Traición y Sangre II (Draghi 2)
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PRÓLOGO
El despacho de Levi Salvatore conservaba el vaho del tabaco caro y la colonia de mil dólares. Levi mantenía los ojos verdes clavados en los papeles frente a él; no había dejado de fumar desde que se encerró allí una hora antes.
Hacía mucho que no vaciaba la cigarrera.
Con veintisiete años y una hija de seis, sabía que debía dejarlo.
La pequeña Maddox se lo recordaba cada vez que intentaba abrazarla y ella arrugaba la nariz con una mezcla de asco que lo divertía y lo entristecía a la vez.
Había estado limpio durante años; recayó cuando su esposa lo abandonó, pero gracias a su mejor amigo no se convirtió en una chimenea andante. Desde entonces, lo tenía controlado.
Hasta esta tarde.
—Deberías dejarlo.
Los ojos de Levi se apartaron de los papeles para clavarse en su amigo. Jacob Hardaway lo miraba con una mezcla de tristeza y nerviosismo.
—Y tú deberías meterte en tus asuntos —replicó Levi con tono mordaz—. Porque hasta ahora solo me has complicado la existencia.
Jacob bajó la vista. Sabía que no hablaba en serio; Levi lo quería como a un hermano y daría la vida por él.
Pero las cosas habían cambiado. Ya no eran dos adolescentes sin responsabilidades, sino dos hombres obligados a pagar por las consecuencias de sus actos. Y Jacob era quien más tenía que perder.
—Lo arreglaré, Levi —aseguró con dureza. Se inclinó sobre la mesa de caoba, conectando sus miradas por un segundo antes de volver a apartarla—. Te prometo que…
—Lo arreglaré yo —lo interrumpió con un suspiro—. Como siempre, Jacob. Yo me encargo.
Jacob apretó los puños a los costados y tensó la mandíbula.
No le gustaba que Levi fuera su salvavidas. Cuando eran chicos no le importaba, pero ya eran adultos. Debía poder solucionar sus propios problemas. Pensó en Milenka, en lo que diría cuando se enterara de lo ocurrido y de que la única solución era huir.
Jacob no quería depender de él, pero los Hardaway no tenían el poder de los Salvatore, y Milenka había roto lazos con su propia familia. El Don era su mejor opción; sabía que Levi jamás los abandonaría.
—Te pedí que no lo hicieras, Jacob —Levi se pasó una mano por el cabello—. Solo debías vigilarlos. Solo quería saber quién se esconde bajo la fachada de Pietro.
—Lo sé, lo siento. —Jacob volvió a mirarlo, percibiendo la densidad del ambiente—. No debí acercarme demasiado…
—¿Acercarte? —Levi soltó una risa seca—. Cruzaste todos los límites. Nos expusiste, pero sobre todo, te pusiste en peligro.
—Era lo que querías —le recordó en voz baja—. Romper los tratados de paz que impuso tu padre…
—Sí, pero no así. —Negó con la cabeza—. Si soy yo quien la provoca, no me sirve de nada.
—No creí…
—¿Que sabrían que eres un maldito espía enviado por mí? —bufó—. Vamos, Jacob. Eres inteligente. Si detrás de Pietro de verdad se esconde él… —hizo una mueca de disgusto—. Solo tienen que sumar dos más dos.
El silencio que siguió los envolvió con la certeza de que, quizás, sería la última vez que estarían juntos en mucho tiempo.
Jacob tendría que escapar con la ayuda de Levi hasta que las aguas se calmaran.
Cuando provocas a una mafia enemiga, no importa si te apellidas Salvatore o si eres la maldita realeza: la consecuencia siempre es un baño de sangre.
Pero Levi jamás permitiría que torturaran o asesinaran a su mejor amigo. Antes tendrían que pasar por encima de su cadáver.
—Promete que los cuidarás —susurró Jacob.
A Levi no le hizo falta preguntar a quiénes se refería.
El plan era simple: Jacob partiría esa misma noche a Francia, donde Nora lo esperaría con documentación falsa para ser otra persona durante la próxima década.
A su esposa no le había hecho ninguna gracia tener que hacer ese favor, pero Levi se lo pidió en nombre de Milenka, su mejor amiga, y no pudo negarse.
Milenka y los niños se quedarían en Chicago, al menos hasta controlar la situación y evitar que estallara la guerra. Luego se reunirían con Jacob en algún lugar remoto de Europa o Asia. Aún no lo decidían.
—Sabes que lo haré —murmuró con cansancio—. Ahora vete. Milenka no está al tanto de nada y necesitas asegurarte de que lo sepa por ti antes que los niños.
Jacob tragó en seco. Sabía que su esposa se negaría a dejarlo ir solo, pero tendría que convencerla costara lo que costara.
Levi rodeó el escritorio y, antes de que su amigo pudiera procesarlo, el Don lo envolvió en un abrazo fraternal.
—Mierda, Levi —murmuró Jacob, conteniendo una risa—. Si solo tenía que provocar una guerra para que me demostraras afecto, lo habría hecho hace años.
—Ya. —Levi puso los ojos en blanco y se apartó—. Déjate de juegos. Es tu vida la que corre peligro, Hardaway.
—¿Qué puedo decir? —Se encogió de hombros con una sonrisa ladeada—. A Jacob Hardaway siempre le gustaron los problemas. Me iré para…
Antes de que pudiera terminar, la puerta del despacho se abrió de golpe. Ambos se congelaron ante la escena: Milenka estaba empapada en sangre.
—¿Qué demonios? —masculló Levi.
—Milenka…
—¿Se te cayó un bote de pintura roja encima?
Los dos hombres abrieron los ojos de par en par al descubrir a la niña rubia parada junto a la mujer. Maddox ladeó la cabeza, escaneándola de arriba abajo con suma atención.
—¿Caminaste debajo de una escalera? Porque eso también trae mala suerte…
—Maddox, a tu habitación —la interrumpió Levi. La niña se cruzó de brazos con una actitud demasiado intimidante para su corta edad, pero su padre endureció la mirada—. Ahora.
Rodó los ojos y dejó escapar un suspiro exagerado.
—De acuerdo —murmuró, dándose la vuelta, aunque no sin antes echarle un último vistazo a la intrusa—. El rojo te sienta bien.
Milenka parpadeó, incrédula. La misma niña que vio nacer hace seis años, la hija del mafioso más temido de Chicago, acababa de verla cubierta de sangre sin inmutarse lo más mínimo.
« De tal palo, tal astilla », pensó, clavando la mirada en Levi.
Jacob acortó la distancia a trompicones y acunó el rostro de su esposa. «Pobre Jacob. Siempre creyendo que soy yo la que está en peligro, cuando al final todos corren peligro por mí» , reflexionó ella.
—Amor, ¿qué ocurrió? —preguntó él en un susurro.
—Dios mío —exhaló Levi a sus espaldas—. Ustedes dos van a matarme de un maldito infarto.
—Ya, Levi. —Milenka apartó suavemente las manos de Jacob de su rostro—. Estás exagerando.
—Oh, claro. Quizás no debería resultarme extraño que la esposa de mi mejor amigo irrumpa en mi despacho como Carrie.
Milenka ignoró el sarcasmo del Don. Caminó, indiferente a la sangre que goteaba sobre la alfombra negra, hasta la pequeña mesa de licores. Se sirvió su whisky favorito y lo bebió de un solo trago, cerrando los ojos al sentir el ardor en la garganta.
La adrenalina aún hervía en sus venas. A partir de ese momento, todo se había ido al diablo.
No les quedaba más opción que iniciar una guerra real.
Sentía el cabello pegado a la nuca y el olor metálico a óxido impregnado en su piel, mezclándose con el aroma del alcohol.
Se sirvió otro vaso y se giró hacia ellos.
—Fueron a casa —anunció, mirando fijamente a Jacob—. Te buscaban a ti.
—Mi amor…
—¿Por qué demonios te buscaban, Jacob? ¿Qué me estás escondiendo?
Jacob bajó la mirada, incapaz de sostener el hielo de sus ojos.
—Me acerqué demasiado.
Levi, que hasta ese momento había intentado no perder los estribos, explotó.
—Sabes que le pedí que se infiltrara en Onyx —Milenka alzó una ceja y asintió—. Quería descubrir quién demonios era Pietro…
—Querías saber si era Marcio —lo interrumpió ella—. Querías confirmar si era él. ¿Por qué? ¿Para recuperar lazos?
A Levi siempre lo había sacado de quicio la ironía de la rusa, aunque fue precisamente eso lo que los convirtió en amigos.
—Para cobrar deudas, Milenka. Para eso. —Levi se frotó las sienes—. Pero solo necesitaba saber lo suficiente, no quedar al descubierto. —Le lanzó una mirada fulminante a Jacob—. Sin embargo, tu esposo no tuvo mejor idea que meter las narices donde no debía.
—Y ahora lo saben —concluyó ella, cruzándose de brazos—. Bien. Para tu buena suerte, puedo confirmarte que sí. Marcio y Pietro son la misma persona.
Levi arrugó la frente.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque fue a buscarnos. —Miró a Jacob y suspiró—. Aunque no era él. Era Marcus.
—Su hermano —murmuró Levi, atando cabos—. Lo del gemelo también era un rumor…
—Un rumor muy cierto —sentenció Milenka antes de terminar su bebida—. Se presentó con otro hombre que no tuvo un final feliz. —Dejó el vaso de cristal sobre la mesa con un golpe seco que puso a ambos en alerta—. ¿Pensabas irte y dejarme sola con los niños?
El tono acusador hizo que Jacob encogiera los hombros. Pocas cosas le aterraban tanto como la frialdad de su esposa; la misma que lo había enamorado e intimidado a partes iguales.
—No podía quedarme. El plan era alejarme hasta que estuvieran a salvo…
—Lamento informarte que eso ya no será posible —lo cortó—. Ahora nos vamos todos.
—¿También asesinaste a Marcus? —La voz de Levi adoptó ese temple oscuro que usaba para ordenar ejecuciones—. Milenka…
—Levi, ¿siempre tienes que ser tan dramático?
—No me jodas. No estoy para tus juegos.
—Tranquilos los dos —intervino Jacob.
—No lo maté —admitió Milenka—. Pero estuve cerca. Logró escapar, así que debemos movernos rápido. No creo que le quede mucho tiempo, pero aún podría darnos problemas.
Levi empezó a maldecir.
—Mierda. —Pateó su silla de roble, haciéndola rodar hacia atrás—. ¡Ustedes dos tenían que ser tal para cual! ¿No pueden limitarse a pasar desapercibidos?
—Basta. —Milenka dio un paso hacia él, dispuesta a callarlo—. No es momento para quejas ni berrinches. Hay que actuar.
Levi la miró, incrédulo ante su audacia, pero terminó asintiendo, derrotado.
—Llama a Nora. Que consiga documentación para todos.
—Vamos a casa —dijo Jacob, tomando la mano de su esposa. La expresión de Milenka se suavizó de inmediato—. Tenemos que buscar nuestras cosas y a los niños.
—Los espero aquí en dos horas —sentenció el Don.
Los tres compartieron una última mirada.
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