Traición y Sangre I (Draghi 1) CAPITULO 66 #2
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CAPITULO 66 #2

Me giro para despedirme de ellos con una sonrisa ensayada, pero algo me detiene. Mi madre está rígida, con los ojos clavados en Matthew. Tiene una expresión que no sé leer: una mezcla de sospecha y algo mucho más profundo, algo que jamás había visto en ella.

Antes de que pueda procesarlo, siento la mano de Matthew cerrarse sobre la mía. Me da un tirón firme, obligándome a caminar, poniendo distancia entre nosotros y mis padres.

Para mi absoluta sorpresa, Matthew no conduce hacia la casa de Penny. Detiene el coche frente al edificio de Max.

Mantiene las manos firmes sobre el volante, con la vista perdida en la fachada, sin decir una sola palabra. Durante todo el trayecto se ha comportado como si yo fuera invisible, como si no estuviéramos ambos en el coche compartiendo un silencio que vibraba de pura tensión.

Ese silencio me da pánico. Es la clase de calma que precede a una ejecución.

¿Qué pasaría si explotara? ¿Nos gritaríamos hasta quedarnos sin aire? ¿O simplemente me borraría de su vida como si no hubiéramos compartido cada secreto y cada cicatriz?

Esa última idea me provoca un escalofrío que nada tiene que ver con el aire acondicionado.

Puedo estar furiosa porque me encadenó a su coche para protegerme de una misión, pero sé que Matthew no conoce otra forma de actuar.

Siempre ha sido mi guardián, mi sombra, la red de seguridad que me impide tocar fondo.

Perderlo, que él decida poner distancia, es una alternativa que no puedo soportar.

Sé que detesta que esté con su hermano, pero ¿es tanto su enojo que lo haría alejarse de mí?

Trago saliva y me obligo a mirar hacia el edificio.

No debería estar pensando en Matthew. No debería estar analizando la curva de su mandíbula o la forma en que sus silencios me desquician.

Debería estar pensando en su hermano. En Max.

Pero el pensamiento me sabe a ceniza. ¿Dónde quedó la chispa que Max encendía en mí? ¿Por qué ahora, cada vez que pienso en nuestra relación, siento que estoy tratando de resolver un rompecabezas al que le faltan piezas?

Max no me ha hecho nada malo. Exceptuando el incidente con el rastreador, pero acabé por aceptarlo así que, en retrospectiva, yo soy el problema.

No sé quién es esta nueva Maddox, pero sé que se siente extraña en su propia piel.

Sobre todo cuando Max me toca.

Es como si mi cuerpo ya no lo aceptara. Un par de noches atrás le pedí que me bese, se sintió bien pero no fue lo mismo. Mi cuerpo parece haber olvidado lo que él me hacía sentir, como si mi cuerpo rechazara a Max.

Últimamente, cada caricia suya activa una alarma silenciosa en mi sistema. Sus besos, sus manos... a veces me hacen querer encogerme, alejarme, como si mi cuerpo estuviera en estado de alerta constante, rechazando un contacto que debería desear.

En ese beso creí reconocer a la vieja Maddox. Por eso planeé esta cena. Necesito recuperar lo que teníamos. Necesito convencerme de que todavía soy la mujer de la que él se enamoró.

Porque todavía lo soy, ¿verdad?

O tal vez, solo estoy intentando desesperadamente no darme cuenta de que el hermano equivocado es el único que me hace sentir viva.

—Matthew… —Su nombre sale de mis labios como una súplica que no sé cómo terminar.

Él no se mueve, pero el aire en el coche parece evaporarse, dejándome sin oxígeno.

—Lo elegiste a él —dice por fin.

Su voz es un susurro gélido que corta más que cualquier amenaza.

No hay rastro de la autoridad del consigliere ni de la frialdad del guardaespaldas; solo es un hombre hablando en la oscuridad, y el tono de derrota en su voz me golpea con la fuerza de un impacto físico.

Lo veo tragar saliva, su perfil iluminado por las luces ambarinas de la calle, y por un segundo, su armadura parece agrietarse.

—Esto no es una competencia, Matthew —logro decir, aunque me falta el aliento.

—Y aun así, lo elegiste a él.

Gira el rostro con una lentitud tortuosa para clavarme la mirada.

Sus ojos son dos pozos de sombras donde la furia y la tristeza libran una batalla sangrienta. En ese momento, Matthew no es el hombre que me cuida; es el hombre que me desea con una intensidad que me aterra porque sé que no puedo corresponderle sin destruirnos a todos.

—Después de todo lo que haría por ti, Maddox…

—se inclina hacia mí, invadiendo mi espacio hasta que su esencia me envuelve por completo.

Su voz baja un octava, volviéndose un rugido roto—.

Después de cada bala que he desviado, de cada secreto que he guardado para mantenerte a salvo…

después de haber quemado mi alma solo para que tú no tuvieras que tocar el fuego…

vas y le entregas tu luz al hombre que no tiene idea de cómo protegerla.

Trago saliva, sintiendo el nudo en mi garganta apretarse hasta la asfixia. Su mano se cierra sobre el volante con tanta fuerza que los nudillos le blanquean, como si estuviera conteniéndose de no arrastrarme de vuelta a casa y encerrarme donde nadie más pudiera mirarme.

—Bájate —ordena, recuperando esa máscara de piedra que tanto odio. No me mira—. Por favor, vete.

—Escucha, Matthew…

—Bájate, Maddox —repite. Sus manos se cierran sobre el cuero del volante con tanta fuerza que cruje.

Sus nudillos están blancos, la tensión en sus hombros es una advertencia silenciosa—.

Hazlo ahora, porque si te quedas un segundo más, voy a dar media vuelta y te llevaré tan lejos que no podrás volver a acercarte a él en lo que te queda de vida.

Un nudo se me forma en la garganta. Sé que no es una amenaza vacía. Matthew no miente, y en este momento, parece estar al borde de perder el control que tanto le cuesta mantener. Decido hacer lo que dice, no por obediencia, sino porque el aire entre nosotros quema.

Me giro y busco el seguro de la puerta con dedos temblorosos. Justo cuando la cerradura hace clic y me dispongo a salir, su voz me detiene en seco.

—Vete con él —dice con voz ronca—. Pero no olvides quién es el que limpia la sangre de tus manos, Maddox. Siempre seré yo.

Abro la puerta del coche con manos temblorosas, huyendo de la verdad que sus palabras acaban de escupirme. Mientras camino hacia el edificio de Max, siento su mirada grabada en mi espalda como una marca.