Traición y Sangre II (Draghi 2) Capítulo 4
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Capítulo 4

Maddox

La pantalla de mi móvil se ilumina.

Esbozo una sonrisa a medias al ver el número que estaba esperando y descuelgo antes de que el primer tono alerte a mi padre, quien me vigila como un maldito halcón desde que pisé el aeropuerto.

—Tengo noticias.

—Espero que valgan la pena —respondo con desgano, acercándome a la puerta de mi habitación para cerrarla sin hacer ruido—. De lo contrario, me estás haciendo perder el tiempo.

—¿En qué momento te volviste tan insufrible?

Pongo los ojos en blanco, soltando un suspiro pesado.

—Habla de una maldita vez, Will.

Lo escucho reírse por lo bajo, pero cuando retoma la palabra, la diversión ha desaparecido. Su tono es grave, oscuro.

—El sistema arrojó una alerta que te va a interesar. Necesitamos reunirnos. A menos que quieras que hablemos de esto por llamada.

Maldigo para mis adentros. Tiene razón. Lo último que necesito es que alguien descubra el verdadero motivo de mi regreso.

Y, aunque mi cuerpo ruega por caer muerto en la cama y dormir durante días, no tengo alternativa.

Si esta información me acerca a mi objetivo, sacrificaré las horas de sueño que hagan falta.

—Te veo en quince minutos.

Cuelgo sin esperar respuesta.

Me arranco el pijama y busco ropa gruesa en el fondo del armario.

El otoño está dando sus últimos respiros en Chicago, pero el frío ya muerde la piel como si el invierno hubiera reclamado la ciudad antes de tiempo.

A través de la ventana, el cielo gris y el viento cortante me hacen extrañar la calidez de la casa de mi madre, ese refugio donde mi única tarea era existir frente a la chimenea, aislada del mundo real.

Volver a Chicago significaba desenterrar a los demonios.

Pero tenía que hacerlo.

Antes de salir, me detengo un segundo frente al espejo del baño.

Clavo la mirada en mi propio reflejo. No queda un solo rastro de la Maddox que huyó de esta ciudad hace dos años. Aquella versión mía era ingenua, blanda. La mujer que me devuelve la mirada ahora tiene los bordes afilados, la piel fría y una oscuridad letal anidando detrás de las pupilas.

Me gusta en lo que me he convertido.

El reflejo de la cicatriz que cruza mi rostro me hace sonreír, se ve jodidamente bien. Ha acabado por gustarme mucho.

Bajo las escaleras en silencio. Al cruzar el umbral de la cocina, me encuentro a Levi bebiendo su primer café del día. Sus ojos verdes se clavan en mí, imperturbables. Me congelo en mi sitio por una fracción de segundo.

La tensión entre nosotros es un bloque de hielo inquebrantable.

Mi regreso lo tomó con la guardia baja. Aunque le aseguré a mi madre que él me estaría esperando, la realidad era que en estos dos años apenas habíamos cruzado un par de llamadas de cinco minutos; llamadas donde yo no decía nada y él se cansaba de chocar contra mi muro de evasivas.

Mi padre sabía que vendría a pasar unas semanas con él, pero nunca le di la fecha exacta. No estaba preparada para su sobreprotección asfixiante, ni tenía bien armada la mentira para ocultarle mis verdaderos planes.

Pero estamos hablando de Levi Salvatore. El Don que respira a través de las calles de Chicago. Por supuesto que sabía en qué vuelo llegaba. Por supuesto que me estaba esperando en la pista.

Empezamos con el pie izquierdo.

—Buenos días…

—¿Piensas salir?

Su voz grave retumba en las paredes de la cocina antes de que yo pueda terminar la frase. Trago saliva, obligándome a mantener la postura.

—Sí. ¿Me prestas tu coche?

Levanta una ceja, sin apartar la mirada de la mía.

—¿A dónde vas?

—A ver a Penny.

El simple sonido de ese nombre actúa como un sedante. La expresión de mi padre se suaviza ligeramente y baja la vista hacia su taza casi vacía. Me quedo quieta, esperando la negativa, pero manteniendo mi mejor cara de inocencia.

—De acuerdo —cede, y ahora soy yo quien levanta una ceja, sorprendida—. Pero luego tendremos que hablar, Maddox.

—¿De qué quieres hablar?

—De ti.

El estómago se me contrae.

La ansiedad y los nervios amenazan con romper mi fachada, y necesito acaparar todo mi autocontrol para no flaquear. Fuerzo las facciones, dibujando una de mis sonrisas vacías y plastificadas para tranquilizarlo.

—Estoy bien, papá…

—Eso lo decidiré yo después de que hablemos —me corta en seco.

Me resulta doloroso escucharlo usar ese tono de superioridad helada conmigo. Nunca fuimos la típica familia cariñosa, pero la chispa de sarcasmo y complicidad que nos unía se apagó hace tanto tiempo que ni siquiera recuerdo cómo se sentía. Aun así, jamás me había tratado con esta lejanía.

—No llegues tarde esta noche. Cenaremos y hablaremos.

Asiento. Oculto mi derrota sabiendo que no podré esquivar el interrogatorio y camino hacia la isla de mármol para tomar las llaves que ha dejado junto a su desayuno. Las agarro antes de que cambie de opinión y salgo de la cocina sin mirar atrás.

Al sentarme frente al volante del coche de Levi, una punzada de incomodidad me atraviesa el pecho.

Nunca me gustó conducir. Irónico, considerando que el imperio legítimo de mi familia es la industria automotriz.

Intento empujar hacia el fondo de mi mente el nudo de emociones que amenaza con paralizarme y me concentro en la ruta.

Aparco en la acera frente al edificio de Will con un par de minutos de retraso. Escaneo la calle, los espejos y los callejones cercanos para asegurarme de que nadie me ha seguido.

El único capaz de seguirme el rastro sería Matthew, y después de la forma en que lo destrocé anoche, dudo mucho que quiera acercarse a mí.

Cierro los ojos, hundiéndome en el asiento de cuero.

¿Por qué demonios tenía que verse así?

Tenerlo de frente y fingir que su presencia no me alteraba el pulso fue una de las mejores actuaciones de mi vida. Extrañarlo a miles de kilómetros de distancia era una cosa. Recordar su instinto protector y sus sonrisas escasas era tolerable.

Pero la realidad me dio un golpe en la mandíbula. Matthew se veía jodidamente letal.

El cabello castaño peinado hacia atrás, la sombra de la barba que le endurecía la mandíbula, y ese maldita camisa abrazándole el cuerpo.

Siempre tuvo la complexión de un oso, con músculos marcados pero discretos.

Sin embargo, ver cómo la tela se tensaba en sus brazos anoche casi me deja sin respiración.

El tiempo lo había vuelto más atractivo. Mantenerlo lejos no será fácil, y tenerlo cerca será mi ruina.

Trago el nudo que se me forma en la garganta al recordar las palabras venenosas que le escupí en el ascensor.

Fue cruel, sí. Pero alejarlo es la única manera de ejecutar mi plan sin interferencias.

Matthew es una distracción masiva. Si se empeña en protegerme con esa obsesión suya, lo arruinará todo.

Necesito quitármelo de encima, aunque me cueste hacerlo a base de engaños y crueldad.

Bajo del coche y entro al edificio. Subo las escaleras de a dos y me planto frente a la puerta. Antes de que mis nudillos toquen la madera, la cerradura gira.

Will me recibe con los brazos cruzados, una ceja alzada y cara de pocos amigos.

—¿Quince minutos? Quizás deberías comprarte un reloj, Maddox.

Pongo los ojos en blanco, lo aparto de un empujón suave y entro al apartamento. El brillo azulado de cuatro monitores gigantes ilumina la sala de estar.

—No exageres, Will.

—Escucha, Maddox. Tengo una vida. No puedes hacerme esperar a tu puto antojo, sobre todo considerando que ni siquiera sé por qué arriesgo mi cuello para ayudarte.

—Mmh.

Me dejo caer en el sofá de cuero negro frente a su escritorio. Apoyo el codo en el reposabrazos, sostengo mi mentón y lo miro con absoluto aburrimiento.

—¿No tenías noticias? —pregunto, arrastrando las palabras.

—No voy a hacer esto si te vas a comportar así.

—¿Así cómo?

—Como una perra.

Una sonrisa genuinamente divertida tira de mis labios.

—¿Como una perra?

Él asiente, mortalmente serio.

—Puedes tratar a los demás como basura si quieres. Pero yo no soy Matthew —La sonrisa se borra de mi rostro como si me hubieran dado una bofetada. Me tenso, pero no rompo la postura—. Si quieres mi ayuda en esto, me vas a respetar de la misma forma en que yo te respeto a ti.

—¿O de lo contrario…?

—Te buscas a otro que te ayude.

Aprieto los labios en una línea fina, sosteniéndole la mirada. La pequeña cicatriz junto a su ceja se eleva un milímetro, recordándome fugazmente que ambos compartimos marcas del pasado.

Quizás me estaba comportando como una perra.

Era el único mecanismo de defensa que me quedaba para sobrevivir en Chicago sin que me vieran como la princesita rota del jefe que necesita ser rescatada.

Estaba harta de la lástima. No tengo un problema real con Will.

Joder, ni siquiera tengo un problema con Matthew.

Simplemente no sé cómo relacionarme con ellos de otra manera sin sentirme vulnerable.

Estoy siendo una perra. Lo sé.

—Escucha, Will…

—No, escúchame tú a mí —acorta la distancia y se inclina, apoyando ambas manos en los brazos del sofá, acorralándome.

Instintivamente, enderezo la espalda y alzo el mentón, negándome a dejarme intimidar—.

A mí me importa una mierda tu apellido. Siempre te respeté por ser tú.

Por ser Maddox. Por la entereza que tienes y las cosas que has hecho. No me obligues a perder ese respeto.

Trago saliva en silencio mientras él retrocede y vuelve a su silla.

Cierro los ojos un segundo, obligándome a respirar y pensar con lógica. Will es mi única ventaja real en esta cacería. Necesito su cerebro de mi lado.

—Lo siento, Will —murmuro, cediendo.

Él asiente con la vista clavada en las cuatro pantallas. Sus dedos empiezan a volar sobre el teclado.

—Te entiendo, Maddox. Créeme que sí. Pero no vas a llegar muy lejos quemando todos tus puentes.

—Fijo la vista en los monitores—. Bien, superado el drama.

Te llamé porque el código rastreador que implanté en la deep web mordió el anzuelo.

Lo último que sabíamos era que Marcio estaba escondido en Europa, ¿correcto?

Me levanto del sofá y me acerco al escritorio, apoyando una mano en el respaldo de su silla. Me inclino hacia las pantallas, escudriñando las imágenes borrosas.

—Sí. Los rumores lo ubicaban refugiándose en Portugal, completamente aislado de los negocios.

—Quería desaparecer. Después del desastre, no es raro. No solo traicionó a Draghi ; apuñaló a sus propios hombres por la espalda y, según tus datos, acumuló deudas de sangre con otras organizaciones pesadas.

—Una maldita rata —siseo.

Entrecierro los ojos cuando una figura familiar aparece en la grabación de una cámara de seguridad. El corazón me da un vuelco. Me acerco tanto a la pantalla que mi aliento empaña el cristal.

—¿Ese es…?

Will asiente lentamente.

Comienzo a negar con la cabeza.

—No. Es imposible. Ese es Luc. Su hijo.

—Kevin —me corrige Will. Le lanzo una mirada asesina y él se encoge de hombros—. Solo digo su nombre real.

—Sé cuál es su maldito nombre, Will —gruño—. Pero es imposible.

—Yo pienso igual.

—El código está mal. Esa imagen es falsa.

Me lanza una mirada cargada de irritación.

—Yo escribí ese código. La imagen es real, Maddox.

—Lamento herir tu orgullo informático, pero hay un puto error. —Aprieto la mandíbula, sintiendo el sudor frío en la nuca—. ¿Debo recordarte que lo asesiné?

—Por supuesto que no —suspira—. Pero quizás nos falta información. ¿Un gemelo?

—¿Un gemelo? —La risa amarga e irónica me raspa la garganta. Will solo se encoge de hombros.

«Un gemelo».

La palabra resuena en mi cabeza. Me encantaría descartarla por absurda, pero en este mundo, las certezas no existen. El hombre que decía llamarse Luc está muerto. Yo misma lo vi. Pero jamás tuvimos el cuadro completo de su familia. Bien podría tener un hermano idéntico.

Tiene que ser un puto gemelo.

—Nuestra información sobre Marcio es nula —razona Will—. Sabemos que lideraba una facción enemiga de Draghi , que fue amigo de tu padre bajo otra identidad y que se evaporó. Luego aparece con un hijo, el cual termina muerto porque él mismo lo vendió. Fin de la historia. No hay nada más.

La frustración me quema el pecho. Una vez más, estamos frente a un callejón sin salida, o peor: un callejón con más piezas de un rompecabezas podrido que nadie sabe cómo armar.

—Bien. Digamos que tiene un gemelo —concedo, fingiendo una calma que no tengo—. Del cual no sabemos absolutamente nada. ¿En qué me sirve esto?

Will resopla y teclea un par de comandos. La imagen cambia. Ahora, junto a Kevin —o su fantasma— aparece un hombre de unos treinta años, de la edad de Matthew, con el rostro endurecido. No lo reconozco.

—¿Y este quién es?

—Otro fantasma al que Marcio le jodió la vida.

—¿Nombre?

Will hace una mueca de fastidio.

—Aún no lo tengo.

Parpadeo, cegada por la rabia. Agarro el respaldo de su silla y la giro violentamente hasta obligarlo a mirarme.

—¿¡Me hiciste venir hasta aquí por una alerta que no nos dice una mierda!?

—Maddox, cálmate…

—¿¡De qué carajos me sirve ver al idiota de su hijo muerto y a un desconocido!? ¡Marcio ni siquiera aparece en la grabación!

—Maddox…

—¡No tenemos nombres, no tenemos nada! ¡Es…!

—¡Basta!

El grito de Will retumba en la sala. Empuja la silla hacia atrás con fuerza y se pone de pie, se acerca para igualar mi postura amenazante.

—¿Ya terminaste tu berrinche?

—No me jodas, Will.

—¿De verdad crees que te habría llamado a esta hora por nada?

Lo empujo por los hombros con pura frustración.

—Imbécil —siseo—. Dime qué es lo que no estoy viendo.

Will mira las pantallas por un segundo y luego clava sus ojos en mí. La diversión desaparece.

—La clave no está en los nombres, Maddox. Está en el lugar. —Frunzo el ceño, completamente perdida—. Están en Nueva York. En territorio de la familia Lucchese.