CAPITULO 67
maddox
L ogro calmar el temblor de mis manos antes de llegar a su puerta. El eco de las palabras de Matthew sigue martilleando en mi nuca, pero me obligo a ignorarlo.
Estoy aquí por Max. Estoy aquí para salvar lo que queda de nosotros.
Cuando llego extraigo un pasador metálico de mi cabello para abrir la puerta. Sé que está mal pero es mi forma de cobrarme el hecho de obsequiarme un maldito rastreador. Así que estamos a mano, en este punto.
El aire cálido me recibe, cargado con el aroma persistente de su colonia, y por un segundo, me permito relajarme.
Había planeado lo que haría dos días atrás, le propuse cenar y acordamos vernos a medianoche para pedir comida pero decidí preparar una pequeña sorpresa.
El plan es sencillo: una cena, comida casera y una noche donde las sombras de nuestros apellidos no tengan invitación.
Máximo no sabe que me encontraría aquí antes de lo planeado y esperaba que no se tomara mal la invasión, después de todo, él se la pasaba burlando el sistema de seguridad de la mansión Salvatore.
Me muevo por su cocina con determinación.
Decido preparar lasaña de vegetales, la receta de mi abuela.
Es el plato que mi padre siempre cocinaba para mí cuando cumplía años y faltaban mis abuelos, un pedazo de Italia y de hogar en medio del caos.
Mientras corto las verduras y preparo la salsa, trato de convencerme de que esto es lo que quiero.
Que esta normalidad es posible. Que puedo lograrlo con Max.
Meto la fuente en el horno eléctrico y el aroma empieza a llenar el espacio. Solo faltan las velas. He traído unas pequeñas luces y velas aromáticas para suavizar las aristas de este apartamento de soltero, pero cuando busco en mi bolso, suelto una maldición. No tengo con qué encenderlas.
Rebusco en los cajones de la cocina, esperando encontrar un encendedor perdido. Max no fuma, al menos nunca lo vi hacerlo, pero en una casa de la mafia, el fuego es una herramienta básica. Sin embargo, los cajones solo contienen utensilios ordenados con una precisión casi militar.
Nada de fuego. Paso al salón, revisando cada estante, cada rincón.
Llego a las mesas de noche de su habitación, pero solo encuentro libros y cosas sin importancia.
Frustrada, regreso al comedor y me desplomo en una de las sillas de madera.
Mis ojos caen entonces en la mesa frente a mí.
Tiene cajones laterales, tan bien integrados en el diseño que son casi imperceptibles.
Frunzo el ceño. Llevo meses viniendo aquí y jamás lo he visto usar esos cajones. Tiro del primero. Está bajo llave. Tiro del segundo. Lo mismo. El tercero se niega a ceder.
Un escalofrío me recorre la columna.
En nuestro mundo, una cerradura funciona como una advertencia. Yo misma tengo compartimentos ocultos llenos de secretos que prefiero mantener bajo llave, pero esto se siente diferente. Hay una opresión en mi pecho, una campana de alarma que empieza a tañer con una fuerza ensordecedora.
No lo conoces, Maddox, susurra la voz de mi mente. No tienes idea de a quién estás dejando entrar en tu cama.
Arrugo la frente. Claro que lo conozco, tengo un maldito expediente con su nombre, lo conozco mejor que nadie, ¿cierto?
Pienso en el expediente que encontré en el despacho de Levi, el que jamás regresé a su lugar pero tampoco lo leí. Aún está guardado bajo llave en un cajón de mi escritorio.
Trago saliva al darme cuenta que tampoco se lo había dicho a Max, aunque esa búsqueda fue para él.
Intento luchar contra el impulso. Violar su privacidad es cruzar una línea que no podré desandar. Pero la duda corre por mis venas como un veneno. Si Max es quien dice ser, un simple soldati leal, ¿por qué esconder algo con tanto celo en su propia casa?
No es justo, pienso; yo también guardo secretos.
Como una Salvatore, la paciencia no es mi mayor virtud, pero la eficiencia sí lo es.
Busco otro clip entre mi cabello y, con la habilidad que Matthew me obligó a perfeccionar luego de dejarme encerrada en su coche, fuerzo la cerradura.
El mecanismo cede con un clic seco que suena como un disparo en el silencio del apartamento.
Abro los tres cajones a la vez. No hay armas. No hay dinero.
Arrugo la frente, dentro solo encuentro papeles.
Docenas de sobres de manila, carpetas clasificadas y fotografías. El contenido desborda los cajones, organizado con una frialdad que me revuelve el estómago.
Planeo cerrarlos, salir corriendo y fingir que nunca vi esto, pero un nombre escrito en letra de molde negra me detiene el corazón.
SALVATORE, LEVI DANTE
Trago saliva, sintiendo el sabor del ácido en la garganta. Mis manos, temblorosas y ahora empapadas en sudor frío, comienzan a sacar los documentos. Son expedientes. Detalles de las rutas de envío de mi padre, registros bancarios, nombres de contactos que solo el círculo íntimo debería conocer.
Y entonces, encuentro la carpeta que termina de destruirme.
SALVATORE, MADDOX FRANCESCA
Mi nombre parece una mancha de sangre sobre el papel blanco.
Al abrirla, me encuentro con una cronología de mi vida encabezada por una foto mía que reconozco del Instagram de Penny.
Veo otras saliendo de la universidad, fotos cenando con ella, entrando en la mansión; hay dos fotos de una Maddox pequeña donde no tengo más de doce años.
Hay anotaciones sobre mis debilidades, mis horarios, mis traumas.
Siento el latir desbocado de mi corazón, estoy segura que podría tener un infarto por cómo se salta latidos sin parar. Mis manos tiemblan mientras tomo los papeles y los leo.
Es el trabajo de un depredador.
Niego. No, no es el trabajo de un depredador, mucho menos de un psicópata obsesionado. Es el trabajo de un maldito infiltrado.
Un infiltrado. La palabra reverbera en mi mente haciendo eco al ser consciente de mi descubrimiento y de lo que todo eso significa.
Todo encaja con una crueldad insoportable.
De pronto, el oxígeno desaparece. Intento inhalar, pero mis pulmones se sienten como sacos de cemento, pesados e inútiles.
El apartamento comienza a girar, las paredes se estrechan como las mandíbulas de una trampa y el olor de la lasaña ahora me provoca una náusea violenta que me sube por la garganta.
Siento ganas de llorar. De arrancarme la piel que él tocó.
De gritar hasta que mis cuerdas vocales se desgarren.
«El mal te respira en la nuca cuando te vas a dormir con él».