CAPITULO 68 #2
Mi venganza se desmorona frente a mi como un maldito castillo de naipes.
Se pone en pie con una elegancia letal, agarra su bolso y camina hacia la puerta sin mirarme. No puedo dejar que se vaya. Si cruza esa puerta, se acaba.
Mi mano se cierra sobre su brazo, deteniéndola.
La reacción es instantánea. Maddox gira y, en un parpadeo, el cañón frío de su pistola presiona mi garganta.
Inclino la cabeza hacia atrás, chocando contra la vieja biblioteca. Mi pulso se dispara.
—¿Cómo pudiste? —Murmura de nuevo—. Siempre fuiste tú, ¿verdad? El topo de South , el que hackeó mi móvil… —presiona el cañón contra mi piel—. Apuesto a que preparaste todo para ser el héroe aquella noche. Luc entró en mi casa contigo. Fuiste tú. Todo este tiempo.
—Puedo explicártelo todo, Maddox.
Ella sonríe, pero es una mueca retorcida.
A tientas, busco mi propia pistola entre los libros de la estantería, moviéndome con cautela.
—No me interesan tus estúpidas excusas —dice asqueada.
—Puedo explicarlo —insisto, y mis dedos cierran el agarre sobre la culata.
Saco mi arma y le apunto a la frente en el mismo instante en que ella se aleja un paso, manteniendo su Mossberg fija en mi cráneo. Estamos así: frente a frente, encañonándonos, a un milímetro de acabar con todo.
Mi Glock contra su frente. Su Mossberg contra la mía.
—¿Hasta cuándo ibas a sostener la mentira?
—Hasta esta noche. Iba a decírtelo todo —admito. Y es verdad, aunque ella no me crea.
—Qué oportuno —escupe ella—. ¿Y después qué? ¿Planeabas asesinarme para cerrar el expediente?
—No, Maddox. Jamás te haría daño…
—¡No te atrevas! —Grita, y escucho el clic del seguro al quitarlo.
No la imito. No quiero disparar, quiero que me escuche. Quiero convencerla de que todavía puede ser mía. Porque Maddox Salvatore es mía. Empezó como una ficha en mi juego, como un daño colateral de mi venganza contra su padre, pero terminó siendo mi única verdad.
No puedo dejarla ir. No quiero dejarla ir.
—No te estoy mintiendo —suplico.
—Vete al diablo, Máximo —baja el arma y se aleja otro paso. Quito el seguro de mi Glock y ella alza una ceja—. Dispara. Porque voy a salir de aquí, respirando o no. Pero ya no vas a controlarme.
—¡No quería controlarte! —Exploto—. ¡Mi guerra es con tu padre, no contigo!
—Es conmigo también desde el momento en que me usaste como una ficha en tu estúpido juego —dice con un tono mordaz que me quema.
—No te usé, Maddox. Tienes que creerme…
—¡Basta! —su grito retumba por las paredes—. ¡Deja de mentir!
—Al principio lo fue, es cierto. Eras parte del juego —admito, desesperado—. Pero luego… empecé a sentir cosas. Te amo, Maddox. De verdad...
Ella cierra los ojos, negando con la cabeza.
—¿Cómo puedes seguir mintiendo así?
—¡No miento! —Uso mi última carta, el as que guardé para este momento—. Levi estuvo involucrado en el asesinato de mis padres.
El silencio que sigue es absoluto.
El tiempo se detiene. Sus ojos verdes brillan en la penumbra.
Espero una reacción de horror, de comprensión… pero ella se dobla sobre sí misma y suelta una carcajada sonora. Una risa que rompe el aire como un cristal rompiéndose.
Me quedo helado, confundido.
—¿De qué te ríes? —Mi voz suena ronca, furiosa.
—¿Y quién te dijo esa estupidez? ¿ South ? —se calma, mirándome con una diversión cruel.
—No es una estupidez —digo entre dientes.
Me estoy volviendo loco. Se está burlando de mí.
—Claro. Imagino que tienes pruebas, ¿no? —se muerde el labio inferior, burlona—. Me das lástima, Máximo.
—La muerte de mis padres no es un chiste.
—¡Oh, por favor! —Pone los ojos en blanco, ignorando la pistola que le apunta—.
¿El enemigo de mi padre, el jefe de una organización rival, te dice que Levi mató a sus mejores amigos y tú le crees?
—La incredulidad en su voz me hace tomar con fuerza la pistola—.
Te creí inteligente. Resultaste ser un idiota útil.
—Hay muchas cosas de tu padre que no sabes —susurro, manteniendo la mano firme.
—Y hay muchas cosas que tú desconoces de tu jefe —da un paso atrás, pero yo me acerco.
Entonces, hace algo que no espero. Maddox rodea mi muñeca con sus dedos y tira de mi mano hacia ella, obligándome a clavar el cañón de mi pistola directamente en su pecho. Sobre su corazón.
—Dispara —desafía. Su voz es un susurro cargado de veneno—. Si tienes agallas, dispara ya. Porque me voy. No pienso pasar un segundo más viendo tu cara o escuchando tu voz. Me das asco, Máximo. ¡Dispara!
Mi mente es un caos de cables pelados y estática. La tensión es tan densa que apenas puedo verla. Sus ojos… son de un verde espuma de mar, hermosos y salvajes.
Me lamento por lo que estoy a punto de hacer, pero la lógica de la obsesión es simple: si no es mía, no será de nadie.
No voy a permitir que me deje por el hombre que destruyó a mi familia. No voy a dejar que se vaya con mi verdad en sus manos.
Prefiero verla muerta que libre de mí.
Presiono el gatillo.
Maddox sonríe y alza una ceja, desafiante.
Vuelvo a presionar el gatillo… nada.
El arma está descargada. El percutor golpea en el vacío con un sonido seco que me hace sentir como el mayor imbécil de Chicago.
Antes de que pueda procesar mi error, su puño izquierdo impacta de lleno en mi rostro.
Siento la sangre brotar de mi nariz y como retuerce mi muñeca con habilidad.
Suelto un gruñido de dolor cuando sus dedos presionan el nervio y mi Glock cae al suelo con un estrépito metálico.
Me empuja hasta que mi espalda se estrella contra la biblioteca y el cañón de su Mossberg acaricia el centro de mi garganta.
La sonrisa se ha esfumado de su rostro. Me mira con una frialdad absoluta, una mirada que ha visto demasiada sangre como para inmutarse. No necesito un espejo para saber que mi rostro es un mapa de desesperación; sé que ella lo ve todo.
Lo que acaba de suceder es el punto de no retorno. La línea que nos separaba ahora es un abismo insalvable. Yo intenté matarla. De no haber sido por un cargador vacío, Maddox Salvatore sería ahora un cadáver en mi salón.
—Hay un dicho en la mafia italiana que quizás nunca escuchaste —susurra a centímetros de mis labios mientras hunde más el cañón de su pistola—. Si vas a traicionarme, asegúrate que jamás vuelvas a necesitarme.
Trago saliva.
Ahora es su turno. Sostengo su mirada, aceptando el final, esperando el fogonazo que apague mi mundo.
Pero ella me sorprende. Se mantiene ahí, presionando su cuerpo contra el mío, su arma firme y sus ojos fijos en los míos.
Hay una tormenta de emociones en sus pupilas: desilusión, asco y una pizca de esa lástima que duele más que el odio.
—Un poco me entristece, ¿sabes? —Susurra—. Solo eres un pobre idiota al que utilizaron para cumplir un objetivo.
Intento moverme pero me mantiene quieto. ¿Desde cuándo me supera en fuerza? ¿Siempre fue así?
—Quizás intentaste utilizarme, pero al final solo eres eso: un peón más en un juego que no manejas —se acerca a mi oído, y su aliento es tan frío como el acero de su pistola—. Son los dragones los que ponen las reglas, Máximo. No lo olvides nunca.
Trago saliva. Una oleada de pánico genuino recorre mi columna. Ella nota mi miedo y su expresión se suaviza en una sonrisa de pura satisfacción predadora.
—Maddox —digo sin aliento y ella hunde más el cañón de su pistola—. Escucha, por favor...
—No te atrevas a mencionar mi nombre —dice tajante y se acerca otra vez—. Me das asco.
Mi corazón palpita con fuerza al ser consciente de todo lo que puede ocurrir a continuación y sé que este no es el mejor escenario para mí. Pero intentar discutir, pelear o luchar es inútil. Ella tiene todas las de ganar. Tiene un arma cargada y suficiente odio acumulado para volarme los sesos.
—Tú trabajarás para un mafioso —sentencia—, pero yo soy la hija de un Don. Deberás esforzarte mucho más si quieres ver caer a Draghi .
Se aleja. La ausencia de su calor contra mi pecho me golpea como un bloque de hielo; soy dolorosamente consciente de que esta es la última vez que estaré así de cerca de ella.
Maddox camina de espaldas hacia la puerta, manteniendo su arma apuntada a mi pecho, sin apartar sus ojos de los míos. Al llegar, estira la mano para abrir la cerradura y baja la pistola.
Se da la vuelta para salir, ignorando mi presencia como si yo ya no existiera, como si fuera un fantasma en mi propia casa. Nada tiene sentido.
—¿No vas a asesinarme? —Mi voz sale ronca, desesperada.
Se detiene en el umbral, pero no se gira por completo.
Permanece con los ojos fijos en la madera de la puerta. No puedo creer que me deje libre. Tiene que ser un juego cruel; en cualquier momento volverá sobre sus pasos y me perforará la frente, igual que hizo con sus víctimas anteriores.
Una parte de mí lo anhela. Prefiero una bala que este vacío. Si me deja vivo, solo me queda la huida, el exilio y la sombra.
Ladea la cabeza para verme de perfil y me sonríe. En ese instante, la Maddox que yo amaba desaparece. Lo que tengo enfrente es el reflejo exacto de Levi Salvatore; tiene la misma sonrisa letal, la misma calma de quien sabe que ya ha ganado. Son dos gotas de agua, y el parecido me aterra.
Cuando habla, sus palabras me recorren como la caricia helada de la muerte.
—Me traicionaste a mí, a mi padre, a tu hermano… —niega con la cabeza, manteniendo esa sonrisa de hielo—. Si piensas que una bala es el castigo que te mereces, es que aún no has entendido nada. Te metiste con la mafia equivocada, Máximo —duda un segundo más—. O mejor dicho, con la mujer equivocada.