CAPITULO 60
maddox
e l coche de mi padre se estaciona frente al edificio del centro, la estructura de cristal y acero se alza ante nosotros como un monumento al poder de mi familia. Son siete plantas de una arquitectura impecable que gritan legitimidad, ocultando la oscuridad que palpita en su interior.
En la planta baja nos reciben hombres que llevan más tiempo en esta familia que yo misma.
Policías retirados que le deben la vida y la lealtad a Levi desde antes de que yo naciera.
El lobby es un despliegue de lujo sobrio: sofás de cuero negro que huelen a estatus y una recepción presidida por una mujer que ha visto pasar a tres generaciones de mi familia.
Ella conoció a mi abuelo, y fue uno de los primeros nombres que memoricé, mucho antes de que Matthew se convirtiera en mi sombra. Le sonrío a Elena y ella me regresa una mueca de ternura y reconocimiento que se siente extraña al principio. Cierto, mi cicatriz.
Subimos directamente al último piso. Allí, tras puertas reforzadas, se encuentra la oficina reservada.
Por el rabillo del ojo, vi a Matthew dejarse caer contra una mesa, apoyando la cadera con una elegancia descuidada que me resultó irritante.
La estática de lo que acababa de pasar en el gimnasio seguía flotando entre nosotros. Su antiguo enojo estaba de vuelta.
Sentí una punzada de rebeldía.
Si le molestaba que estuviera con su hermano, era su problema, no el mío.
Sin embargo, me hervía la sangre ver cómo lo hacía a un lado.
Max es parte de esto; su lealtad ha sido probada con fuego y ha estado en la organización más tiempo que Jace, quien estaba allí de pie, presenciando una reunión de máxima confidencialidad.
¿Max estaba lleno de secretos? Si, pero ¿quién no lo estaba en este mundo?
¿Regalarme un maldito rastreador sin que lo supiera está mal? Absolutamente. Pero no es como si jamás hubiera tenido que llevar uno.
Hoy la oficina de reuniones de Levi se había convertido en el centro de operaciones de Will. El despacho del club también tenía el equipamiento necesario, pero aquí se estaba mejor oculto: la fachada del negocio de coches funcionaba mejor que un club nocturno de los barrios bajos.
No hubo tiempo para cambiarnos. Seguía con la ropa de entrenamiento, el rastro del sudor y la adrenalina de mi encuentro con Matthew todavía permanecen pegados a la piel, pero no me importaba. Lo único que ocupaba mi mente era el descubrimiento de Will.
En cuanto entramos, la atmósfera cambió.
—Te escuchamos —sentenció mi padre.
Su voz era neutral, pero detecté ese ligero quiebre, esa vibración de expectación que solo yo sé identificar.
Levi es un maestro de las máscaras, pero no deja de ser mi padre, se reconocerlo nervioso.
En la sala, bañados por la luz azulada de cinco pantallas masivas, estaban Matthew, Jace y Will.
Tuve que entrecerrar los ojos ante el brillo cegador de los monitores.
Frente a mí se desplegaba una cascada de códigos, números y letras.
La habitación estaba abarrotada de hardware de última generación; máquinas que zumbaban con un ronroneo eléctrico, luces intermitentes que marcaban el pulso de la búsqueda.
Todos permanecíamos erguidos, con los brazos cruzados, como soldados esperando la señal de asalto.
Will se aclaró la garganta, atrayendo toda nuestra atención.
—Gracias a la idea de Maddox, hemos conseguido dar con algo —anunció Will. Sus dedos volaban sobre el teclado con una precisión rítmica—. Hace dos noches detecté movimiento inusual en el sector oeste de la ciudad.
—El territorio de South —susurró mi padre.
Will asintió sin apartar la vista de los códigos que desfilaban ante él.
—Exacto.
—¿Un cargamento? —Pregunté, forzando a mi voz a sonar estable, aunque el aire en la sala empezaba a sentirse pesado.
—No. Una reunión en Clearing. Es un depósito que ha sido borrado de los planos actuales de la ciudad; alguien está pagando fortunas para que ese lugar sea un punto ciego legal.
—Ahí es donde se esconde —concluí. No era una pregunta.
—Así es, princesa.
Will dejó de teclear. El silencio que siguió fue extraño al principio, roto solo por el zumbido constante de los procesadores.
Se giró hacia mí y me sostuvo la mirada.
En sus ojos vi una pregunta silenciosa, una petición de permiso que me hizo sentir, por primera vez, el peso de mi propia autoridad.
Me estaba ofreciendo la opción de no ver.
Asentí con un movimiento casi imperceptible. Will regresó a su pantalla y, con un último golpe de tecla, la pantalla central se iluminó.
Nadie se movió. Nadie pareció respirar.
Will me miró de nuevo, su rostro contraído en una mueca de disculpa y tristeza, pero yo me obligué a curvar la comisura de los labios en una sonrisa gélida. Necesitaba que supiera que estaba lista, aunque por dentro me estuviera cayendo a pedazos.
Sentí dos pares de ojos clavados en mi perfil: mi padre y Matthew. Pero no pude devolverles la mirada. Mis ojos estaban encadenados a la imagen que me devolvía el monitor.
Allí estaba él. Tal como lo recordaba, pero despojado de la oscuridad de aquella celda.
Parecía un poco mayor que mi padre, o quizás solo era el rastro de una vida de depravación lo que le había surcado el rostro de esa manera.
Tenía mechones de cabello gris acero y esos ojos...
ojos negros como el ónix, brillantes con una inteligencia malévola.
Cada cicatriz, cada marca en su rostro y el eco de su voz granulada se activaron en mi memoria como un interruptor.
Tuve que cerrar los ojos cuando el pasado embistió mi presente.
Las marcas en mi piel ardieron bajo la ropa de entrenamiento y las grietas en mi mente amenazaron con abrirse de par en par.
Verlo era como observar una versión macabra de la Gioconda: no importaba dónde me detuviera, su mirada negra me perseguía.
Me hablaba desde la estática de la imagen, recordándome el frío del metal y el dolor que casi me arrebata la cordura.
Mi corazón se desbocó, golpeando mis costillas con una violencia que me dejó sin aliento. El mundo empezó a inclinarse, los bordes de mi visión se tiñeron de gris y sentí que mis rodillas cedían ante el peso del pánico.
Justo antes de que el suelo me reclamara, un par de brazos fuertes me rodearon, sosteniéndome con una firmeza que me ancló a la realidad. El calor de su cuerpo contrastó violentamente con el frío de mi piel.
Parpadeé con rapidez, recuperando el aire a bocanadas. Me alejé de inmediato del pecho de Matthew, encontrándome con su mirada seria, oscura y cargada de una furia contenida que no era para mí, sino para el hombre de la pantalla.
—Estoy bien, no te preocupes —murmuré.
Mi voz sonó más firme de lo que me sentía.
Matthew asintió, aunque sus ojos recorrieron mi rostro buscando cualquier grieta antes de alejarse, solo lo suficiente para darme espacio, pero manteniendo esa proximidad protectora que empezaba a resultarme familiar.
Inspiré hondo, obligando a mis pulmones a expandirse y soltando el aire lentamente, tal como mi terapeuta me había insistido tantas veces.
Me obligué a mirar a mi padre. Él no había apartado la vista de la pantalla ni un segundo.
—Lo conoces.
No fue una pregunta. Tampoco una acusación. Fue un hecho absoluto que flotó en el aire.
Levi asintió con una lentitud tortuosa.
—Tuve mis sospechas en cuanto vi el boceto que hicieron de tu relato —dijo en voz baja. Cerró los ojos un instante antes de girarse hacia mí. El verde de su iris brillaba, empañado por una emoción que rara vez se permitía mostrar—. Lo conozco, mia cara . Alguna vez... fue mi amigo.
Tragué saliva, sintiendo un nudo de hielo en la garganta.
—También conoce a mamá —añadí, y vi cómo sus pupilas se dilataban—. No lo mencioné antes porque no creí que fuera relevante, pero nombró a Nora mientras me... Bueno, supongo que lo entienden.
—¿Y quién es exactamente?
Todos nos giramos hacia Will. Seguía hundido en su silla ergonómica, con el codo apoyado en el escritorio y el mentón descansando sobre su mano. Alcé una ceja, confundida. Asumí que, teniendo la imagen del jefe de la mafia enemiga, su nombre saltaría en los registros de inmediato.
—Porque, no quiero ser el portador de malas noticias, pero comparé sus rasgos con todas las bases de datos gubernamentales e internacionales, y nada —explicó Will, señalando la cascada de códigos—.
Incluso tú, Maddox, que tienes un expediente impecable, apareces porque el sistema nos tiene a todos registrados por el apellido.
Pero este hombre no existe. No hay antecedentes, ni nombres falsos, ni registros de propiedad. Nada.
—Es un fantasma —sentenció mi padre.
—Espera... —Intervine, sintiendo que una pieza del rompecabezas no encajaba— ¿Qué hay de Luc? ¿Lo has relacionado con él?
Will hizo una mueca antes de girar sobre su silla para volver a teclear. En la pantalla central apareció el perfil de Luc, aunque el encabezado mostraba un nombre que me resultó completamente ajeno.
—Luc es, legalmente, Kevin Lander —dijo Will mientras se daba la vuelta—. Al igual que tú, Maddox, está limpio. Ni un solo roce con la ley, ni una mancha sospechosa. Un estudiante estrella de la universidad, el típico «niño bien» con un comportamiento ejemplar.
Negué con la cabeza. La frustración empezó a burbujear en mi pecho. Nada de esto tenía sentido.
—No, es imposible. Él tiene que estar vinculado. Me dijo que era su hijo, él fue quien me llevó. Kevin, Luc... como se llame —escupí con impaciencia—. Es su hijo, estoy segura.
—No digo que no lo sea, solo que no hay un solo papel que los vincule — suspiró Will—. Para el mundo, Kevin Lander fue adoptado a los cinco años y su nombre fue cambiado legalmente en ese momento. Sus padres adoptivos murieron en un accidente hace una década. No hay rastro de sus padres biológicos.
Seguí negando, sintiendo que las paredes de la oficina se cerraban sobre mí. Miré a Jace, que permanecía como una estatua observando las pantallas; luego a Matthew, que estaba rígido, con la mirada fija en Levi. Mi padre, por su parte, no dejaba de mirar al vacío.
Me acerqué a él y lo tomé del brazo con fuerza, obligándolo a encararme. Fue entonces cuando capté la mirada que compartía con Matthew.
—¿Qué me están ocultando?
—Nada, mia cara …
—¡Levi! —Mi grito resonó en la sala de operaciones.
—¡Te soy sincero, Maddox!
—No te creo —niego—. Así que si no quieres que saque mis propias conclusiones, empieza a hablar.
Levi suspiró, y por un momento pareció mucho más viejo de lo que era.
—Cuando lo conocí, se hacía llamar Marcio Smith. Tenía dieciocho años la última vez que lo vi. Por eso conoció a tu madre —trago saliva. Sabía que fueron pareja hasta que yo nací, cuando tenían veinte años—. Un día, desapareció. Causándole muchos problemas a tu abuelo, pero que pudimos resolver.
—¿A qué te refieres?
Levi hace una mueca, veo que no se siente a gusto revelando información de su pasado en una sala con más personas pero me importa poco. Quiero respuestas.
—En ese momento, lideraba una pandilla, algo menor y sin importancia que solo causaba problemas para todos.
—Le causaba problemas a Draghi —asiente— ¿Qué sucedió?
Mi padre vuelve a dudar, comparte otra mirada con Matthew antes de hablar otra vez.
—Solíamos ser amigos, todos —sé que se refiere a los padres de Matthew—. Pero con el tiempo todo comenzó a complicarse, tu abuelo siempre quiso la paz en Chicago y con una persona como él era imposible. Así que le puso un ultimátum —suspiró—. Luego, desapareció.
Entrecierro los ojos. No es suficiente.
—¿Qué más? —Digo entre dientes y puedo leer la mirada de mi padre: «eres demasiado inteligente para tu propio bien» .
—Años después, apareció otra vez. O al menos eso creo, nunca lo comprobé —aparta la vista y su voz tiembla, como si no pudiera contener todas las emociones que lo atraviesan—. Se hacía llamar Pietro y lideraba Onyx , una nueva organización criminal.
—¿Y luego volvió a desaparecer? —Asintió—. No tiene sentido... aparece ahora, años después...
Sé que me faltan peizas de este rompecabezas, pero no estoy segura de quien las tiene: si mi padre, Matthew o Max. Solo sé que necesito respuestas, necesito encontrarlos; necesito cazarlos y cobrarme la venganza.
Me giro hacia Matthew, buscando en su expresión algo más que esa cautela profesional. Él sabía algo más. Lo sentía en la forma en que evitaba mis ojos.
En un segundo, todo tipo de lógica se destingra.
No me importa si es irracional o si estoy persiguiendo sombras; aceptar la verdad y lógica de sus palabras es aceptar que estamos ante un callejón sin salida. Y yo ya he sido derrotada demasiadas veces en habitaciones oscuras.
Siento un sismo naciendo en la base de mis pulmones.
Intento inhalar, pero el aire entra en mis pulmones como si fueran fragmentos de vidrio.
Matthew mueve los labios. Mi padre gesticula.
Sus rostros son máscaras de cera que se derriten bajo una luz que solo yo veo.
El sonido de sus voces me llega como si estuviera bajo el agua: sordo, inútil, distante.
Doy un paso atrás. El mundo se ha encogido hasta convertirse en un túnel de visión borrosa.
Tropiezo con la mesa y el golpe apenas me produce un eco de dolor, opacado por la presión que me sube por el cuello.
Tomo el respaldo de una silla plegable. El metal está frío, pero mis manos arden.
Cierro los ojos. Todo se tiñe de rojo.
Es algo más fuerte que el enojo. Es el rastro de la cuchilla que todavía siento grabada en la memoria de mi piel. El olor a hierro y humedad de la celda inunda mis fosas nasales, desplazando el aire limpio de la habitación.
Recuerdo el chasquido del látigo antes de sentir el impacto. Recuerdo la risa de ellos mientras mi dignidad se derramaba en el suelo junto con mi sangre. Recuerdo todo.
Todo. Todo. Todo.
La injusticia de saber que ellos tienen rostro pero no nombre, que se mueven entre las sombras mientras yo cargo con las cicatrices a plena luz, me rompe por dentro.
Abro los ojos y la realidad se ha teñido de una nitidez violenta. Veo el miedo en sus rostros. Mi padre tiene los labios apretados en una línea fina de impotencia. Matthew intenta dar un paso hacia mí, pero sus pies parecen clavados al suelo.
No soy consciente del movimiento de mis hombros, ni del impulso de mis piernas.
Solo escucho el crujido seco, un estallido de metal y madera que reverbera en mis huesos cuando la silla impacta contra la pared.
Los restos saltan como esquirlas de mi propia alma, y por un segundo, el silencio que sigue es tan absoluto que puedo oír el humo invisible que emana de mi rabia.