CAPITULO 66
maddox
La mansión Salvatore se ha convertido en un campo de batalla.
Desde que Nora se instaló hace una semana, el aire en la mansión pesa más que el plomo.
Se negó a ocupar una de las suites del segundo piso, a pesar de las insistencias de Levi, y se atrincheró en una habitación de huéspedes en la planta baja.
Supongo que quería tener una vía de escape rápida en caso de que los fantasmas de su pasado con mi padre se volvieran demasiado reales.
Es perturbador verlos juntos. Comparten una dinámica cargada de una naturalidad eléctrica, como si el océano y los años que pasaron sin hablarse fueran solo una interrupción momentánea en una guerra eterna.
Cuando coinciden en la misma habitación, el ambiente se satura de una tensión densa, de esa clase de estática que precede a una explosión.
Se miran como dos depredadores que alguna vez compartieron la misma guarida y ahora no saben si morderse o lamerse las heridas.
Frente a mí guardan las formas; el silencio entre ellos es absoluto e incómodo. Pero en cuanto doy media vuelta y abandono la estancia, los gritos comienzan a filtrarse por las paredes de mármol.
Nora está furiosa, y aunque entiendo su rabia, me resulta ajena.
Nunca había visto a mi madre en este papel de mujer protectora y preocupada.
Es una anomalía. Por primera vez en mi vida, me siento como la hija de un matrimonio roto, obligada a escuchar los ecos de una relación que se desmorona en cada esquina.
A veces hablan de mí, del negocio, de la sangre que mancha nuestro apellido; otras veces, el tono se vuelve tan íntimo y doloroso que me veo obligada a alejarme para no invadir un terreno que nunca me perteneció.
Me cuesta procesar que, alguna vez, entre el Don de Chicago y la mujer que huyó a Francia, existió algo parecido al amor.
Pero no puedo escapar de ellos. Me persiguen como sombras por toda la casa, intentando forzar una confesión que no estoy dispuesta a dar. En sus peleas, Nora utiliza mi trauma como un arma contra Levi. Lo culpa de lo que me hicieron, de mi silencio, de las cicatrices que todavía me queman la piel.
Y mi padre, el hombre que hace temblar a todo Chicago, no la contradice. Se traga sus palabras porque la culpa lo está devorando vivo. Siente que me falló como Don y como padre, y tener a Nora recordándoselo cada hora es una tortura más efectiva que cualquiera que yo haya sufrido en aquel sótano.
Gracias a sus discusiones, me he dado cuenta de lo desconectada que estaba mi madre de la realidad.
Sabía de los negocios, de la fachada legal y de la oscuridad que financia nuestra vida, pero no tenía idea de que yo era una pieza activa en el tablero.
El hecho de saber que me siento a la mesa con asesinos, que planifico misiones y que soy la heredera de un imperio de sangre la horrorizó de tal manera que intentó meterme en un avión a París por la fuerza.
Le aseguré que estaba bien. Le mentí a la cara con la misma facilidad con la que disparo un arma.
Hasta que Matthew decidió que ya era suficiente de secretos.
Él soltó la bomba en medio de la sala, con esa calma letal que lo caracteriza.
Le contó todo con lujo de detalles: el hombre que ejecuté en Nueva York, mi secuestro y la última misión fallida que yo misma orquesté.
Nora sostenía una copa de vino que estuvo a punto de estallar entre sus dedos mientras lo escuchaba.
Yo me quedé inmóvil, imperturbable, observando cómo el mundo que ella conocía se hacía pedazos.
Matthew estaba apoyado contra la biblioteca, observando el caos que había desatado con una frialdad calculada.
Y entonces entró mi padre, y el infierno terminó de desatarse.
Desde ese momento, no he tenido un solo segundo de paz. Los gritos son la banda sonora de mis mañanas.
Quizás por eso, cuando llego a la puerta de la cocina y escucho sus voces en un murmullo bajo y controlado, me detengo en seco. Por primera vez, no hay gritos.
Y, como todos sabemos, en esta familia a veces el silencio es más peligroso.
—Me arrepiento cada maldito día, créeme —la voz de mi padre se filtra por la rendija, cargada de una pesadez que nunca le había escuchado. Me quedo inmóvil, conteniendo el aliento para no delatarme—. No es fácil verla así. Parece…
—Una cáscara —murmura Nora. Escucho el suspiro cansado de mi madre antes de que su voz se vuelva un látigo—. ¿De qué te arrepientes exactamente, Levi? ¿De no haberla protegido o de haber permitido que este mundo le devorara el alma?
El silencio que sigue es asfixiante. Puedo imaginar a mi padre, agotado por una guerra que no solo se libra en las calles, sino ahora también dentro de su propia casa. Incluso yo estoy harta de ser el centro de sus disputas.
—¿Qué esperabas que hiciera? —Espeta él.
—Que cumplieras tu palabra —la voz de Nora suena filosa, letal—. Teníamos un trato, Levi. Y lo rompiste.
¿Un trato?
El aire se congela en mis pulmones. Mis músculos se tensan, listos para la huida o el ataque. Está claro que no debería estar escuchando esto, pero esa palabra actúa como un imán.
Necesito saber qué parte de mi vida fue negociada entre ellos sin mi consentimiento. Me inclino hacia adelante, rozando la pared con el hombro para captar el siguiente susurro, convirtiéndome en una sombra.
—No deberías escuchar conversaciones ajenas, tesoro .
Ahogo un grito cuando la voz de Matthew retumba justo detrás de mi oreja. Tropiezo, pero no hay suelo al que caer; solo el muro de músculos y autoridad que es su cuerpo. Sus manos me sujetan con firmeza impidiendo mi caída.
—¿Qué demonios te pasa? —Siseo, recuperando el equilibrio mientras mi corazón martillea contra mis costillas—. Casi me das un infarto.
—No deberías estar husmeando aquí, ¿no crees? —su voz es un gruñido bajo.
Apoya el mentón sobre mi cabeza, con una arrogancia que me hace hervir la sangre.
Pongo los ojos en blanco, pero él lo nota, siempre lo nota, y sus dedos se hunden con un pellizco firme en la piel desnuda de mi cadera.
Un calor repentino me recorre la columna, subiendo hasta mis mejillas. Maldito sea.
—Si no quieren que los escuche, deberían elegir un lugar menos obvio —murmuro, tratando de zafarme—. Lo único que hay en esta casa últimamente son gritos y secretos.
—Están preocupados por ti, Maddox.
Suelto un bufido amargo.
—¿Preocupados? ¿Como tú? —Siento cómo su cuerpo se tensa contra mi espalda ante el dardo. Cierro los ojos, inspirando su aroma a perfume caro—. Ni siquiera me hables, Matthew. Sigo furiosa contigo.
—¿En serio?
—Sí. Pasaste por encima de mi autoridad. Mi decisión te importó una mierda.
—Te estaba cuidando…
—No puedes controlarme a tu antojo. No soy uno de tus soldados.
Matthew se inclina, su aliento cálido roza mi nuca enviando una oleada de escalofríos por toda mi piel. Su voz desciende a un nivel peligrosamente íntimo cuando susurra en mi oído:
—Te estás equivocando de hermano, Maddox. —Susurra—. Yo no quiero controlarte.
Trago saliva, sintiendo el peso de su advertencia. Intento alejarme, pero él presiona su cuerpo contra el mío, atrapándome contra la pared. No me deja escuchar a mis padres, pero tampoco me deja marchar. Es una jaula de carne y hueso.
—Sé exactamente lo que estás tramando —continúa, su tono es una caricia letal—. Y no va a suceder. No vas a poner un pie fuera de este lugar.
—¿Qué vas a hacer? ¿Esposarme a la cama? —lo desafío, girando la cabeza lo justo para encontrarme con su mirada oscura.
—La imagen es tentadora, no voy a mentirte —murmura tan bajo que por un segundo dudo de si lo he oído bien, pero la reacción de mi cuerpo no miente: mis mejillas arden—. Pero no será necesario. Porque no vas a ir a ninguna parte.
Me encojo de hombros, fingiendo una indiferencia que no siento.
—No pensaba salir.
—Por favor, Maddox. Es el cumpleaños de Máximo. ¿Me crees idiota? —Vuelvo a tensarme. No contaba con que él lo recordara, pero claro, hablamos de su hermano—. Es increíble que, después de todo, sigas eligiendo estar con él. Eres demasiado buena para tu propio bien.
Trago saliva.
—Yo no diría que soy buena —susurro. En un movimiento rápido, me giro entre sus brazos para enfrentarlo cara a cara—. Y ya te lo dije: no puedes decidir por mí. Así que quítate de mi camino.
—Maddox…
—Hazte a un lado, Matthew —digo entre dientes, sosteniéndole la mirada.
Él se endereza, usa su altura para hacerme sentir pequeña, asfixiándome con su presencia. Doy un paso atrás, pero mi espalda choca contra el muro. Estamos a centímetros, en una guerra de voluntades que está a punto de prender fuego al pasillo.
—¿Maddox? ¿Matthew? ¿Qué demonios ocurre aquí?
La voz de mi padre corta la tensión como un hachazo.
Matthew se aleja con un movimiento grácil, recuperando su máscara de indiferencia en un parpadeo. En un segundo es una sombra profesional, el consigliere impecable, como si nunca hubiera estado a milímetros de mi cuerpo, asfixiándome con su presencia.
Mi padre nos observa a ambos, sus ojos saltando de Matthew a mí como si buscara una grieta en nuestra fachada, intentando descifrar la electricidad que todavía flota en el pasillo.
—¿Cielo? —La voz de mi madre, con ese tono cantarín, me llega desde la cocina. La miro de reojo—. ¿Está todo bien? Pensaba que esta noche podríamos salir a cenar en familia…
—No puedo, Nora —suelto con rapidez, antes de que Levi pueda apoyar la idea—. Le estaba diciendo a Matthew que voy a cenar con Penny. Noche de chicas.
Le dedico una sonrisa inocente. Mi madre me devuelve la mirada, pero sus ojos no brillan con la misma confianza de antes.
—De acuerdo —asiente, aunque su voz suena hueca.
—¿Quieres que te enviemos escolta? —pregunta mi padre.
—Yo me encargaba de decirle a Maddox que puedo llevarla hasta casa de Penny—interviene Matthew.
Una sonrisa arrogante asoma a sus labios y tengo que apretar los puños para no patearlo ahí mismo.
Me lanza una mirada de desafío que acepto en silencio
—Me parece bien. Es más seguro —sentencia mi padre.