Traición y Sangre I (Draghi 1) CAPITULO 59 #2
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CAPITULO 59 #2

Nos sumergimos en una danza sincronizada. Yo ataco con una ferocidad contenida y él se limita a defenderse, moviéndose con una economía de esfuerzo que me enfurece. Me trata como a una alumna, no como a una amenaza. Cree que conoce mis límites y me harto de la condescendencia.

Acorto la distancia, permitiendo que mi cuerpo roce el suyo.

Él no se alerta, confiado en que mis golpes seguirán siendo superficiales, subestimando la rabia que me dicta los movimientos.

Simulo un tajo directo a su pecho con la cuchilla de entrenamiento, obligándolo a bloquear arriba, y en un movimiento fluido, hundo mi peso y barro su pierna izquierda.

El impacto de su espalda contra la colchoneta produce un golpe seco que vibra en el suelo.

Matthew se incorpora sobre sus codos, sorprendido, con un rastro de cansancio y una chispa de diversión oscura en la mirada.

No le doy tiempo a reaccionar. Me arrodillo sobre él, inmovilizándolo, y presiono la hoja fría de la cuchilla contra su garganta. Noto cómo su cuerpo se tensa debajo del mío. El ritmo de su corazón se acelera contra mi rodilla y lo veo tragar saliva con dificultad, su nuez de Adán rozando el filo.

No es miedo lo que veo en sus ojos.

Es algo mucho más primitivo, algo que quema.

—Maddox —su voz es un susurro ronco, una advertencia y una invitación al mismo tiempo—. Si lo que buscas es adrenalina, hay formas mucho más placenteras de experimentarla. No perdamos el tiempo con juegos de niños.

Presiono mis labios en una línea fina. Me está provocando, usando esa superioridad masculina que tanto detesto. La impulsividad toma el control de mi lengua antes de que pueda detenerla.

—Tienes razón —siseo, inclinándome hasta que mi aliento roza su oído—. Quizás deba pedirle a tu hermano que me enseñe a experimentarla de nuevo.

A la mierda la diplomacia. A la mierda ir despacio.

Sus ojos se oscurecieron, devorando el resto del color hasta convertirse en dos pozos de ónix.

Fue como ver un cielo despejado ser engullido por una tormenta de medianoche.

Noté cómo el músculo de su mandíbula se tensa con una violencia contenida, una señal de advertencia que mi instinto ignoró estúpidamente.

—No —soltó.

Su voz parecía una orden ronca y tragué saliva ante la perspectiva.

No necesitó decir nada más. Sabía exactamente a qué se refería; ese « no» era un muro levantado contra la mención de su hermano.

Retiré la cuchilla de su cuello e intenté poner distancia, buscando recuperar mi eje, pero Matthew fue más rápido.

Antes de que mis pulmones pudieran inhalar de nuevo, el mundo dio un vuelco.

En un movimiento fluido y depredador, me lanzó contra la colchoneta.

El impacto me sacó el aire, y antes de que pudiera protestar, su cuerpo estaba encima del mío, anclándome al suelo.

Sentí el frío de su propia cuchilla presionando mi yugular, justo en el punto exacto donde mi pulso martilleaba con una fuerza descontrolada.

Cerré los ojos, intentando desesperadamente recobrar la calma, pero el peso de su cuerpo sobre el mío lo hacía imposible.

La proximidad era sofocante, embriagadora.

Sabía que Jace seguía allí, observando desde el otro lado del cristal, pero en este instante el universo se había reducido a nosotros dos y al acero que nos separaba.

Algo denso y peligroso se instaló en el aire, una tensión que no tenía nada que ver con el odio y todo que ver con la posesión.

—No —repitió, esta vez tan cerca de mi rostro que su aliento cálido me quemó la piel—. No. Dime que no están juntos.

Su tono no admitía réplicas ni mentiras piadosas.

—Sí, estoy con él —susurré. El filo del cuchillo se hundió un milímetro más, obligándome a tragar saliva con dificultad. Nunca lo había visto tan fuera de sí. Ni siquiera cuando nos descubrió la primera vez—. No entiendo por qué desconfías tanto de él, Matthew. Deberías dejar esa estupidez de lado.

—¿Tú no desconfías de él? —Preguntó con una ironía gélida. Negó lentamente, su rostro a centímetros del mío—. Te creía más inteligente, Maddox.

Intenté apartarlo, pero con su mano libre apresó mis dos muñecas en un agarre de hierro, inmovilizándolas por encima de mi cabeza. El gesto fue tan dominante que un escalofrío me recorrió la columna.

—¿Por qué, Maddox? ¿Por qué le crees? —Su voz era tan afilada como el arma que sostenía.

Siento el filo de su cuchilla acariciar la piel palpitante de mi cuello, como una caricia deliberada—.

¿Qué es lo que te ofrece a cambio de tu lealtad?

¿Seguridad? ¿Un concepto retorcido de amor?

Por favor, eres una mujer de la mafia, no una niña ilusa.

—Quizás es que no me conoces tan bien como piensas.

—Ese es el problema: te conozco mejor que nadie.

Te conozco desde antes de que supieras lo que era el dolor —se inclinó más, invadiendo mi espacio personal de una forma que debería haberme hecho gritar, pero que solo lograba acelerar mis sentidos—.

Y tú ni siquiera lo conoces a él. ¿Te dijo cómo supo dónde encontrarte? Porque se negó a decírnoslo a nosotros.

—Sí, me lo dijo…

—¿Y qué historia de hadas se inventó para convencerte?

—Eres un idiota —siseé, aunque mi voz carecía de fuerza.

Él presionó el filo del cuchillo y cerré los ojos con fuerza, luchando por no desmoronarme. Sabía que Matthew ni siquiera se estaba esforzando por mantenerme allí abajo; sabía que si utilizaba toda mi fuerza, podría apartarlo.

Pero mi cuerpo se negaba a obedecer a mi cerebro.

Algo oscuro y traicionero en mi interior no quería ceder. En lugar de luchar, quería permanecer bajo su peso, sentir el calor de su cuerpo encajando con el mío con una precisión devastadora.

Era un error. Un completo error.

Pero en este momento, con sus ojos fijos en los míos, Max era solo una sombra borrosa.

Mi piel se erizó, un calor febril subió por mi cuello y me sentí peligrosamente afectada.

Su cuerpo encajaba contra mis curvas de una forma tan perfecta que me pregunté si siempre había estado destinada a ser su contraparte.

¿Qué demonios le ocurre a mi cuerpo? ¿Por qué llevo semanas sin poder sentir nada por Máximo y ahora reacciono así por Matthew?

Separé los labios para soltar el aire acumulado y vi cómo su mirada caía directo a mi boca. Matthew se relamió el labio inferior de forma inconsciente y sentí cómo se dejaba caer un poco más sobre mí, un movimiento casi imperceptible pero cargado de intención.

Estábamos dentro de una burbuja prohibida.

Hasta que la realidad rompió el cristal.

—Espero que exista una explicación convincente para esto.

Matthew se alejó con una rapidez asombrosa, recuperando su máscara de hielo en un segundo. Se puso en pie con movimientos elegantes y tranquilos, mirando a mi padre con una expresión de absoluta indiferencia, como si no hubiera estado a punto de devorarme hace un instante.

Yo, en cambio, apenas podía respirar. Mis neuronas luchaban por reconectarse mientras me incorporaba, intentando desesperadamente fingir que todo estaba bien.

—Estábamos practicando —dije en voz baja, sin mirar a Matthew, sosteniéndole la mirada a mi padre con toda la dignidad que pude reunir.

Levi asintió, aunque sus ojos eran dos pozos de sospecha.

—El entrenamiento ha terminado —sentenció antes de darse la vuelta—. Debemos irnos. Will tiene noticias.