Capítulo 3
Matthew
Salgo de la cama en el instante en que la pantalla del móvil se ilumina con el mensaje de Levi.
Lo leo un par de veces. Nadie le dice que no a Levi Salvatore, yo menos que nadie, pero una citación a las dos de la madrugada rompe todos los esquemas de un hombre tan estructurado como él.
Una corriente de pura adrenalina me recorre el cuerpo; antes de poder darle una orden consciente a mis músculos, ya estoy vestido y bajando en el ascensor hacia el garaje.
Vuelvo a revisar la pantalla antes de arrancar.
Levi:
Ven al club. Ahora.
Dejo escapar un suspiro pesado y hago rugir el motor. Lo que el Don dicta, se cumple. No pienso ser el idiota que ponga a prueba su paciencia hoy. Así que, aunque un millón de alarmas se enciendan en mi cabeza, conduzco por la ruta de siempre, un camino que podría recorrer con los ojos vendados.
Detesto el club. No piso ese lugar a menos que haya una reunión ineludible, pero sé que es el territorio favorito de Levi para manejar los asuntos oscuros de la organización. Lejos de las oficinas del centro. Lejos de su casa. Lejos de su hija…
Pienso en Maddox y un escalofrío traicionero me trepa por la espina dorsal.
Quizás debería escuchar a los cabrones que trabajan para nosotros cuando me dicen que necesito salir más.
Cualquier soldado que se haya ganado la confianza de respirar el mismo aire que el jefe tiene pase libre en el club para divertirse como se le dé la gana, siempre y cuando no cruce la línea.
Yo mismo intenté ahogar mi cabeza en otras mujeres hace años.
Pero perdí el interés. Hace demasiado tiempo que nadie me provoca absolutamente nada.
La única mujer capaz de hacerme perder el puto control tiene los ojos verde esmeralda y un dragón tatuado en la espalda.
El universo tiene un sentido del humor retorcido: la única persona que logró demoler el muro de indiferencia que levanto frente al mundo es la única que jamás podré tocar.
He mantenido la cordura a duras penas. Hay noches donde el simple hecho de pensarla duele, y dejo que la parte más animal de mi cerebro tome el mando, pero siempre a solas.
Si Maddox supiera lo mucho que me afecta física y mentalmente, yo estaría acabado.
Y si su padre llegara a sospecharlo, mi cadáver ya estaría alimentando a los peces en el lago Michigan.
A ella le bastaba clavar sus ojos en mí para tenerme a sus pies. Abandoné la idea de buscar a otra mujer porque me resulta ridículo conformarme con alguien que no me haga sentir ni la mitad del infierno que ella me provoca. Conmigo es todo o nada. Maddox, o nada.
Cinco años de celibato voluntario. Cinco años pensando solo en ella.
Incluso admitirlo ahora me genera una mezcla tóxica de repulsión y excitación.
La conozco desde que era una niña y soy diez años mayor.
Es retorcido. Pero llevo arrodillado ante ella desde antes de entender lo que pasaba.
Ni siquiera se trata de sexo. Si ese fuera el remedio, habría curado mi obsesión hace años, no, esto me cala hasta los huesos.
Es una locura y, peor aún, es una condena imposible.
Freno el coche frente al callejón. Observo la entrada principal desde la distancia; a las dos y media de la madrugada, el lugar está a reventar. Dos guardias nuevos controlan la fila. Lunes o domingo, el flujo de dinero sucio y vicio nunca se detiene aquí.
Bajo del coche, rodeando el edificio hacia la entrada trasera.
Digito el código de acceso exclusivo y el primer impacto es el bajo de la música vibrando en las paredes, amortiguado a medida que recorro el pasillo hacia el ascensor privado del último piso.
Cruzo la puerta de la sala de reuniones y todo mi cuerpo se paraliza en el acto.
Sus ojos verdes chocan contra los míos. Un segundo.
El tiempo justo para que mis defensas se disparen y mi sangre comience a hervir.
Medio segundo después, Maddox aparta la mirada y vuelve a centrar su atención en su padre, ignorándome con la misma naturalidad con la que se ignora a un mueble.
Como si yo fuera una presencia invisible indigna de su tiempo.
Una furia caliente y espesa me recorre las venas. Cierro los puños a los costados hasta clavarme las uñas en las palmas. Yo no soy un soldado cualquiera, y su desprecio intencional me revuelve las entrañas.
Se largó dos años. Ignoró mis llamadas, me dejó pudriéndome en la incertidumbre, ¿y ahora regresa para tratarme como a un don nadie? Sobre mi cadáver.
¿Tengo el ego por las nubes? Definitivamente. ¿Me importa? Una mierda.
Tardo un momento en registrar al resto de los presentes.
Jace, Will, Marco y Pablo. A los dos últimos los reclutamos hace un año; hijos de viejos contactos, superaron cada prueba de fuego y se ganaron mi respeto en las calles.
Si están en esta sala a estas horas de la madrugada, es única y exclusivamente para ser presentados ante su futura jefa.
Maddox.
Sigue con los ojos clavados en Levi. Su expresión es una máscara de mármol. No hay rastro de la sonrisa arrogante que me quitaba el sueño, ni el brillo divertido con el que solía provocar a su padre. Está callada, con la mirada ligeramente vacía.
El eco de la voz de Levi me pasa por encima, ni siquiera registro de qué demonios están hablando.
La bilis me sube por la garganta al darme cuenta de que todos en esta sala sabían de su regreso antes que yo.
Levi había mencionado algo hace dos semanas, su madre le comentó que tenía pensado regresar pero no estaba seguro de la fecha exacta, al parecer todos se enteraron antes que yo.
Me mantengo inmóvil, tragándome la rabia, incapaz de apartar la vista de ella hasta que la reunión se disuelve.
El teléfono de Levi rompe el ambiente. Él maldice en voz baja, se disculpa y sale de la sala pasando por mi lado, clavándome una mirada de advertencia que no logro descifrar del todo.
Antes de que pueda dar un solo paso hacia ella, la voz de Will llena el vacío.
—Maddox, un placer tenerte de vuelta.
Ella le sostiene la mirada y asiente lentamente, sin gastar una sola sílaba.
Marco se aclara la garganta, incómodo.
—Nos alegra conocerte, somos…
—Marco y Pablo. Lo sé. Leí sus expedientes —corta ella, arrastrando las palabras con profundo aburrimiento.
—Tienes un nombre precioso, Maddox —interviene Pablo, y un instinto asesino se me enciende en el pecho al escucharlo usar ese tono con ella—. No teníamos idea de que el jefe tuviera una hija tan…
La frase muere en su boca. Maddox clava sus ojos verdes en él y, por primera vez en la noche, veo una emoción real: frialdad absoluta y una promesa de violencia. Pablo palidece en el acto.
Sería una verdadera lástima tener que meterle una bala en el cráneo, me caía bien el chico.
—Yo me tragaría el resto de esa frase, querido —murmura Jace, acercándose a Pablo con pasos perezosos y felinos—.
Parece inofensiva y aún no conoces sus métodos, pero te volaría la cabeza sin parpadear.
—Jace se inclina, tocando la frente del novato con el dedo índice, sonriendo con malicia—. Justo aquí.
Pablo traga saliva con tanta fuerza que casi puedo escucharlo.
—Es tu especialidad, ¿verdad, princesa? —remata Jace, mirándola.
—Jace, siempre es un puto placer escuchar tu insoportable voz —responde ella, imperturbable. Pero noto cómo la comisura de sus labios tiembla, elevándose un milímetro.
—Yo también te he extrañado, alteza.
Por un instante minúsculo, la máscara de hielo de Maddox casi se agrieta, y pone los ojos en blanco. Pero la humanidad le dura un suspiro. Recupera su compostura letal y abandona la silla con un movimiento fluido.
Me quedo petrificado viéndola acercarse a la salida. La ansiedad me devora; quiero hablarle, tocarla, agarrarla por los hombros y comprobar que es real.
—Hola —suelto. Es un murmullo ronco, pero sé que me escucha porque se detiene a mi lado.
Ni siquiera gira el rostro para mirarme.
—Matthew.
Pronuncia mi nombre y sigue caminando, dejándome con la mandíbula apretada y el orgullo por el suelo. Una carcajada ahogada resuena en el espacio. Fulmino a Jace con la mirada; el cabrón levanta las manos rindiéndose.
—¿Empezamos mal, Matthew?
Will se muerde el labio para no reírse. Les lanzo una mirada de advertencia y salgo detrás de ella. Maddox camina rápido por el pasillo hacia el ascensor. La alcanzo en tres zancadas y, al tenerla de espaldas, me quedo sin aire.
Adentro no le había prestado atención, pero ahora tengo en primera plana el cuero negro abrazando cada centímetro de sus piernas y muslos. Botas oscuras, una chaqueta ajustada, el cabello rubio recogido con severidad y el rostro limpio de maquillaje.
Está espectacular. Está letal. Pero nada en esa ropa pertenece a la chica que yo conocía.
Las puertas del ascensor se abren. Ella entra, se da la vuelta y me mira alzando una ceja. La cicatriz que le cruza la mejilla apenas se mueve.
Doy un paso al frente, bloqueando las puertas con mi cuerpo.
—¿Qué demonios fue eso?
Me mira como si acabara de hablarle en un idioma alienígena.
—¿Qué?
Señalo con la barbilla hacia el pasillo.
—Esa actuación.
—¿No querías que te saludara?
—¿Llamas a eso un saludo? —siseo, apretando los puños hasta que los nudillos me duelen—. No me jodas, Maddox.
—¿Disculpa? —Su tono corta como cristal roto—. No me informaron que había un protocolo de reverencia para saludarte.
—Maddox…
—Mil perdones, Matthew. —El sarcasmo gotea de sus labios.
Inhalo hondo, obligándome a mantener los estribos.
—Sabes perfectamente a qué me refiero.
—No. Ni lo sé, ni me interesa —Da un paso atrás, marcando su territorio—. Sal de aquí. Levi me está esperando abajo.
Hago exactamente lo contrario. Entro. Los sensores detectan mi movimiento y las pesadas puertas metálicas se cierran a mis espaldas, aislándonos del mundo.
El enojo estalla en sus ojos por un microsegundo antes de volver a congelarse.
Me está desquiciando que intente actuar como un puto androide sin alma.
—Te llevo yo —sugiero, bajando la voz.
—No quiero ir contigo.
Se acerca. Cinco centímetros separan su pecho del mío.
Aunque lleva tacones, tengo que mirar hacia abajo para encontrar sus labios, y la puta cercanía me nubla el raciocinio.
El instinto me ruge que la acorrale, pero ella es más rápida: su brazo pasa por mi costado y presiona el botón de la planta baja. La máquina da un tirón hacia abajo.
Si se cree que después de setecientos treinta días voy a dejarla salir caminando en silencio, está muy equivocada.
Sin pensarlo, alzo la mano y golpeo el botón de emergencia.
El ascensor frena en seco con un crujido metálico.
Maddox abre los ojos de par en par. Sus labios se aprietan en una línea blanca.
—¿Qué demonios haces?
—Dos años —escupo, acortando el espacio entre nosotros. Ella retrocede por instinto, pero su espalda choca contra la pared de espejos. Está atrapada—. Te largaste dos años. Ignoraste cada puto mensaje, cada llamada. ¿Apareces de la nada y todo lo que tienes para mí es un «Matthew» de mierda?
—Yo no te debo ninguna explicación…
—¡Me debes una maldita explicación! —gruño, perdiendo por completo el control de mi tono.
—¡No! —Suelta casi un zarpazo, empujándose hacia adelante hasta que nuestros pechos chocan. El contacto físico me manda una descarga directa al cerebro; la extrañé tanto que duele, pero ella parece dispuesta a arrancarme la garganta—. No te confundas conmigo, Matthew. No te debo nada.
—Maddox…
—Pero si tanto te quita el sueño, bien. Aterricé hace un par de horas, Levi armó este circo para presentarme a los nuevos, y ya. Ahora, si me disculpas, quiero irme a mi casa. Muévete.
Dejo escapar el aire lentamente, intentando suavizar los rasgos de mi cara. Pelear a la defensiva no me llevará a ninguna parte.
—Deja que te lleve. ¿Sí?
Su pecho sube y baja a una velocidad alarmante.
—Quítate.
— Tesoro …
—No me hagas repetirlo, Matthew.
La observo, frunciendo el ceño. Algo no está bien.
—¿Qué te pasa, Maddox? Habla conmigo…
Mis palabras mueren cuando ella estampa ambas palmas contra mi pecho, empujándome con una fuerza desesperada para llegar al panel. Golpea el botón de reinicio.
La miro de espaldas. A través del espejo lateral, veo cómo la máscara se hace añicos. Su pecho se agita. Su respiración se quiebra, volviéndose corta y errática. El pánico puro le inunda las pupilas. El golpe de realidad me da de lleno en la mandíbula. La acabo de encerrar en una caja de metal.
—Dios, Maddox, lo siento… —murmuro, acercando las manos a sus hombros con extremo cuidado—. Perdóname, no quise…
Se sacude mi toque con una violencia que me obliga a retroceder. Se gira de golpe. Sus ojos verdes arden en llamas, inyectados en una rabia cruda y salvaje.
—Escúchame bien, Matthew, porque no lo voy a repetir. —Da un paso firme hacia mí—. No te quiero cerca. No quiero escucharte, no quiero hablarte y no quiero verte. No te contacté en dos años y planeo mantener esa decisión.
Niego con la cabeza, sintiendo cómo el estómago se me cae al piso ante la frialdad de su voz.
—Maddox, eso no es cierto…
—Sé que evitarte es imposible porque trabajas para mi padre, pero espero que te abstengas de dirigirme la palabra y, por encima de todo, que recuerdes tu maldito lugar en esta jerarquía.
Trago saliva como si fuera arena. Esta no es ella.
—No regresé para jugar a la damisela en apuros —sisea, clavándome la mirada como si sostuviera un cuchillo—. No soy la hija del jefe que necesita protección, ni quiero un puto perro guardián. Ahórrate la lástima y la preocupación fingida.
—Maddox…
—Y no vuelvas a dirigirte a mí a menos que te dé permiso.
El ascensor cobra vida y las puertas se abren con un zumbido.
Me quedo petrificado, incapaz de articular una sola palabra, completamente noqueado por la dureza letal de su voz.
Observo cómo su figura vestida de cuero se aleja por el pasillo sin mirar atrás.
Y entonces lo entiendo. La chica que conocí hace años, la adolescente rebelde, la luz que me mantenía cuerdo… ya no existe.
Murió hace tiempo. En una maldita sala de torturas de la cual nunca fui capaz de salvarla.