Traición y Sangre II (Draghi 2) PRÓLOGO #2
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PRÓLOGO #2

En cuanto llegaron a su hogar, Jacob se encontró con un escenario dantesco.

Contuvo una mueca al ver la sangre esparcida por los azulejos de la cocina.

En el trayecto, Milenka le había resumido lo sucedido: Marcus irrumpió por la puerta trasera con uno de sus matones e intentó atacarla por la espalda mientras cocinaba. Pero Milenka fue más rápida.

Siempre había sido más letal que cualquiera.

Criada en la Bratva, escapó a los quince años dejando una estela de cadáveres a su paso.

Jacob se había enamorado de ella al instante, y aunque le costó horrores captar la atención de la joven de ojos azules, siempre supo que lo lograría.

Le propuso matrimonio sin titubear, convencido de que o compartía su vida con ella, o moriría en las calles de Chicago.

Mientras Milenka preparaba en la habitación de los niños una maleta con lo estrictamente indispensable, Jacob la aguardaba.

Ella se dio una ducha rápida para borrarse los rastros de los infelices que intentaron matarla.

Una furia latente le quemaba las venas al pensar que el objetivo real era su esposo.

Siempre había sido posesiva con él, dispuesta a masacrar a quien osara interponerse en su camino.

Lo hizo años atrás, casi asesinando a su propio padre, y no se arrepentía.

Se miró al espejo. El cabello negro y liso caía como una cascada sobre su piel pálida, acentuando el brillo gélido de sus pupilas. Desde que huyó de Moscú, no había vuelto a mancharse las manos. Hasta hoy. La adrenalina de empuñar un filo volvió a embriagarla.

Al salir del baño, pasó por la cocina. No se molestaron en limpiar; sabían que Levi se encargaría de encubrirlo todo. Levi siempre lo hacía.

Abrió el segundo cajón de la despensa y sacó su cuchillo favorito. Caminó, envuelta solo en una toalla, hasta su habitación. Jacob ya estaba listo, con su maleta cerrada a los pies de la cama.

Antes de que él pudiera reaccionar, sintió el metal frío presionando su yugular. Tragó en seco. Milenka lo miró con una mezcla de furia y posesión que lo excitó más de lo que estaba dispuesto a admitir.

—Mi amor —susurró él—. Sé que estás molesta, pero…

—La próxima vez que intentes alejarte de mí, te sacaré los ojos, Jacob —advirtió con voz fría.

Y él le creyó, por supuesto. Milenka jamás lanzaba amenazas en vano.

—Pero si mis ojos te fascinan, cielo —replicó, guiñándole uno—. No seas tan cruel. Solo quería protegerte.

—Me aceptaste con las manos manchadas de sangre cuando solo era una adolescente. Y en nuestros votos prometimos estar juntos siempre. Hablo en serio.

—Y yo también. —Apretó la mandíbula—. No pienso dejarte. Lamento siquiera haberlo considerado.

—Bien. —Presionó apenas un milímetro más el filo a modo de advertencia antes de apartarlo, cediendo ante la sonrisa de su esposo—. Y no olvides que estaré contigo hasta el fin de nuestros días.

Jacob la tomó por la nuca y la atrajo hacia él. La besó con desesperación, como si quisiera memorizar su sabor. Estaban a punto de dejarse llevar cuando el portazo de la entrada los devolvió a la realidad. Se pusieron en alerta y corrieron hacia el pasillo.

Matthew, su hijo mayor, estaba paralizado en el umbral, observando las manchas escarlatas en el suelo.

—¿Qué demonios pasó aquí?

— Malysh —murmuró Milenka, acercándose, aunque el muchacho rodó los ojos al escuchar el apodo en su lengua natal—. Todo está bien, solo tenemos que irnos.

—Díganme qué carajos pasó. —Matthew siempre había sido frío y calculador. Era como ver a Milenka, pero en la versión de un adolescente de casi diecisiete años con ojos color chocolate—. ¿Estás bien, mamá? ¿Te hicieron daño?

Por primera vez, la máscara de hielo del chico se agrietó y una lágrima traicionera se le escapó a su madre, aunque se recompuso de inmediato.

—Estoy perfecta. —Milenka acunó el rostro de su hijo y le sonrió—. Pero digamos que nos metimos en un problema.

—¿Qué clase de problema? —gruñó.

Sabían que con Matthew no hacían falta filtros. Conocía la realidad del negocio y jamás la había cuestionado. Pero no había tiempo para explicaciones.

—Hicimos enojar a quien no debíamos —intervino Jacob, colocándose junto a ellos—. Pero Levi nos ayudará.

—Tenemos que irnos, no es seguro quedarnos —apremió ella, alejándose para comprobar los cerrojos de las ventanas—. Ya preparé tu ropa. Max sigue en clases, así que pasaremos a buscarlo.

—Ya llamé al instituto para avisar que lo retiraríamos temprano.

—Perfecto. —Milenka volvió a mirar a Matthew, que seguía con la vista clavada en el suelo—. Lo siento, Matt. Sé que acabas de empezar tu último año, pero en Europa podrás estudiar…

—¿Nos vamos a Europa? —preguntó sin aliento.

—Estaremos un tiempo en Francia. Después nos moveremos según cómo avancen las cosas —Matthew asintió—. Me cambio y los veo en el coche.

Padre e hijo se movieron con rapidez. En pocos minutos, el equipaje estaba en el maletero.

Jacob aguardó al volante hasta que Milenka salió de la casa, vestida con ropa táctica negra.

A Matthew le impactó ver a su madre en esa faceta, pero conocía lo suficiente los entresijos de los Hardaway y los Salvatore para entender la gravedad de la situación.

En cuanto Milenka cerró la puerta, Jacob arrancó. Le dedicó un asentimiento a su esposa y una breve sonrisa a su hijo por el retrovisor.

Matthew sintió un nudo oprimiéndole la garganta. Comprendió que no volverían a su hogar en mucho tiempo. No vería a Levi, ni a Maddox, ni a sus amigos.

El motor rugió. Diez minutos después, vislumbraron la silueta del instituto de Máximo a lo lejos.

—Déjenme hablar a mí —pidió Milenka—. Max solo me escuchará a mí, yo sabré cómo explicárselo.

—Milenka —advirtió Jacob—. No es momento de mentiras. Es hora de que sepa la verdad.

—Estoy de acuerdo —secundó Matthew.

Milenka soltó una maldición en ruso.

—Lo sé, pero déjenme hacerlo a mi manera. —Soltó un largo suspiro. Jacob notó su tensión; soltó la palanca de cambios para tomarle la mano y besó sus nudillos. Ella le sonrió—. Amor…

—Todo estará bien, cielo —prometió él—. Te amo.

El semáforo cambió demasiado rápido.

Jacob apenas pisó el freno cuando un haz de luz blanca los encandiló por la izquierda.

El rugido de un motor pesado irrumpió como un disparo y, en cuestión de milésimas de segundo, el mundo se redujo a metal retorciéndose.

Matthew sintió el tirón brutal del cinturón fracturándole el pecho mientras el coche volcaba.

Una, dos veces. El parabrisas estalló en una lluvia letal de cristales.

El hedor a gasolina inundó el aire, mezclándose con el humo y la sangre.

Matthew parpadeó. Estaba aturdido, atrapado en un zumbido ensordecedor que le taladraba el cráneo. Intentó moverse. Pudo. Intentó hablar, pero nadie respondió. A su lado, el brazo de su madre colgaba inerte. Al frente, la cabeza de su padre descansaba torcida contra el volante, demasiado quieta.

Entonces lo comprendió.

Él respiraba... y ellos no.