CAPITULO 59
maddox
t enía doce años la primera vez que probé el sabor de la pólvora.
Mientras otras niñas de mi edad recibían joyas o vestidos, mi padre puso en mis manos una Mossberg negra.
Recuerdo que se sentía pesada, un objeto extraño y letal que Levi me enseñó a sostener como si fuera una extensión de mi propio cuerpo.
Me dijo que el apellido que cargaba no solo me otorgaba privilegios, sino también enemigos, y que un arma era la única lealtad en la que siempre podía confiar.
Para ese entonces, mi educación ya estaba condicionada.
Hablaba tres idiomas con fluidez, dominaba las bases del combate cuerpo a cuerpo y conocía la anatomía de una pistola mejor que la mía propia.
Levi se aseguró de que no hubiera secretos: me explicó el retroceso, el mecanismo de carga y la fuerza necesaria para no flaquear al apretar el gatillo.
La galería de tiro que teníamos bajo la empresa no servía para estos momentos, necesitamos naturaleza externa que absorbiera los disparos sin alertar a un posible enemigo.
Tampoco era seguro estar en la que solía ir cuando era niña ya que era la más conocida, aunque contábamos con la protección adicional, no podíamos delatarnos.
La charla que mantuvimos con las familias amigas de nuestra ciudad sirvió para que nos consiguieran este lugar. Aislado e invisible para el observador común.
—No puedo creer que sepas manejar una de estas —la voz de Jace se filtra por mis cascos de protección mientras encajo el rifle en mi hombro y apunto al blanco.
—¿Crees que el manejo de armas largas es un derecho exclusivo de los militares, Jace? —Sostengo la mirada en el punto fijo. Casi puedo sentirlo rodar los ojos a mis espaldas—. Una M16 no es nada a comparación de las otras cosas que he manipulado —murmuro.
Esbozo una sonrisa gélida antes de presionar el gatillo.
El M16 es una bestia conocida por su precisión en la distancia y su letalidad en el campo; es el lenguaje de las guerrillas, capaz de escupir fuego con una cadencia devastadora.
Siento la sacudida eléctrica recorriendo mis brazos, pero no permito que mi pulso vacile.
Utilizo cada gramo de mi concentración para pasar de un blanco a otro, derribándolos con rapidez.
Cuando el cargador se vacía, me permito un segundo de quietud. Respiro el humo amargo antes de dejar el arma a un lado.
Aún no hay novedades de Will, y la incertidumbre nos mantiene a todos con los nervios a flor de piel.
Mientras mi padre se ocupa de los hilos legales de la organización, Will permanece atrincherado en el edificio del centro, rodeado de pantallas y códigos de vigilancia.
Aquí, bajo el sol frío, solo estamos Matthew, Jace y yo, rodeados de hombres que viven y mueren por la sombra de mi apellido.
El objetivo es claro: la guerra. Ya sea porque nuestra alarma detecte a South o porque ellos decidan terminar el trabajo, debemos estar listos.
Mi secuestro fue el primer movimiento de un tablero que ahora quiero dominar. Tras el viaje a Nueva York y las crudas palabras de Matthew sobre mi falta de preparación real, juré que no volvería a ser una presa fácil. Entrenaré hasta que el dolor en mis músculos calle y tape el de mi mente.
Sin embargo, el vacío que deja la ausencia de Max es lo que más me inquieta.
No quise interrogar a mi padre; su ignorancia sobre los movimientos de Max es probablemente mayor que la mía.
Cuando intenté presionarlo, su respuesta fue un seco: « Habla con mi hermano» .
Pero me aterra trizar la frágil tregua que mantengo con Matthew.
Desde mi regreso, me trata con una delicadeza que me escuece.
El odio y la rabia que mostró cuando descubrió mi relación con su hermano parecen haberse disipado, reemplazados por un instinto protector que me sofoca.
Para él, lo único que importaba era recuperarme con vida.
Pero ese cambio tiene un precio: ha asumido que Max y yo somos historia.
Trago saliva, sintiendo el peso de la omisión en mi garganta.
No le estoy mintiendo activamente, pero dejo que su suposición crezca como una maleza entre nosotros.
La realidad es que, a pesar del caos, Max y yo seguimos siendo una especie de « nosotros» .
Desde hace una semana, se cuela en mi habitación cada noche para dormir a mi lado.
Y aunque el sexo todavía es un terreno minado por mi pánico, su presencia es lo único que mantiene a raya a mis demonios.
Me siento extrañamente a salvo entre sus brazos, incluso si sé que el mundo exterior está a punto de arder. Incluso si es la misma persona que confesó rastrearme y estar a gusto controlándome.
Trago saliva. Así es el amor, ¿cierto?
—¿Eres consciente de que tienes una granada en la mano, verdad?
Parpadeo, regresando a la realidad con la brusquedad de un latigazo.
Miro a Jace; tiene una mueca de ironía y preocupación grabada en los labios.
Luego bajo la vista hacia mi propia mano: mis dedos envuelven el frío metal de la granada aún con el seguro puesto.
Expulso el aire de mis pulmones lentamente, intentando que mis manos no tiemblen.
—Lo siento. Me distraje —murmuro, depositando el artefacto en la mesa con una suavidad mecánica.
Frente a mí hay un arsenal desplegado: armas de fuego de todos los calibres y hojas de acero que brillan bajo las luces fluorescentes. Un par de cuchillos curvos, con esa forma de medialuna tan letal, capturan mi atención. Parecen garras esperando a ser usadas.
—No puedes permitirte estar distraída con esto, Maddox. Un error aquí no es una lección, es un funeral.
Pongo los ojos en blanco, sintiendo una punzada de irritación.
—Suenas exactamente igual que Levi —y que Matthew, aunque me guardo ese nombre en la punta de la lengua.
Jace exhala un bufido cargado de impaciencia. Se cruza de brazos y me observa con una lucidez que me incomoda.
—Estás mirando a Matthew, pero piensas en Max, ¿cierto?
Evito su mirada. Empiezo a caminar por el contorno de la mesa, dejando que las yemas de mis dedos rocen el relieve de cada artefacto. Voy despacio, midiendo mis pasos hacia las cuchillas curvas que me llamaron hace un momento.
—¿Dónde está? —No soporto más el silencio. La pregunta me ha estado carcomiendo las entrañas desde que llegamos—. ¿Por qué no está aquí entrenando con nosotros?
Jace suspira de nuevo, pero esta vez el sonido está teñido de una incomodidad palpable.
—Esa curiosidad tuya es un camino peligroso, Maddox.
—Prefiero la verdad a la ignorancia.
—A veces, la ignorancia es lo único que nos mantiene a salvo de nosotros mismos.
Detengo mis pasos en seco. Mi mano flota sobre las cuchillas, suspendida en el aire, negándose a tomarlas hasta que obtenga una respuesta. Giro la cabeza para mirar a Jace; él cierra los ojos de inmediato y suelta una maldición en voz baja, dándose cuenta de que ha dicho demasiado.
—No quise decir que...
—No te disculpes —lo interrumpo con frialdad—. Solo dime por qué Max está excluido.
—Matthew no lo quiere aquí. No después de lo que pasó —Jace se encoge de hombros, pero su mirada es seria—. Desconfía de él, Maddox. Cree que su lealtad tiene demasiadas... sombras.
La revelación debería aclararme un poco pero no lo hace. Sin pensarlo dos veces, agarro las cuchillas por el mango y me doy la vuelta, caminando directamente hacia Matthew.
Él está concentrado en una AR-15, su arma predilecta.
Me detengo un segundo a observarlo: hoy no lleva sus trajes italianos a medida ni su aire de sofisticación empresarial.
Vestido completamente de negro, con ropa táctica que resalta su envergadura y la tensión de sus músculos, luce como el soldado letal que realmente es.
En este lugar no es el consigliere elocuente; es la mano derecha del Don, el hombre encargado de ensuciarse las manos cuando las palabras fallan.
Llego a su lado. Matthew no despega los ojos del rifle, desarmándolo con una precisión hipnótica. Me ignora, o al menos lo intenta, hasta que tomo uno de los cuchillos de combate de la mesa frente a él y presiono el mango con firmeza contra su pecho, justo sobre su corazón.
—Cuerpo a cuerpo —sentencio.
No espero su respuesta. Me doy la vuelta y atravieso el pasillo hacia la sala de combate, un espacio de paredes de cristal reforzado y colchonetas negras que parecen absorber la poca luz del lugar.
Sé que Jace nos observa desde fuera, pero su indiferencia es una fachada, por supuesto que no se perdería esto.
Matthew me sigue. Sus pasos son pesados, deliberados, cargados de una reticencia que casi puedo oler.
—No necesitas practicar esto, Maddox —dice, su voz resonando en la sala vacía—. Eres buena en el combate cuerpo a cuerpo. Lo sabemos ambos.
Me giro para enfrentarlo. Sé que lo dice en serio, pero no busco sus halagos. Busco una grieta en su armadura de guardaespaldas perfecto. Es la única forma de obligarlo a hablar sin que me ignore con sus evasivas diplomáticas.
—Lo sé —respondo, despojándome de la chaqueta y quedando en una camiseta blanca ajustada, sus ojos caen en mi pecho y trago saliva al notarlo—. Pero quiero algo de adrenalina.
Matthew alza una ceja. Por un segundo, la esquina de su boca se curva en una sonrisa traviesa, una expresión tan rara en él que me obliga a contener la respiración.
Sus ojos brillan con un destello peligroso antes de que la sonrisa se evapore, dejando solo el fantasma de una calidez que probablemente nunca estuvo ahí.
Hablamos de Matthew, después de todo; él no es bueno en el arte de sonreír.
Se coloca en posición frente a mí. Por un instante, el recuerdo del ring y de Max intenta invadir mi mente, pero lo entierro bajo una capa de hielo. Este es el presente. Soy yo quien lanza el primer golpe, un ataque rápido que él esquiva con una elegancia insultante.