Traición y Sangre I (Draghi 1) CAPITULO 54 #2
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CAPITULO 54 #2

Le confesé que en realidad, soy un arma, soy hija de Levi pero soy su arma más letal y fiel.

Le hablé de Matthew y de Max.

Le confesé que Jace no era mi primo, sino un soldado al servicio de mi padre. Me disculpé por cada mentira, por cada primo y cada viaje de familia inventado.

Entonces, llegué a la parte más oscura. Nueva York. El tipo que creyó que podía usarme y cómo terminó siendo mi primera víctima.

—Me sentí extraña al principio —admití, sin rastro de arrepentimiento en mi voz—, pero jamás culpable. En nuestro mundo, o eres el depredador o eres la presa. Y yo no nací para ser cazada.

Le hablé del intruso en mi casa y, finalmente, de Luc. Le dije que no volviera a confiar en él, porque fue él quien me arrastró al infierno hace tres semanas.

Me detuve un segundo. Penny tenía los ojos desorbitados, empañados por lágrimas que no se atrevía a soltar.

Me levanté del sofá, sintiéndome repentinamente expuesta bajo la luz del atardecer que empezaba a teñir el cuarto de naranja.

Con las manos temblorosas, me deshice del abrigo de Matthew y de tomé el borde de la camiseta negra para levantarla.

Muerta de vergüenza, pero con una determinación desesperada, le enseñé las marcas.

No era suficiente con ver mi rostro, lo sabía, la cicatriz que atraviesa mis facciones es demasiado pero no suficiente y debo ser sincera.

Me di la vuelta y levanté mi camiseta lo suficiente para que viera la cartografía de dolor que habían grabado en mi piel.

No dejé de hablar mientras me vestía de nuevo. Cuando el silencio finalmente cayó sobre nosotras, la luz de la ventana era diferente. Llevaba horas hablando. El sol se escondía tras los edificios de Chicago, dejando a Penny sumida en las sombras.

Me quedé mirando el cristal, esperando sus palabras de rechazo. Esperando que me pidiera que me fuera, que me llamara monstruo. Pero, de repente, sentí unos brazos envolviéndome por detrás. Un calor humano, sincero y desgarrador que no había experimentado jamás.

Penny me abrazó y rompió a llorar. Susurró palabras incomprensibles contra mi hombro. Me giré y la rodeé con mis brazos, dejando que mi propio llanto se mezclara con el suyo.

Compartimos el dolor de la verdad y, por primera vez en semanas, el peso de ser una Salvatore no se sintió tan insoportable.

Cuando Penny se aleja un poco para mirarme, sus ojos azules están tan cristalizados por las lágrimas que parecen piedras preciosas.

No puedo evitarlo; sonrío con una amargura que ella no alcanza a comprender.

A Lucchese le encantarían sus ojos. Los vería como un par de diamantes raros o zafiros de contrabando.

Pero para mí, solo son los ojos de mi mejor amiga, y son lo más brillante que he visto en semanas.

Me toma las manos con firmeza y me guía de nuevo al sofá.

Nos sentamos frente a frente, una de sus manos viaja a mi mejilla, recorriendo con la yema de sus dedos la cicatriz que dejaron en mi rostro.

No me aparto. Dejaría que Penny me quemara si quisiera, porque confío en ella más de lo que confío en mi propio apellido.

Sus ojos se inundan de nuevo. Me apresuro a atrapar una lágrima rebelde con mi pulgar, rogándole en silencio que no llore, asegurándole que estoy bien. Ella ladea la cabeza, observándome con una ternura tan pura que me duele.

Y en lo único que puedo pensar es: ¿Me merezco esto? ¿Merezco que alguien me mire con amor después de haber quitado una vida?

—Imaginé un millón de escenarios posibles —murmura Penny sin dejar de escrutar mi rostro. Sus dedos rozan de forma casi imperceptible la marca de mi piel—. Consideré un centenar de explicaciones para justificar por qué mi mejor amiga era la persona más rara y extraña del mundo.

Dejo escapar una risa rota entre lágrimas. Ella me devuelve una sonrisa triste.

—Pero nada, Maddox... Absolutamente nada me preparó para esto.

Asentí, sintiendo cómo la desilusión me llenaba la boca con un sabor metálico.

—Lo sé. Entiendo si no quieres volver a verme —digo con un nudo en la garganta—. Es demasiado.

—Tienes razón —dice ella, incorporándose. Su postura se vuelve rígida, sus labios se aprietan en una línea de acero—. Es demasiado, Maddox.

Me levanto del sofá, dispuesta a salir de su casa y de su vida antes de que el rechazo termine de matarme. Pero en cuanto intento dar el primer paso, su mano se cierra sobre la mía con una fuerza que me detiene en seco.

—¿A dónde crees que vas? —Su voz suena molesta, casi furiosa.

Parpadeo, confundida. Miro nuestras manos unidas y luego su rostro, buscando una señal de lo que está pensando.

—Penny, tú acabas de decir que esto es demasiado...

—¡Es demasiado para ti, maldita sea! —Me corta, tirando de mi brazo para que vuelva a sentarme—.

Tu vida es un campo de minas. Llevas una doble vida, cargando con muertes, secuestros y vete tú a saber qué más, ¿y pretendes no hablar con nadie?

—Noto furia en su tono—. No puedo ni imaginar el infierno que debe ser tu cabeza ahora mismo.

Me quedo muda. Las palabras se me atascan en la garganta. No esperaba esto. Esperaba miedo, asco, juicio. No esperaba que su primera preocupación fuera mi cordura.

—Sigue hablando —pide ella en voz baja.

—No hay más historia, Penny. Esa es toda la verdad —me encojo de hombros—. Te he dicho hasta el último de mis secretos.

—Lo sé. Me has contado lo que te pasó desde antes de nacer —suspira, y sus ojos se suavizan—. Pero ahora quiero saber cómo estás tú. Quiero escucharte a ti, Maddox. No a la princesa Salvatore, o como demonios te llamen.

El nudo en mi garganta se vuelve insoportable.

Penny abre los brazos y yo me derrumbo. Hundo la cara en su pecho y dejo que me envuelva en su aroma a limón y jazmín.

Me acurruco contra ella como tantas veces ella lo hizo conmigo después de una mala cita o un corazón roto.

Recibo su consuelo, su lástima, su devoción.

Lo recibo todo porque me estoy ahogando y ella es el único oxígeno que me queda.

—Estarás bien —susurra contra mi cabello, mientras sus manos trazan círculos lentos en mi espalda—. Bueno, primero estarás mal. Estarás pésima, querrás desaparecer y sentirás que tu corazón es un montón de escombros.

Se separa un poco para mirarme a los ojos con una firmeza que me recuerda por qué es mi mejor amiga. Acuna mi rostro y presiona los labios en una fina línea.

—Pero tienes que sentirlo, Maddie —trago saliva—.

Debes permitirte sentir todo este veneno para poder sacarlo.

Tienes que aceptar que esto es lo que eres ahora para poder superarlo.

Te llevará tiempo, tal vez mucho, pero estarás bien.

Te lo aseguro. Y yo voy a estar aquí para recoger los pedazos cada vez que te rompas.

Cierro los ojos y, por primera vez en mi vida, me abandono por completo. Me entrego al consuelo, al dolor y al vacío, sabiendo que, aunque afuera me espere la guerra y un hombre me quiere pero guarda secretos, aquí dentro, en este pequeño sofá y para mi mejor amiga, todavía soy solo Maddox.