CAPITULO 63 #2
Mi padre jamás haría algo así; un Salvatore se hunde con su barco o quema el océano antes de huir solo. Y yo, aunque todavía estoy aprendiendo a cargar con el peso de la corona de los Draghi , sé que preferiría una bala en el cráneo antes que la deshonra de la deserción.
—Los dejaron a la deriva —murmuro, mis botas hundiéndose en el charco viscoso que se extiende a mis pies—. ¿Pero cómo? ¿Cómo pudieron reaccionar tan rápido?
—Como si alguien los hubiera alertado —suelta Matthew.
Su voz es una vibración baja, cargada de una sospecha que hiela el aire.
—¿Y ellos simplemente… no estaban? —Pregunto, forzando mi voz a mantenerse estable.
—Estuvieron aquí —responde Levi, posicionándose a mi lado. Su rostro es una máscara de incredulidad ante el baño de sangre—. Pero se esfumaron un minuto antes de que rompiéramos el perímetro.
Mi mente retrocede, rebobinando los minutos.
El trayecto desde el coche, la oscuridad, el ruido…
El sonido del puerto. El eco grave que escuché mientras escapaba de las esposas. Mi padre nota el cambio en mi expresión. Sus ojos me interrogan en silencio.
—Se fueron en barco —digo, y el autorreproche me quema la garganta—. Lo escuché cuando venía hacia aquí, pero le resté importancia. —Niego con la cabeza, una risa amarga escapando de mis labios—. Qué idiota.
—No tenías forma de saberlo, Maddox —la voz de Matthew llega a mí, baja y peligrosamente dulce.
Me estremezco.
—Lo sé, pero aun así…
Un movimiento periférico me detiene. En el extremo opuesto del almacén, una sombra se arrastra con la torpeza de una rata herida hacia una de las salidas laterales. No lo pienso. No dudo. Mi brazo se eleva con una memoria muscular que me asusta y disparo.
El gemido de dolor que sigue al estruendo hace que mis dientes chirríen.
—Tráiganlo —pido despacio pero al ver que nadie se mueve doy un grito que los asusta—. ¡Tráiganlo, ahora!
En menos de un minuto, el rostro desencajado de Luc está a un par de metros de mis botas. Jace y otro de nuestros hombres lo traen a rastras; sus dedos se clavan en el asfalto mientras intenta, inútilmente, luchar contra la gravedad. El rastro de sangre que deja a su paso es un mapa de mi puntería.
Ladeo la cabeza, observando su agonía con una curiosidad casi científica. Mi primer disparo fue directo a su rodilla izquierda.
Pero no era suficiente para saciar el hambre que me devora.
—Hola, lindura… —balbucea él.
El sonido de un nuevo disparo silencia sus palabras. El grito que suelta es salvaje, animal. Esta vez, la bala ha destrozado su pie izquierdo.
Me acerco con lentitud, saboreando el espasmo de su cuerpo, y vuelvo a apretar el gatillo. El pie derecho estalla en una bruma roja.
—Maddox —la voz de mi padre llega desde la periferia pero no se mueve.
Lo ignoro. En este momento, soy una fuerza de la naturaleza y nadie, ni siquiera el hombre que me dio la vida, tiene el poder de contenerme. Los jefes podrán haber escapado, pero me han dejado un juguete.
Cuando estoy a un metro, apunto directamente a su mano. Mi plan es simple: voy a arruinar cada una de sus extremidades hasta que no quede nada funcional en él.
—¿A dónde se fueron? —Pregunto. Mi voz es un susurro gélido.
Luc presiona los labios, intentando contener el llanto que nubla sus ojos. El orgullo es lo único que le queda, se ha convertido en una cáscara vacía. Alzo una ceja, dándole un segundo de gracia que no merece.
—¿A dónde se fueron?
—Vete al diablo, Maddox —escupe a mis pies.
La saliva, espesa y cargada de sangre, mancha el cuero de mis botas. Frunzo el ceño. Le hago una seña a Jace para que se retiren.
Vuelvo a disparar. La bala atraviesa su palma izquierda.
Camino un paso y repito la operación en la otra mano. Sus gritos se vuelven agudos, perdiendo cualquier rastro de hombría, hasta que se ovilla en posición fetal, balbuceando súplicas incoherentes.
Creo escuchar otra vez la voz de mi padre pero solo puedo ver rojo y pensar en la sangre y la venganza.
Luc murmura palabras suplicantes.
¿Cuántos «por favor» crees que son necesarios, Luc? Perdí la cuenta de cuántas veces desgarré mi garganta con esa palabra en aquella celda mientras tú observabas.
Me pongo de cuclillas frente a él. Siento la mirada de todos clavada en mi espalda. Se que algunos me ven con respeto, otros quizás con miedo. Entiendo que mi padre esté viéndome con furia por mi comportamiento impulsivo.
Tiene razón. Pero no me importa.
Hundo mi mano en su cabello húmedo y pegajoso, ignorando el asco, y tiro de su cabeza hacia atrás hasta que sus ojos se encuentran con los míos. Su cuerpo está inerte, sostenido únicamente por mi agarre.
—No me hagas repetir la pregunta.
—¿No ves que no están? —Escupe con un desprecio agónico—. ¡Se fueron!
Una mueca de confusión cruza mi rostro, seguida de una comprensión lacerante. Se fueron, literalmente. Su propio padre lo ha abandonado como carnaza para los lobos. Le sonrío, y el temblor que recorre su cuerpo me resulta embriagador.
Es miedo, pienso, me tiene miedo y me fascina.
Ese sentimiento se cuela bajo mi piel, cálido y adictivo. Saber que yo, la chica que rompieron, ahora soy la fuente de su parálisis es un placer que roza lo erótico.
Es fascinante. Meses atrás, la idea me habría horrorizado. Ahora, es lo único que me hace sentir completa.
Acerco el cañón frío de mi arma a su cuello, justo debajo de la mandíbula, presionando hacia arriba, hacia la garganta.
—¿Así que papi te abandonó? —Presiono más—. Después de todo lo que hiciste por él, simplemente… ¿se fue? Debes estar devastado, Luc.
—Vete al diablo…
—Qué vocabulario tan limitado. ¿No sabes decir otra cosa?
—¿Quieres que suplique como hacías tú? —Su sonrisa es una herida abierta que me asquea.
—Ese fue el error, ¿cierto? —Murmuro, mi voz tan afilada como un bisturí—. Dejaron que suplicara. Se regodearon en mi dolor y me dejaron viva —niego despacio—. Y ahora, mírame: estoy aquí para borrar tu estúpida existencia del mapa.
Su sonrisa se desvanece.
Traga saliva con dificultad, sintiendo el metal contra su tráquea.
—No cantes victoria, perra.
—¿Cómo no hacerlo? —Hago un gesto circular con el arma—.
Tenemos el cargamento. La policía llegará pronto y nosotros nos habremos ido.
Dirán que fue un ajuste de cuentas que salió mal —me encojo de hombros—.
Ah, claro. También acabamos con todos sus hombres —suspiro y sonrío— ¿O me dirás que tienes un as bajo la manga?
No... —niego y acaricio la piel de su cuello con el cañón—.
Al parecer, ser su hijo no era suficiente para que te amara, ¿verdad?
—Eres una zorra.
—Soy mucho peor que eso —asiento con suavidad—. Soy el arma de Draghi que intentaron usar y no lograron domesticar.
Algo atraviesa su mirada y le dedico otra sonrisa.
—Pusiste en riesgo tu expediente limpio por un hombre que te dejó atrás en cuanto las cosas se pusieron feas —susurro—. Eres patético.
—Si crees que te diré algo, estás equivocada.
—Oh, Luc. Sé que no me dirás nada porque no sabes nada. —Su piel se torna de una palidez fantasmal—. Así que no me sirves en absoluto.
—No tienes idea…
—Oh, claro que la tengo —entrecierro los ojos—. Nosotros tenemos la omertá . Tenemos un código de sangre y lealtad. Pero South … tu padre construyó este imperio sobre la codicia. Solo le importa él mismo. Debe ser duro darte cuenta de que eres prescindible.
Se retuerce, intentando alcanzarme con sus manos destrozadas, pero tiro de su cabello con más fuerza, arrancándole un chillido de dolor. Cierro los ojos un segundo, disfrutando del sonido.
—La policía llegará pronto. Te esperan décadas en una celda… —suspiro con fingida pena—. Aunque puedo ofrecerte una salida.
Sus ojos brillan con una chispa de esperanza desesperada.
—¿Cuál?
Mi sonrisa se ensancha, mostrando los dientes.
—La muerte —el brillo en sus ojos desaparece—. ¿De verdad creías que te dejaría respirar el mismo aire que yo? No me sirves de nada, Luc. Te prefiero bajo tierra.
A mis espaldas, la tensión es un muro sólido. Sé que Matthew y mi padre podrían derribarme en un segundo, quitarme el arma y obligarme a ser racional. Pero no lo hacen. Lo que los detiene es el respeto y el miedo a la mujer en la que me he convertido.
La adolescente de doble vida ha muerto. Solo queda la heredera del imperio Salvatore.
Solo queda esta mujer rota y nublada por la venganza.
—¿Sabes, Maddox? —Su voz es un gorgoteo de sangre—. Podrás buscarlo toda tu vida. Podrás matarlo. Pero las pesadillas no se detendrán.
—Me bastará con que lo haga su corazón —susurro.
Otra vez, vuelve a sonreír y niega.
—¿Esa es la mentira que te dices? —Traga saliva—. No terminará cuando lo encuentres, mucho menos cuando lo asesines —sus ojos miran un punto a mi espalda y vuelven a verme—. Ojalá no sea tarde cuando te des cuenta que el mal te respira en la nuca cada vez que te vas a dormir con él.
Es como si alguien vertiera ira líquida por mi columna vertebral.
El fuego me consume de la cabeza a los pies.
Aprieto el gatillo y el estruendo final devora sus palabras.