Traición y Sangre II (Draghi 2) Capítulo 1
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Capítulo 1

Maddox

—Por favor, Nora, deja de llorar.

Mis palabras solo consiguen que mi madre llore con más intensidad. Dejo escapar un suspiro de impaciencia, aunque me cuesta ocultar cuánto me afecta verla así.

No soy de piedra, o no del todo. Estos dos años con ella, lejos de Chicago, cambiaron nuestra relación.

Logramos conocernos de una forma que creí imposible tras pasar casi dos décadas siendo perfectas desconocidas, separadas tanto geográfica como emocionalmente.

Por eso, tener que despedirme ahora me resulta… difícil.

Esta mañana, al abrir los ojos y saber que debía partir al aeropuerto, me invadió algo muy parecido a la melancolía. Debía regresar a mi hogar en Chicago.

«Hogar».

Una palabra demasiado compleja; me daba jaqueca pensar en todo lo que implicaba y en cómo había perdido su significado para mí. Pero eso ya no importaba. No volvía para fingir que quería vivir en esa casa. Volvía por algo mucho más grande.

—¿Cómo puedes pedirme eso? —La voz de mi madre sale distorsionada por las lágrimas que se esfuerza en contener. Cuando sus ojos vuelven a cruzarse con los míos, sus labios tiemblan y rompe a llorar de nuevo—. ¿Estás segura de que no quieres quedarte un poco más?

—Estuve dos años aquí contigo, mamá.

Todavía me resulta extraño usar esa palabra.

«Mamá» .

Antes solía llamarla Nora, igual que a mi padre siempre lo llamé Levi.

Creía que era solo una costumbre, pero tardé en comprender que, en realidad, le decía así porque era una extraña para mí.

Me costó verla como mi madre. Cuando se lo confesé, lloró a mares durante una hora.

No se lo dije con malicia, sino porque era la verdad.

Mudarme con ella no fue solo para poner un océano de distancia entre la mafia de Chicago y yo; fue la oportunidad perfecta para empezar de cero.

Y una hoja en blanco implicaba hacer las cosas diferente.

Me propuse reconstruir nuestro vínculo, aunque no hubiera mucho que decir de mí misma, porque llevo dos años atrapada en un limbo.

Aun así, Nora fue mi pilar.

Comprendí que la culpa de nuestra distancia había sido de ambas.

Yo era mayor, podría haber intentado conectar con ella antes, pero la costumbre de la ausencia era más fuerte.

Ahora, ya no me recorre un escalofrío al llamarla madre, y ver cómo se le ilumina la mirada cada vez que escucha la palabra hace que se me caliente el pecho.

Es una sensación agradable, pero incómoda.

Últimamente evito estar en contacto con mis propios sentimientos; prefiero eludirlos.

Pero con Nora se vuelve imposible, porque ella es pura intensidad.

Quizás me falten muchas cosas por vivir a su lado, pero tengo veintiún años y planeo seguir respirando un tiempo más, así que habrá oportunidades. Ahora debo hacer esto. Debo regresar.

Los sentimientos se han vuelto un estorbo. Es mejor mantenerla a un continente de distancia, protegida y lejos de mí. Donde no pueda ver en qué se convertirá su hija cuando caigan las sombras.

—¿Y tú crees que dos años son suficientes, niña? —espeta con los ojos entornados y me da una palmada en el brazo—. Y no me pidas que deje de llorar, soy tu madre. Yo te digo qué hacer, ¿entendido?

Desvío la vista hacia las personas que transitan por el aeropuerto.

Algunas pasan de largo, pero otras nos dedican sonrisas de diversión al ver la escena: mi madre con las manos en las caderas y una ceja alzada, regañándome en público.

Como si yo no fuera mayor de edad. De hecho, oficialmente es la primera vez en mi vida que me regaña por algo.

—No te pongas así, mamá, harás que me muera de vergüenza —murmuro con los labios apretados en una fina línea.

—Me pondré como me dé la gana. —Se cruza de brazos—. Mi bebé está a punto de irse lejos, mi reacción está totalmente justificada.

—Lo estaría si fuera un bebé. No lo soy —le recuerdo.

—Lo serás hasta el día que yo muera, Maddie. —Hago una mueca leve ante el apodo—. ¿Me llamarás al llegar?

Reprimo un suspiro.

—Sí…

—¿Y me harás videollamada todos los días?

Tomo el asa de mi equipaje y doy un paso, en un intento de escapar del interrogatorio.

—Maddox…

—No puedo llamarte todos los días, mamá. Técnicamente, no me voy de vacaciones.

Siento su presencia a mi espalda hasta que se coloca a mi lado. Me lanza una mirada de advertencia que me obliga a ceder.

—De acuerdo. Intentaré llamarte.

Una sonrisa inmensa le cubre el rostro.

—Dije que lo inten… —mis palabras se evaporan cuando sus brazos me rodean con fuerza y rompe a llorar otra vez—. Nora… me… asfixias.

Me suelta despacio. Noto que todo esto le afecta a un nivel que quizás yo nunca llegue a comprender del todo. Lleno mis pulmones de aire, suelto la maleta y la enfrento.

—Estaré bien.

—No quiero que regreses, Maddox.

Su voz cambia; se vuelve grave y rota. No necesito que articule la razón por la que teme dejarme ir. Las cicatrices que llevo en el cuerpo son motivo suficiente. Aún recuerdo su expresión de terror cuando le anuncié que había comprado un vuelo sin escalas a Chicago.

Lo hice hace un mes, y ella pasó las semanas siguientes sumida en un estado de ansiedad del que nadie pudo sacarla.

Por más que le jurara que me cuidaría y que me mantendría lejos de los negocios de mi padre, entró en negación total.

Luego pasamos a una tregua silenciosa; terminó aceptando mi decisión, aunque no la compartiera.

Varias noches la escuché llorar a escondidas en su baño, y confieso que eso me partió un poco el corazón, si es que me quedan piezas unidas ahí dentro. Pero nada de eso me hizo cambiar de opinión.

Maddox Salvatore había pasado demasiado tiempo escondida. Era hora de salir a la luz. O, mejor dicho, a la oscuridad de Chicago.

—No te preocupes por mí, por favor.

—¿Cómo puedes pedirme eso? ¿Después de…?

—Por favor —la corto, quizás con demasiada brusquedad. Ella aparta la vista. Cierro los ojos, inhalo y exhalo lentamente para recomponerme—. Te llamaré. Y volveré a verte, ¿de acuerdo?

—Eso espero —murmura—. De todas formas, iré a visitarte.

Me quedo estática. La sorpresa me golpea y la garganta se me seca, pero recompongo mi expresión de inmediato para que no note mi alerta.

—¿Irás a verme? —Ella asiente, decidida, secándose las lágrimas. Su rostro vuelve a lucir impecable y serio—. ¿Cuándo será eso?

Lanzo la pregunta con aparente indiferencia. Mi plan está marchando a la perfección; si mi madre aparece en Chicago, arruinará todo. Necesito evitarlo a toda costa.

—En un mes. ¿Hay algún problema, cariño?

Un mes. Pasa en un parpadeo y caería justo en el punto más crucial de mi venganza.

—Es la semana de la moda en París —le recuerdo—. En exactamente… un mes.

Arruga la frente y desvía la mirada, como si de verdad lo hubiera olvidado. Es extraño, considerando que es una de las diseñadoras más importantes de Francia y tiene un lugar de honor cada año. Saca el móvil, teclea con rapidez y chasquea la lengua.

—Es cierto. Pero podría hacerme un hueco para ver a mi hija… a menos que no quieras.

Le dedico una sonrisa serena.

—¿Por qué no querría? Solo lo preguntaba para avisarle a Levi y preparar la habitación de invitados.

—Ni en un millón de años me quedaría en esa mansión —sentencia tajante—. Prefiero un hotel. Yo me encargo, cariño.

Alzo una ceja. En dos años no he podido averiguar mucho sobre la relación de mis padres.

Solo sé que siguen legalmente casados porque Levi jamás firmó el divorcio.

Es una dinámica extraña; Nora parece entrar en alerta cada vez que lo menciono.

Algo pasó en Chicago hace dos años cuando ella apareció de sorpresa, pero se niega a soltar una palabra al respecto.

—Prométeme que te cuidarás, Maddox. —Su tono vuelve a la severidad de antes.

—Sí, mamá.

—Promételo.

—Lo prometo. —Levanto una mano como si hiciera un juramento, soltando una risa suave que corto casi al instante para igualar su seriedad.

—No te meterás en problemas, te alejarás del trabajo de tu padre y no harás nada para ponerte en peligro.

Un nudo se instala en mi pecho. Es injusto mentirle en la cara a mi madre después del vínculo que hemos construido, pero es la única forma de mantenerla a salvo.

Cuando alcé mi copa de champán en la cena de Año Nuevo, me prometí que este año Maddox Salvatore sería una máquina de mentiras.

Este año no me quebraría. No dejaría que los sentimientos me doblegaran.

Este año, mentiría sin piedad.

—Esas son demasiadas exigencias, ¿no crees? —bromeo para despistarla.

—Maddox.

—De acuerdo, haré todo lo que dices. Lo seguiré al pie de la letra y, por encima de todo, no me pondré en peligro.

La voz de mi mejor amiga resuena de pronto en mi cabeza: «No deberías mentirle a tu madre, Maddie» .

Le sonrío, ignorando el fantasma de esa voz y la verdad que insinúa. Por los altavoces anuncian mi vuelo. Reacciono y vuelvo a tomar mi equipaje. Al girarme, choco con los ojos cristalizados de mi madre. Suelto la maleta de nuevo y la envuelvo en un abrazo apretado.

—Estaré bien, ¿sí? No te preocupes.

—Siempre me preocuparé por ti. Eres mi bebé.

Sonrío contra su hombro.

—Un bebé de veintiún años.

—Pero mi bebé. —Me da un último apretón y sorbe por la nariz—. De acuerdo, vete antes de que llame a Cristian para que te meta en el coche a la fuerza y nos devuelva a casa.

Dejo escapar una risa sincera.

—Extrañaré a Cristian. Salúdalo de mi parte.

—Allí tendrás a tu propio guardaespaldas.

Mi cuerpo entero entra en alerta ante sus palabras. Llevo mucho tiempo sin pensar en él. O, mejor dicho, obligándome a no hacerlo. No puedo permitirme pensar en él ahora. Aplasto esa sensación punzante que se aloja en mi pecho y encierro su recuerdo bajo llave en lo más recóndito de mi mente.

—Le haré llegar tus saludos, cariño —añade Nora, ajena a mi caos interno.

Asiento despacio. Le doy un último abrazo, dejo que me llene de besos y tomo mi equipaje enfilando hacia la puerta de embarque.

Mis ojos se desvían hacia las pantallas que indican los números de vuelo.

Al leer la palabra Chicago , mi cuerpo reacciona por inercia.

Cierro los ojos. Cuento hasta cinco. Los abro, obligándome a hacerle frente a mi futuro.

—¿Estás segura de que quieres hacer esto? —La voz de mi madre me detiene. Se ha alejado unos metros, pero aún la escucho.

En mi vida, jamás se trató de lo que yo quisiera hacer, sino de lo que debía hacer.

De los mandatos. Del peso asfixiante de la sangre en una familia como la mía.

Todo en mi existencia siempre se ha reducido a mi apellido, y así debía continuar.

¿Pero cómo le explicas a tu madre que necesitas la oscuridad?

¿Que nada volverá a tener sentido si no regresas a Chicago para terminar lo que empezó hace tiempo?

Dos años fuera. Dos años planeando mi venganza.

Le dedico una última sonrisa desde la distancia.

—Te llamo al llegar, ¿sí? Te quiero.

Me doy la vuelta y camino hacia mi destino.