EPILOGO
DOS AÑOS DESPUÉS
Matthew
La ciudad nunca ha sido silenciosa, pero desde que Maddox se fue, el ruido ha perdido su sentido.
Los disparos a lo lejos, el rugido de los motores en la madrugada, las conspiraciones susurradas en despachos bañados en humo…
todo suena amortiguado. Como si el mundo hubiera perdido su frecuencia y yo fuera el único espectro atrapado en una sintonía muerta.
O tal vez es que ya no me queda alma para escuchar.
Han pasado dos años. Setecientos treinta días desde que la vi subir a ese avión rumbo a Francia. Dos años desde que observé cómo se rompía en mil pedazos sin derramar una sola maldita lágrima frente a nosotros.
Y dos años desde que mi propio hermano decidió que su sangre no valía nada, traicionando lo único sagrado que quedaba en la familia: ella.
Hundo los dedos alrededor del vaso de cristal, sintiendo cómo el frío del whisky me cala los huesos.
Max no solo la vendió a ella; me traicionó a mí.
Rompió el vínculo más antiguo del mundo por las mentiras de un enemigo que nos quería de rodillas.
Se cree un estratega, pero es un idiota.
No tiene idea de los cadáveres que he tenido que enterrar y los secretos que he cargado sobre mi espalda solo para mantenerlo a salvo de la verdad sobre nuestros padres.
Le di una vida limpia mientras yo me manchaba las manos de mierda y él me pagó incendiando mi mundo.
Bebo el líquido ámbar. Quema. Me gusta que queme. Es lo único que me recuerda que todavía no soy de piedra.
Hace dos años, cuando ella se fue, quise ver a Chicago arder bajo mis pies. Quise reducir cada rascacielos a cenizas hasta que el humo llegara a Francia y le recordara que aquí seguía su sombra.
Dos años.
Saboreo las palabras y me saben a hiel. Dos años sin su risa afilada, sin el destello de adrenalina en sus ojos cuando desafiaba a la muerte, sin el sonido de su voz. No sé nada de ella. Se ha convertido en un fantasma que me atormenta en cada rincón de esta mansión.
He dejado mensajes. He hecho llamadas que mueren en el vacío.
Mi sonrisa, amarga y peligrosa, roza el borde del vaso. Me he convertido en un jodido acosador, un obseso que cuenta los segundos de una ausencia que él mismo permitió. Quizás siempre fui este monstruo, solo que antes sabía ocultarlo bajo el traje de consigliere .
¿Cómo admites que estás enfermo por la hija de tu jefe? ¿Cómo confiesas que cada vez que la mirabas, querías marcarla como tuya y esconderla del mundo, incluso de tu propia sangre?
Lo supe siempre. Supe lo que había entre ella y Max.
Vi cómo él la miraba, con ese amor torcido, destructivo y asfixiante que nos corre por las venas a los hombres de esta estirpe.
Vi cómo se tensaba cuando otro hombre respiraba cerca de ella.
Supe que Maddox era su bala alojada en el pecho... Y aun así, no hice nada.
Fui un imbécil disciplinado. El soldado perfecto. El hombre diez años mayor que debía ser su guía, no su perdición.
La amé desde que era una adolescente con fuego en la mirada, caminando por estos pasillos intentando fingir que no tenía miedo.
La amé cuando me pidió que la entrenara y terminó superándome, derribándome en la lona mientras yo solo podía pensar en lo mucho que quería que se quedara ahí, bajo mi cuerpo, para siempre.
Ser consigliere significa pensar con el hielo en las venas. Proteger al Don. Cuidar sus activos. Y Maddox siempre fue la joya más delicada y letal de Levi. Así que me mantuve en las sombras. La amé en silencio, como un mártir con las manos manchadas de sangre.
Hasta que Max lo arruinó todo. Hasta que la obligó a huir.
—¿Crees que regresará? —Mi voz sale plana, una máscara perfecta de indiferencia profesional que oculta el caos que ruge en mi pecho—. Es decir, Maddox…
Trato de no pensar en el hecho de que mi garganta se siente como si hubiera tragado cristales rotos. No puedo permitir que Levi note cuánto me ha jodido la huida de su hija.
—Sé de quién hablas, Matthew —responde él, sin siquiera levantar la vista. Su voz es un látigo seco que corta el aire.
Asiento una sola vez. Disciplinado. Frío.
Debería estar analizando los informes de inteligencia que tengo frente a mí, pero es una causa perdida.
Llevamos una hora encerrados en este despacho y lo único que mis sentidos registran es que, a pesar de los dos años de ausencia, el aire todavía parece conservar una nota fantasmal de su perfume: cerezas y vainilla.
No hay rastro físico de ella, pero Maddox ha infectado cada centímetro de este lugar.
Levi me llamó temprano. Las cámaras de Will captaron movimiento en el depósito de Clearing.
En cuanto esas palabras salieron de su boca, algo se retorció en mis entrañas.
Una mezcla de esperanza y sed de sangre.
Por fin, después de setecientos treinta días de purgatorio, quizás estábamos cerca de obtener justicia. De quemar el mundo por ella.
Solo por ella.
—Y sí, regresará. —Alzo la vista de golpe. Levi sigue con los ojos clavados en los documentos, pero su mandíbula está tensa.
—¿Cómo estás tan seguro? —El tono me sale más afilado de lo que pretendía.
—Porque me lo dijo —suelta, como si no fuera la información más vital de mi jodida existencia.
Aprieto los dientes hasta que me duelen los molares. El silencio de Maddox me está matando lentamente, una herida de entrada sin salida.
—No he hablado con ella —confieso.
La verdad me quema la lengua, pero necesito saber. ¿Por qué a él sí y a mí me ha condenado al vacío?
Levi levanta la vista y sus ojos me escanean con la precisión de un francotirador.
Hay un destello de algo, piedad o advertencia, no lo sé, antes de que arquee una ceja.
—Se ha vuelto... Poco comunicativa —admite, y por primera vez en años, el Don parece humano—.
No da explicaciones. De cada diez mensajes, responde uno.
Con suerte. —Se encoge de hombros, recostándose en su silla—.
Sé que la mujer que regresará no es la niña que crié.
No estoy seguro de si el mundo está listo para lo que Francia ha hecho con ella.
Yo tampoco lo estoy.
Pero no es miedo lo que siento, es una anticipación violenta.
Sé que debo aceptar a la Maddox que vuelve, a la mujer en la que se ha convertido en la oscuridad del exilio, pero no sé si podré soportar su indiferencia cara a cara.
Tenerla a un océano de distancia es una tortura, pero al menos el silencio es mi única compañía.
Si la tengo frente a mí y sigue tratándome como a un extraño... Voy a perder la cabeza.
—En una semana estará aquí —duda un momento antes de verme fijo—. Prepárate porque querrá respuestas, Matthew. Sabrá que South quería vengarse de ti, no de mí.
Trago saliva, no se qué procesar primero: si el hecho de que regrese en días o que todo pueda volver a explotar.
—Me encargaré —aseguro en un hilo de voz tensa.
—No, yo me encargaré. Como siempre —suspira, niega y se lleva el vaso de cristal a sus labios—. Tú asegúrate que nunca lo sepa. Jamás podrá perdonarte, Matthew. Lo sabes.
El corazón me da un vuelco tan violento que temo que Levi pueda escucharlo golpear contra mis costillas. Mantengo mi expresión neutra, impasible, aunque por dentro cada fibra de mi ser esté gritando su nombre y el hecho de que todo puede irse al carajo, otra vez.
—Pero ahora —continúa Levi, recuperando su tono de mando—, necesito que vayas al depósito. Verifica quién está metiendo las narices en mi ciudad.
Trago saliva, canalizando toda esa energía destructiva hacia un solo objetivo.
Maddox vuelve. Mi obsesión tiene una fecha de llegada.
Sé que todo saldrá volando por los aires en cuanto descubra toda la verdad pero nada de eso importa.
Si alguien cree que va a interponerse en su camino, o en el mío, se equivoca de forma suicida.
—¿Y si encuentro a alguien? —Pregunto.
Mi voz ha bajado una octava, cargada con una promesa de muerte que haría temblar a cualquier hombre.
Los ojos de Levi brillan con una satisfacción gélida.
—Mételes una maldita bala en el cráneo y deja que el puerto se trague los restos.
Salgo del despacho y atravieso el pasillo oscuro de la mansión. Todo sigue igual: seguridad reforzada, cuadros caros, olor a tabaco y poder. Pero falta algo. Ella.
Maddox siempre fue el equilibrio caótico de este lugar.
La única con el fuego suficiente para desafiar a Levi sin terminar con una bala entre los ojos.
La única que… bueno. La única que lograba que yo olvidara mi jodida máscara de frialdad por un segundo.
La única que hacía que mi brújula moral se desintegrara con una sola mirada.
Me detengo frente a la ventana que da al lago. Chicago brilla como una bestia insomne. Y pronto volverá a ser su campo de batalla.
No sé si quiero protegerla cuando regrese o si prefiero sentarme en primera fila a ver cómo lo reduce todo a cenizas. Tal vez ambas. Tal vez mi destino sea ser el escudo que recibe los golpes y el viento que aviva sus llamas.
Pero lo único que tengo claro, lo único que me mantiene cuerdo en este purgatorio de dos años, es esto: si alguien vuelve a lastimarla, si alguien se atreve a ponerle un maldito dedo encima, no habrá rincón en el infierno donde puedan esconderse de mí.
Esta vez no habrá disciplina que me detenga.
No habrá lealtad al Don que valga más que su seguridad.
Ser consigliere tiene límites.
Ser un hombre enamorado también.
Y Maddox siempre fue mi debilidad favorita.