CAPITULO 54
maddox
M atthew continúa en su coche, aguardando y a la espera de lo que puede suceder a continuación.
Me prometió que no arrancaría hasta que yo estuviera a salvo tras el umbral, pero empiezo a dudar de que eso ocurra hoy.
He golpeado la madera tres veces. Tres súplicas mudas que se pierden en el pasillo silencioso.
Sé que Penny está ahí. No necesito ver a través de las paredes para sentir su respiración contenida del otro lado. Sé que me está observando por la mirilla, reconociendo a la extraña que viste la piel de su mejor amiga, pero que ya no desprende la misma luz.
¿Por qué iba a abrir?
La noche de mi secuestro, le prometí que iría a verla. En lugar de eso, desaparecí. Max le mintió, le dijo que estaba con él, y cuando finalmente recuperé mi móvil, encontré un cementerio de llamadas perdidas y mensajes desesperados.
No respondí a ninguno.
No era solo el terror; era la humillación.
¿Qué se supone que debe hacer uno cuando su realidad se fragmenta?
Penny conocía a la Maddox universitaria, la chica de libros y risas fáciles.
No conocía a la criatura rota que regresó de aquel sótano, hecha de jirones de carne y recuerdos traumáticos.
Vería la cáscara vacía en la que me convirtieron y me odiaría por haberle vendido una mentira durante años.
Se supone que después de la tortura, debería perder el orgullo. Pero el mío seguía ahí, retorcido y sangrante, recordándome que el rechazo de Penny dolería más que cualquier descarga eléctrica.
—Penny, por favor —susurro, apoyando la frente contra la madera fría de la puerta. Siento el frío del material calar en mi piel—. Por favor... Ábreme.
Una parte oscura de mí, esa que se alimenta de la autodestrucción, desea que me ignore.
Si me rechaza, puedo terminar de hundirme en el abismo sin arrastrar a nadie conmigo.
Puedo decir que lo intenté y entonces sacarla de mi vida como debí haber hecho hace años.
Pero hay otra parte, una chispa minúscula de esperanza que gotea como morfina en mi sistema, que reza por un milagro.
—Vete, Maddox.
Me incorporo de golpe al oír su voz. Suena gélida y distante.
—Penny, te lo suplico —mi voz sube de tono, cargada de una urgencia que me quema los pulmones—. Si me dejas entrar... prometo ser sincera. Te lo contaré todo.
—No puedo hacerlo —dice ella y sé que está pegada a la puerta, a centímetros de mí, separadas solo por una barrera de roble y años de engaños—. No puedo seguir sosteniendo esta amistad. Ya no sé quién eres.
—Lo entiendo —admito, y la verdad me sabe a sangre en la boca—. Pero déjame explicarte. Por favor.
El silencio que sigue es una eternidad. El viento de otoño me azota las piernas desnudas, pero el frío real viene de dentro.
Si cierro los ojos, vuelvo a la celda. Al olor a humedad, al ruido de las botas sobre el cemento, a la oscuridad asfixiante.
Me obligo a abrirlos, a recordarme que estoy libre, aunque mi mente siga encadenada.
Penny no responde. No oigo sus pasos alejarse, pero tampoco oigo la cerradura. Acepto mi derrota y las lágrimas empiezan a caer. Una, dos, una docena. Agua salada corriendo por mis mejillas como un río que busca el mar.
Lloro en silencio. No tengo derecho a quejarme en voz alta.
«Una Salvatore no busca lástima» , eso siempre dijo Levi. La lastima es para las víctimas, yo no soy una.
Estoy a punto de darme la vuelta, de regresar al coche de Matthew y aceptar que la mafia finalmente me ha quitado lo último que me quedaba de humanidad, cuando lo escucho.
El seguro se libera. La puerta se abre con una lentitud agónica, como si Penny tuviera miedo de lo que va a encontrar al otro lado. Cuando finalmente cede, me quedo sin aliento de la ansiedad.
Los ojos azules de Penny se abren de par en par. Su mano vuela a su boca para ahogar un grito o un sollozo, no lo sé. Sus ojos se inundan de inmediato al ver mi estado.
Trago saliva, intentando ignorar la forma en que recorre mis marcas.
Supongo que nunca me acostumbraré al impacto que tienen las cicatrices en los demás.
Es la gran ironía de la supervivencia: no importa que tú intentes olvidar el horror; el resto del mundo se encarga de recordártelo con cada mirada de lástima.
Como si las huellas de lo que me hicieron fueran mi responsabilidad.
Como si yo debiera pedir perdón por haber sido el lienzo de la crueldad de alguien más.
—Maddie…
Su voz es un hilo a punto de romperse, cargado de una tristeza tan densa que casi puedo tocarla.
—¿Qué te pasó? —pregunta, y el miedo en su tono me quema. Hago una mueca, apretando el abrigo contra mi pecho— ¿Qué...?
—¿Puedo entrar? —susurro.
Penny asiente de inmediato, haciéndose a un lado.
El aire de su casa me golpea el rostro y mi corazón martillea contra mis costillas.
Me está dando una oportunidad. La puerta se cierra detrás de mí, dejando fuera a Matthew y la sombra de los Salvatore.
Aquí, tengo la posibilidad de ser sincera.
Pero la verdad tiene un precio, y no estoy segura de sí Penny podrá pagarlo.
Avanzamos con lentitud hacia su habitación.
El hogar de Penny está en el límite del barrio donde yo vivo, pero parece estar en otro universo.
Es una casa cálida, humilde, despojada de la frialdad del mármol.
Aquí no hay pasadizos secretos, ni cámaras que vigilan cada uno de tus suspiros, ni sistemas de seguridad de grado militar.
No hay armas escondidas tras los cuadros, y el aire no está impregnado de ese olor a tabaco y whisky que parece ser el perfume oficial de mi padre.
Me he acostumbrado a esos olores. Soy una mujer de sombras y whisky, habituada a ese cliché de la mafia que marca la diferencia entre un hogar común y una casa diseñada para la guerra.
Pero aquí, el aroma es distinto. El olor a limón y jazmín me hace estremecer; es un golpe de paz tan violento que casi me marea.
Todo en este lugar huele a alivio, a cariño, a una normalidad que se me ha escapado de las manos.
Penny y su madre son devotas de lo cítrico y lo floral, una combinación que, según ellas, calma la mente.
Recuerdo las tardes de exámenes, cuando la madre de Penny nos traía té con miel y encendía velas de jazmín hasta que el estrés desaparecía.
Maggie siempre sería mi segunda persona favorita del mundo, luego de su hija; era amorosa, tierna, de sonrisa fácil pero también muy responsable cuando debía castigarnos por travesuras de niñas.
Penny la adoraba con una pureza que yo envidiaba en secreto.
Por eso me hizo prometer que jamás le contaría a su madre nuestros intentos de contactar a su padre biológico; para ella, eso habría sido una traición. Lo prometí, y guardé ese secreto con la misma eficacia con la que guardo los cadáveres de mi familia.
Saber que he pasado toda mi vida mintiéndoles a ambas me desgarra. Y ahora, estoy a punto de destrozar el mundo de cristal de mi mejor amiga con la fusta de mi realidad.
—Dime qué ha ocurrido, Maddox. Quiero la verdad. Toda la verdad.
Penny se detiene frente al sofá que tiene bajo la ventana. Es nuestro lugar sagrado; donde nos acurrucamos cada Navidad para ver la nieve caer y los fuegos artificiales estallar sobre el horizonte de Chicago mientras bebemos chocolate caliente.
Pero hoy no hay chocolate ni fuegos artificiales. Solo hay una confesión que está a punto de teñir este refugio de color sangre.
—La verdad —repetí, mi voz es un susurro que se pierde en el espacio entre nosotras. Mantengo la vista fija en mis manos entrelazadas con tanta fuerza sobre mi falda que los nudillos me duelen—. La verdad es un incendio, Penny. ¿Por dónde quieres que empiece?
—Por el principio —sentenció ella.
Su voz era seca, estaba claro que no estaba para juegos. Yo tampoco.
Asentí, tomando aire.
—Cuando mis abuelos llegaron de Italia, huyendo de las cenizas de la Segunda Guerra Mundial...
—Espera, ¿qué? —Me interrumpió, frunciendo el ceño—. ¿De qué hablas? ¿Estás jugando conmigo, Maddox?
Negué con la cabeza.
Ojalá fuera un juego.
Ojalá fuera una de nuestras bromas.
—Es una historia larga, Penny. Necesito que la escuches hasta el final.
—Maddox...
—Para que entiendas quién soy, debo explicarte de dónde vengo —ella entornó los ojos, y vi cómo una mezcla de curiosidad y terror empezaba a filtrarse en su mirada.
Mis palmas empezaron a sudar—. Pero antes, debes prometer que no dirás nada.
Que no me juzgarás hasta que la última palabra salga de mi boca. ¿Lo prometes?
Penny se quedó rígida. Sabía que, en su interior, ella también sentía que estábamos cruzando un punto de no retorno. Nuestra amistad, tal como la conocíamos, estaba muriendo en ese sofá.
—Lo prometo —dijo al fin.
Solté el aire que quemaba mis pulmones. Cerré los ojos y conté hasta cinco. Inhalar, exhalar. Me abandoné a la marea de la verdad y dejé que las palabras fluyeran.
Dibujé una línea de tiempo que empezó en los muelles de Nueva York, lugar donde llegaron mis abuelos por primera vez antes de asentarse en lo que hoy es nuestra ciudad.
Le conté cómo el negocio de automóviles de mi abuelo era solo la piel de una bestia mucho más grande: una organización criminal que operaba en las sombras de Chicago.
Le hablé de la herencia de mi padre, del peso de la corona que Levi Salvatore lleva sobre su cabeza y de cómo fui criada para ser su sucesora.
—Mi nombre completo es Maddox Francesca Müller Salvatore —solté, y el apellido pesó como el plomo en la habitación—. Uso un nombre para el día y otro para la oscuridad. En mi mundo, en la organización que llamamos Draghi , soy Red Dragon . Mi padre es Sky Dragon .
Le conté lo que significaba ser la heredera de un imperio del crimen. Porqué hablo cuatro idiomas, porqué nunca voy a ningún lado sin defensa y porqué, en mi undécimo cumpleaños, mi padre no me regaló una muñeca, sino mi primera pistola.
—Duermo con ella bajo la almohada, Penny. Cada noche.