CAPITULO 56
maddox
d espierto con un grito atrapado en la garganta y la piel empapada en un sudor frío que se siente como ácido.
El corazón me golpea el pecho con una violencia salvaje; juro que puedo sentirlo intentar astillar mis costillas, queriendo romper mi cuerpo en dos para terminar de estallar contra la pared frente a mi cama.
No lo hace. Se limita a galopar desbocado, una amenaza latente que me recuerda que, si no recupero el control ahora mismo, este miedo será lo que finalmente me mate.
Respira. Inhala. Exhala.
Obligo a mis pulmones a expandirse hasta que el ardor se disipa. Escudriño cada rincón de la habitación, ahora bañada por la luz del amanecer.
Me abrazo las rodillas contra el pecho y apoyo el mentón sobre ellas, forzándome a registrar la realidad. Estoy en mi habitación. En mi cama. Entre sábanas de seda que no huelen a muerte.
Aquí hay calefacción, seguridad y el peso del apellido de mi familia protegiéndome. No es la celda. No son esas cuatro paredes asfixiantes que rezumaban humedad y desesperación. No llevo ese camisón sucio que se me pegaba a las heridas.
Estoy a salvo. No estoy bien, no sé si volveré a estarlo, pero estoy a salvo. Una sonrisa amarga se dibuja en mis labios mientras el temblor de mis manos remite.
Alcanzo los ansiolíticos de la mesita de noche y los trago con un vaso de agua tibia antes de arrastrarme hacia el baño.
Me sumerjo en una ducha eterna. He dejado de usar la esponja para fregarme hasta sangrar; ya entendí que no existe suficiente jabón en el mundo para limpiar la suciedad que llevo grabada en la mente.
La última vez me destrocé la piel y mi terapeuta se empeñó en convencerme de que no había nada malo en mí.
Le discutí mencionando mis cicatrices, pero tras la última sesión, he empezado a verlas con otros ojos. Son el mapa de mi supervivencia. Son parte de mí.
Son el recuerdo de lo que me hicieron y de la venganza que no dejaré de buscar.
Me visto con capas gruesas de ropa de invierno, protegiéndome del frío y de las miradas.
Sigo con las clases a distancia; no estoy lista para el mundo exterior, no hasta que termine este curso.
Me prometí que usaría las vacaciones de Navidad para decidir mi próximo movimiento. Solo queda un mes de tregua.
Bajo las escaleras en silencio, desde que estoy encerrada en la mansión me muevo como un fantasma para que no me noten.
Al entrar en la cocina, encuentro a mi padre.
Casi se atraganta con su café al verme. Levanto una ceja, manteniendo mi máscara impasible mientras paso por su lado para servirme mi propia taza de café.
—¿Cómo dormiste, mia cara ? —Pregunta, pero su voz suena forzada.
Suspiro con pesadez pero intento disimular mi reacción, ya me estaba cansando de la dinámica que compartía con Levi.
Sé lo que en realidad está preguntando: ¿ Han vuelto los monstruos?
¿Han servido de algo las pastillas? A Levi le aterra que una palabra mal dicha desmorone el castillo de naipes en el que se ha convertido mi salud mental.
Teme que mencionar el horror me haga retroceder.
Mi terapeuta le aseguró que soy más fuerte que eso, y por eso mismo le pedí que me quitara los somníferos.
Quiero recuperar el control de mi cuerpo, incluso si eso significa enfrentarme a la oscuridad a solas.
Es un proceso lento, pero creo que está funcionando. Es una lástima que Levi no lo vea así.
—Si quieres saber si he tenido pesadillas, la respuesta es sí —respondo, apoyándome contra la isla de mármol. Aprieto la taza caliente entre mis manos, buscando su calor—. Pero ya no tienen el mismo poder. Solo me he despertado una vez.
Levi asiente, incómodo, devolviendo la vista al papel. La tensión en la cocina es casi palpable. Lleno mis pulmones de aire, sintiendo el peso de la heredera que solía ser, intentando invocar la valentía necesaria para decir lo que viene a continuación.
—Quiero acompañarte a la empresa hoy.
La taza de mi padre queda suspendida a escasos centímetros de sus labios.
No me mira, pero tampoco vuelve la vista al periódico; permanece congelado, con los ojos fijos en un punto invisible del aire.
Tarda un segundo eterno en recomponerse, y cuando lo hace comienza a negar con la cabeza en un movimiento mecánico, casi frenético.
Presiono los labios con fuerza, enterrando las uñas en las palmas de mis manos para controlar el impulso de tomarlo por los hombros y zarandearlo hasta que dejara de tratarme como a una muñeca de porcelana rota.
—No es una buena idea, Maddox —sentenció.
—Creo que ya he estado encerrada lo suficiente.
Además, tengo información que podría acelerar la búsqueda —insistí, pero él seguía negando.
Le dediqué una mirada cargada de un veneno que no sabía que aún poseía—.
Quiero ir contigo, Levi. Necesito incorporarme de nuevo y saber qué demonios está pasando. Es mi negocio también.
—No. Aún no.
—¿Entonces cuándo? —Mi voz subió una octava, afilándose como una daga.
—No lo sé, pero hoy no. Es demasiado pronto…
—Ha pasado un mes —siseé entre dientes, la paciencia evaporándose—. Y no me has dicho ni una sola palabra sobre la cacería para dar con los bastardos que me hicieron esto.
—Maddox...
—Quiero saber qué demonios sucede, Levi.
—No...
—¡Quiero ayudar!
—¡Basta! —Golpeó la mesa, haciendo que el café saltara de la taza.
—¿Qué sucede aquí?
Me giro bruscamente. En el umbral de la cocina aparece Matthew.
El aire se me escapa de los pulmones por un segundo al notar que lleva ropa deportiva gris y el cabello revuelto por el sueño.
Había olvidado que todavía pasaba algunas noches aquí; no siempre, pero su presencia era un recordatorio constante de mi vulnerabilidad.
Matthew seguía siendo mi sombra, no como antes ya que no salía de casa pero cuando tenía una pesadilla o un ataque de pánico él estaba allí.
—Maddox está diciendo estupideces —murmuró mi padre, evitando mi mirada.
Abandoné el taburete de un salto. La rabia era un fuego que me devolvía la vida, y caminé hacia él dispuesta a enfrentarlo, pero Matthew fue más rápido. Se interpuso entre nosotros, su cuerpo sólido era un maldito muro de concreto dispuesto a frenarme.
—Maddox —advirtió con esa voz profunda que solía hacerme estremecer, pero que ahora solo me irritaba.
—Quiero volver a mis funciones —dije, sosteniéndole la mirada. Matthew apretó la mandíbula y desvió la vista hacia mi padre—. ¿En serio, Matthew? ¿Tú tampoco tienes nada que decir?
—Yo no soy el jefe, Maddox. No es mi decisión.
—Exacto —intervino mi padre, recuperando su tono de mando—. Yo soy el jefe. Y yo decido que no regresarás. No hasta que me asegure de que tu mente está donde debe estar.
Levi tenía un punto, me había transformado en una bomba de tiempo que solo pensaba en vengarse. Pero no estaba dispuesta a cambiar de opinión.
Había solo una cosa que quería más que terminar con las pesadillas: terminar con la vida de quienes me hicieron esto.
No iba a avergonzarme por ello ni mucho menos pedir disculpas por querer venganza.
Me crucé de brazos, sintiendo cómo el calor de la ira me subía por el cuello. Pasé la mirada de los ojos chocolate de Matthew al iris verde gélido de Levi. Había algo en su silencio que no me cuadraba.
—¿Cómo va la búsqueda? ¿Tienen nombres? ¿Saben quién dio la orden? — Matthew volvió a apartar la vista y algo hizo clic en mi cabeza. El enojo hizo ebullición en mi pecho, quemando cualquier rastro de miedo—. No hay ninguna búsqueda, ¿cierto? No están haciendo nada.
—Tu padre no quiere que nos concentremos en eso ahora —respondió Matthew con cautela—. No quería presionarte para que recordaras, Maddox. El trauma…
—¿Presionarme? —Lo aparté de un empujón. No puso resistencia, dejándome pasar solo para que viera cómo mi padre intentaba huir de la cocina—. ¡Levi!
Mi tono de voz, autoritario y gélido, lo detuvo en seco justo antes de salir. No se giró de inmediato. Su espalda estaba rígida, sus hombros tensos. Sabía que se estaba conteniendo, que intentaba no explotar, así que me acerqué más, alimentando mi propia furia.
Quería una pelea. Necesitaba que me viera no como su hija herida, sino como el arma que él mismo entrenó.
Cuando finalmente se dio la vuelta, sus ojos no destellaban odio, sino un cansancio devastador y una culpa que me revolvió el estómago.
No me dejé intimidar y mucho menos conmover. Levi olvidando la búsqueda para cobrar venganza me estaba fallando, otra vez.
—Lamento mucho haberte involucrado en este mundo, hija —dijo con una suavidad que dolió más que un grito—. Fue mi error. Pero no volverá a pasar. Estás fuera de esto. Para siempre.
No dejé que se fuera. Mi mano se disparó como un resorte, hundiendo mis dedos en la tela de su hombro con una fuerza que me sorprendió incluso a mí. Lo obligué a girarse y lo empujé contra la pared con un impacto sordo que hizo vibrar los cuadros del pasillo.
Furia, dolor, frustración y una ira negra que llevaba semanas gestándose en mis entrañas estallaron finalmente, recorriéndome las venas como veneno líquido.
—¿Estaré fuera? —Repetí, mi voz destilando una sorna venenosa—.
¿De verdad crees que puedes pasarte la vida entrenando a tu única hija para ser tu sucesora, obligarme a llevar una doble vida agotadora y convertirme en un fantasma, para luego simplemente hacerme a un lado como si fuera un mueble roto?
—Maddox… —intentó interrumpir, pero su voz flaqueó.
—¿Crees que voy a permitir que me torturaran, me despedazaran y abusaran de mí solo para que tú ahora me quites lo único que me queda: mi legado?
—No lo digas así… —suplicó, su rostro palideciendo.
—¿Tú crees... —Ignoré sus palabras— que puedes usarme para iniciar una guerra y alejarme en cuanto salga mal? —Lo veo tragar saliva— ¡Me tienes harta!
Siento la presencia masiva de Matthew justo detrás de mí.
Podía sentir el calor de su cuerpo, sus manos moviéndose en el aire, listas para apresarme si decidía lanzarme al cuello de mi padre.
Sabía que Matthew me estaba evaluando, detectando la inestabilidad en mi postura, el peligro latente de una mujer que ya no tiene nada que perder.
Levi me miraba con una mezcla de terror y fascinación, como si por fin estuviera viendo el monstruo que él mismo ayudó a crear.
—Deja de negar lo que ocurrió —siseé, acercándome tanto que nuestras respiraciones se mezclaron—.
Deja de ignorar lo que me hicieron. Si yo tengo la valentía de nombrarlo, tú deberías tener la decencia de escucharlo.
Pero eres un cobarde, Levi. Piensas que si no lo dices, el horror dejará de existir. Pero, ¿te digo algo? ¡Sucedió!
Las lágrimas de impotencia quemaron mis mejillas, pero no permití que mi voz temblara.
—Y no me sirve de nada tu negación. No fuiste tú a quien arrastraron por el suelo. No fuiste tú a quien quebraron de mil maneras diferentes. Así que empieza a aceptarlo de una maldita vez.
—Solo quiero cuidarte —murmuró él, su voz apenas un susurro roto—. Quiero asegurarme de que estés bien.
—Entonces acepta que quizás nunca vuelva a estarlo —sentencié con una frialdad que me caló en los huesos—.
No del todo. Entre más rápido aceptes que tu hija murió en esa celda y que lo que volvió es esto, mejor será para todos.
Si tú no estás dispuesto a llegar al fondo de este fango, no me importa.
Yo lo haré. Voy a saber quiénes son. Y voy a borrarlos de la tierra.
—No hay nada que desee más que hacerlos pagar —admitió él, recuperando un poco de la firmeza de un Don—. Pero no voy a ponerte en la línea de fuego otra vez.
—Ya me quemé, Levi. El fuego ya no me asusta —respondí en un susurro gélido—. Así que deja de jugar a la familia feliz y acepta la vida que nos diste. No morí. Sigo respirando. Concéntrate en eso y dame lo que me corresponde.
Él bajó la vista, incapaz de sostener mi mirada. Me tragué la bilis del arrepentimiento que amenazaba con subir por mi garganta. Sabía que sus intenciones nacían del amor, pero el amor en nuestro mundo es una debilidad que no puedo permitirme.
Así que no lo dudé y decidí ser honesta, aunque le clave un puñal en el pecho en el proceso.
—Tú crees que me fallaste al ponerme en peligro de aquella forma. Quizás lo hiciste —digo en un susurro mientras me inclino—. Pero ahora tienes la oportunidad de remediarlo y eliges fallarme otra vez.
—No es así...
—Claro que si —sentencio—. Solo estás pensando en ti porque estás arrepentido. ¿Te digo algo, Levi? Ya es tarde. Me entrenaste para este mundo, acéptalo de una vez.
El silencio se volvió pesado. Sentí cómo Matthew retrocedía un paso detrás de mí, dándome espacio, reconociendo tácitamente que la fiera se había calmado... por ahora.
—De acuerdo —dijo mi padre finalmente. Alzar la vista le costó un esfuerzo visible. Sus ojos brillaban con una mezcla de tristeza, determinación y un respeto renovado—. Lo haremos a tu manera.
—Perfecto —le dediqué una última mirada impasible—. Te veo en el coche.