CAPITULO 62
maddox
No tuve pesadillas esa noche. Y todo se sentía diferente.
El mundo parecía saber que hoy, antes de que el sol volviera a salir, alguien dejaría de respirar.
O quizás era mi imaginación producto de cómo me afecta la adrenalina y la ansiedad. Pero el saber que hoy estaría cerca de vengarme me hacía sentir diferente.
Abrí los ojos antes de que el primer rayo de luz cruzara la ventana, impulsada por un instinto que ya no era humano, sino puramente animal. Me incorporé de forma automática y me arrastré hasta la ducha. Necesitaba que el agua activara cada una de mis células.
Pasé media hora bajo el chorro hirviendo, observando cómo mis dedos se arrugaban bajo el vapor, pero no sentía dolor. Solo una claridad absoluta. Hoy no podía permitirme errores.
Hoy, Maddox Salvatore tenía que ser una máquina de precisión quirúrgica. Hoy tenía que ser el arma letal que había creado mi padre.
Cuando salgo de la ducha mis ojos tropiezan con el frasco de píldoras que está junto a mi cama. Las pastillas que me ayudan a dormir están en el primer cajón, junto a la Mossberg. Estos son los ansiolíticos que uso para mis ataques de pánico.
Llevo días limpia, sin tocarlos. Pero hoy quizá deba romper la racha de sobriedad, hoy no podía darme el lujo de ser humana y que un ataque de pánico arruine la misión.
Tomé la pastilla con un trago de agua fría, sin dedicarle un segundo más a la duda.
Sabía que jugar con mi lucidez antes de un operativo era peligroso, pero era un riesgo necesario.
Necesitaba que mi corazón latiera con la frialdad del hielo, no con el pulso errático del impulso.
Aunque solo pensaba en asesinar a cada maldito hombre que me había torturado.
Esto no era una misión ordinaria. No íbamos a interceptar un cargamento de diamantes ni a sellar un acuerdo en un muelle clandestino.
Esto era diferente, íbamos contra una red de tráfico de personas.
Y la justicia en nuestro mundo no es gratis, lo que estábamos a punto de hacer era una declaración de guerra.
Ellos golpearon primero cuando me secuestraron; ahora, mi respuesta sería letal y contundente.
Una de las reglas más importantes entre familias es no meterse en los asuntos de otra organización, Draghi se creía con el derecho de evitar que esto se llevara a cabo. No me importa si teníamos derecho o no, esto no iba a pasar.
Aunque signifique otra guerra.
Traté de desayunar, pero el estómago se me cerró al primer bocado.
Había un torbellino gestándose en mis entrañas que ninguna pastilla podía sofocar del todo.
Pasé el resto del día en el gimnasio, castigando mis músculos hasta que el agotamiento físico superó al mental.
Luego, me reuní con Jace y Will en las oficinas de mi padre.
Revisamos los planos, los puntos de extracción y el equipo.
La operación comenzaría a última hora de la noche.
Sabía que no volvería a cerrar los ojos hasta que el último hombre de ellos estuviera bajo tierra o yo misma fuera la que yaciera en una morgue.
Solo había dos finales posibles para esta historia: el exterminio de los Draghi o la aniquilación absoluta de los South .
Esta noche, Chicago se teñiría de rojo.
Antes de regresar, me detuve en casa de Penny.
Desde que decidí ser honesta con ella sobre quién soy realmente, todo entre nosotras cambió. Se volvió real. Penny es mi mejor amiga y nunca dudé de su afecto, pero temía que la verdad la espantara.
Por suerte estaba equivocada.
Su percepción de mí no cambió y nuestra amistad simplemente evolucionó hacia una honestidad brutal. Por eso, esa tarde necesitaba verla. La puse al tanto de lo que habíamos descubierto en los últimos tres días y del operativo que lideraría en solo unas horas.
No le gustó nada.
Aunque intenté restarle importancia para que no entrara en pánico, ahora me conoce demasiado bien. Vio a través de mi fachada de intento de tranquilidad y supo que estaba mintiendo. Le recordé que no se trataba solo de mi venganza y aunque entendió mi punto, el miedo en sus ojos no desapareció.
Cuando me puse en pie para marcharme, me detuvo.
Me rodeó con sus brazos en un abrazo que no tenía nada de superficial.
Sus manos me rodearon con la fuerza de alguien que intenta compensar todas las veces que no pudo hacerlo mientras estuve secuestrada, por todas las veces que estuve en peligro mientras ella vivía en la ignorancia.
—Prométeme que te cuidarás —murmuró contra mi hombro, sin soltarme—. Promételo, Maddox.
—Lo haré...
—No me des largas. Promete que volverás en una pieza. Que mañana estarás aquí, sana y salva.
—Penny...
—¡Hazlo! —Suplicó entre dientes.
Cerré los ojos y aspiré su perfume a jazmín. Me quedé así un segundo, intentando absorber su luz, su valentía y esa energía aventurera que siempre la definía.
Grabé en mi memoria la calidez de su abrazo y el tono de su voz antes de que el llanto la venciera. Guardé cada detalle en un rincón seguro de mi mente; lo necesitaría como ancla si las cosas se ponían feas esta noche.
—Te prometo que haré todo lo posible por seguir con vida.
No era la las palabras que ella quería escuchar, pero era la única verdad que podía ofrecerle. Habíamos jurado no volver a mentirnos y no iba a empezar a romper ese pacto ahora.
Media hora después, me encuentro en la mansión. Cuando mi padre y Matthew cruzan el umbral, las palabras mueren antes de nacer. No las necesitamos. Nos dedicamos una mirada cargada de todo lo que sabemos ocurrirá en menos de una hora y salimos.
Creí que iría en el coche de Levi pero Matthew me pide que lo acompañe en su BMW. Me subo en silencio, hundiendo la espalda en el cuero frío del asiento. Mientras avanzamos por las calles de Chicago hacia el extremo de la ciudad, me pierdo en el paisaje urbano que se desdibuja tras el cristal.
La noche es un monstruo que engulle todo a su paso. El cielo es un manto de terciopelo azul profundo, pero las estrellas titilan con una fijeza cruel. De alguna forma, esa luz distante me da esperanza; si ellas pueden arder en mitad de ese vacío, yo también puedo hacerlo.
Me giro para observar a Matthew. Está vestido igual que yo: el negro es nuestro uniforme de gala para esta noche. Se ha despojado de los trajes italianos y las camisas de seda que suelen definir su estatus.
Hoy lleva botas militares, vaqueros oscuros y una camiseta técnica de manga larga que se aferra a cada músculo de su torso como una segunda piel.
Trago saliva al notar la tensión que emana de él; es una cuerda de piano a punto de quebrarse. Yo voy igual. Llevo botas de suela blanda para no hacer ruido, para poder ser una sombra que se desliza entre la oscuridad.
Mi Mossberg descansa en una funda rígida adherida a mi muslo derecho, mientras que él lleva dos Glock 17 en la cintura. Somos los que menos armas de fuego cargamos, pero quizás somos los más letales.
No solo por nuestro entrenamiento, sino por todo lo que somos capaces de hacer si nos provocan. Aunque Matthew suele ser frío y calculador sé que tiene la misma sed de venganza que yo.
El plan es simple: rodear el complejo, esperar a que la transacción llegue a su punto de ebullición y golpear justo cuando crean que el cargamento es suyo.
Lo repito en mi mente como un mantra para no dejar que el pánico me devore.
Si ignoro las mil variables que podrían salir mal, entonces el peso no me aplastará los pulmones.
Simplicidad , me digo.
Solo entra; rescata y asesina a todos.
El trato con el contacto del gobierno es claro: salvamos a las niñas y, a cambio de su protección y anonimato, entregamos la ubicación de la mercancía.
Pero hay un detalle que el amigo de mi padre no sabe: no vamos a entregar a South .
Tenemos toda la intención de arrastrarlo a nuestro propio calabozo, simulando que se evaporó en el caos.
Me encargaría yo misma de arrastrar su cuerpo por el asfalto si fuera necesario.
Llegamos al lugar: un cementerio de depósitos industriales y almacenes oxidados custodiados por una reja imponente.
Según los registros oficiales, este lugar es chatarra.
La realidad es que es el corazón logístico de South .
Parece desprotegido, pero Will nos advirtió que cualquiera que cruce esa entrada sin invitación termina con una bala entre los ojos antes de sentir el suelo.
Afortunadamente, Will es mejor que cualquier sistema de seguridad. Le tomó dos días, pero nos ha abierto las puertas del lugar.
El aroma a gasoil y agua estancada del puerto llena mis pulmones. Es un lugar estratégico, perfecto para recibir mercancía del exterior sin que nadie haga preguntas. No veo a nuestros hombres, pero sé que están allí.
Todos aguardan la señal de actuar.
Mi señal.
Mi piel se eriza al ser consciente más que nunca de que todo esto es mi plan.
El silencio se rompe con el rugido sordo de un barco acercándose.
Media hora después, los faros de un coche rasgan la oscuridad a la distancia. Permanecemos inmóviles, fundidos con el acero del BMW. Tres hombres abren el portón y el vehículo ingresa, seguido de un segundo coche.
Cuando el silencio vuelve a reinar, Matthew y yo nos incorporamos al unísono. La adrenalina golpea mis venas, caliente y eléctrica.
—Ya es la hora —susurro, sin apartar la vista de las puertas que acaban de tragarse los dos coches.
Matthew asiente despacio, su rostro es una máscara de granito en la penumbra del BMW.
No dice nada, y ese silencio debería haber sido mi primera señal de alerta.
Me giro hacia la puerta, con los dedos ya rozando la manija, ansiosa por sentir el aire frío y el peso de mi venganza, cuando un ruido metálico a mi costado detiene el tiempo.
Clic.
De repente, el mundo se reduce a ese sonido seco. Intento tirar de mi brazo, pero no puedo moverme. Bajo la vista hacia mi mano derecha y el frío del acero contra mi piel me corta la respiración. Una maldición escapa de mis labios, cargada de una rabia que me quema la garganta.
—Tiene que ser un maldito chiste, Matthew —siseo entre dientes, girándome hacia él con los ojos encendidos.
—No me estoy riendo, Maddox —responde él, y su voz tiene una calma aterradora—. No pienso arriesgarme. Ni una sola vez más.
Forcejeo con violencia, pero es inútil. Ha enganchado mi muñeca al riel inferior del asiento con precisión. Estoy anclada al coche, inmovilizada lo suficiente para asegurar que permanezca allí.
—Matthew, suéltame ahora —digo entre dientes.
—Puedes darme todas las órdenes que quieras, pero no lo haré.
—¡Es mi plan! —Le grito, y mi voz suena ronca, vibrando con la ira que me hierve en las venas como aceite hirviendo—. Soy yo quien debería estar ahí fuera.
—Lo sé. Y lo llevaremos a cabo perfectamente sin ti. No te preocupes por los detalles.
La sangre me late en las sienes, rítmica y dolorosa.
El enojo se transforma en una combustión interna que amenaza con hacerme estallar.
—Matthew, suéltame ahora mismo...
—Maddox, escúchame bien —se inclina hacia mí, invadiendo mi espacio hasta que su aliento roza mi cara.
Sus ojos oscuros brillan con una intensidad posesiva que me deja muda—.
No vas a salir de este coche. No vas a acercarte a ese almacén.
No voy a negociar tu vida con el destino otra vez.
No soporto la idea de que estés en peligro y no pueda ser yo quien reciba la bala por ti.
Si algo te ocurre... si te pierdo de nuevo, no habrá salvación para nadie.
No estoy dispuesto a vivir en un mundo donde tú no estés.
Sale del coche antes de que pueda procesar sus palabras.