Traición y Sangre I (Draghi 1) CAPITULO 57
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CAPITULO 57

maddox

u na hora más tarde, el reflejo en el espejo me devuelve una versión de mí que casi había olvidado.

He cambiado la ropa pesada de invierno por algo más funcional: prendas tácticas completamente negras que se ajustan a mi cuerpo como una segunda piel, botas militares con cordones bien tensados y el cabello rubio recogido en una coleta alta, tirante, que despeja mi rostro y me da un aire severo.

No nos dirigimos a la empresa del centro, la fachada legal.

Vamos al último piso del club, el verdadero corazón de las operaciones de mi padre.

El aire aquí huele a tabaco caro, cuero y la electricidad estática de los servidores.

Me ponen al día mientras el humo de los cigarros flota sobre la mesa de juntas, Levi ha vuelto a fumar y recuerdo que lo había dejado a mis seis años cuando se lo pedí.

Es cierto: no ha habido avances. Mi padre dio la orden de congelar la investigación por mi bien, y ese vacío ha permitido que la mafia South empiece a carroñear en nuestras calles.

Sus negocios son diferentes, más sucios, y están atrayendo una atención policial que no necesitamos. Patrullas rondando el club, compradores asustados, mercancía estancada. Un desastre.

En medio de este panorama asfixiante, me convierto en su único recurso.

Comienzo a hablar, vaciando mi memoria de cada detalle de mi cautiverio.

Las palabras salen frías, mecánicas. Uno de los hombres de confianza de mi padre traza con precisión a lápiz el rostro del hombre que me torturó, aquel al que llamaban el jefe.

Les hablo de Luc y la relación padre-hijo que poseen.

A mi lado, Will teclea con una agilidad frenética en su ordenador. Sus dedos vuelan sobre el teclado, buscando coincidencias en las bases de datos criminales, pero a simple vista no existe. Es un fantasma, como yo.

—Es una pérdida de tiempo —gruñe mi padre, masajeándose las sienes—. Si el padre de Luc es el responsable, el chico no es más que un señuelo.

El ambiente en la oficina se vuelve denso, cargado de la frustración de un callejón sin salida. Miro las pantallas, los mapas, la ciudad que se extiende afuera como un laberinto de cristal. Entonces, una idea empieza a tomar forma.

—¿Puedes hackear el sistema de vigilancia de la ciudad? —pregunto, rompiendo el silencio.

Will se detiene en seco. Me mira con una expresión que oscila entre la confusión y el orgullo herido.

—Maddox, por favor. Es así como controlo las cámaras de las zonas de entrega —responde con obviedad.

—No me refiero a nuestros sectores, Will.

Él arruga la frente, tamborileando los dedos sobre su barbilla mientras procesa mis palabras.

—¿Me estás pidiendo que me meta en el territorio de los South ?

—Estoy diciendo que hackees cada maldita cámara de esta ciudad. Cada esquina, cada callejón, cada semáforo. ¿Es posible?

Will suelta un silbido bajo.

—Técnicamente, lo es. No lo hemos hecho nunca porque el volumen de datos sería inmanejable y el riesgo de ser detectados es alto. Pero puedo hacerlo. Ahora, ¿qué planeas hacer con todo ese flujo de video?

Esbozo una sonrisa lenta, una que no llega a mis ojos. Siento la mirada de todos clavada en mí, incluso la de Matthew, que observa desde la sombra con una intensidad que me quema la nuca.

—No sé nada de programación, pero sé cómo funciona una cacería —digo con voz calmada—. ¿Puedes crear un algoritmo de reconocimiento facial? Una alarma que salte en el segundo exacto en que una de esas cámaras capte un rostro que coincida con este retrato.

Will empieza a sonreír, sus ojos brillan como si le hubiera dado un desafío divertido.

—Puedo establecer códigos de mando a partir del boceto —murmura, ya empezando a escribir líneas de código—. Filtrar por rasgos óseos, distancia orbital...

—¿Puedes hacerlo?

—Es posible —murmura—. No puedo asegurar que funcione con rapidez pero…

—Funcionará —aseguro y Will asiente.

—Maddox, si este hombre es tan escurridizo como parece, no se paseará por la avenida principal a plena luz del día —interviene mi padre, aunque su tono es escéptico—. Es una aguja en un pajar.

—Pero no es invisible —sentencio, apoyando las manos sobre la mesa y sosteniéndole la mirada con una seguridad gélida—. Nadie es completamente invisible en este siglo, Levi. Solo tenemos que ser nosotros quienes estemos mirando cuando cometa un error.

La sonrisa que me dedicó Matthew en ese momento fue como una descarga eléctrica.

Sentí que su mirada me quemaba la piel, y un calor súbito e incontrolable trepó por mis mejillas hasta teñirme las orejas.

Maldije internamente, apretando la mandíbula para no parecer una adolescente muerta de vergüenza.

En este mundo, cualquier grieta en la armadura es una invitación al ataque, incluso si el ataque viene en forma de una sonrisa de los ojos chocolate que me observaban desde la esquina.

Will alternó la vista entre mi padre y yo.

Levi asintió despacio, sopesando la magnitud de mi propuesta.

Por un segundo temí que diera marcha atrás, que el instinto de protección volviera a nublar su juicio, pero entonces sonrió.

Fue una sonrisa cargada de un orgullo amargo, una que me calentó el pecho más que cualquier palabra de aliento.

—Llamaré a Lucchese —anuncié. El silencio que siguió fue tan denso que casi se podía tocar.

—¿Por qué a él? —Preguntó mi padre, su tono volviéndose cauteloso.

—Porque estamos en guerra, Levi. Y en una guerra es vital saber quién está dispuesto a sangrar a tu lado y quién está esperando a que caigas para quedarse con los restos —dije con dureza—. Con Lucchese de nuestro lado, tendremos Nueva York bajo control. Necesitamos sus ojos allí.

Levi asintió, aunque el rictus de su boca delataba su desconfianza hacia los neoyorquinos. Noté, casi con satisfacción, cómo la sonrisa de Matthew se evaporaba al mencionar a nuestro socio.

—Es una jugada inteligente —intervino Will, volviendo a su pantalla—. Cubriríamos un terreno masivo.

—Yo hablaré con los Rossi —añadió Levi, contagiado por la energía del momento—. Ellos controlan la frontera con Canadá. Si esos bastardos intentan sacar algo del país por el norte, lo sabremos antes de que crucen el primer bosque.

—Perfecto.

Me incliné sobre la mesa, estudiando el plano de la ciudad como si fuera un tablero de ajedrez.

Extendí la mano hacia el vaso de cristal que reposaba a un lado; antes de que pudiera siquiera pedirlo, Matthew dio un paso al frente y lo llenó con whisky ámbar. Lo bebí de un solo trago, dejando que el líquido me quemara la garganta y asentara mis nervios.

—Debemos cubrir cada salida —sentencié, dejando el vaso vacío sobre la madera con un golpe seco—. Si tienen poder en los muelles, quiero infiltrados en cada contenedor.

—No deben tener escapatoria —añadió mi padre. Había algo nuevo en su mirada cuando me observaba: respeto—. No esta vez.

—Quizás es hora de que hagamos un par de visitas personales a nuestras familias amigas —remarco cada palabra y Levi alza una ceja—. ¿No crees? Que vean que la casa no está en ruinas.

—De acuerdo. Hagámoslo —Levi se enderezó, recuperando su aura de Don. Se giró hacia los hombres presentes, su voz resonando con una autoridad que no admitía réplicas—. A partir de ahora, lo que mi hija diga es ley. Seguirán sus órdenes como si fueran las mías. ¿Ha quedado claro?

Un asentimiento unánime y silencioso llenó la oficina.

Esbocé una sonrisa lenta, sintiendo el peso de mi apellido volver a mis hombros.

He vuelto. Y esta vez, no voy a tener piedad.

Regresamos a casa cuando el sol ya se había rendido, dejando que las sombras del invierno devoraran el jardín. Pasé todo el trayecto bostezando, necesitaba descansar. Retomar mis funciones implicaría estar al cien otra vez y debía volver a entrenar.

Pero pese al cansancio sentía satisfacción recorrer mi cuerpo. Me sentía vibrar, orgullosa de las decisiones tomadas y del peso que mi voz había vuelto a tener en esa oficina.

En cuanto crucé el umbral de mi habitación, me deshice de la ropa negra y me sumergí en una ducha abrasadora. Dejé que el agua caliente relajara cada músculo, lavando el rastro de la ciudad y el eco de los gritos que a veces aún habitan en mi mente.

Salí del baño tarareando una melodía y me dirigí al armario.

Durante semanas, mi pijama habían sido las sudaderas XL de Levi, reliquias de sus años universitarios que me servían de escudo y refugio. Me enterraba en tela para no ver, para no sentir. Pero esta noche, decidí recuperar otra cosa de la antigua Maddox.

Aparté las prendas holgadas y busqué algo diferente.

Me puse una camiseta negra de tirantes, de una tela tan fina que se sentía como una caricia, y que apenas llegaba a mi cintura.

La combiné con unos pantalones deportivos cortos.

Por primera vez, no busqué ocultar las marcas que subían por mis muslos o el rastro de lo que me hicieron en el abdomen. Las miré fijamente en el espejo.

Eran feas, eran crudas, pero eran mías.

La calefacción central mantenía el aire a una temperatura perfecta, pero mi piel seguía erizada, no por el frío, sino por la adrenalina que aún corría por mis venas.

Cerré la puerta del armario con un movimiento seco.

Y entonces lo veo.