Capítulo 2
Matthew
El tiempo es un concepto tramposo.
No es más que una abstracción: la suma de días formando semanas, las semanas formando meses y, con el cambio de estaciones, los años.
Nunca sentí el peso de esa suma con tanta intensidad como en estos últimos dos años.
Nunca antes había experimentado la asfixia de que un día durara cien horas y que veinticuatro meses se sintieran como una maldita eternidad.
Chicago se había vuelto una ciudad gris sin ella.
Ni siquiera podía recordar lo que comí ayer, pero a ella… a ella podría recordarla el resto de mi vida. La distancia no había cambiado absolutamente nada. Y, quizás, ese era el verdadero problema.
Cerraba los ojos y veía su rostro. Si conseguía dormir, invadía mis sueños. Veía sus ojos en otras mujeres y a veces, entre el ruido de la calle, me parecía escuchar su risa.
El problema era que yo siempre recordaría.
Ella se había convertido en un eco persistente, un fantasma que no me abandona nunca. Era una constante, como los latidos de mi corazón; un órgano que, en realidad, le pertenecía a ella desde mucho antes de que yo me diera cuenta.
Encontrarla en cada rincón de mi vida y que todo me recordara su huida era solo una prueba más de lo jodido que estaba. Porque al final, todo se reducía a ese instante: el momento en que eligió alejarse y dejó de responder mis llamadas.
Dos años sin leerla, sin verla, sin escucharla.
Dos años viéndola en todo lo demás: en los caramelos ácidos que le encantaban, en las rosas rojas que eran su debilidad, en su película favorita, en mi película favorita; en el potus que me regaló en una Navidad, en mis sábanas de la última vez que durmió allí…
Cada puto rincón tenía su marca registrada.
Dos años. Setecientos treinta días.
Sí, quizás había cruzado la línea. Quizás contar los días era excesivo y el límite entre ser un hombre racional y un puto psicópata se había desdibujado. Pero, al menos, no llevaba la cuenta de las horas.
Mentira. Sí la llevaba: diecisiete mil quinientas veinte horas.
No contaba los minutos, así que quizás no estaba tan enfermo después de todo.
Lo cierto es que me importaba una mierda si a los demás les parecía cuestionable. Había hecho cosas mucho peores que contar el tiempo sin verla. Dios y el diablo sabían que había cometido atrocidades en su nombre, en nombre de su padre y en el mío propio.
Porque, seamos honestos, ¿acaso no hice desaparecer al primer imbécil que se atrevió a besarla? Sí, Levi me ordenó que le diera un susto, pero para cuando él abrió la boca, el crío ya estaba alimentando a los peces en el fondo del lago Michigan.
Claro que nunca se lo dije. ¿Qué importaba el cómo o el cuándo si el resultado era el mismo? El Don quería que el problema desapareciera, y yo se lo solucioné con gusto.
Así que no, no me sentía mal por ello. Contar los días era más bien un acto masoquista.
Necesitaba sentir algo respecto a ella que no fuera este vacío helado que me perforaba el pecho desde que se marchó.
Necesitaba recordarme el tiempo exacto que había pasado sin tener noticias suyas, al menos no directamente.
Escuchar a Levi hablar de ella solo me hundía más, porque me confirmaba que no estaba en una isla remota sin señal; simplemente, no se comunicaba conmigo porque no quería.
Así de simple. Así de cruel.
Entonces, ¿por qué sentía que al irse me había arrancado una parte vital? ¿Por qué continuaba esperando una llamada que sabía que no llegaría? ¿Por qué, después de todo lo que pasó, la seguía esperando?
«Porque estás obsesionado».
Las últimas palabras que quería recordar en ese momento eran las de mi hermano. Pero, al fin y al cabo, el muy cabrón tenía razón.
¿Me arrepentía? No. ¿Me sentía mal por estar consumido por la hija de mi jefe, a la que le llevaba diez años y a la que solo debía proteger? No. ¿Me pesaba la conciencia por todo lo que había hecho por y para ella? En absoluto.
Y ese era, exactamente, el maldito problema.
—Estás distraído, Matthew. ¿Qué demonios te ocurre?
Aparté la vista de la carretera para clavar los ojos en el dueño de esa voz. Por una fracción de segundo, deseé arrancárselos.
¿Por qué tenían que tener los mismos malditos ojos?
Me obligué a controlarme antes de responder.
—No dormí bien.
Levi resopló a mi lado, pero guardó silencio, cosa que agradecí. Sabía que últimamente me estaba comportando como un idiota, y la excusa de la falta de sueño o el estrés por el trabajo ya no se la tragaba nadie. Mucho menos él, que me conocía desde que era un crío.
Pero, ¿qué iba a decirle? ¿ «No puedo dejar de pensar en tu hija» ? Sí, claro. Si quería conservar la cabeza unida al cuello, lo mejor era cerrar la boca.
Por suerte para mí y para mi desequilibrada mente, llegamos al destino antes de que volviera a hundirme en mis propios abismos. Apagué el motor. Ambos observamos en silencio la estructura que teníamos enfrente: el depósito donde el plan se había ido al carajo.
Dos años y medio atrás, nos encontrábamos en esta misma posición, solo que el asiento que ahora ocupaba Levi, lo ocupaba Maddox.
Durante meses intentamos averiguar qué había salido mal aquella noche, hasta que tuvimos la brillante y asquerosa respuesta: los habían alertado de nuestra presencia.
No les importó el intercambio; solo pensaron en huir.
¿Y quién los alertó? Mi hermano.
¿Y quién fue la única que lo descubrió? Maddox.
El dolor de saber que mi propia sangre nos había traicionado fue insoportable, pero no se comparó en nada con el odio a mí mismo al darme cuenta de lo que esa traición le había costado a mi Maddox.
No es tuya.
Cerré los ojos con fuerza para callar esa voz.
Desde aquel día, el objetivo había sido simple: encontrarlos y masacrarlos.
Pero mi hermano había desaparecido de la faz de la tierra, igual que su jefe, South.
Pusimos a todos los hombres a buscar, y la última pista indicaba que estaban en Europa.
Al darme cuenta de que podrían estar cerca de Maddox, entré en un frenesí de ansiedad del que solo logré salir cuando Levi me molió a golpes para obligarme a centrarme.
Le había suplicado cientos de veces que me dejara ir a protegerla, o al menos a vigilar desde la distancia, pero se negó en rotundo. Me aseguró que no era necesario, que había contratado a un hombre de su entera confianza —un tal Cristian— para que cuidara de ella y de su madre.
La sola idea de que otro hombre estuviera mirándola, respirando cerca de ella y haciendo el trabajo que me correspondía a mí, me hacía hervir la sangre.
Pero de nuevo, ¿qué podía decirle a Levi?
No me quedó más opción que tragarme la bilis y aceptar, pero sabía que nadie mejor que yo podía cuidar de ella.
Pero no lo hiciste. Le fallaste.
Aparté los pensamientos de golpe y me giré hacia Levi, que seguía con los ojos fijos en el almacén.
—¿Por fin vas a decirme qué hacemos aquí?
—Está aquí. —Habló sin mirarme y mi cuerpo entero se tensó—. Hace unos días saltó una alerta en el sistema que desarrolló Will tras el operativo fallido. Viene a reunirse con alguien. La idea es… hablar con él.
—¿Hablar con él? —repetí, arrastrando las palabras con un tono grave. El corazón me latía desbocado y mis puños se cerraron por instinto—. ¿Piensas hablar con el hijo de puta que torturó a tu hija?
Levi giró el rostro, mirándome horrorizado.
—No, imbécil —siseó entre dientes—. Marcio no está ahí dentro. ¿De verdad me crees tan estúpido como para venir a charlar con un hombre al que solo quiero ver desangrándose?
Sostuve su mirada en silencio. Resopló, dedicándome una expresión afilada que me advertía que había cruzado un límite, antes de volver a mirar el depósito.
—No te pases de la raya, Matthew —advirtió en voz baja—. Nos vamos a encontrar con Kai Hiroshi.
Algo hizo clic en mi cabeza.
—¿El que trafica con niñas? —pregunté, sin ocultar el asco. Levi asintió lentamente—. ¿Y de verdad piensas solo hablar con él?
Se encogió de hombros con fría indiferencia.
—Hablar, amenazarlo, destrozarle los huesos, descuartizarlo… Lo que haga falta para que suelte lo que sabe.
Claro. Lo normal.
Asentí. La adrenalina y la expectación me recorrieron el cuerpo; esto era bueno. Si lográbamos hacerlo hablar, y Levi tenía métodos infalibles para lograrlo, estaríamos un paso más cerca de Marcio.
Más cerca de la venganza. Más cerca de devolverle a ella una parte de lo que le arrebataron.
—Quédate en el coche —ordenó Levi.
—¿Qué? Ni de broma. No me voy a quedar aquí. Iré contigo.
Lo escuché suspirar mientras me desabrochaba el cinturón. Por el rabillo del ojo vi cómo se masajeaba las sienes, harto de lidiar conmigo.
—Mira, Matthew, llevas semanas comportándote como un inútil irascible —ouch, eso dolió—. Sabes que te aprecio y que te confiaría mi vida ciegas, pero así… no me sirves.
—Levi, no exageres. ¿Cuándo te he fallado en algo así?
Suelta un suspiro cargado de pesadez.
—Jamás. Pero aun así… necesito tu cabeza metida de lleno en esto. Es la primera oportunidad real que tenemos en mucho tiempo. Sabes lo que significa.
—Por supuesto que lo sé —gruñí, apretando los dientes.
Nos sostuvimos la mirada durante lo que pareció una eternidad, hasta que finalmente asintió despacio.
—De acuerdo. Pero no abres la boca —advirtió—. Deja que yo me encargue.
—Levi…
—Solo intervendrás si la situación se descontrola —sentenció—. Si no, me lo dejas a mí.
—Claro, te quedarás con la mejor parte —mascullé.
—¿Quién es el jefe?
—Tú.
—Exacto. Yo decido quién se mancha las manos hoy. Y seré yo. Fin de la discusión.