CAPITULO 69
maddox
Mi mente es un laberinto de sombras y secretos.
No sé quién soy, ni en qué parte de Chicago me encuentro. El mundo se ha vuelto líquido, un agujero negro que me traga mientras el suelo bajo mis pies se inclina como la cubierta de un barco en plena tormenta.
Soy una náufraga en un mar de bilis y mentiras.
Cada recuerdo es una astilla de vidrio que se clava en mis pulmones, impidiéndome respirar, recordándome que cada beso de Máximo fue una sentencia de muerte.
«El mal te respira en la nuca cuando te vas a dormir con él».
Las palabras de advertencia que ignoré ahora resuenan con el eco de una tumba.
—¡Deténgase! —le grito al taxista.
Me arrojo fuera en cuanto el coche se detiene.
No llego a la acera; mis rodillas golpean el cemento y me doblo sobre mí misma.
El primer espasmo me desgarra la garganta. Vomito. Expulso el asco, el rastro de su olor que todavía se aferra a mi piel, la repugnante sensación de haber sido su marioneta.
Me limpio la boca con el dorso de la mano, temblando. Le lanzo unos billetes al conductor sin mirarlo y comienzo a caminar. Mis pasos son erráticos, pero mi instinto, ese que creí haber perdido entre sus sábanas, me guía hacia el único lugar donde la oscuridad es honesta: el club.
No podía ir con mi padre. No podía ver a Penny. Me sentía sucia. Marcada por las manos de un traidor que me usó como moneda de cambio para una venganza que ni siquiera era real.
«¿Quién diría que uno de mis hombres estaría obsesionado contigo? ¿Qué es lo que tienes de especial?»
Vuelvo a colapsar contra una pared de ladrillos en un callejón lateral. Las arcadas me vacían el estómago hasta que solo sale bilis amarga. Me abrazo a mí misma, tratando de contener los pedazos de mi corazón que se desmoronan.
¿Cómo pude ser tan estúpida?
Fui la heredera Draghi jugando a las casitas con el monstruo que ayudó a encadenarme.
«Pero de lo que más me arrepiento es de haberte puesto en peligro».
Mentiroso. Maldito mentiroso. Él estuvo allí. Mientras me rompían, mientras el dolor nublaba mi vista en aquel sótano, él observaba desde las sombras.
El aire frío de la noche me golpea, pero el fuego de la traición me quema por dentro. Me obligo a ponerme en pie. El guardia del club se tensa cuando me ve aparecer bajo las luces de neón.
Él no me detiene. Sabe quién soy. Noto un brillo de reconocimiento en sus ojos y veo como se hace a un lado para dejarme entrar.
Ni siquiera sé qué es lo que estoy buscando.
Debería haber ido a casa, haberme encerrado bajo siete llaves y no volver a salir. Pero mis pies me trajeron aquí. Solo pensaba en una persona. En la única presencia que, en medio del caos, siempre se sentía como una verdad absoluta.
Y allí estaba él.
Matthew estaba apoyado contra la barra de mármol con una elegancia letal.
Su postura era una mezcla de hastío y dominio, como si el club, la música y las personas fueran simplemente un decorado aburrido para alguien que preferiría estar en cualquier otro lugar menos ahí.
Él odiaba el ruido innecesario, odiaba la frivolidad de la pista de baile, pero allí se encontraba... y no estaba solo.
Una mujer se inclinaba hacia él, susurrándole al oído con una desesperación evidente por llamar su atención.
Matthew ni siquiera la miraba; sus ojos recorrían el lugar con la frialdad de un depredador en reposo.
Estuve a punto de dar media vuelta, sintiéndome como una intrusa en su mundo, cuando sus ojos chocaron con los míos.
El universo se detuvo.
La música se convirtió en un zumbido lejano y las luces de neón dejaron de parpadear.
Siempre era así con él.
Cuando Matthew Hardaway clavaba su mirada en ti, el resto de la humanidad dejaba de existir. Sus ojos oscuros, tormentosos y calculadores, se anclaron en los míos con una intensidad que me hizo flaquear las rodillas.
Él no esperó. No terminó su trago ni despidió a la mujer. Simplemente cuadró sus anchos hombros y se puso en movimiento. Sus zancadas eran largas, decididas, abriéndose paso entre la multitud como si fuera un dios caminando entre mortales.
No necesitaba un espejo para saber qué es lo que él veía.
Yo era una sombra de la mujer que solía ser: un cadáver andante con el cabello pegado a la nuca por el sudor frío, los labios agrietados y los ojos inyectados en sangre por el llanto. Una heredera de la mafia reducida a cenizas.
Matthew no dudó ni un segundo. No hubo preguntas, ni juicios, ni ese asco que yo sentía por mí misma. Me rodeó con sus brazos, unos muros de puro músculo y autoridad, y me aplastó contra su pecho. Hundí la cara en su camisa de seda, aspirando su fragancia: una mezcla embriagadora de roble y menta.
Traté de contenerme.
No quería arruinar su ropa impecable, no quería mostrarme más rota de lo que ya estaba, pero en el momento en que su mano grande y cálida comenzó a acariciar mi espalda con una suavidad que no debería pertenecer a alguien con las manos tan manchadas de sangre, me quebré.
Me aferré a la tela fina de su camisa, cerrando mis puños sobre su pecho como si fuera lo único que evitaba que me tragara el suelo.
Él no se apartó. No se quejó. Solo siguió allí, firme como una roca, mientras el mundo a nuestro alrededor seguía girando en su frenesí de alcohol y pecado.
Entre el ruido ensordecedor de los bajos, escuché su voz.
Eran palabras en italiano, un murmullo bajo y gutural que no supe descifrar, pero que se sentían como una caricia en mi alma herida.
Lloré hasta que mi garganta ardió y mis lágrimas se secaron, dejando solo un vacío entumecido.
—Llévame a casa, por favor —supliqué con la voz hecha trizas.
Matthew se puso en acción al instante. No recuerdo cómo atravesamos el club, ni el frío de la noche al salir.
Lo siguiente que supe fue que estaba hundida en el asiento de cuero de su coche.
El calor de la calefacción me envolvió, pero yo seguía abrazándome a mí misma, tratando de contener el temblor de mis manos.
Escuché el clic de la puerta al cerrarse. Matthew encendió el motor y el rugido del coche fue lo único que rompió el silencio mientras conducía hacia la negrura de Chicago.
Ninguno habló. Yo mantenía los ojos cerrados, tratando de estabilizar mi respiración, evitando a toda costa mirarlo.
La vergüenza me quemaba la garganta. No era lo suficientemente valiente para enfrentar su mirada. Sabía que él vería a través de mí, que leería la humillación en mi rostro y el rastro de la traición de su hermano en mis ojos. No estaba lista para su juicio.
Cuando el coche se detuvo, abrí los ojos. Estábamos frente a mi casa. Pero ninguno de los dos hizo el intento de bajar.
El silencio en el ambiente se volvió pesado, eléctrico, cargado de todo lo que aún no había dicho.
—Maddox… mírame. —Su voz es suave pero noto la tensión que intenta apoderarse de él. Un ruego que suena a amenaza—. Dime qué ocurrió. Dímelo para que pueda borrarlo.
Niego con la cabeza, apretando los párpados. No puedo hablar. Si abro la boca, temo que no salgan palabras, sino fragmentos de mi alma rota.
Siento su presencia inclinándose hacia mí, invadiendo mi oxígeno. Su mano, grande y callosa, se cierra alrededor de mi mentón con firmeza, obligándome a girar el rostro hacia él.
Me aparto con un movimiento brusco, un espasmo de rechazo que lo hace congelarse. Matthew cierra el puño en el aire, sus nudillos están blancos por la fuerza de su propio autocontrol. Sus labios se presionan en una línea lívida.
— Tesoro … —Ese apodo, dicho con su barítono profundo, suena diferente a todo—. ¿Qué ocurre? ¿Por qué tiemblas así?
Separo los labios, pero el aire se me queda atascado. Me siento ridícula. Soy una Salvatore, la heredera de un imperio de sangre, y he sido engañada como una principiante. La bilis vuelve a subir, amarga y persistente.
Matthew se inclina más, sus ojos chocolate escaneando cada centímetro de mi piel, buscando una marca, un rastro, una herida. Su mirada se vuelve letal a medida que escanea mi rostro.
—¿Quién fue? —Su voz se endurece—. ¿Quién te hizo esto? —Insiste—. Maddox, ¿fue mi hermano?
—Matthew —murmuro.
Cierro los ojos con fuerza, reprimiendo un sollozo que me desgarra el pecho. El silencio es mi respuesta, y para Matthew, el silencio es una confirmación. Siento la temperatura dentro del coche descender drásticamente por el cambio en su postura.
—Dime algo, Maddox. Maldita sea, dímelo y te juro que no verá el amanecer.
—¿Está mi padre en casa? —Logro articular.
Mi voz suena rasposa, hablar es difícil con la garganta seca.
No lo miro.
No puedo soportar la protección en sus ojos cuando su propia sangre es la que me ha apuñalado por la espalda.
¿Cómo puedo decirle que su hermano me usó como una maldita ficha en un tablero?
—Sí —responde él, cortante, con la mandíbula tan tensa que parece a punto de romperse—. Hoy nos dieron la noche libre.
Salgo del coche sin esperar a que me abra la puerta. El aire gélido de Chicago me golpea, pero no es nada comparado con el frío que llevo dentro. Matthew me sigue, me adelanta en un segundo y observo lo tenso que están los músculos de su espalda.
Atravesamos la reja de seguridad que bordea la mansión y cierro los ojos cuando pasamos cerca de los guardias de turno.
Abre la puerta principal con su propia llave y entramos en la penumbra de mi hogar.
Caminamos hacia la sala de lectura, donde puedo escuchar que mis padres comparten una conversación en voz baja y sin gritos.
Mi padre está apoyado contra la biblioteca, mientras que Nora descansa en el sofá.
Ambos sostienen vasos de whisky, pero la relajación desaparece en el instante en que nos ven.
Se incorporan de inmediato, sus rostros se transforman en máscaras de alarma al ver mi estado.
—¿Qué ocurrió? —Preguntan al unísono.
Sus ojos saltan de mí a Matthew, buscando una explicación. Sé que Matthew niega con la cabeza detrás de mí.
Lleno mis pulmones, obligando a mi columna a enderezarse.
Debo hacer esto.
—Necesito hablar contigo —le digo a mi padre.
Levi asiente, lanzándole una mirada de advertencia a Nora, pero ella no se mueve.
—No me iré a ninguna parte hasta saber qué ocurrió —sentencia ella.
—Yo tampoco me iré —la voz de Matthew a mi espalda es un trueno lejano—. Nadie sale de esta habitación hasta que tenga un nombre.
Camino hacia la mesa de roble en el centro de la sala. Mis manos tiemblan mientras saco la carpeta que robé del apartamento de Máximo. La dejo sobre la madera con un golpe seco.
Luego, me desplomo en mi sofá individual, observándolos.
Levi se acerca primero. Toma la carpeta y empieza a pasar las páginas. El silencio que sigue es absoluto, roto solo por el sonido del papel y la respiración contenida de Matthew.
El semblante de mi padre se transforma; la confusión da paso a una palidez mortal y luego a una ira tan volcánica que el vaso de whisky en su mano comienza a temblar.
—¿Qué es esto, Maddox? —Su voz es un susurro peligroso.
Mi madre se cubre la boca, sus ojos llenándose de un horror puro mientras lee por encima del hombro de mi padre.
Están viendo lo mismo que vi hace un par de horas: todos los secretos de Draghi .
—Oh, Dios mío… —murmura ella, retrocediendo un paso.
—¿De dónde sacaste esto? —La pregunta de Matthew es grave, cargada de una sospecha que ya empieza a doler.
Trago saliva, sintiendo el sabor del hierro en mi boca.
—La razón por la cual la mafia South siempre estaba un paso por delante de nosotros… la razón por la cual sabían cada movimiento, cada envío, cada debilidad… —Hago una pausa, dejando que el veneno se asiente—. Es porque teníamos un infiltrado. Un traidor que nos vendió por una venganza.
Miro a Matthew directamente, viendo cómo su máscara empieza a agrietarse.
—Y ese traidor es tu hermano. Es Máximo.