese presiona los labios. Por un instante pienso que le molesta no encontrarme sola. Tiene sentido: no sabe quién es Penny. Y, por un segundo, me incomoda la idea. Solo por un segundo.
Después, todo cambia. Su expresión se suaviza; el semblante se relaja como si algo encajara en su lugar. Una de las comisuras de sus labios se curva apenas mientras avanza despacio hacia nosotras.
No. Hacia ella.
El silencio se espesa. Lucchese no le quita los ojos de encima a Penny ni un instante. Y yo… no puedo evitar sonreír cuando entiendo lo que está ocurriendo.
—¿Y tú…? —murmura en voz baja— ¿De dónde saliste?
Un ligero rubor sube por el cuello de mi mejor amiga y traga saliva.
—Y-yo… lo siento, no creí que fuera a molestarte que esté aquí…
—No me molesta, en absoluto —la voz de Lucchese pierde toda su ligereza habitual. La máscara de arrogancia juvenil cae, y aparece el hombre serio que hay debajo. Penny se pone cada vez más roja—. Tu presencia me fascina…
—Por Dios, Lucchese —murmuro—. ¿Nunca has visto a una mujer en tu vida?
Me lanza una mirada de soslayo cargada de irritación.
—¿En serio, Maddox? —murmura entre dientes—. Lo arruinas todo. ¿Podrías irte?
—No —frunzo el ceño—. Vine a hablar contigo.
—Y yo no quiero hablar contigo —replica él. La mirada de Penny va de mí a Lucchese como si siguiera una pelota de ping-pong—. Quiero hablar con…
Se detiene. La mira y luego sonríe. Una sonrisa que jamás pensé ver en alguien como él. Y empiezo a perder la paciencia.
—Penny —dice ella en voz baja, claramente nerviosa.
—Penny —repite Lucchese, saboreando el nombre—. Es precioso. Aunque no tanto como tus ojos… parecen diamantes.
Cierro los ojos y cuento hasta diez.
—Lucchese, deja de incomodarla.
Él me mira, frunce el ceño y luego vuelve a Penny.
—¿Eso hago? ¿Te estoy incomodando? —pregunta, más bajo, casi confundido.
Penny traga saliva.
—Un poco.
Quiere intervenir otra vez, pero me adelanto. No puedo creer que esté coqueteando con mi mejor amiga cuando vine a hablar de algo mucho más serio.
—Penny, puedes irte. Te busco cuando termine aquí, ¿sí? —sus ojos celestes se encuentran con los míos. Por primera vez desde que entramos, parece respirar con algo de calma—. Ve, tranquila.
Obedece. Pero antes le lanza una última mirada a Harry, que le devuelve una sonrisa amplia, casi felina. Cuando la puerta se cierra, vuelvo la atención a Lucchese. Él ya no sonríe.
—¿Era necesario que la espantaras así?
—¡Lucchese! —digo con clara molestia—. Tú la espantaste, es mi mejor amiga y la mirabas como un dulce a punto de devorarlo.
—Era exactamente lo que quería hacer —dice mientras rodea su escritorio para dejarse caer, al parecer volvía a ser el mismo adolescente de siempre—. Pero tu llegas y nos interrumpes.
Lo miro completamente confundida.
—Yo ya me encontraba aquí —digo entre dientes.
—¿De verdad? Ni siquiera lo noté.
Me contengo para no sacar mi Mossberg.
—Lucchese, no vine a ver como coqueteas con mi mejor amiga. Creo que lo sabes.
—No debiste traerla —lo dice en voz baja, con una sonrisa y parece perdido en sus pensamientos—. Quizás considere mudarme a Chicago…
—Lucchese —advierto.
—Ya, ya… no te enfades —dice, poniendo los ojos en blanco—. Dime, ¿qué puedo hacer por ti? ¿Qué es tan importante como para que la princesa de la Cosa Nostra se suba a un avión con destino a Nueva York? Lo último que supe era que estabas en Francia… ¿o Grecia?
Sonríe con una arrogancia tranquila. Me dan ganas de arrancarle un ojo.
¿Cómo puede caerme tan bien y tan mal al mismo tiempo?
¿Y cómo sabe cada uno de mis movimientos?
La comprensión cruza su rostro como una sombra. Luego vuelve a relajarse. Sonríe otra vez, de esa forma que me eriza la piel.
—No creerías que podría perderte de vista, princesa —murmura, como si ya hubiera leído mi pensamiento—. Pero vamos a lo importante… ¿cómo estás?
El aire se me atasca en la garganta. Todo se vuelve más pesado, más lento. Sus ojos verdes me atrapan y yo me quedo inmóvil, incapaz de responder.
—No vine a hablar de cómo estoy —digo, lentamente—. Y creo que lo sabes.
—No creí que fuera un problema interesarme por ti.
Le dedico una mirada afilada y de advertencia para que tenga en claro que no tendré esa conversación con él.
—No, eso no es un problema —respondo en voz baja—. El problema es tu interés en otras personas —su sonrisa se acentúa, de forma desafiante—. Y por eso vengo aquí, para que me expliques lo que sucede en tus calles.
El silencio vuelve a adueñarse del ambiente. Algo denso se instala entre ambos.
Nos sostenemos la mirada, sin ceder ni un centímetro, como si fuera una competencia silenciosa.
Unos segundos después, él cambia. Endereza la espalda, cuadra los hombros y se inclina hacia el escritorio de roble que nos separa.
Entrelaza los dedos y se roza el labio inferior con los pulgares, sin dejar de mirarme.
Siento su atención como un peso. Como si estuviera desarmándome, analizando cada gesto, cada reacción.
Y, por un instante, estoy frente a Matthew.
—Lo que sucede en mis calles, Maddox, no es asunto tuyo. Ni de nadie más que mío.
Lo dice con calma. Yo me recuesto contra el respaldo del sofá, cruzo las piernas y alzo una ceja sin apartar la mirada.
—No tengo nada que perder, Lucchese. Te atravesaría el cráneo con una bala sin dudarlo un segundo.
Un tic le tensa la mandíbula. Solo un segundo.
—¿Qué demonios te hicieron? —susurra.
Trago saliva. Mantengo la expresión firme, ignorando la pregunta.
—Si crees que subí a un avión para escuchar esa estúpida respuesta, es que no me conoces ni un poco. Así que habla.
Vuelve a sonreír.
—Habría pagado lo que sea por ver tu cara, por ver tu reacción cuando veías las cámaras de seguridad que tu querido Will hackeó —presiono los labios pero no intento hablar, una parte de mi sabía que Lucchese podría estar al tanto de que lo habían hackeado—.
No siempre aparece en las calles alguien al que una vez disparaste, ¿cierto?
—trago saliva mientras veo como sus hoyuelos se marcan más—.
Debo admitir que yo también me sorprendí, por eso decidí investigar…
—No pudimos descubrir nada.
Él asiente despacio, dándome la razón y en cuanto creo que no volverá a hablar escucho su voz.
—Esta noche celebraré una fiesta, ya sabes una simple velada —alzo una ceja sorprendida por el cambio de conversación pero antes de poder interrumpirlo él continúa—. Llega un nuevo cargamento y debo ofrecerlo, intentar conseguir nuevos clientes…
—Lucchese…
—Deberías venir.
—No vine hasta aquí para una fiesta —me contengo de poner los ojos en blanco—. Vine por respuestas que no estás dispuesto a darme.
Me incorporo y dejo el sofá individual. Camino hacia la salida, pensando que todo este viaje fue una maldita pérdida de tiempo.
Era evidente que no me diría nada. Y ni siquiera puedo llamarlo traición: Harry no me debe nada.
Pero aun así, la facilidad con la que puede romperse nuestro trato, o lo que alguna vez se pareció a una amistad, me hierve la sangre.
A un metro de llegar a la puerta, la voz de Lucchese me detiene.
—Te dije que estuve investigando —dice, más lento de lo habitual.
Me giro apenas—. Sé todo lo que ocurre en mis calles.
Pero eso no significa que todo ocurra con mi consentimiento —frunzo el ceño.
Ya no queda rastro de su sonrisa arrogante.
Ni del tono ligero de antes—. No me gusta no saber lo que pasa —continúa—, pero es inevitable.
No puedo verlo todo… ¿verdad? Tú lo sabes bien.
—Ve al grano, Lucchese.
—Ven esta noche a la fiesta, Maddox.
Sostengo su mirada apenas unos segundos. Y entonces lo entiendo. No hace falta decir nada más. Entre mafiosos existe un código que nunca se verbaliza, pero todos conocen: no se traiciona una alianza. No es una norma como tal, pero se entiende que, de romperla, habrá consecuencias.
Cuando dos organizaciones criminales sellan un acuerdo, romperlo no es una opción. Y casi nunca hay sobrevivientes para contarlo. Lucchese lo sabe. Ha vivido lo suficiente en este mundo como para entenderlo. Sabe lo que ocurrió con todos en los que formaban South.
También sabe que lo único que busco ahora es venganza.
Quizás Harry no tenga motivos limpios para ayudarme. Pero me está dando acceso. Un camino abierto. Una oportunidad que solo un idiota rechazaría.
Y yo no soy una idiota.
Dejé de serlo hace mucho.