Traición y Sangre I (Draghi 1) CAPITULO 70
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CAPITULO 70

maddox

C uando la última palabra sale de mis labios, el aire en la sala de lectura se vuelve irrespirable. He vomitado la verdad, admitiendo mi relación con Máximo con un nudo de alambre de espino en la garganta.

Por un segundo, me siento más ligera, como si hubiera soltado una piedra que me estaba hundiendo en el fondo del Michigan.

Pero hay secretos que me guardo, verdades que aún no estoy lista para compartir. No les digo que él estuvo allí. No les cuento que sus ojos me miraron mientras el dolor me arrancaba la cordura en aquel sótano.

No lo digo porque sé que, si lo hiciera, mi padre y Matthew se convertirían en demonios. Saldrían ahora mismo, reducirían Chicago a cenizas y no se detendrían hasta que el corazón de Máximo dejara de latir.

Y aunque una parte de mí desea ver su sangre correr, la otra... la otra simplemente está agotada.

No tengo más espacio para el odio.

Solo quiero una ducha que me arranque su rastro de la piel y un mecanismo que borre de mi memoria el hecho de que le entregué mi cuerpo, mi alma y mi lealtad a un hombre que me veía como un peón.

El recuerdo de su tacto me provoca una nueva oleada de náuseas. Me abrazo a mí misma, tratando de no desmoronarme frente a ellos.

Mi padre se desploma en el sofá, con la mirada perdida en algún punto de la sala.

Matthew, por su parte, no ha dejado de mirarme.

Sus labios están entreabiertos, su mandíbula trabaja con una fuerza que amenaza con fracturarse.

Parece que quiere hablar, pero el peso de la traición de su propia sangre lo ha dejado mudo.

—¿Tú sabías que ella salía con tu hermano?

La voz de mi madre corta el silencio como una cuchilla. Nora echa chispas; hay fuego en sus pupilas y sus puños están cerrados con tanta fuerza que sus nudillos parecen mármol blanco.

Matthew asiente y baja la vista. Veo dolor en su gesto, tal vez vergüenza, pero no tengo fuerzas para descifrarlo. Mis propias emociones son un tsunami que no me da respiro.

—Haz una maleta —sentencia mi madre, mirándome con una determinación gélida—. Te vienes a Francia conmigo.

El tiempo se congela.

Mi padre se levanta del sofá de un salto para enfrentarla. Veo a Matthew tensarse, sus hombros se cuadran y se coloca al lado de Levi, formando un muro de autoridad masculina que nos separa.

Yo sigo allí, pequeña, rota, sintiendo que mi vida es un péndulo oscilando sobre un abismo. No tengo el control de nada. Lo cierto es que jamás tuve el control de mi vida, de absolutamente nada.

—¿De qué demonios hablas, Nora? —Gruñe mi padre entre dientes.

—Lo que escuchas, Levi. Ya he tenido suficiente de tu mundo —ella da un paso hacia adelante, sin amedrentarse ante el Don de Chicago—. Tenías un solo trabajo: cuidar de nuestra hija. No solo permitiste que se hundiera en esta mierda, sino que dejaste que recibiera los golpes sola.

—Nora, no creo que sea buena idea que ella se vaya ahora... —Interviene Matthew con voz ronca.

—Y tú… —ella lo señala, su voz se vuelve afilada y peligrosa—. Ni siquiera pudiste mantener a tu hermano lejos de ella. Fuiste incapaz de ver que el traidor dormía en la habitación de al lado. ¡Ninguno de ustedes fue capaz de protegerla!

El silencio que sigue es denso y pesado. Matthew niega con la cabeza, sus ojos color chocolate fijos en mí, cargados de una súplica silenciosa que no puedo procesar. Mi padre parece una estatua de piedra, impasible por fuera, pero sé que por dentro se está desgarrando.

—Vamos, cielo. Nos vamos.

Mi madre me toma de las manos. Su contacto es lo único cálido en esta habitación llena de hombres y secretos mortales. Me siento como porcelana que ha sido pegada demasiadas veces; un soplo más y me haré pedazos. Pedazos que ya no tengo interés en recoger.

¿Quién soy debajo de estos escombros?

Intenté ser la hija del Don. Intenté ser valiente, disparar armas y jugar al ajedrez con monstruos. Pero la realidad me ha golpeado en la cara: no soy una reina de la mafia. Soy solo una chica de diecinueve años con el corazón hecho jirones y el cuerpo profanado por la mentira.

No tengo energías para pelear.

Si irme significa que el vacío en mi pecho dejará de sangrar, entonces me iré. Dejo que mi madre me guíe fuera de la sala. No escucho las protestas de mi padre ni los susurros desesperados de Matthew. El mundo exterior se vuelve borroso mientras subimos a mi habitación.

Una vez allí, Nora enciende la lámpara de noche y se sienta en la cama, indicándome que me acerque.

Me derrumbo. Apoyo la cabeza en su regazo y, cuando sus dedos comienzan a acariciar mi cabello, el llanto que contenía explota.

Me rompo por primera vez en mi vida, entregándole mi dolor a la única persona que no me ve como un activo de la organización.

Ella me consuela, pidiéndome perdón por los años de distancia, por el abandono, por haber dejado que mi padre me moldeara a su imagen y semejanza. Me promete que no volverá a dejarme sola.

Y por primera vez en mucho tiempo, elijo creer.

Lloro hasta que mis ojos arden, hasta que el cansancio vence al trauma. Me hundo en la oscuridad del sueño, rogando que, cuando despierte, el nombre de Máximo Hardaway ya no sea más que un eco lejano en una pesadilla que por fin ha terminado.

Cuando abro los ojos, la oscuridad de mi habitación es absoluta, una negrura densa que parece querer asfixiarme.

Parpadeo, pero la vista no se aclara; mis párpados pesan como el plomo y mis pestañas están pegadas por el salitre de las lágrimas secas.

Mi madre ya no está. El hueco a mi lado está frío.

Me muevo y un gemido se me escapa. Mi cuerpo no me pertenece; se siente como un amasijo de músculos molidos, como si un camión de carga hubiera pasado sobre mí y luego hubiera dado marcha atrás para terminar el trabajo.

Me arrastro hacia el baño como una sombra. No me atrevo a encender la luz; no quiero ver el reflejo de la idiota que se enamoró de su verdugo.

Entro en la ducha y dejo que el agua caiga.

La quiero hirviendo, lo suficiente para que me queme la piel, como si el calor pudiera derretir el rastro de las manos de Máximo sobre mí.

Me quedo allí, bajo el diluvio artificial, lavando el asco, el olor de su mentira y el eco de sus promesas falsas hasta que mis dedos se quedan arrugados y mi garganta ya no puede tragar más sollozos.

Salgo envuelta en mi pijama de invierno, moviéndome por los pasillos en penumbra como un fantasma en su propia tumba. Necesito agua; mi garganta es un desierto de cenizas.

Pero me detengo en seco al llegar a la planta baja. Las voces que surgen de la biblioteca cortan el aire y me obligan a escuchar.

—No te la puedes llevar, Nora.

—Dante...

Trago saliva, es la primera vez que escucho a alguien referirse a Levi por su segundo nombre.

—No permitiré que me arrebates lo único puro que queda en esta casa.

La voz de mi padre es un gruñido bajo, cargado de una autoridad que está empezando a resquebrajarse. Escucho el bufido cargado de desprecio de mi madre.

—Maddox es una adulta, Levi. Ella decidirá —suspira—. Pero no creas ni por un segundo que le quedan fuerzas para seguir respirando el aire de este infierno.

—Entiendo que quieras estar cerca de ella... Quédate —la suplica en la voz de mi padre puede sentirse—. Quédate en la mansión, pero no me la quites.

—No puedo quedarme aquí —sentencia.

—Luego de lo que sucedió...

—No significó nada.

¿Y ahora de qué demonios hablan?

—Nora, por favor...

—¿Escuchas lo que dices?

—Este es tu hogar también —trago saliva al escuchar a mi padre suplicarle a alguien por primera vez—. Siempre lo ha sido.

—¿Después de todos estos años aún no comprendes el peligro que supone ser parte de tu vida?

—El suspiro de mi madre suena a derrota acumulada—.

Jamás debí irme. Jamás debí dejarla en tus manos.

Me prometiste que la protegerías, no que la moldearías como a una de tus soldados para que terminara recibiendo las balas por ti.

La descuidaste, Levi. La dejaste a merced de los lobos.

—Me arrepiento... Me arrepentiré cada maldito segundo de mi vida.

La voz de mi padre es agonía pura. Me pego a la pared, conteniendo la respiración, y me asomo lo justo para verlos.

—Tu arrepentimiento no sirve para nada —dice ella entre dientes—. No nos devolverá a nuestra hija.

—No hablas en serio...

—La Maddox que conocíamos murió en ese sótano, y tú terminaste de enterrarla al dejar que ese traidor entrara en su cama.

—¡Estás siendo precipitada! —Ruge él, dando un paso hacia ella.

—Estoy tomando la decisión que debí tomar hace veinte años, cuando el test de embarazo dio positivo —lo corta ella, tajante como una sentencia de muerte—.

Debí huir entonces. No debí dejar que me convencieras de que podrías darnos una vida mejor.

Me arrepiento de haber elegido tu mundo sobre su seguridad.

Pero no permitiré que se quede un minuto más aquí.

—¡Es mi hija! —El grito de mi padre retumba en las paredes, haciendo vibrar el cristal de las vitrinas.

—¡Y ni siquiera supiste cuidarla! —Nora se planta frente a él.

Él es un gigante, una montaña de músculo y cicatrices, pero ella no retrocede ni un milímetro—.

Dejaste que se enamorara de un infiltrado, Levi.

Dejaste que un soldati la usara, la rompiera y la consumiera hasta dejarla en los huesos.

Ella está pagando el precio de tus pecados.

Mi padre se tensa. Sus brazos son dos columnas de granito, sus puños están cerrados con tanta fuerza que sus venas parecen a punto de estallar. Sus ojos son dos brasas encendidas en la oscuridad de la sala.

—No permitiré que te la lleves —amenaza en un susurro que me eriza la piel—. No vas a robarme lo que es mío, Nora.

—Eres un egoísta —murmura ella con una tristeza infinita—. Lo has sido siempre. No pudiste retenerme a mí y ahora pretendes encadenarla a ella. Pero no somos de tu propiedad, Levi. No somos trofeos en tu estantería de Don.