CAPITULO 65
maximo
s u cabello es una cascada de hilos dorados que cae por su espalda, terminando en esos rizos perfectos que siempre parecen invitar a mis dedos a enredarse en ellos y no soltarla nunca.
La observo en silencio, contenido por las sombras, mientras se aplica esa crema hidratante con una parsimonia que me desquicia.
Me apoyo en el umbral de la puerta del baño, controlando mi respiración para no alertarla. Debería dejar de entrar a hurtadillas como un fantasma en su habitación, pero el silencio de Maddox me estaba asfixiando más que la soga de mis propios secretos.
Desde que la redada se fue al carajo no ha respondido mis mensajes y estoy comenzando a asustarme.
Y saber que Matthew está aquí, a solo una pared de distancia, jugando a ser su guardián oficial mientras yo me escondo en la oscuridad, hace que mi sangre hierva con una furia posesiva que apenas puedo contener.
Él tiene el derecho de estar cerca y no puedo hacer nada.
Sus ojos verdes, afilados y brillantes como esmeraldas, se encuentran con mi reflejo en el espejo.
No grita. Nunca lo hace. Sabe que soy yo antes de procesarlo.
Se gira con esa elegancia letal de una Salvatore, pero antes de que pueda articular palabra, toma mi mano con una fuerza que me sorprende y me arrastra hacia el interior del baño, cerrando la puerta tras de nosotros.
El espacio se reduce. El aire se vuelve denso, cargado de su perfume y de nuestra tensión.
—Máximo, ¿qué demonios haces aquí? —Susurra, su voz es un látigo de terciopelo—. Un día de estos harás que me de un infarto.
Trata de retroceder, de poner distancia, pero no se lo permito. La atraigo hacia mi cuerpo hasta que su pecho choca contra el mío y puedo sentir el latido errático de su corazón.
—No, princesa. Un infarto sería demasiado piadoso —murmuro contra sus labios, aspirando su aliento—. Necesitaba verte. Me estás volviendo loco con tu silencio.
La veo tragar saliva, sus ojos bajan por un segundo a mi boca. El impulso de rodear su cuello con mis manos, de reclamar sus labios hasta que olvide su propio nombre y el de su padre, es casi insoportable. Pero me contengo.
—Te extraño —mis palabras la toman por sorpresa.
—Yo también —confiesa, y esas dos palabras son un puñal que atraviesa mis defensas—. Pero si alguien te ve, Max... si tu hermano te encuentra aquí...
—Nadie me vio —le aseguro, bajando el tono a un gruñido bajo.
Apoyo mi frente contra la suya, cerrando los ojos.
Su perfume a cereza me invade, un aroma dulce que contrasta con el sabor metálico de la traición que cargo en la lengua.
Siento cómo sus brazos se relajan bajo mi toque y aprovecho para deslizar mis manos por la piel desnuda de sus brazos. Se eriza al instante.
Un escalofrío recorre su cuerpo y una chispa de satisfacción oscura se enciende en mi pecho.
Lleva el mismo pijama de seda de siempre: esa remera de tirantes negra y los pantaloncillos rojos color sangre. Rojo, como el color que pronto decorará mis manos. Me muerdo el labio, luchando contra la necesidad de arrancarle esa seda y marcarla como mía ante el mundo.
«Aún no puedo, Max».
Sus palabras de la última vez resuenan en mi cabeza como una advertencia. Suspiro con una mezcla de frustración y devoción, y llevo mi mano hasta su mentón, obligándola a levantar la cara. Cuando abre los ojos, la intensidad de su mirada me quema.
—No has respondido mis mensajes —le reclamo, mi voz endurecida por la ansiedad que he sentido estos días.
Ella baja la vista, pero no la dejo escapar. Acuno su rostro entre mis manos, obligándola a enfrentarme.
—Lo siento... Esto ha sido un caos absoluto desde que llegó Nora.
Frunzo el ceño.
—¿Nora? —Ella asiente—. ¿Tu madre está aquí? ¿En Chicago?
—Así es —suspira, y puedo notar el peso en sus hombros—. Tu hermano creyó que era una excelente idea traerla para que me hiciera sentir… segura.
Hago una mueca. No conozco a Nora Müller personalmente, pero en nuestro mundo, una mujer que no pertenece a la organización es una debilidad, una complicación que no necesitamos. Y menos ahora, con Matthew moviendo hilos a mis espaldas.
—¿Y tú cómo estás con eso?
Se encoge de hombros pero noto como se acerca buscando refugio en mi cercanía.
—Es extraño —confiesa en un susurro—. Solo paso dos semanas al año con ella, en vacaciones. Y ahora está aquí, habitando esta casa, moviéndose por los pasillos como si esto fuera un hogar normal. Es... raro.
Acaricio su mejilla con el pulgar, trazando la línea de su mandíbula con una suavidad que no merezco tener.
—¿No te gusta que esté aquí?
—Al contrario —dice, bajando la voz hasta que es casi imperceptible—. Creo que es la primera vez que esta mansión se siente como un hogar de verdad.
Sus palabras me golpean. Un hogar. Maddox quiere un hogar, y yo estoy aquí para prenderle fuego a todo lo que conoce.
Necesito tiempo. Cada segundo que paso así con ella es tiempo robado, pero no tengo ni la más remota idea de cómo confesarle la verdad sin que me odie para siempre.
El silencio en el baño se vuelve denso, cargado de todo lo que no le estoy diciendo.
Maddox cierra los ojos, entregándose por completo a mi contacto.
Mi mano baja por su costado, recorriendo la curva de su cintura hasta detenerse en su cadera.
Me quema la palma el simple hecho de tocarla, incluso a través de la tela de su pijama.
Con la otra mano, acuno su mejilla y deslizo el pulgar por su labio inferior, delineando su forma.
Su corazón golpea contra sus costillas con una fuerza salvaje. Puedo sentir su pulso disparado bajo mis dedos y el mío le sigue el ritmo al instante.
—¿Max? —Susurra con la voz rota.
—¿Mmh?
—Bésame.
Mis instintos me gritan que la reclame, que la devore aquí mismo contra la pared, pero me obligo a contenerme. Es la primera vez que me lo pide, con esa mezcla de vulnerabilidad y urgencia, no quiero arruinarlo.
Me acerco centímetro a centímetro, acortando la distancia con una lentitud tortuosa.
Mi mano sube por su mandíbula mientras rozo sus labios con los míos.
Es apenas un contacto eléctrico, un roce de alientos que hace que su respiración se quiebre.
Deslizo la punta de mi lengua por su labio inferior y el pequeño suspiro de placer que escapa de su garganta acaba con mi último gramo de autocontrol.
La beso.
Empiezo con una presión suave, saboreándola, mientras mi mano derecha toma su cadera para pegarla a mi cuerpo.
No hay resistencia; al contrario, ella se aferra a mi camiseta negra, arrugando la tela con sus dedos para mantenerme cerca.
Cuando mi lengua busca la suya, chocamos los dientes en un descuido torpe que me hace soltar una risa ronca contra su boca.
Por un momento, todo se siente normal. Todo parece ser como antes.
Pero la ternura dura poco.
Maddox me rodea la nuca, enredando sus dedos en mi cabello y tirando de él para profundizar el contacto. La intensidad estalla. El beso se vuelve hambriento, posesivo. Ella suelta un gemido que va directo a mi entrepierna.
—Maddox —gruño contra sus labios, una advertencia final que apenas puedo articular.
—No te detengas —me ordena.
Gimo, perdiendo la cabeza, y vuelvo a besarla con una violencia contenida.
Mis manos bajan a sus muslos y la levanto del suelo sin esfuerzo.
Ella enrolla sus piernas alrededor de mi cintura al instante, encajando contra mí como si hubiera sido diseñada para esto.
Se siente jodidamente bien. Se siente perfecta.
La he extrañado tanto este último mes que el vacío en mi pecho finalmente parece llenarse.
Pero mientras la aprisiono contra mí, la realidad me golpea con la fuerza de un disparo: tarde o temprano, voy a destruir esto.
La subo al mostrador de mármol. El frío de la piedra contra sus muslos desnudos la hace estremecer, y Maddox se echa hacia atrás hasta que su espalda golpea el espejo.
Me separo lo justo para devorarla con la mirada.
Tiene los labios hinchados, la respiración rota y esos ojos verdes empañados por el deseo.
Me muerdo el labio, sintiendo la urgencia de volver a reclamarla cuando sus dedos se enredan en mi pelo y me obligan a bajar a su boca.
Vuelvo a sus labios con una intensidad que casi duele.
Bajo por su mandíbula, marcando el camino con besos lentos y pesados hasta llegar a su cuello.
Siento cómo arquea el cuerpo hacia mí cuando llego al escote de su camiseta.
Debo parar. Sé que debo hacerlo. Si sigo un segundo más, no me va a importar quién esté al otro lado de esa puerta. Solo puedo pensar en su piel caliente, en la necesidad física de estar dentro de ella y en el dolor sordo que me recorre la entrepierna.
Pero estamos en la mansión Salvatore. Con su padre, su familia y mi maldito hermano a unas pocas habitaciones de distancia. Si nos encuentran así, no habrá salida para ninguno de los dos.
Obligo a mi cuerpo a retroceder. Aminoro la marcha, rozando su nariz con la mía.
Maddox deja escapar una pequeña risa por el roce y, por un instante, me permito sonreír.
Es una debilidad, lo sé, pero no puedo evitarlo.
Me quedo inclinado sobre ella, atrapándola entre mis brazos y el espejo, mientras sus dedos siguen jugando con mi cabello.
—Max…
—Te amo —suelto, antes de que pueda decir nada más.
Sus párpados se abren de golpe. La sorpresa le dura apenas unos segundos antes de que una sonrisa pequeña y suave curve sus labios.
—Te extrañaba tanto —añado.
—Yo igual —murmura. No sé si responde a mi confesión o a lo mucho que me extrañaba, y me trago la duda por puro miedo a la respuesta—. Pero deberías dejar de burlar la seguridad de esta casa —dice ella.
Chasqueo la lengua con diversión.
—Entonces deja de ignorarme y permíteme verte.
Alza una ceja, desafiante.
—Tienes razón —concede. Sus dedos juegan con mi cabello—. No he sido la mejor novia últimamente.
—No quise decir eso, Maddox. No pienses que…
—Lo sé —me interrumpe, poniendo una mano en mi mejilla. Se incorpora, eliminando la poca distancia que nos queda—. Pero es verdad. He estado ausente. Lo siento.
—No —le corto—. No te disculpes por nada. Jamás.
Vuelvo a acunar su rostro. Cuando la beso esta vez, es un contacto suave, casi tierno, que hace que algo se retuerza en mi pecho. Me pregunto si tiene idea del incendio que provoca en mí. Me pregunto si será capaz de sobrevivir a las cenizas cuando todo esto salte por los aires.
Trago saliva, tratando de expulsar el sabor amargo de la mentira.
—En unos días es tu cumpleaños —susurra contra mi boca. Abro los ojos, sorprendido. Ella se encoge de hombros como si no fuera nada—. No creas que te vas a librar de un festejo.
—Maddox… es solo un día más en el calendario.
—No para mí —me acerca de nuevo y me da un beso corto—. Déjame hacer algo especial por ti, ¿de acuerdo?
Asiento, aunque el estómago se me revuelve. Maddox sabe cuándo es mi cumpleaños porque tiene un maldito expediente con mi nombre. Cree que conoce cada detalle de mi vida.
Casi todo , me susurra una voz oscura en la cabeza.
Quiere celebrar mi vida, sin saber que mi único propósito es destruir la suya. La última vez que celebré un cumpleaños, mis padres aún vivían. Antes de que Levi Salvatore decidiera jugar a ser Dios y nos lo quitara todo.
Ella es la hija del hombre que más odio en este mundo.
No debería haberme acercado. No debería haber dejado que su risa y su fuego me calaran hasta los huesos.
No debería haber permitido que atravesara mis defensas de esta manera, porque ahora, cada vez que la miro, solo puedo pensar en todo lo que vamos a perder cuando la verdad salga a la luz.
Ella sonríe, ajena al abismo que nos separa, y yo solo puedo sostenerla mientras el mundo sigue girando hacia el desastre.