CAPITULO 61
maddox
—Princesa, recuérdame no hacerte enojar.
El silbido de Jace corta el aire viciado de la habitación.
Por el rabillo del ojo, lo veo enderezarse, rígido como un recluta frente a un pelotón de fusilamiento.
No le devuelvo la mirada de inmediato; mis manos todavía vibran, un hormigueo eléctrico que sube por mis antebrazos y se instala en mi mandíbula.
—Maddox...
La voz de mi padre es un bálsamo innecesario.
Demasiado dulce, demasiado blanda para el sabor a ceniza que tengo en la boca.
Niego con la cabeza, rechazando el contacto antes de que lo intente.
Mis pies están rodeados de astillas de madera y metal retorcido; el esqueleto de la silla ha quedado reducido a chatarra.
Ver los restos me produce una satisfacción sombría, una prueba física de que la presión dentro de mí es real, capaz de quebrar cosa.
Pero no es suficiente.
—¿Todo esto fue en vano, entonces? —Mi voz sale más ronca de lo que esperaba.
Me giro lentamente, barriendo la habitación con la mirada.
Veo el temor en sus pupilas, la forma en que evitan mi centro.
Me gusta. Prefiero que me teman a que me compadezcan—.
¿No logramos nada? ¿Lo único que conseguimos es una fotografía nítida del maldito que me secuestró? ¿¡Y ya!?
—Maddox, cálmate…
—¿¡Cómo somos la organización criminal más temida si no podemos encontrar a un solo hombre!? —El grito me desgarra la garganta, pero necesito que duela.
Me planto frente a mi padre. Sé que estoy descargando un camión de escombros sobre él, pero es el único que está lo suficientemente cerca para recibir el impacto.
Levi me sostiene la mirada, buscando en mi rostro una sombra de la chica que coleccionaba excelentes calificaciones.
Pero ese reflejo se ahogó en el fango de mi celda hace mucho tiempo.
—Sé que luce como un callejón sin salida, pero seguiremos investigando, mia cara . Nadie más que yo quiere vengarse…
—¡Y una mierda, Levi! —Mis palabras lo golpean como una bofetada. Él parpadea, sorprendido por la falta de jerarquía, por la falta de piedad en mi tono—. Nadie más que yo quiere vengarse.
Remarco el « yo» hasta que suena a una sentencia de muerte.
Si piensan que voy a sentarme en una esquina a esperar que me traigan su cabeza en una bandeja de plata, no han estado prestando atención.
Mi padre guarda silencio; sus ojos recorren los míos como si buscara un fragmento de cristal entre las ruinas.
No va a encontrar nada. La Maddox que no sabía cómo escapar se quedó gritando en aquella habitación oscura. Esta versión solo sabe contar balas.
—¿Ya terminaste con tu crisis?
La voz de Will llega desde el fondo, cargada de un tedio que me hace hervir la sangre. Está repantigado en su silla, con la barbilla apoyada en una mano, luciendo genuinamente aburrido.
Siento el impulso de saltar sobre la mesa, de sentir el crujido de su nariz bajo mis nudillos, pero la mano de Matthew se cierra sobre mis brazos de forma suave. Su agarre es firme, un ancla pesada que me obliga a quedarme en el sitio.
—Cálmate —pide en un susurro que solo yo escucho—. Por favor.
—No eres la única a la que han secuestrado y torturado, princesa.
El aire se escapa de mis pulmones. El expediente de Will pasa por mi mente: el orfanato, las cicatrices que no se ven, la oscuridad de la que él también salió. Sus ojos están cansados, carentes de la paciencia necesaria para lidiar con mi ataque de ira.
—Pero no todos tienen la posibilidad de vengarse —continúa él, inclinándose hacia adelante—. Piensa con la mente fría, Maddox. No seas impulsiva. Aprovecha esta oportunidad.
—¿Qué oportunidad? —La pregunta sale con una mezcla de desconfianza y hambre.
Will deja que una pequeña sonrisa, afilada y técnica, curve sus labios.
—No sabemos su nombre real. Pero sé exactamente dónde estará en tres días.
El silencio que sigue es denso. Siento a Matthew tensarse a mi lado; su respiración se ha vuelto corta, una cuerda de violín a punto de romperse. No sé si es impaciencia o un presentimiento oscuro, pero su energía es un espejo de la mía.
—¿De qué demonios hablas, Will? —La voz de Matthew es una cuchilla de hielo.
—Si me dejasen terminar de hablar, podría decirles la verdadera noticia que quería darles.
Jace deja escapar una maldición entre dientes, pero se adelanta un paso.
—Por favor, Will. Si no quieres que tu cabeza sea la próxima en hacerse añicos, más te vale que hables.
Will rueda los ojos con una parsimonia exasperante.
Se gira hacia su ordenador, sus dedos parecen volar sobre el teclado con una calma que insulta mi agitación.
—Bien, como les decía antes de que la princesa nos sorprendiera con su actuación… el software que instalé en el sistema de seguridad me dio un aviso. Pero eso no es todo. Al gobierno le encanta vigilarnos, y afortunadamente para nosotros, no solo tienen ojos en las calles.
Observamos en silencio cómo la pantalla de Will se transforma.
La fotografía de mi secuestrador se disuelve en una cuadrícula infinita de rectángulos; son los ojos de la ciudad, miles de lentes observando desde las sombras.
Will selecciona una, teclea una secuencia rápida y una grabación en pausa domina el centro de la sala.
—Para nuestra suerte, hay una cámara dentro del depósito —dice Will, y noto que incluso su tono ha perdido la ironía—. La grabación es vieja, el grano es grueso y la luz es un desastre. Pero después de limpiar el audio toda la noche, logré esto.
Un murmullo recorre la sala. El video cobra vida.
Al principio es solo estática y un zumbido metálico que me taladra los oídos.
Pero entonces, la imagen se estabiliza. Me obligo a permanecer estable, ver otra vez su imagen no es algo bueno pero necesito tener la mente fría y estar tranquila o lo siguiente que haré añicos será el equipo tecnológico frente a mí.
Él no está solo. Habla con un hombre de su misma edad, pero de una complexión mucho más imponente y atlética.
Tiene el cabello de un negro plomizo, peinado hacia atrás con precisión y facciones que parecen talladas en piedra fría.
Hablan en inglés, pero el acento del extraño es denso, extranjero con una cadencia que no logro ubicar.
Hablan de logística. De un encuentro en tres días. De un cargamento que deben revisar y dividir según un pacto previo.
Nueva mercancía , dicen.
Pero hay una palabra que se me escapa, un término que flota en el aire y que parece congelar la sangre de todos en la habitación.
Cuando el video se detiene, el silencio es tan pesado que duele. Miro a Jace y a Will; sus rostros son máscaras de una seriedad absoluta. Matthew tiene los nudillos blancos de tanto apretar los puños, como si estuviera conteniendo un terremoto interno.
Pero es mi padre quien me aterra: emana una furia que hace que mi ataque de ira parezca un juego de niños. Está a punto de convertirse en una bomba atómica.
—¿De qué están hablando? —Mi voz suena pequeña en la inmensidad del silencio—. ¿Cargamento de armas? ¿Es eso?
— South no comercializa armas —suelta Will, casi en un susurro.
—¿Drogas? —Insisto, pero Will niega con la cabeza. Siento que el aire se vuelve escaso—. ¿Alguien puede decirme qué demonios está pasando?
—Niñas —la palabra sale de la boca de mi padre como una cuchilla oxidada—. El cargamento llegará desde Europa —continúa Levi, con una voz que vibra en un odio antiguo—. Y son niñas.
El mundo se detiene. El oxígeno desaparece de mis pulmones y siento un vértigo violento que me obliga a aferrarme a lo que queda de la mesa. Empiezo a negar con la cabeza, una y otra vez, esperando que sea un error, una mala traducción, una pesadilla más.
Draghi es una de las organizaciones criminales más temidas y respetadas en partes iguales por todo el país.
Lo sé. Lo acepto. Soy la hija de Levi Salvatore, la heredera de un imperio construido sobre el miedo y los negocios turbios.
He visto la sangre, he visto la venganza y yo misma he apretado el gatillo contra hombres que merecían morir.
Crecí entre armas y fardos de droga, sabiendo que mi apellido es sinónimo de peligro.
Pero había una línea. Una frontera sagrada que mi padre me enseñó a no cruzar jamás.
Un límite que definía quiénes éramos en medio de la podredumbre: no tocamos mujeres, no tocamos niños.
La trata, la prostitución... Para los Salvatore, esos no son negocios, son sentencias de muerte.
Es el tipo de escoria que mi padre desprecia más que a la propia policía.
Trago saliva, sintiendo una náusea amarga subir por mi garganta.
No nos enfrentamos a una organización rival. Nos enfrentamos a monstruos que no tienen fondo.
—¿Qué vamos a hacer? —El murmullo de Will rompió el silencio denso de la sala, pero su voz sonó pequeña frente a la atrocidad que brillaba en la pantalla.
Para mi estaba claro qué debíamos hacer. Pero no sabía si contaba con el respaldo necesario para iniciar este tipo de guerra.
—Debemos hacer algo —remarco mis palabras.
—No es tan simple —dice Jace con voz queda. Está claro que a todos nos ha afectado por igual—. No podemos meternos en negocios ajenos.
Era cierto. Pero en este punto dudo que los principios de las mafias y la burocracia puedan tener peso cuando lo que se juega son la vida y el destino de niñas inocentes.
—Levi.
Mi padre asintió, su rostro se ha convertido en una máscara de piedra tallada. El pánico empezó a burbujear en mi pecho, una marea fría que amenazaba con ahogarme si no obtenía una respuesta.
—Dime que vamos a actuar —exigí, dando un paso hacia el centro, hasta acercarme a él.
—No es tan sencillo, hija —dijo mi padre, usando ese tono de Don que suele silenciar habitaciones enteras—. Pero no es imposible. Sin embargo, organizar un operativo de esta magnitud en solo tres días es un suicidio logístico.
—¿Estás sugiriendo que esperemos? —Mi risa fue seca, carente de humor—. Porque eso es inaceptable...
—Maddox… —Matthew intentó intervenir, pero le corté con un gesto de la mano.
—No. Nadie sabe qué les harán si nos quedamos aquí sentados discutiendo protocolos y logística. Ahora mismo, somos su única oportunidad.
Me acerco más a mi padre, hasta que invado su espacio personal y él me mira de soslayo. Todos en la sala contuvieron el aliento a la espera de la reacción de Levi. Lo tomo del brazo, obligándolo a apartar los ojos de las cifras y los mapas para que viera mis ojos. Para enfrentarme.
—Tú lo dijiste, Levi. Dijiste que yo estaba a cargo.
—No estoy listo para ponerte en peligro de nuevo, Maddox —susurró él, y por un segundo, la máscara del Don se agrietó para mostrar al padre que casi pierde a su única heredera.
—Yo decido cuándo me pongo en peligro.
Levi sostuvo mi mirada. Fue una guerra de voluntades que pareció durar una eternidad. Lo escuché maldecir por lo bajo mientras negaba con la cabeza, pero el brillo en sus ojos cambió. La vacilación fue reemplazada por una resolución oscura.
No iba a quedarme quieta. No después de saber lo que se siente ser la presa.
—No será un camino fácil —sentenció él, su voz pareció recuperar la autoridad de siempre.
—Lo sé.
—Tenemos solo tres días para planear una carnicería, equipar a los hombres y asegurar el armamento sin que los federales o las otras familias nos detecten.
—Lo haré —aseguré, le dediqué una mirada segura por primera vez en semanas—. Haré lo que haga falta, Levi. Sangraré si es necesario, pero ese lugar arderá.
Mi padre entrecerró los ojos, analizándome como si buscara una grieta en mi armadura de acero.
—¿Ya te olvidaste de tu venganza personal? —preguntó con voz gélida.
Tragué saliva, el sabor a sangre y bilis de mi cautiverio regresa a mi mente por un instante. El recuerdo de los golpes, los gritos, mi llanto y mis heridas. El olor a humedad, la suciedad, las cicatrices...
—Esto ya no se trata solo de mí. —Me giré de nuevo hacia la pantalla.
El rostro de mi torturador parpadeó en las sombras, una imagen que se había grabado a fuego en mi retina—.
Esto es por la parte de mí que ellos intentaron matar.
Y por cada bastardo que cree que puede tocarnos sin pagar el precio.
Vi cómo una sonrisa depredadora, orgullosa y cruel, se dibujaba en los labios de mi padre.
—Entonces en marcha. Tenemos una misión que planear y un mensaje que enviar al mundo.