CAPITULO 70 #2
Trago saliva, sintiendo que el suelo desaparece bajo mis pies. Hay capas de dolor aquí que nunca imaginé. La verdad sobre por qué mi madre se fue empieza a emerger como la punta de un iceberg de hielo negro.
—No quería retenerte... —La voz de mi padre se quiebra, volviéndose pequeña, humana—. Yo te amaba, Nora. Te entregué todo lo que un hombre como yo puede entregar. Quería que fueras mi reina, pero tú solo pensabas en escapar de mí...
—Esto nunca se trató de amor, Levi —la voz de ella se suaviza, pero mantiene el filo—. Se trata de supervivencia. Esto no es vida para nadie. No quiero que mi hija termine consumida por tu oscuridad. No después de lo que ha sufrido.
Cierro los ojos con fuerza, sintiendo el peso de su enfrentamiento en mi propio pecho.
—No lo hagas... Por favor —suplica él, y es la primera vez en mi vida que escucho al Don de Chicago sonar como un hombre derrotado.
—No me la llevaré a la fuerza. Dejaré que ella elija. Le daré la opción de una vida normal, algo que tú nunca podrás ofrecerle.
Se quedan ahí, atrapados en un duelo de miradas que quema.
Siento las lágrimas agolparse detrás de mis párpados, quemando como ácido, y huyo de aquel lugar.
Subo los escalones de dos en dos, impulsada por una urgencia frenética.
Al llegar a mi habitación, arrastro mi maleta del armario y empiezo a arrojar ropa dentro, sin orden, sin cuidado. Solo quiero llenar el vacío.
Mi madre aún no me ha preguntado qué quiero hacer, pero ya tomé una decisión. Quizás sea de cobardes huir, pero ahora mismo necesito kilómetros de distancia para procesar cómo mi vida dio un giro de ciento ochenta grados y terminó estrellándose contra un muro de concreto.
Medio año atrás, yo era una universitaria intentando escapar de la sombra de mi apellido. Luego, me convencí de que pertenecía a este mundo de sombras. Después vino el secuestro, la tortura... Creí que ya había alcanzado mi límite de dolor. Qué ilusa.
Hace apenas veinticuatro horas, yo era un fantasma con una pizca de esperanza. Una estúpida que creía que el amor de un hombre podía ser su refugio. Pero el chico al que le entregué todo me mostró su verdadera cara, y resultó ser la de un monstruo.
En nuestro mundo no hay lugar para el amor; solo hay caos, destrucción y una oscuridad que te devora si le das la espalda. Intenté jugar a ser diferente y lo único que logré fue que me redujeran a cenizas.
Necesito dejar de sentirme así de rota. Necesito tiempo para ver si las piezas vuelven a encajar, o si simplemente debo aprender a vivir con las grietas.
Estoy tan absorta en mi tarea que no noto la presencia en la puerta hasta que un carraspeo rompe el silencio. Doy un respingo, con el corazón martilleando contra mis costillas.
Matthew.
—No te vayas —su voz es un susurro suplicante, una grieta en su máscara de acero—. No lo hagas, Maddox. Nora dijo que podías elegir. Elige quedarte.
—¿Por qué lo haría? —Le pregunto, deteniéndome con una prenda entre las manos.
Él arruga la frente, mirándome como si mi pregunta fuera un idioma extranjero. Como si no comprendiera por qué alguien querría huir de un campo de batalla.
—¿De qué hablas? ¿De verdad quieres irte?
Me encojo de hombros y sigo doblando ropa con movimientos mecánicos.
—No me queda nada aquí, ¿cierto? Irme es la única decisión lógica que he tomado en meses.
—Maddox… —Él se abre paso en la habitación, invadiendo mi espacio con su presencia imponente—. No… por favor, no puedes…
Lo miro, desconcertada por la desesperación que emana de él.
—¿Qué pasa? ¿Vas a decirme que tenías razón? —Clavo mis ojos en los suyos—. Me advertiste sobre él. Me pediste que me alejara de Máximo y fui demasiado terca para escucharte. ¿Vas a restregármelo en la cara ahora?
—¿Cómo puedes pensar, siquiera por un segundo, que yo te haría algo así? —Su voz vibra con una indignación genuina.
Suelto un suspiro pesado y me desplomo en la cama, rodeada de maletas a medio llenar.
Su presencia lo inunda todo; el aroma a roble y peligro de Matthew hace que mis pensamientos de huida se tambaleen.
—Dijiste que no te queda nada aquí —dice, acercándose un paso más—, pero te equivocas. Hay personas en esta casa que te quieren. Personas que morirían por ti… y que se morirían por dentro si te vas.
—Puedo hablar con Levi por videollamada —me encojo de hombros—. Y estoy segura de que a Penny le encantará visitarme en París. No me voy a una isla desierta, Matthew.
—¿Y yo? —La pregunta queda suspendida en el aire, cargada de una tensión eléctrica. Se acerca de nuevo, deteniéndose a un metro de distancia. Veo cómo su nuez de Adán se mueve al tragar y el dolor que atraviesa sus ojos chocolate es casi tangible—. ¿Dónde quedo yo en ese plan, Maddox?
El aire se escapa de mis pulmones. No estaba preparada para esto. No de él.
—Matthew…
Él acorta la distancia restante y, en un gesto que me deja sin aliento, se arrodilla frente a mí. Coloca sus manos en el colchón, a cada lado de mi cuerpo, atrapándome sin tocarme.
Desde aquí, puedo ver las ojeras profundas que marcan su cansancio y la barba de varios días que ensombrece su mandíbula. Está de rodillas, pero su estatura hace que nuestras miradas queden a la misma altura.
—Lo lamento tanto… —murmura—. Si hubiera estado más atento, si no hubiera dejado que mis sentimientos nublaran mi juicio, habría visto que mi hermano nos estaba vendiendo.
Niego con la cabeza mientras el sentimiento de culpa parece emerger otra vez.
—Tú tenías dudas. Fuiste tú quien intentó protegerme —le recuerdo—. Fui yo quien te convenció de que confiaras en él.
—Pero no debí ceder…
—Basta —pido en un susurro. Levanto mi mano y acaricio su mejilla; su piel está caliente y áspera.
Él cierra los ojos, inclinándose hacia mi tacto como si fuera un hombre sediento encontrando agua—.
Deja de disculparte por pecados que no cometiste.
La culpa es de Máximo. Y mía, por ser una idiota.
Pero te juro que no volverá a pasar. Nadie volverá a tener ese poder sobre mí.
—Maddox…
—Me iré, Matthew —sentencio con firmeza, aunque mi corazón se rebela—. Es lo que necesito para sobrevivir. No sé por cuánto tiempo, pero tengo que salir de aquí.
—Dime que regresarás —me pide, y el hombre que es la mano derecha del Don parece ahora un náufrago rogando por un cabo—. Promételo.
Lo miro, conmovida por la vulnerabilidad de este hombre letal. Hay una calidez extraña extendiéndose por mi pecho, una que no tiene nada que ver con el dolor.
—No puedo prometer que regresaré siendo la Maddox que recuerdas.
Una pequeña sonrisa, triste y cargada de un significado que no me atrevo a nombrar, curva la esquina de sus labios.
—Te esperaré, Maddox. Lo he hecho durante años —susurra, clavando sus ojos en los míos—. Puedo seguir haciéndolo el tiempo que haga falta.
Me paralizo al escuchar sus palabras. Acaricio su mejilla por última vez, recorriendo con mis dedos las líneas de su rostro, grabando cada ángulo en mi memoria para las noches frías que me esperan en París.
—Regresaré —le aseguro.
Y por primera vez en todo el día, no siento que estoy mintiendo.