Traición y Sangre I (Draghi 1) CAPITULO 68
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CAPITULO 68

maximo

M e sudan las manos. Es una sensación extraña, casi ajena, para alguien que ha pasado años entrenando para no sentir nada. El tic-tac del reloj en la pared de esta oficina mugrienta me taladra los sentidos. Cada segundo suena como el percutor de un arma antes de disparar.

Estoy a punto de hacerlo añicos contra el suelo, pero me obligo a respirar.

Inhalo. Exhalo. Intento que mis músculos dejen de estar en estado de alerta. He llegado demasiado lejos, he mentido demasiado bien como para perder los estribos ahora, justo cuando el tablero está a punto de saltar por los aires.

Esta es la noche definitiva. Voy a decirle la verdad a Maddox.

Voy a confesarle quién soy, para quién trabajo y por qué su padre merece todo lo que le va a pasar.

Necesito que lo escuche de mí antes de que la ciudad arda. Me aferro a la esperanza desesperada de que, después de la explosión, ella decida quedarse entre mis ruinas.

Es una apuesta suicida, lo sé, pero no pienso renunciar a Maddox.

El teléfono suena, rompiendo el silencio como un latigazo. Me acerco al escritorio cubierto de polvo y mugre de esta sede abandonada. El frío del otoño de Chicago se filtra por las grietas de las paredes, calándome hasta los huesos.

—Nos ha causado muchos problemas tu noviecita, Snake .

La voz de mi jefe llega con una distorsión metálica, cargada de una amenaza que no necesita ser pronunciada para hacerme tensar.

—Planeo encargarme de ella esta noche, jefe —respondo, y mi propia voz suena desconocida, dura como el granito.

Solo pensar en alguien poniendo un dedo sobre Maddox hace que una furia asesina se me enrosque en el estómago. Ya permití que la dañaran una vez y cargo con ese arrepentimiento como una condena perpetua. No volveré a cometer el mismo error. No mientras me quede aliento en los pulmones.

—Eso espero —trago saliva—. Aguardo tu llamada en la noche.

—De acuerdo.

—Un coche pasará por ti en la madrugada, tendrás documentos nuevos y dinero —lo escucho suspirar y dudar por un segundo—. Lleva solo lo necesario, Máximo. No me falles.

Corta la comunicación. La línea queda muerta dejando solo un pitido intermitente que me irrita los nervios.

Sé que él ya está lejos, borrando sus huellas mientras yo me quedo aquí para hacer el trabajo sucio.

Mi última misión antes de desaparecer: eliminar cualquier rastro que vincule a la organización conmigo.

He sido un fantasma toda mi vida. He engañado a los Salvatore, he engañado a Maddox y he engañado a mi propio hermano.

Matthew no tiene idea de que el hermano pequeño al que tanto protege es la víbora que ha estado alimentando en su propio nido.

No me arrepiento. En este mundo, la lealtad es solo una palabra que se usa antes de una traición.

No somos italianos, no nos guiamos por un omertá , aunque estoy seguro que Levi no pensará igual y barrerá el mundo cuando lo sepa.

Planeo estar a kilómetros de distancia antes de que se dé cuenta. Y, si es posible, con su hija.

No estaba dentro de los planes, solo usaría a Maddox para llegar a Levi, la corrompería para vengarme de lo que él nos hizo.

Pero estaba entregado a la obsesión y el amor retorcido que sentía por ella, no pensaba dejarla, aunque debiera llevarla a rastras conmigo para que entendiera quien es su padre de verdad.

Recorro el edificio, destruyendo cada papel, cada disco duro, cada evidencia.

Pero guardo una carpeta. Documentación que podría ser mi seguro de vida, o mi sentencia de muerte, en el futuro.

Me aseguraré de que lo que se queme sea lo que a ellos les conviene, y lo que me sirva a mí, se quedará en mis manos.

Después de todo, a nadie le guardo lealtad total.

Cuando termino, salgo al aire gélido de la noche.

Busco los bidones de gasolina que escondí a un lado de la propiedad y vuelvo a entrar.

El olor del combustible es embriagador. Rocío cada piso, cada viga, cada rincón donde alguna vez conspiramos.

Salgo vertiendo el último bidón, rodeando la estructura como si estuviera trazando un círculo alrededor de la propiedad.

Me alejo unos metros y saco de mi chaqueta de cuero el encendedor.

Es de oro pesado, un regalo de Matthew de hace un par de años.

Tiene nuestras iniciales grabadas y una serpiente que se enrosca alrededor de las letras.

Paso la yema del pulgar por el relieve, sintiendo la frialdad del metal.

Por un instante, cierro los ojos y dejo que los recuerdos de mi hermano, de la protección que me brindó y de la vida que compartimos, ardan en mi mente por última vez.

A partir de esta noche, seré un extraño para él. Un enemigo.

Bien. Él decidió hace mucho tiempo que bando tomar.

Hago girar la piedra y la llama salta, bailando ante mis ojos. La observo solo un segundo antes de lanzar el encendedor hacia el rastro de gasolina. El contacto es letal.

Fuego.

Las llamas naranjas y rojas estallan con un rugido, abrazando las paredes desvencijadas, devorando la suciedad y los secretos. Camino hacia mi motocicleta, aparcada a una distancia prudente, y me apoyo en ella para observar el espectáculo.

Sé que debería irme, que quedarme aquí es una imprudencia que podría arruinar mi perfil bajo, pero hay algo hipnótico en ver cómo tu pasado se convierte en ceniza.

Me enciendo un cigarro con mi encendedor de repuesto, observando cómo el incendio ilumina el cielo nocturno de Chicago. El humo del tabaco se mezcla con el del edificio que arde, y por primera vez en semanas, siento que puedo respirar.

Termino el cigarro, tiro la colilla y arranco el motor. Es hora de ir a ver a Maddox. Es hora de descubrir si nuestro amor es lo suficientemente fuerte como para sobrevivir al incendio que estoy a punto de desatar en su vida.

Solo cuando el edificio es una pira que ilumina las sombras de los suburbios, arranco la motocicleta y me alejo.

Recorro las calles de Chicago con los sentidos en alerta máxima, verificando cada reflejo en los espejos, cada coche que mantiene mi velocidad.

Soy una sombra que se desliza entre el tráfico, cuido que nadie siga mis pasos.

Me detengo en una señal de alto y me quito el casco un momento. La brisa gélida me golpea el rostro. Trato de ensayar las palabras, de buscar la forma de desmantelar la vida de Maddox sin destruirla a ella en el proceso.

Sonrío a medias al recordar su emoción cuando planeó esta cena.

Hace años que no celebro un cumpleaños; la última vez que soplé una vela, mis padres aún estaban vivos.

Cuando ellos murieron, el concepto de celebración murió con ellos.

La fecha se convirtió simplemente en un recordatorio de lo que Levi Salvatore nos arrebató.

Pero con ella es diferente. Maddox tiene esa capacidad de hacer que quiera recuperar pedazos de la humanidad que creía haber perdido en el barro.

Sin embargo, el solo pensamiento de mis padres hace que mis manos se aprieten sobre el manillar hasta que los nudillos me duelen. El odio es un motor que nunca se apaga, pero esta noche necesito silenciarlo. Tengo que armarme de un tipo diferente de valor: el de la honestidad.

O al menos, de una versión de la verdad que no la obligue a huir de mí.

Si soy inteligente, si selecciono con cuidado qué secretos revelar y cuáles mantener enterrados bajo llave, todavía hay una oportunidad.

No necesita saberlo todo. No necesita conocer los detalles más oscuros de lo que he hecho en nombre de la venganza.

Hay verdades que son como el ácido; si le caen encima, no quedará nada de lo que somos.

Y no estoy listo para perderla.

No hoy. No cuando ella es lo único real que tengo.

Llego a mi edificio y atravieso el vestíbulo con paso rápido. En el ascensor, me apoyo contra el espejo y cierro los ojos un segundo.

El reflejo me devuelve la imagen de un hombre cansado de mentir, un hombre que está a punto de jugar su última carta.

Las puertas se abren en mi piso, pero no salgo de inmediato. Me tomo un instante extra para relajar los hombros, para forzar una expresión de calma que oculte el incendio que acabo de provocar. Cuando finalmente siento que tengo el control, camino hacia mi puerta.

Pero en cuanto giro la cerradura y la puerta cede, el aire se vuelve de hielo.

La escena que me recibe me deja clavado al suelo, con el corazón deteniéndose en seco dentro de mi pecho.

Maddox está en el piso, en un rincón del salón. Los papeles la rodean como pétalos marchitos de una flor que yo mismo acabo de pisotear.

Tiene la vista perdida y los hombros hundidos.

Al verla así, el terror y el pánico se abren paso en mi pecho, dividiéndome en dos: el hombre que la ama y el infiltrado que la destruyó.

Trago saliva y doy un paso al frente, con el corazón martilleando en mis oídos.

—Maddox…

Alza la vista. Sus ojos verdes están empañados por lágrimas que se niega a soltar, pero no hay rastro de la vulnerabilidad de antes.

En su lugar, hay un incendio. Un odio puro y gélido que me hiela la sangre.

Su pecho sube y baja con violencia, como una tormenta a punto de estallar.

Pero se contiene. Me mira como si fuera un insecto bajo una bota.

—¿Cómo pudiste? —Su voz está rota, pero el filo sigue ahí.

—Deja que te lo explique, rubia…

Estoy a punto de caer de rodillas, de suplicar.

Mi mente busca desesperadamente una mentira, una salida, cualquier cosa que borre esa mirada de desprecio. Intento acercarme, pero ella me lanza una mirada que podría asesinarme si fuera posible.

Sé que si la toco ahora, me matará o moriré yo por dentro.

Miro a mi alrededor y la culpa me golpea. Ella estuvo aquí horas, preparando una cena para celebrar mi cumpleaños, no tenía idea.

Ha leído los expedientes. Ha hecho las conexiones necesarias.

Ahora sabe quién soy de verdad. Debería habérselo dicho hace meses.

Ahora ya no puedo seleccionar la verdad; porque me ha explotado en la cara.

No solo he perdido a la mujer que obsesiona mis noches, sino que he arruinado años de investigación.