Traición y Sangre I (Draghi 1) CAPITULO 55 #2
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CAPITULO 55 #2

—Por eso mantenías esa doble vida —murmuró ella, suavizando su tono.

—Exacto. Ya era un riesgo suicida ser tu amiga. Imagínate si decidía fingir una vida normal y tener un novio fuera del círculo. Habría sido una sentencia de muerte para él.

—Sería difícil.

—Sería imposible —corregí—. El hecho de que mi padre no sepa lo de Max no es solo porque sea un soldado. Es porque en el momento en que un sentimiento se vuelve público, se convierte en un arma que nuestros enemigos pueden usar.

—Max correría peligro —concluyó ella, y yo asentí—. Dios, qué intenso. Pero vuelve atrás... Si Matthew se hubiera enterado de aquel chico de una noche... ¿Qué habría hecho exactamente?

Tragué saliva. La imagen de Matthew, con su calma gélida y sus manos manchadas de sangre por mi seguridad, cruzó mi mente.

—¿De verdad quieres saberlo? —Penny me miró con confusión hasta que las piezas encajaron en su cabeza.

Sus ojos se abrieron de par en par al entender la magnitud de la sobreprotección de Matthew.

—Maddie... Ese tipo está loco por ti. De una forma muy, muy oscura.

Hice una mueca de negación, aunque un escalofrío me recorrió la columna.

—No digas tonterías. Matthew es el hombre de confianza de mi padre. Su trabajo es ensuciarse las manos, ejecutar los planes de Levi y mantenerme respirando. Es un profesional, Penny. Nada más.

—Sí, un profesional que mataría a cualquiera que te pusiera un dedo encima sin permiso —insistió ella—. Eso no es solo trabajo.

Algo se agitó en mi pecho.

Un nudo se formó en mi garganta, impidiéndome rebatir con la firmeza de siempre. Era difícil admitir en voz alta que nuestra conexión era puramente contractual.

Aunque a veces sus cuidados rozaran lo enfermizo, aunque sus ojos chocolate me miraran con una intensidad que me hacía querer huir y arrodillarme al mismo tiempo... me repetía que Matthew solo lo hacía porque trabajaba para Levi.

Negué con un gesto tajante, intentando sacudirme esa idea antes de que echara raíces en mi pecho. Era una posibilidad demasiado peligrosa para considerarla a estas horas de la madrugada.

Tener a uno de los Hardaway obsesionado conmigo era demasiado, no me imaginaba teniendo dos.

—Lo nuestro con Matthew escapa a cualquier etiqueta convencional —dije, mi voz perdiendo un poco de su firmeza—.

Me conoce desde que era una niña. Ha estado en cada uno de mis cumpleaños, en cada caída, en cada momento en que el mundo de mi padre se volvía demasiado ruidoso.

Me ha cuidado y protegido porque ese es su instinto, Penny. Su lealtad es... absoluta.

—Fue él quien te rescató de ese sótano, ¿cierto? —Preguntó ella. Su mirada azul se volvió inusualmente seria, despojada de su habitual ironía—. No fue solo un equipo táctico. Fue él quien te sacó de la oscuridad.

Asentí en silencio, recordando la calidez de sus brazos y el aroma a pólvora y colonia cítrica que me devolvió a la vida cuando creí que todo estaba perdido.

—Es su trabajo —insistí, aunque mis propias palabras me sonaron a mentira.

—No, el trabajo es mantenerte viva —Penny dejó el envase de helado a un lado y me tomó de las manos—.

Hay una línea muy delgada entre el deber y la devoción, y Matthew la cruzó hace mucho tiempo según me cuentas.

Quizás para el mundo eres una tarea laboral, pero para él...

Creo que eres el único centro de su gravedad.

—Penny…

—¿La manera en la que reaccionó cuando te encontró con Max en el ring? —Dejó escapar un suspiro. Tragué saliva y recordé la forma en que su mano se cerró en mi cuello al insinuar que con él sería mejor que con su hermano—. ¿Y cómo te consoló cuando asesinaste al tipo en Nueva York?

—Es…

—Ese no es su trabajo —me interrumpió.

Un escalofrío me recorrió la columna. No era miedo, sino algo mucho más complejo y asfixiante. La idea de que Matthew, el hombre que sostenía los hilos de la organización Salvatore, estuviera movido por algo tan volátil como el sentimiento, me hacía sentir más expuesta que cualquier arma enemiga.

¿Por qué le mencioné todas esas cosas a Penny?

—En fin, Matthew es lo más parecido a una niñera de élite que voy a tener — bromeé, tratando de disipar la tensión que flotaba en el aire—. Y Max es... bueno, ni siquiera sé qué es.

Ambas suspiramos.

—Entonces, ¿Max es de los buenos o de los malos? —Preguntó Penny, yendo directo a la yugular.

Suspiré, sintiendo el peso de la confesión que estaba por hacer. Le había contado mis sospechas, el hecho de que Max había estado operando en las sombras de la organización durante mi ausencia y que Matthew lo tenía en la mira.

Pero había algo más. Algo que me quemaba por dentro.

—¿Bueno? —Repetí.

—¿Me lo estás preguntando a mí? —Penny arqueó una ceja—. Es tu novio, Maddie. Se supone que tú tienes el veredicto.

Tragué saliva. Nada de secretos, Maddox .

—Me regaló un pasador de cabello —susurré. Ella me miró como si esperara el resto de la frase—. Tenía un chip de rastreo integrado.

Los ojos de Penny se abrieron de par en par, y por un segundo, el silencio en la habitación fue absoluto.

—¿Qué?

—Sí, es decir... fue por mi seguridad, supongo.

—¿¡Qué demonios, Maddox!? —La voz de mi amiga subió una octava, cargada de una indignación genuina. Su sonrisa se borró por completo—. ¡Ese tipo está loco! ¡Eso no es un maldito regalo!

Hice una mueca de defensa instintiva.

—No es como si Matthew, asesinando a cualquiera que respire a un centímetro de distancia de mí, sea mucho mejor —murmuré—. Además, mi móvil tiene un rastreador. Es la forma que tiene Levi de asegurarse de que sigo respirando. Es... estándar.

Penny negó con la cabeza, pasándose las manos por el pelo con desesperación.

—Tu padre es una cosa, Maddie. No digo que sea correcto, pero en tu mundo tiene una lógica retorcida. Pero, ¿él? ¿Tu propio novio? — Hizo una pausa, asqueada—. ¿Qué excusa estúpida te dio cuando lo confrontaste?

Mi corazón comienza a palpitar con fuerza al recordar sus palabras.

«Las veces que he sabido que nadie se acercaba demasiado. Que estabas a salvo. Que eras mía... y estabas donde debías estar».

Max me aseguró que eso era amor. Pero ahora no estaba tan segura.

—Dijo que quería saber siempre dónde estoy —confesé en un susurro que me supo a derrota.

Los ojos de Penny centellearon de furia, pero antes de que pudiera lanzar otra bomba, tomé sus manos con firmeza.

Nos sentamos frente a frente, nuestras rodillas rozándose sobre el colchón.

—Hey, escúchame. Está bien —traté de calmarla—. Esto es lo normal en mi vida. Entiendo que te parezca enfermizo, y lo es, pero si mantengo una relación con alguien que pertenece a mi mundo, estas son las reglas del juego. La posesión es nuestra moneda de cambio.

Penny me apretó las manos, pero no cedió.

—Lo entiendo, Maddie. Entiendo que es tu realidad. Pero me aterra que aceptes estas migajas de control porque crees que esto es amor.

Le dediqué una sonrisa cargada de una tristeza infinita.

—No sé lo que es el amor, Penny. No hay espacio para algo tan frágil en mi mundo.

Ella bajó la vista, suspirando, y cuando volvió a mirarme, sus ojos estaban llenos de una súplica que me desarmó.

—Prométeme una cosa —asentí—. Prométeme que sabrás ver las señales. Que sabrás cuidarte de ellos tanto como de tus enemigos.

—¿A qué te refieres?

—Me preocupa que... Que después de lo que te hicieron, creas que esto es lo que mereces —confesó en un susurro roto—.

Me preocupa que permitas que un hombre te arrebate la libertad solo porque te ofrece protección.

Eres la heredera de un imperio, Maddox. No deberías estar con alguien que te mire como si quisiera poseerte. Nadie debería tener ese poder sobre ti.

—Penny...

Pronuncié su nombre con todo el cariño que poseía, pero las palabras se me atascaron. Tenía razón. Cada sílaba era una verdad punzante, pero al mismo tiempo... ¿Qué otra cosa podía esperar? En el tablero de los Salvatore, las reinas siempre están custodiadas por torres que no las dejan moverse.

—No hablaré de Max, ni siquiera lo conozco —continuó ella—. Confío en que tú sabes si es un hombre en el que puedes confiar. Confío en que lo conoces lo suficiente como para saber si te hará daño —trago saliva, ¿lo conozco? —. Sólo prométeme que no dejarás que nadie te arrebate quién eres.

Asentí con los ojos empañados. Habíamos jurado no mentirnos, pero la verdad era demasiado dolorosa para decirla en voz alta: no conocía a Max en absoluto.

Estaba enamorada de un extraño que me seguía el rastro a través de un accesorio para el pelo, y estaba protegida por un hombre que mataría por mí sin dudarlo.