Traición y Sangre I (Draghi 1) CAPITULO 53
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CAPITULO 53

maddox

«Te amo, princesa».

Dos palabras que deberían ser un refugio, pero que en mi mente retumban como una sentencia. Son un abismo oscuro, un laberinto del que no estoy segura de querer salir.

Observo mi reflejo en el espejo del ascensor. Las luces fluorescentes son despiadadas; resaltan las sombras bajo mis ojos y la palidez de una piel que todavía se siente sucia, la cicatriz en mi rostro ha mejorado pero para mí se ve como el primer día, quizás siempre sea así.

Se supone que esto era lo que quería, ¿no?

Durante meses, me engañé a mí misma diciendo que lo nuestro era solo un juego de poder, un baile peligroso entre la heredera de un imperio y el soldado que juró protegerlo.

Me sentía atraída por su oscuridad, por esa obsesión que emanaba de sus poros, pero siempre fue algo... Invisible. Un monstruo agazapado en las sombras que yo creía tener domesticado.

Hasta ahora.

Te amo.

Ya no es un juego. Se acabó la diversión de la princesa jugando a ser rebelde.

Me puso un rastreador. Me marcó como si fuera una de sus armas, una propiedad que debía ser vigilada.

Su orgullo, su egoísmo posesivo, fue lo que permitió que me llevaran; se confió tanto en su control que olvidó que el mundo exterior es mucho más voraz que él.

Me quiere, y eso es un maldito problema.

Porque en la mafia, el amor de un hombre como Max no es suave.

Es una jaula de oro, una soga de seda que te aprieta el cuello hasta que no puedes respirar por ti misma.

Si un hombre educado para la violencia te entrega su corazón, te entrega también sus demonios.

Y lo peor, lo que realmente me aterra mientras veo cómo se abren las puertas del ascensor, es que yo también he empezado a quererlo.

O tal vez, lo que queda de mí después de la tortura es lo único que sabe hacer: aferrarse al hombre que promete que nadie volverá a tocarme.

Aunque ese hombre sea el que parece querer robar mi libertad.

¿Habré cambiado las cadenas de la tortura por otras que parecen ser de amor?

Al salir a la calle, el aire gélido de Chicago me golpea como una bofetada. Voy descalza, con mis zapatillas en una mano y mi ropa amontonada en la otra; solo llevo puesto la camiseta de pijama, un pequeño pantalón de algodón y el rastro del aroma de Max pegado a mi cuello.

El frío muerde mi piel desnuda, recordándome lo vulnerable que me encuentro. Estoy a punto de dar media vuelta, de regresar a ese apartamento y suplicarle que me sostenga hasta que el dolor desaparezca, cuando lo veo.

Un BMW negro estacionado al otro lado de la calle.

El coche de Matthew. Él está ahí, con la ventanilla entreabierta, la cabeza apoyada en el respaldo y los ojos cerrados. Su perfil es una línea dura de responsabilidad y cansancio.

Me quedo paralizada, atrapada entre el impulso de huir y la necesidad de ser rescatada por alguien que no me mire con la intensidad enfermiza de su hermano.

¿En qué momento nuestra relación se volvió algo tan complejo?

¿O el problema soy yo, que ahora parezco ser otra persona?

¿Estaba bien que me sintiera aterrada y confundida por las palabras de Máximo? ¿O debía aceptar que el único amor que alguien como yo merece era este enfermizo y obsesivo que encubre el control?

De repente, Matthew abre los ojos. Es como si pudiera oler mi perfume o quizás mi pánico. Al verme, sus labios se aprietan en una línea fina y letal. Sale del coche con movimientos fluidos y decididos, dando zancadas que acortan la distancia en segundos.

Me analiza de arriba abajo. Sé que doy pena: el cabello enredado, los ojos hinchados y temblando bajo una brisa que ya sabe a invierno.

Sus manos, grandes y callosas, se posan en mis hombros antes de acunar mi rostro.

Es en ese momento, bajo la calidez de su tacto fraternal, cuando me doy cuenta de que estoy llorando.

Él atrapa mis lágrimas con sus pulgares, pero su mirada no es suave; está cargada de una furia gélida.

—¿Qué te hizo? —Su voz es un gruñido bajo, peligroso.

Niego con la cabeza frenéticamente. No puedo decírselo. No entendería que las palabras de Max me asustan más que cualquier arma. Matthew no comprende esa faceta de su hermano, la parte que quiere devorarme por completo.

—Nada —susurro con mi voz quebrada—. ¿Qué haces aquí?

—Tu padre cree que estás con Penny —dice, sin soltarme—. Pero supe que no era cierto. Vine en cuanto me di cuenta de que no te habías movido de aquí en toda la noche.

—¿Te quedaste en el coche? ¿Toda la noche?

Él asiente, dejando caer las manos, pero manteniendo su cuerpo cerca, como un escudo. Matthew siempre ha sido mi sombra. Y ahora es exactamente lo que parece y es por lo mucho que lo conozco que sé lo que puede ocurrir si le soy sincera sobre su hermano.

«Te amo».

—¿Qué ocurrió ahí dentro, Maddox?

Mi corazón late y vuelvo a negar.

—Nada... solo necesito salir de aquí, Matt —siento un nudo formándose en mi garganta y bajo la vista porque no soporto su mirada sobre mi—. Por favor. Llévame a cualquier parte.

Él no hace más preguntas. Me toma de la mano, envolviendo mis dedos fríos con la firmeza de quien sabe que tiene una carga que proteger.

Minutos después, estoy en el asiento del copiloto. La calefacción a tope empieza a descongelar mis huesos, pero el escalofrío interno no se va. Matthew me ha puesto su abrigo encima y me acurruco en la tela gruesa.

Observo los edificios de Chicago pasar a través del cristal empañado, sintiendo cómo nos alejamos de la gravedad que Max ejerce sobre mí.

Pienso en él. En la forma en que me besó después de confesar que me rastreaba, en cómo reclamó que yo era suya.

Lucchese tenía razón; Max me mira con la intención de poseerme hasta la última fibra.

Incluso Matthew parece saberlo. Todos en este mundo ven las cadenas invisibles que Max ha puesto sobre mí, excepto yo, que me dejé encadenar con una sonrisa.

Cierro los ojos, intentando sepultar las imágenes de su rostro en un rincón oscuro de mi mente.

Me digo que estoy exagerando. Max no me haría daño.

Poner un rastreador es lo que hacen los hombres de mi familia, después de todo mi padre lo hizo.

Max lo hizo por su cuenta, para salvarme.

Al final, gracias a esa invasión de mi privacidad, sigo viva.

Él me quiere. Debo confiar en eso. Es la única certeza que tengo mientras mi mundo se desmorona.

El coche se detiene. Abro los ojos con pesadez, sintiendo el peso del agotamiento en cada músculo. Miro a través de la ventana y me tenso de inmediato. No estamos en mi casa. No estamos en la mansión Salvatore.

Me giro hacia Matthew. Él sigue relajado, con las manos en el volante y la cabeza inclinada hacia atrás.

—Matthew... ¿Qué hacemos aquí? —Mi voz salió pequeña, casi un hilo en la penumbra del coche.

—Necesitas hablar con alguien que no te mire como si fueras una pieza de cristal o como un maldito caso de estudio—murmuró él, con un deje de cansancio absoluto. No abrió los ojos, pero sus manos seguían apretando el volante.

Regresé la vista hacia la entrada de la casa de Penny. Mi mejor amiga. El único rincón de luz en mi vida que no estaba manchado de pólvora. El pánico me oprimió el pecho.

—No puedo hacerlo, Matt. Llévame a casa, por favor —supliqué, girándome hacia él—. Si necesito hablar, lo haré con mi terapeuta. He estado asistiendo a las sesiones, estoy...

—Lo único que haces es esperar a que te recete esas pastillas —me cortó.

Abrió los ojos y me miró; sus nudillos estaban blancos de tanto apretar el cuero del volante—.

Entiendo que las necesites para poder dormir pero no puedes vivir anestesiada, Maddox —trago saliva al ser consciente de su molestia—.

Las pesadillas siguen ahí. Los ataques de pánico te están devorando viva porque te niegas a hablar de verdad. Penny es tu mejor amiga.

—¡Exacto! ¡Es mi mejor amiga! —Remarqué, sintiendo cómo la histeria burbujeaba en mi garganta—. ¿Qué se supone que le diga? «Hola, Penny, perdona por ignorarte, es que me secuestraron y me torturaron porque mi padre es el Don de Chicago» .

—Cariño...

—¡Estoy harta de mentirle, Matthew!

—Entonces deja de hacerlo, tesoro .

La palabra en italiano golpeó mi sistema nervioso, cálida y dolorosa a la vez. Cerré los ojos, negando con la cabeza. Matthew era el único que me llamaba así, con esa mezcla de respeto y ternura fraternal que me hacía sentir que aún había algo que salvar en mí.

—Me encantaría que hablaras conmigo —continuó él, bajando el tono—, pero sé que no lo harás. Respeto tus muros, pero no puedo quedarme sentado viendo cómo te hundes en el pánico, las pesadillas y esas pastillas.

Bajé la vista a mi regazo. Mis dedos se entrelazaban con tal fuerza que me dolían las articulaciones. Intenté tomar una bocanada de aire, pero mis pulmones se sentían como si estuvieran llenos de plomo.

Estaba al borde del colapso, justo ahí, en el asiento de cuero de su BMW.

—Estoy bien —mentí, con la voz temblorosa—. Olvidaré esto. Estaré bien, lo prometo.

Sentí el roce de su mano en mi mentón. Matthew me obligó a clavar los ojos en los suyos con una suavidad que me desarmó más que cualquier amenaza.

Sus dedos recorrieron el contorno de mi labio inferior con una lentitud casi hipnótica.

En sus ojos color chocolate vi una tormenta de emociones: impotencia, furia hacia quienes me habían lastimado, y una tristeza tan profunda que me robó el aliento.

—No tienes que olvidarlo, cariño —dijo, y su voz me envolvió como una manta pesada en medio del ártico—. Tienes que superarlo. Y la única forma de hacerlo, tesoro , es sacándolo de tu sistema.

Una lágrima solitaria rodó por mi mejilla. Matthew la atrapó con el pulgar, dedicándome una sonrisa melancólica.

—Estoy bien —miento en un murmullo ahogado por mis lágrimas. Otra vez me sonríe con tristeza.

—No, no lo estás —dice con suavidad—. Pero lo estarás, porque eres la mujer más valiente y fuerte que conozco.

Trago saliva. El nudo en mi garganta se hace cada vez más difícil de soportar.

—Es peligroso, Matt —susurro—. Si soy honesta con ella, la pongo en el punto de mira. Si sabe quién soy realmente...

—¿Crees que no lo está ya? —Su mano seguía en mi rostro, dándome el calor que mi propio cuerpo no podía generar—.

Por el simple hecho de ser tu amiga, ya está ligada a Draghi .

Ella ya está en peligro; lo único que estás haciendo al callar es quitarle la oportunidad de defenderse o de decidir si quiere correr ese riesgo.

Tragué saliva, dándome cuenta de la crudeza de sus palabras. Tenía razón. Al intentar proteger su inocencia, la estaba dejando ciega ante los lobos que, ahora sabía, podían llegar a ella mucho más fácil de lo que llegaron a mí.

La familia de Penny estaba protegida todo el tiempo, había soldados designados para eso, pero si ella no lo sabe no tiene como evitar otros peligros, como acercarse a enemigos camuflados. Como Luc.

—¿Y si me deja? —Susurré—. ¿Y si cuando descubra que la Maddox ordinaria es solo una máscara, acaba por odiarme?

—Si se aleja, entonces nunca fue tu amiga —sentenció él con una seguridad que me hizo erizar de pies a cabeza—. Pero te conozco, y la conozco a ella. Penny jamás te abandonaría.

Asentí, con el corazón martilleando contra mis costillas. La esperanza y el terror luchaban por el control de mi pecho mientras abría la puerta del coche. Al bajar, el frío me recordó que seguía viva, pero que estaba rota.

Caminé hacia la puerta de Penny. Al llegar, di dos golpes suaves. Esperé. Recé a un Dios en el que no creía para que, después de esto, al menos una parte de mi vida dejara de ser una mentira.