Traición y Sangre I (Draghi 1) CAPITULO 63
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CAPITULO 63

maddox

Hundo la espalda en el asiento y cierro los párpados.

Inhalo. Exhalo. Una, dos, tres veces. Intento forzar a mis pulmones a expandirse hasta que el oxígeno desplace el veneno que me corre por la sangre. Me recuerdo que hoy no puedo ser humana, hoy debo ser letal. Y si dejo que la ira y el enojo me consuman entonces habré perdido antes de empezar.

Si dejo que las emociones nublen mi juicio no podré salir de aquí.

Estoy furiosa. Jodidamente furiosa.

Sin embargo, no puedo permitirme ser la adolescente caprichosa a la que le han arrebatado un juguete. No hoy. Ahora soy Maddox Salvatore. Soy Red Dragon. Y Red Dragon sabe que la impulsividad es para los muertos; la frialdad, en cambio, es para los que reinan.

Así que me obligo a respirar y agudizar mis sentidos.

Clavo mis ojos fuera y observo la quietud de las sombras, escucho el lamido del agua sobre la orilla del muelle.

Un ruido grave, una vibración que me sube por las plantas de los pies, me pone en alerta pero lo descarto de inmediato.

Lo más probable es que se trate del barco que arribo hace media hora.

Observo mi reloj pulsera y asiento. Si aún no se escuchan disparos es una buena señal, todo marcha de acuerdo a mi plan.

Mis pupilas se dilatan, devorando la negrura de la noche hasta que los detalles emergen. Allí, donde cualquier otro solo vería sombras, yo encuentro la señal. No es una luz brillante, ni el destello vulgar de una farola. Es un parpadeo sutil, rítmico, casi tímido.

Es un código.

Son nuestros hombres comunicándose en la penumbra, ejecutando los movimientos que yo coreografié.

Aprieto los puños, siento mis uñas clavarse en la piel de mis palmas.

Podría quedarme aquí, en la seguridad de este coche, observando cómo mi obra maestra se despliega.

Una parte diminuta de mí me susurra que espere. Que estoy a salvo.

Pero la otra parte, la que ruge por venganza y desprecia el sentido común, se ríe de esa cobardía.

En treinta minutos, debería estar sintiendo la tráquea del jefe de South colapsar bajo mi agarre. En sesenta, debería estar arrastrando su cuerpo miserable hacia la celda que le pertenece. Y en lugar de eso, estoy atrapada en este estúpido coche.

Bajo la vista a mis manos. Conozco a Matthew, sé que me ha encadenado con la condición de poder escapar si algo sale mal.

Llevo la mano libre a mi nuca. Mi melena rubia está recogida en una coleta alta, tirante, impecable. Para mantenerla así, uso pasadores de acero, finos y letales a su manera. Deslizo uno con destreza.

Me gusta pensar que abrir un par de esposas es como abrir una maldita puerta pero sé que no es tan sencillo. Me lleva quince minutos. Quince minutos de metal raspando contra metal, de respiración contenida y sudor frío.

Burlar unas esposas es más complejo que burlar una puerta, no lo parece, pero lo es.

Cuando el mecanismo cede con un clic casi inaudible, la victoria me recorre la columna. Dejo caer el acero. Verifico mi arma, sintiendo el peso reconfortante del cargador lleno. Abro la puerta y el aire gélido de la noche me golpea el rostro, dándome la bienvenida.

Era una noche engañosa. El cielo de otoño, despejado y salpicado de estrellas, fingía la calma de una velada de verano, pero el aire era una cuchilla fresca contra mi piel.

Llevaba el cuerpo cubierto de negro, una segunda piel que debería haberme mantenido aislada, pero sentía el sudor frío naciendo en mi nuca, pegándome los mechones rebeldes al cuero cabelludo mientras avanzaba.

No era el clima, sabía bien que se trataba de la adrenalina recorriendo mis venas. Pero también la ansiedad y la expectación de lo que ocurriría.

Me moví como una sombra entre las sombras, mimetizándome con la arquitectura industrial del puerto hasta alcanzar la entrada.

Atravesé el umbral en un silencio absoluto, con los sentidos agudizados al límite.

No tardé en encontrarlos: cuatro cadáveres tendidos como muñecos de trapo desechados.

Los guardias de South fueron neutralizados por mis hombres.

Avancé con la espalda pegada a las paredes de los almacenes, moviéndome hacia el sector donde, según mis cálculos, debían estar ellas. Un escalofrío de alivio, puro y punzante, me recorrió de pies a cabeza al ver la hilera de figuras pequeñas siendo escoltadas hacia los transportes de seguridad.

Tragué saliva, sintiendo un nudo amargo en la garganta.

Las lágrimas amenazaron con nublarme la vista, pero las quemé con pura fuerza de voluntad. Cerré los ojos un segundo, inhalando el olor a salitre y pólvora, y cuando los abrí, la Maddox compasiva se había ido. Solo quedaba la heredera.

Me encaminé con determinación hacia el depósito más alejado, en el extremo opuesto de la propiedad. Si el plan era perfecto, y sabía que lo sería, en ese almacén se estaría cerrando la transacción.

Allí se encontrarían los dos jefes ultimando detalles, antes de que suceda el desastre. Me detuve en seco al llegar a la puerta.

El silencio se rasgó. Un disparo. Luego otro.

Los gritos estallaron de repente, elevándose en un crescendo ensordecedor que me golpeó los oídos. El caos se desató con la violencia de una tormenta eléctrica: disparos, el choque del metal, el rugido de hombres que saben que van a morir.

No lo dudé. Entré.

La oscuridad dentro es escasa, rasgada por los fogonazos de las armas.

Me moví entre el fuego cruzado sin cubrirme, con una temeridad que bordeaba la locura.

Las balas trazaban líneas de muerte a mi alrededor, pero mi objetivo era único.

Escaneé el lugar, buscando la figura del hombre de mis pesadillas, buscando el trofeo que me pertenecía.

No estaban. Los jefes se habían evaporado. No había señales de South .

Mi corazón latió con fuerza.

Apreté los puños hasta que los nudillos me dolieron, avanzando hacia el centro del salón sobre un suelo alfombrado de cuerpos que no reconocía.

Entonces, de golpe, el estrépito cesó. El silencio que siguió fue peor.

Un vacío ensordecedor que se llenó rápidamente con los sonidos de la derrota: gemidos de agonía, maldiciones ahogadas y el sollozo de los que se desangraban.

Reconocí las voces de mis hombres dando órdenes, asegurando el perímetro.

El plan había funcionado. Casi.

—Maddox.

No me giro. La voz de mi padre vibra a mis espaldas, pero mis ojos siguen escaneando la carnicería, buscando una sombra que no está. Una premonición gélida se me enrosca en la columna como una serpiente. Donde todo el mundo podría ver una victoria yo solo veo un desastre.

Todo está mal. Jodidamente mal.

—¿Dónde están?

Mi voz es un hilo de seda letal. Nadie responde. El silencio de mis hombres es la peor de las traiciones. Cierro los ojos, aprieto los párpados hasta ver estrellas y, sin bajar el brazo, disparo al techo.

El estruendo resuena en las paredes de metal, seguido de un murmullo de reprobación y sorpresa.

—Maddox… —advierte mi padre.

—¿Dónde están? —Repito, saboreando cada sílaba como si fuera el seguro de una granada—. Si tengo que preguntarlo una tercera vez, el suelo se llenará de más cadáveres. Y esta vez serán de los nuestros.

—Escaparon.

Me giro con la lentitud de un depredador. Mis ojos chocan con los de Max. Sus labios forman una línea tensa, una disculpa muda antes de desviar la mirada hacia sus botas.

Había convencido a Matthew y a mi padre de que su presencia era vital para la logística, aunque lo cierto era que solo quería tenerlo lo más cerca posible.

Aún me costaba confiar en él, aunque se la pasaba entrando a escondidas por la noche a mi habitación para dormir a mi lado.

Pero necesitaba sentirme como la antigua Maddox, volver a sentir afecto por él y que mi cuerpo respondiera, sin embargo todos mis esfuerzos parecían ser en vano.

Lo quería cerca para volver a sentirme humana, no sabía si el problema era yo, Max o que simplemente ya no sentía nada por él y me aterraba admitirlo. Porque quizás no sentía nada por nadie y ya.

Dejo que mi mirada salte hacia Matthew. El aire abandona mis pulmones en un suspiro de alivio empañado por la rabia. Él está herido. Un corte profundo le cruza el brazo, tiñendo la tela oscura de un brillo húmedo y siniestro.

Pero no es su herida lo que me detiene el corazón, sino lo que yace a sus pies.

Reconozco ese rostro incluso en la muerte. Era uno de mis carceleros. El hombre que me arrastraba de la celda a la sala de tortura, el que disfrutaba del sonido de mis huesos rompiéndose.

Matthew nota el momento exacto en que mi ira cambia de frecuencia, volviéndose sólida. Con una parsimonia aterradora, apoya su bota sobre la cara del cadáver y presiona. No hay resistencia. No hay quejidos. El hombre es solo carne inerte.

Sus ojos me atraviesan, cargados de una intensidad posesiva que me hace temblar. No necesito que lo diga.

Su mirada es una confesión: lo he cazado para ti.

Una calidez prohibida comienza a expandirse por mi pecho, subiendo por mi garganta como lava.

No siento náuseas. No siento horror. Lo que siento es una gratitud retorcida, una calma violenta que me recorre el cuerpo.

Ver que Matthew ha ensuciado sus manos con la vida de mi verdugo no me produce rechazo, no sé si debería asustarme o gustarme.

Vuelvo a la realidad, endureciendo el gesto.

—¿Qué ocurrió?

—Huyeron —dice Matthew, sin apartar sus ojos de los míos.

Frunzo el ceño, barriendo la escena con una mirada clínica. Hay bajas en ambos bandos, pero está claro que aún así somos mayoría.

Hemos ganado en números, hemos rescatado a las niñas y hemos aniquilado a sus soldados. Sin embargo, el sabor de la victoria es agrio, como el metal oxidado.

Sus jefes los han abandonado. Los han dejado aquí para morir mientras ellos se salvaban el pellejo.

La confusión me muerde las entrañas.