CAPITULO 58
maximo
m e quedo inmóvil, observándola desde las sombras de su propia habitación, y comprendo de inmediato que mi llegada ha sido un error.
Maddox tiene los ojos abiertos de par en par, dos zafiros empañados por un terror que me atraviesa las entrañas.
Quizás debería haber hecho lo que haría cualquier hombre civilizado: llamar a la puerta principal y esperar a que Levi, con su hospitalidad de Don de la mafia, me permitiera subir a los aposentos de su hija.
Pero ambos sabemos que eso nunca sucedería. No ahora que soy el principal sospechoso de guardar secretos que podrían incendiar su imperio.
Así que trepé. Ascendí por las paredes de piedra de la mansión como el depredador que ella sabe que soy.
Si mi hermano o su padre me hubieran detectado, pensarían que su seguridad es una basura, pero lo cierto es que es impecable.
Lo que no saben es que no hay muro de fuego que yo no pueda atravesar, ni cerradura digital que no responda a mis huellas.
Tengo el control de esta casa en mi móvil, y Maddox, inteligente como es, debe haber sumado dos más dos después del incidente del pasador.
Ella no respira. Está tan quieta que parece una estatua de porcelana a punto de quebrarse.
Sus ojos son dos fragmentos de hielo, fijos en mí, y por un segundo me pregunto si he cruzado una línea de la que no hay retorno.
Si debo aceptar que lo nuestro se desintegró en aquella sala de tortura y que ya no queda nada que rescatar.
Me pregunto si luego de mi confesión de la última vez queda algo de ella que acepte mi amor.
—Maddox… —pronuncio su nombre con una voz que suena más rota de lo que estoy dispuesto a admitir.
En cuanto hablo, el aire escapa de sus pulmones de golpe y se desploma sobre el colchón. Se queda sentada, hundida en las sábanas, sin apartar la vista de la mía. Sus puños se cierran con tanta fuerza que sus nudillos blanquean, arrugando la seda a su alrededor.
—¿Cómo se te ocurre aparecer así? —Su voz es un susurro gélido, afilado como una navaja—. Después de lo que pasó… —cierra los ojos y niega con la cabeza, una risa amarga e histérica escapando de sus labios—. No puedes irrumpir aquí después de lo que me hicieron. ¡Casi me da un infarto!
Se lleva una mano al pecho, justo sobre el borde de esa camiseta negra de tirantes que revela más de lo que mi cordura puede manejar. Su respiración es errática, salvaje.
—Lo siento —mentí, acortando la distancia con pasos lentos y calculados—. No quería asustarte, pero no respondes a mis mensajes. Necesitaba verte. Necesitaba saber que estabas bien.
Me estaba volviendo loco sin saber donde demonios estaba, me había acostumbrado a rastrearla y no respiraba tranquilo sin saber que estaba haciendo, con quién estaba hablando o dónde estaba.
Si no me responde un mensaje comienzo a pensar que está con mi hermano o con cualquier otra persona.
Y no puedo aceptarlo. Debe estar conmigo.
Pero sé, luego de mi confesión, que no aceptaría un nuevo rastreador. Aunque no se asustó, sé que no le agradó y no era tan estúpido para arriesgarme a hacerla enojar. Caminábamos sobre una cuerda floja.
—Pues llama a la maldita puerta como una persona normal, Max.
—Nada me aseguraba que me dejaras entrar —suspiré—. Y no soy una persona normal, Maddox. Pensé que eso estaba claro.
Me detuve a escasos centímetros de ella.
Desde mi altura, la habitación se sentía pequeña, cargada de una electricidad estática que hacía que el vello de mis brazos se erice. Ella bajó la vista hacia su regazo, rehuyendo el contacto visual.
—¿No querías verme? —Intenté que mi tono fuera neutral, pero la vulnerabilidad se filtró por las grietas de mi máscara.
No era esa la pregunta que quería hacerle. Pero no tenía las agallas para enfrentarla y preguntarle si quería que desapareciera de su vida.
Pensé en mil argumentos para convencerla de que se quedara a mi lado, mil mentiras piadosas y verdades crudas, pero ninguna me pareció suficiente.
La parte lógica de mi cerebro, la que todavía recuerda lo que es la moral, me decía que la dejara ir.
Que ella merecía paz, luz y alguien que no estuviera manchado de sangre.
Pero mi alma está podrida de oscuridad. Y la suya también.
Nadie más que yo va a quererla así, aceptando cada pedazo roto y cada arista afilada. Estamos hechos de la misma sombra. Ella es mi espejo, y no voy a dejar que rompa el cristal.
—No estoy segura de querer seguir con esto, Max —admitió, su voz apenas un hilo de seda rompiéndose.
Me dejé caer de rodillas frente a ella en un acto de sumisión que jamás creía haría por alguien.
Mis ojos recorrieron la piel de sus piernas, expuestas por el pantalón corto, y sentí un nudo en la garganta al llegar a las cicatrices que marcaban sus muslos.
Cerré los ojos por un segundo, visualizando el dolor que debió sentir, y cuando los abrí para buscar los suyos, me encontré con un brillo de tristeza devastadora.
—¿No hay nada en este maldito mundo que pueda hacer para que cambies de opinión? —Pregunté, y mi voz sonó como el roce del acero contra la piedra.
Ella apartó la vista, buscando refugio en las sombras de la habitación, pero no se lo permití.
Tomé su mentón con una mano, obligándola a enfrentar el desastre que yo era en ese momento.
Quería que viera que, bajo mi máscara de frialdad y códigos binarios, ella era lo único que me mantenía cuerdo.
Su cicatriz brilla bajo la luz amarilla y trago saliva.
—Te amo, Maddox. Y me odio por haber tardado tanto en decírtelo.
Me odio por haber pasado meses negando que eras lo único que me importaba, fingiendo que solo eras parte del juego cuando en realidad eras el tablero entero.
Lamento haber llegado tarde. Lamento no haber quemado el mundo hasta encontrarte.
Lamento no haber luchado por ti con la ferocidad que te merecías cuando todavía estabas a salvo.
—Max… —susurró mi nombre, y el sonido fue una puñalada directa al centro de mi pecho.
—Pero de lo que más me arrepiento —continué, mi pulgar acariciando su labio inferior con una devoción casi dolorosa—, de lo que te pediré perdón en esta vida y en la siguiente, es de haber sido yo quien puso el blanco en tu espalda —trago saliva—. Mi arrogancia te puso en peligro. Lo siento...
Ella parpadeó y vi cómo sus ojos se cristalizaban. Sus pestañas se humedecieron con pequeñas lágrimas que brillaban como diamantes bajo la luz tenue de la lámpara, pero se negó a dejarlas caer.
Era una reina incluso en su vulnerabilidad.
Quise rodearla con mis brazos, esconderla del resto del universo y no soltarla nunca, pero me quedé clavado en el sitio. Sabía que, después de mis secretos y mis fallos, quizá ya no tenía derecho a tocarla.
—No quiero que te disculpes por eso —soltó ella con una determinación que me dejó sin aliento.
Me sostuvo la mirada, sus ojos brillan con una furia fría—.
El peligro es el aire que respiramos, Max.
Es parte de la sangre que corre por nuestras venas y del apellido que cargamos.
Me enferma que todos a mi alrededor caminen de puntillas por miedo a romperme.
Tragué saliva, incapaz de articular palabra ante la fuerza de su voz.
—Sé lo que esconden sus miradas —asiente con una sonrisa amarga—. Sé que me ven como una bomba de tiempo a punto de explotar. Y quizás sea así, quizás solo soy esto: una persona rota con sed de venganza. Pero sigo siendo yo.
—Princesa...
—Y lo que más me jode es que hablen como si supieran lo que se siente —continuó ella, acercándose un centímetro más, invadiendo mi espacio—.
¿Tú viste cómo me rompieron? ¿Estuviste allí cuando sentí que mi alma se desprendía de mi cuerpo?
—No me moví. No me atrevía ni a parpadear—.
Exacto. No lo viste. Así que no te atrevas a pedir perdón por la vida que llevamos.
—Lo sé, rubia. Pero...
—No necesito un mártir, Max —me interrumpe—. Necesito a alguien que pueda mirar mis cicatrices sin apartar la vista.
Permanecimos en silencio, envueltos en la penumbra ámbar de su cuarto.
Mientras la devoraba con la mirada, recordé cada pecado que cometí para llegar hasta aquí, cada rincón oscuro de mi alma que intenté ocultarle.
Ambos éramos iguales: herederos de imperios construidos sobre mentiras y sombras.
El precio de nuestros nombres era más pesado que la sangre; era un poder que lo eclipsaba todo y nos condenaba a la misma soledad.
Me asaltó el miedo de que esta fuera la última vez.
La última vez que escucharía su respiración agitada, la última vez que vería el rastro de mi nombre en sus labios.
No pude contenerme más. Dejé que mi mano cayera sobre su rodilla desnuda.
Se tensó. Fue solo un microsegundo, un reflejo, pero luego se relajó y soltó un suspiro trémulo.
—Tienes razón —dije en un susurro, deslizando mi mano por su muslo, deteniéndome justo donde empezaba la piel dañada.
Puse mi otra mano en su otra rodilla, anclándola a mí—.
No me disculparé por el peligro. Pero me pasaré el resto de mis días pidiendo perdón por no haberte valorado como el tesoro que eres.
No quiero que me perdones hoy, ni mañana.
Solo quiero que me dejes quedarme en la oscuridad contigo.
Porque si vas a estar rota, quiero ser yo quien recoja cada pedazo y los guarde junto a los míos.
Me incliné hacia ella hasta que nuestras frentes se tocaron, compartiendo el mismo aire cargado de arrepentimiento, mentiras y dudas.
—Maddox —susurré—. Te necesito.
Noto como tiembla, percibo el movimiento de su garganta al tragar y solo pienso en besar el punto exacto que la hace suspirar de placer.
—Máximo...
—Déjame besarte —suplico con voz queda y los ojos cerrados—. Si esta será la última vez que pueda escucharte llamarme así, deja que lo grabe en mi mente para siempre. Déjame grabarme tu sabor y tus labios. Déjame besarte...
Sin darme tiempo a procesar mis propias palabras, sus manos se hunden en mi cabello con una urgencia que me deja sin aliento.
Me atrae hacia ella con una fuerza salvaje hasta que sus labios chocan con los míos.
Me sorprendió; hace un segundo me pedía distancia y ahora su boca me suplicaba algo que prendía fuego a mi autocontrol.
Le seguí el juego. Me hundí en ella, saboreando su lengua como si fuera el último rastro de aire antes de morir. Mis manos subieron por sus costados hasta su cintura y me incliné sobre ella, haciendo que su espalda se hundiera en el colchón.
Mantuve mis brazos rígidos a sus costados, sosteniendo mi peso para no abrumarla; me moría por reclamar cada centímetro de su piel, pero sabía que ella necesitaba espacio.
Le daría lo que fuera necesario, incluso si tenía que asfixiar mis propios instintos, con tal de que no me alejara.
Le daría todo, excepto su libertad. Jamás la dejaría ser libre de mí.
Maddox separó las piernas, dándome un acceso que acepté en un silencio reverente.
Presioné mi cuerpo sobre el suyo hasta que encajamos como dos piezas de un rompecabezas roto.
Todo mi ser tembló al darme cuenta de cuánto la había extrañado así, pero me obligué a no acariciarla más allá de lo permitido.
Aún no me sentía listo para tocar sus cicatrices.
Me entregué al beso, jadeando contra sus labios, pero cuando bajé hacia la curva de su cuello, sentí que sus músculos se tensaban. Se alejó sutilmente y me detuve al instante.
—Espera —murmuró con la respiración entrecortada—. Espera…
—¿Está todo bien? —Pregunté, mi voz siendo apenas un gruñido ronco. Asintió, pero sus ojos estaban perdidos en el techo.
—Sí, pero… necesito tiempo, Max. Mucho tiempo.
Le dediqué una sonrisa cargada de una tristeza que me desgarraba.
—Lo entiendo. Te esperaré todo lo que haga falta.
—No sé si podré volver a ser la Maddox de antes —continuó ella, girándose para quedar frente a mí.
Su mano subió para acariciar mi mejilla, un gesto tan tierno que dolió—.
Y te mentiría si dijera que no me asustó tu confesión —trago saliva, pero sé que tiene razón—.
Aún así, lo que siento por ti no ha cambiado.
Mi corazón palpita con fuerza.
—Princesa...
—Y si este es el tipo de amor que tendremos en nuestro mundo que así sea —susurra.
—No sé si es bueno o malo, estoy seguro que es más lo segundo —confieso, a centímetros de sus labios—. Pero es tuyo, Maddox. Todo mi amor es tuyo.
Su sonrisa es pequeña, rozo nuestros labios y luego me alejo hasta quedar a su lado recostado, pero con nuestras piernas enredadas entre las sábanas de su cama.
La luz ámbar de la lámpara dibujaba sombras sobre su rostro.
—De todas formas, debes prometerme algo —me exigió, y su tono recuperó ese filo de acero—. No habrá más engaños. Ni mentiras, ni desapariciones a mis espaldas…
—Maddox…
—Y bajo ninguna circunstancia volverás a ponerme un maldito rastreador, Máximo. Promételo.
Asentí con un pesar fingido. Era un precio pequeño si con eso lograba mantenerla en mi órbita.
—De acuerdo —mentí. Mi voz sonó firme, convincente—. Te prometo que se acabaron los secretos y los rastreadores.
Mientras las palabras salían de mi boca, supe que estaba sellando mi propia condena. Le mentía sin un ápice de duda porque no puedo ser honesto, no cuando la verdad podría alejarla.
No puedo cambiar lo que soy, ni borrar las atrocidades que he cometido para asegurar su seguridad. Fui un impulsivo al involucrarme con ella desde el principio, pero ahora ya no hay vuelta atrás. Ahora solo importa que sea mía.
Y si la mentira es el único hilo que la mantiene atada a mi lado, entonces mentiré hasta que el mundo se acabe.
Al final, el amor no siempre es dulce, mucho menos libre. Es obsesivo y es una jaula... y yo tengo la llave de la jaula de Maddox.
Ella me regaló una sonrisa casi imperceptible, pero cargada de alivio.
—Quédate a dormir —pidió en un susurro.
Fue mi victoria definitiva. Me deshice de la ropa en silencio y me deslicé bajo las sábanas, rodeándola con mis brazos hasta que apoyó su cabeza en mi pecho.
Respiré su aroma a vainilla y jabón, sintiendo finalmente que el caos en mi cabeza se apaciguaba.
Alargué la mano hacia la mesa de noche y apagué la lámpara, dejando que la habitación se sumergiera en la penumbra bañada por la luna.
Cuando su respiración se volvió pesada y el sueño empezó a reclamarla, me acerqué a su oído y solté la verdad que ella no quería escuchar.
—Eres mía, princesa —susurré, acariciando su cabello sedoso con una posesividad enfermiza—. Solo yo puedo tenerte. Porque compartimos la misma oscuridad, y en las sombras, nadie te encontrará más que yo.