Traición y Sangre I (Draghi 1) CAPITULO 64
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CAPITULO 64

maddox

— C ierra la boca, Levi —murmuro, hundiendo las yemas de mis dedos en las sienes para masajear el latido sordo que amenaza con partirme el cráneo—. No hagas un drama de esto.

Mi padre sostiene el volante con una fuerza que hace que sus nudillos parezcan piedras de mármol blanco.

No ha dejado de gritar y de soltar maldiciones entre dientes desde que pusimos un pie fuera del depósito.

El motor del coche ruge, reflejando su temperamento mientras pisa el acelerador con una furia apenas contenida.

—No puedo creer que lo hicieras —suelta entre dientes, hundiendo el acelerador.

El rugido del motor es el único sonido que compite con su rabia. Cierro los ojos, tratando de obligar a mi corazón a recuperar un ritmo humano.

Pero la adrenalina todavía corre por mis venas.

¿Quién diría que la chica que tembló tras su primer asesinato en Nueva York se habría quedado atrás, enterrada en alguna parte? Aquella Maddox era una extraña para mí. La de ahora... esta versión de mí no siente el peso de la culpa, sino la ligereza del poder.

Paso la lengua por mi labio inferior, atrapando el sabor metálico y rancio de la sangre que me salpicó.

Cierro los ojos un segundo y sonrío. Debería sentir náuseas; debería querer arrancarme la piel hasta quedar limpia.

Pero lo único que recorre mi columna es una oleada de placer eléctrico y deforme.

Luc me secuestró. Luc me observó mientras el dolor me partía en dos, se alimentó de mis súplicas y se deleitó con el sonido de mi voz quebrada.

Y ahora, su respiración se ha detenido por mi mano. Mi bala silenció su mundo del mismo modo que él intentó apagar el mío.

—Tampoco me detuviste —replico.

—¿Tienes idea de lo que eso habría significado? —Su voz estalla, llenando el interior del coche de una violencia contenida—. ¡Eres la hija del Don! Se supone que sabes cómo funciona esto. ¡Llevas mi maldito apellido, Maddox!

—Lo haces sonar como si habláramos de la realeza —me mofo, aunque sé que, en este mundo, lo somos.

—Hablo en serio. —Su tono se vuelve afilado, una hoja de afeitar cortando la densidad del ambiente—. No hacemos las cosas así. No somos carniceros sin control. Lo sabes.

Claro que lo sabía. Pero el control es un lujo que perdí hace mucho tiempo.

—Creía que había quedado claro desde Nueva York —ladeo la cabeza para verlo y sus ojos se encuentran con los míos—. Me importa una mierda como haces las cosas tú. Yo también soy Draghi .

Sus manos sostienen con más fuerza el volante.

—No te confundas, Maddox —susurró—. Serás mi heredera, pero el mando aún lo tengo yo.

Entrecierro los ojos.

—Veremos por cuanto tiempo —murmuro en voz baja pero sé que me escucha.

En cuanto el disparo desgarró el silencio del depósito, el mundo se detuvo.

Fue un instante de quietud absoluta, un vacío donde el tiempo dejó de existir.

Nadie se movió. Yo tampoco. Me quedé allí, en cuclillas frente al cuerpo inerte de Luc, con la mirada fija en el vacío que ahora ocupaba sus ojos.

Sus últimas palabras seguían grabadas a fuego en mi mente, como una maldición:

«El mal te respira en la nuca cuando te vas a dormir con él».

Aprieto los párpados. No me importa cómo se supone que se hacen las cosas en Draghi . Los planes han cambiado y yo cambiaré las reglas.

El silencio duró solo un segundo; al siguiente, el caos reclamó su lugar.

Pude ver cómo se llevaban el cadáver de Luc pero todo se veía distorsionado.

Unas manos pesadas rodearon mis hombros.

Matthew. Su expresión era una máscara neutra, profesional, vacía.

Busqué a Max entre las sombras, pero mi vista me traicionó; solo veía siluetas negras, manchas de oscuridad moviéndose frenéticamente.

—Muévete —me siseó Matthew al oído—. Tenemos que irnos.

Sus palabras fueron la chispa que reactivó mis extremidades. Me obligué a ponerme en pie, avanzando a través del desastre que nadie se molestaba en limpiar, solo en camuflar.

Caminé de forma automática, con la columna rígida y la barbilla en alto.

Abandoné al depósito y me encontré con el sol brillante del amanecer.

No supe cuando tiempo transcurrió, pero el operativo empezó en la madrugada, ahora nos acompañaba el día y era más difícil atravesar la ciudad empapada en sangre.

Avancé sin detenerme hasta el BMW de Matthew pero en cuanto mis dedos rozan la manija las manos de mi padre toman mi brazo con fuerza y me arrastran con él, mientras suelta una letanía de maldiciones que no cesa en todo el camino.

Cierro los ojos y me hundo en el cuero del asiento.

No me importa lo que Levi piense, por primera vez, que sea mi padre y el Don me tiene sin cuidado. Él cree que crucé una línea que no debía, y quizás tenga razón. Pero no iba a dejar que Luc siguiera respirando el mismo aire que yo.

Se que fui impulsiva pero no me importa.

No cuando aún siento el frío de sus dedos en mis sueños.

No cuando mis pesadillas son un bucle de calles oscuras y el eco de su risa mientras su padre me quebraba.

No podía permitirle el lujo de la vida mientras yo cargaba con los escombros de lo que él ayudó a destruir.

Dejarlo herido no era suficiente. Nada lo es.

Necesitamos a South . Lo necesito a él y lo necesito ahora. Al escapar, el tablero se ha vuelto más peligroso, las piezas son más difíciles de mover. Esta vez no habrá suerte, solo estrategia y sangre. Si me toma meses, que así sea.

El estruendo de la puerta al cerrarse me regresa a la realidad, parpadeo mientras observo como Levi abandona el coche hacia la entrada de nuestra casa. Marcellino y Donatto están a la espera de él en la entrada.

Me dispongo a seguirlo, con una réplica mordaz en la punta de la lengua, pero el espejo retrovisor me detiene en seco.

Toda mi piel se eriza. La mujer que me devuelve la mirada es una extraña.

Mi rostro está salpicado de un carmesí que ya ha empezado a secarse, la cicatriz sigue allí, la piel está curada pero la marca no se irá.

Ahora solo está salpicada de sangre. Trago saliva, saboreando el hierro, y bajo del coche.

Matthew está apoyado en su BMW, observándome con esa intensidad indescifrable que me quema los nervios. Mi padre pasa por su lado y le susurra algo; solo veo el asentimiento de Matthew y el breve movimiento de alivio en los hombros de Levi.

Los ojos del Capo y el Chefe se abren de par en par al verme y les dedico una sonrisa de labios presionados. Ellos simplemente asienten antes de hacerse a un lado.

—Hablaremos en el despacho —suelta mi padre sin mirarme.

Pongo los ojos en blanco, disfrutando del hecho de que me da la espalda y no puede ver mi falta de respeto.

—¿Es necesario? —Murmuro, mis pasos resuenan en el pavimento mientras lo sigo.

Siento la sombra de Matthew pegada a mi espalda como una presencia cálida y letal.

—Tenemos que analizar el resultado y trazar el siguiente movimiento, así que sí, Maddox, es necesario.

—¿Es necesario tanto drama? —Corrijo con veneno.

Levi se detiene tan de golpe que mi pecho choca contra su espalda tensa. Se gira con una lentitud que debería asustarme. Doy un paso atrás por instinto, solo para chocar contra el muro de carne y músculo que es Matthew. El calor de su cuerpo me envuelve, pero no me muevo.

—No estoy de humor para tus juegos, Maddox —sentencia mi padre, su mirada se clava en la mía antes de dar media vuelta y entrar a la casa.

Aprieto los puños, siento la ira burbujeando bajo mi piel. Es un hipócrita. Él me crió para ser un arma, y ahora se queja porque he disparado.

Siento las manos de Matthew envolver las mías, intentando sofocar el temblor de mis puños.

Por un segundo, su tacto se siente como una caricia que amenaza con derretir mi armadura.

Pero entonces recuerdo las esposas. Recuerdo que él también sigue las reglas de Levi.

Me libero de su agarre con una brusquedad que me escuece.

—No me toques —le siseo por encima del hombro. Noto cómo se tensa, sus ojos se oscurecen ante mi rechazo, pero no me quedo a ver su reacción.

—Comprendo lo que sentiste al verlo, pero...

—No —lo corto, las palabras salen como cuchillas—. No comprendes nada. Ese es el maldito problema.

Me giro para adentrarme en la mansión. Sigo a Levi hasta la cocina.

Mi padre apoya las manos en la isla, inclinado sobre el mármol como si cargara con el peso del mundo. Yo imito su gesto, enfrentándolo. Noto sus ojos recorrer mi rostro manchado de sangre.

—Si esperas que me disculpe por lo que hice, vas a esperar sentando. No me arrepiento de nada. El mundo es un lugar mejor ahora que ese desperdicio no respira.

—No lo hiciste por justicia, Maddox. Lo hiciste por ti.

—¡Exacto! —Exclamo, elevando el tono hasta que mis cuerdas vocales vibran— ¿Eso me hace egoísta?

¡Bien! Soy la mujer más egoísta del planeta por querer borrar de la existencia al hombre que me vio quebrarme, que disfrutó con cada una de mis súplicas.

¿Soy impulsiva por no pedir permiso para reclamar mi venganza?

Sí. Pero no iba a permitirle un solo latido más.

—¡No es así como operamos! —Ruge él.

—¡Al carajo tus operaciones! Soy una Salvatore. A partir de ahora, las cosas se harán a mi manera.

Levi niega con la cabeza, cerrando los ojos con frustración.

—Entiéndelo, Levi. No puedes ser el santo de esta historia. No eres Robin Hood —le dedico una mirada cargada de desprecio—. Y Luc no iba a hablar. No sabía nada.

—¡Eso no puedes saberlo!

—¡Lo sé y tú también! —Mi grito rebota en las paredes de la cocina—. ¡Pero prefieres mantener con vida a las ratas antes que arriesgarte a mancharte las manos!

—¡Eres tú la que se pone en riesgo!

—¡De eso se trata nuestra vida! —Le recuerdo, dándome la vuelta para quedar frente a frente. Tengo que inclinar la cabeza para sostenerle la mirada, pero no parpadeo—. Tú quisiste que formara parte de esto, ¿o ya lo olvidaste? Me convertiste en esto, papá.

Cuadro mis hombros, dispuesta a ganar esta guerra de voluntades. La tensión en la habitación es un cable a punto de romperse. Pero antes de que él pueda soltar su próxima reprimenda, una voz corta el aire, fría y perfecta, congelándonos a todos.

—Bienvenidos a casa.

Nos giramos al unísono hacia la dueña de esa voz. Mis labios se entreabren, congelados en una mueca de pura incredulidad.

—¿Nora?

Mi madre nos observa con una ceja negra perfectamente perfilada alzada hacia su sien.

Tiene los brazos cruzados sobre el pecho y el codo apoyado contra el umbral, una postura que destila una autoridad que ni siquiera el paso de los años ha logrado erosionar.

Matthew, a unos pasos, mantiene la vista fija en el suelo, rígido como una estatua.

No necesito más señales.

—Nora… —El nombre escapa de los labios de mi padre como un suspiro roto. Se queda sin voz, su expresión se suaviza de una forma casi patética y un brillo desconocido, casi vulnerable, se instala en sus ojos— ¿Qué haces aquí?

Es perturbador verlo así. Debe ser la primera vez que se enfrentan en más de diez años; quizás desde que nací. Mi memoria de ella es un lienzo en blanco. Pero después de todo lo que he descubierto este último mes, me queda claro que su historia es un laberinto de espinas del que yo no sé nada.

—¿Qué hago aquí? —Repite ella con una ironía que corta—.

La pregunta real, Levi, es por qué Maddox parece haber salido de una trituradora de carne —trago saliva bajo su escrutinio.

Sus tacones de diseñador resuenan contra el porcelanato mientras avanza, un sonido rítmico, letal—. ¿Y de qué carajos están hablando?

—Nora, podemos explicarlo…

—Por supuesto que lo harán. —Se detiene frente a nosotros, repartiendo una mirada gélida antes de soltar un suspiro cargado de impaciencia.

Sus ojos se clavan en los míos—. Al parecer tenemos mucho de qué hablar, cielo —me dedica una sonrisa que no llega a sus ojos antes de volverse hacia mi padre con una seriedad glacial—. Pero antes, tú y yo tenemos una cita.

—De acuerdo, espera a que yo…

—A tu despacho —lo interrumpe, dando un paso hacia su espacio personal—. Ahora.

Levi traga saliva, su garganta tiembla con fuerza antes de claudicar. Ella lo sigue, y el eco de sus pasos subiendo la escalera marca el final de nuestra disputa familiar, solo para dejarme a solas con otro tipo de guerra.

Suelto el aire que tenía retenido y busco a Matthew. Está serio, pero sus ojos arden sobre mí, escaneando cada mancha de sangre en mi piel.

—¿Para quién trabajas, Matthew? ¿Para mi padre o para Nora? —Le suelto el desafío como un latigazo.

Él no retrocede. Se despega de la pared y se acerca con una determinación que hace que el aire se vuelva pesado.

—Trabajo para ti.

—¿Ah, sí? No se nota.

—Lo hago —insiste, su voz descendiendo a un registro más profundo—. Pero es tu madre. Merece saber en qué infierno te estás metiendo, y creo que te vendría bien tenerla cerca. Podría ayudarte a…

—Tú siempre creyendo que sabes lo que necesito —lo corto con un suspiro amargo—. ¿Eso pensabas cuando me dejaste en tu coche esposada como un animal? ¿Pensabas que me vendría bien?

—Intentaba protegerte, Maddox…

—Me esposaste —sentencio. Mi voz suena seca, pero por dentro mi piel grita ante el recuerdo—. Decidiste por mí. Me pasaste por encima en mi propio plan. Y te atreves a decir que trabajas para mí.

Él baja la mirada un segundo, y aprovecho ese espacio para intentar rebasarlo. Pero su mano se cierra alrededor de mi brazo. Es entonces cuando noto que su propia herida ha empapado la venda improvisada que lleva. Está cubierto de sangre.

—Me tenían esposada —susurro, sin apartarme, viendo cómo su mano ensangrentada aprieta mi antebrazo salpicado de gotas que no me pertenecen—. Cuando me torturaban, me esposaban. Me colgaban de un arnés desde el techo hasta que mis pies apenas rozaban el suelo.

Siento el espasmo que recorre su cuerpo. Se tensa tanto que parece que va a romperse. Es la primera vez que le hablo de lo que me hicieron.

—Maddox…

—Me esposaron, Matthew. Igual que tú.

—No, espera, eso no es lo mismo…

—Y me encerraron. Igual que tú —alzo la vista para encontrar la suya. La ira es ahora un punto negro que devora mi visión—. Como un maldito animal.

— Tesoro ...

—No dudaste ni un segundo en quitarme la libertad.

Sus labios se entreabren, la sorpresa y el horror libran una batalla en sus facciones. Busca en mi rostro alguna grieta, una señal de que estoy exagerando o de que aún guardo una pizca de piedad para él.

No encuentra nada. Mi piedad murió en aquel depósito.

Me acerco un paso más, obligándolo a inclinar la cabeza debido a la diferencia de estatura. Hablo tan cerca de su boca que mi aliento debe quemarle, con un tono tan afilado que juraría que lo estoy degollando.

—La próxima vez que oses pasar por encima de mis decisiones, será la última vez que me veas.