Traición y Sangre I (Draghi 1) CAPITULO 52
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CAPITULO 52

maddox

Estaba desesperada por sentir algo. Lo que fuera.

Quería una sensación tan violenta y real que borrara el rastro de las últimas tres semanas; necesitaba un incendio que consumiera las cicatrices que ahora invadían mi alma. Necesitaba, con una urgencia patológica, que el deseo asfixiara al terror, que el placer silenciara al pánico.

Me lancé a sus labios con una fuerza que rozaba la locura.

Cerré los ojos con fuerza, concentrándome en el sabor de Max, en el calor de su aliento, tratando de invocar la chispa que él solía encender en mí con una sola mirada. Fue en vano. Mi mente era un desierto de cenizas.

Siente algo. Maldita sea siente algo, me ordené a mí misma.

Nada. No sentía nada.

Le envié mandatos desesperados a mis nervios, exigiendo que se rindieran, que se dejaran llevar por la fricción de su piel contra la mía.

Estaba harta de ser esta versión rota de Maddox Salvatore.

Quería volver a ser la mujer que no temía a la oscuridad porque era parte de ella.

Sabía que Max podía darme ese escape, que su cuerpo era el único lugar donde aún podía buscar refugio…

Pero no hubo nada. Solo un vacío gélido.

¿Acaso me habían dañado tanto que ya no quedaba nada que salvar? ¿Era ahora solo una cáscara vacía, un trofeo de guerra ultrajado y frío?

Las manos de Max bajaron por mi espalda, acariciándome por encima de su propia camiseta. El tejido era suave, pero bajo él, mis cicatrices gritaban. Sus dedos llegaron a la cinturilla de mis pantalones cortos y sin dejar de devorar mi cuello, deslizó sus manos por debajo de la tela.

Y entonces, se detuvo.

Sentí cómo su cuerpo entero se convertía en piedra. Todo en él se tensó, desde la mandíbula hasta los músculos de sus brazos. No esperaba encontrar ese relieve de piel rugosa y maltratada allí, en la curva de mi cadera.

Mis captores habían sido sádicos, pero también inteligentes: no marcaron las zonas visibles. Querían que el daño fuera un secreto entre ellos y yo. No dejaron mi cara intacta por puro accidente.

«Un tatuaje muy bonito» , habían dicho mientras evitaban tocar el dragón de mi espalda. «No vale la pena arruinar la obra de arte, solo el lienzo que la sostiene» .

La bilis subió por mi garganta, amarga y abrasadora.

Apreté los párpados. Los besos de Max se detuvieron, aunque no se alejó.

Lo sentí inhalar profundamente contra mi piel, buscando mi perfume entre el rastro del miedo.

Su lengua trazó una línea errática por mi garganta y sus manos subieron hacia mi cintura, moviéndose con una cautela que me resultó humillante.

Buscaba piel sana. Buscaba una parte de mí que no estuviera rota.

Tenía sentido. ¿Por qué iba a querer tocar esta piel?

Cuando intentó subir las manos hacia mis costillas, el aire se me escapó de los pulmones.

Coloqué las manos sobre sus hombros, clavando mis dedos en su piel en un intento desesperado por detener el tiempo.

—Max, espera… —murmuré.

Él no se detuvo de inmediato; sus labios seguían rozando mi pecho y sus dedos estaban a milímetros de tocar la piel que me dolía solo de existir. El temblor comenzó en mis rodillas y subió como una marea helada por mi columna. Las lágrimas se agolparon tras mis ojos, calientes y traicioneras.

—Max —repetí, mi voz se quiebra en un sollozo ahogado—. ¡Máximo!

Se apartó de golpe.

En la penumbra, sus ojos brillaban con una intensidad salvaje. Su pecho subía y bajaba, jadeando, y se pasó una mano por el cabello, deshaciendo los mechones con una frustración palpable. Retrocedí sobre el colchón, arrastrándome como un animal herido hasta apoyarme en los codos.

A pesar de la penumbra, la evidencia de su deseo era innegable. Su erección marcaba el pantalón deportivo. Estaba completamente excitado.

Y yo… yo solo sentía asco. Un asco profundo y pegajoso que nacía de mis entrañas y me asfixiaba. ¿Qué me han hecho?

—¿Qué ocurre, rubia? —Su voz sonó ronca, cargada de una mezcla de hambre y confusión.

Estoy rota. No queda nada de la mujer que querías.

Me habría gustado escupirle esas palabras, pero solo pude negar con la cabeza, luchando por no desmoronarme frente a él.

—No puedo, Max —admití en un susurro que apenas fue un suspiro—. No puedo hacerlo. Todavía no.

Quizás nunca , es lo que no me atrevo a decir.

Él asintió, noté una chispa de comprensión cruzando sus facciones, pero yo no le creí. Nadie puede entender este tipo de silencio.

Suspiró y se inclinó para darme un beso, un roce de labios que pretendía ser tierno, pero yo aparté el rostro por puro instinto.

Lo escuché exhalar con resignación mientras se daba la vuelta.

Me quedé allí, mirando su espalda, sintiéndome como una estúpida.

Creía saber que no sería sencillo. Volver a la normalidad, ser de nuevo la misma Maddox que fui quizás no ocurriría jamás, pero podía mantener esto: mi relación con Max.

Al menos así lo creía anoche, ahora al ver su frustración y resignación ante mis reacciones solo puedo pensar en que no será sencillo.

Será difícil.

Será imposible, ¿cierto?

Otra vez siento las lágrimas agolparse tras mis párpados.

Una heredera de la mafia que no era capaz de soportar el tacto del hombre que amaba.

Max regresa otra vez con un vaso de agua, acerca el cristal frente a mí y dudo antes de aceptarlo.

Lo acabo en un segundo y suspiro cuando le regreso el vaso, lo deposita en la mesa a un lado de la cama y se inclina hacia mí.

Acerca una mano y me obligo a no moverme para no espantarlo, acaricia mi mejilla con sus nudillos y fuerzo una sonrisa.

—Vas a estar bien, Maddox. Ya verás. Todo esto pasará y acabaras por olvidarlo.

Cerré los ojos mientras las lágrimas trazaban surcos calientes por mis mejillas.

Intenté procesar sus palabras, tragarlas como si fueran medicina, pero tenían el sabor amargo de la mentira.

Me hago a un lado en la cama para que él se recueste junto a mí, pero antes apaga la luz de la lampara de noche.

—Estarás bien —insistió él, su voz vibrando contra mi sien—. Un día dejará de doler. Olvidarás que esto ocurrió.

Olvidar. Saboreé la palabra, diseccionando cada sílaba, pero el concepto se sentía extraño en mi lengua, como un idioma que ya no sabía hablar.

Quizás porque sabía que el cuerpo recuerda lo que la mente intenta borrar.

Pero en ese momento, acurrucada entre sus brazos, deseé con una fuerza desesperada que Max fuera un profeta.

Necesitaba que sus palabras fueran ciertas.

Memoricé su voz. La convertí en un mantra que repetiría cada vez que la oscuridad intentara arrastrarme de vuelta al galpón.

Olvidarás. Dejará de doler.

Necesitaba que fuera cierto para no terminar de desmoronarme.

Dejé que mi cuerpo se relajara, entregándole mi peso. Permití que Max me acariciara, que sus dedos exploraran las zonas de mi piel que no estaban marcadas, mientras me convencía de que pronto volvería a ser la Maddox de siempre. La heredera fría. La mujer implacable.

Él decía que ahora estaba diferente, que era normal por lo que había pasado. Pero el subtexto me golpeó con fuerza: esta nueva Maddox, la Maddox rota y asustada, no era la que él deseaba. No era bienvenida. Y estaba bien. A mí tampoco me gustaba.

El resto de la noche pasó en un silencio denso, interrumpido solo por el ritmo de nuestras respiraciones.

Aunque no podía verlo, sentía que estaba despierto.

Su mano viajaba por mi espalda, enredándose en mi cabello y masajeando mi nuca con una lentitud casi hipnótica.

Me provocaba cosquillas, una sensación tan ajena al dolor que me aferré a ella como a un clavo ardiendo.

Vimos el amanecer sin decir una palabra. Por un momento, intenté convencerme de que quizás me equivocaba. Quizás debería tener tiempo para regresar a ser mi antigua yo pero que lo lograría, también que mi relación con Max no debía verse afectada.

Pero siempre el amanecer trae claridad y verdades que no estamos dispuestos a ver en la noche.

La habitación se había llenado de luz natural y tomé coraje para verlo, él tenía la vista fija en el techo y una expresión que no supe descifrar.

Cuando notó mis ojos sobre él se giró solo un poco.

Me sonríe de costado, de forma suave y tierna, trago saliva sin saber que hacer con esa ternura que no siento merecer.

—Haré el desayuno —susurra y se acerca para depositar un beso fugaz en mis labios, es un roce casi imperceptible—. ¿Qué dices?

Asiento y presiono los labios en una sonrisa.

Lo veo apartarse con lentitud, noto que le cuestan los movimientos productos de las heridas y me contengo para no hacerle preguntas al respecto. Sé muy bien que no es fácil. De todas formas, lo veo moverse con agilidad por su cocina mientras busca dos tazas y prepara café.

—¿Café y tostadas? —Pregunta sin girarse, observo su espalda con una atención que comienza a disiparse—. También puedo hacer tortitas...

«El pasador de pelo que te regalé, Maddox. Tiene un chip de rastreo integrado.»

Las palabras de hace unas horas golpean en mi mente recordándome que hay cosas que aún me oculta.

Trago saliva y siento el corazón palpitar con fuerza.

—¿Maddox?

Lo miro. ¿A quien demonios tengo frente a mí?

Max ladea la cabeza y se acerca con paso lento, inspecciona mi rostro en busca de una respuesta a mi estado y sé que parezco en shock.

—Princesa...

—¿Por qué me diste un rastreador?

Max traga saliva y aparta la vista, toda su expresión de preocupación y su sonrisa tímida se borra, como si nunca hubieran estado allí. Algo atraviesa sus ojos oscuros y me siento como si estuviera en la celda otra vez: a la espera de un castigo. Siento miedo.

Mierda. Siento miedo de él.

—Maddox...

—Responde —digo entre dientes. Cierro los puños en las sábanas que me rodean y trago saliva al darme cuenta que estoy en alerta por si necesito escapar. ¿En qué momento empecé a sentirme así con él? Todo cambia en un segundo—. Máximo.

—No hagas preguntas de las que no quieres respuestas, Maddox.

Dice eso y se gira para alejarse. No lo pienso dos veces, salto lejos de la cama y lo sigo hacia la cocina sin poder creer la forma en la que evita verme y hablarme.

—¿Qué demonios significa eso? —Lo ataco.

—Significa que a veces en la ignorancia puedes vivir más tranquila —murmura.

La voz que usa ya no es la del hombre tierno que busca ser mi consuelo, en un segundo es al soldati el que tengo frente a mi. El hombre nacido de la violencia y los secretos, el de las manos manchadas de sangre. El que haría cualquier cosa por obtener lo que quiere.

—Máximo —exijo—. Responde la pregunta si no quieres que esta sea la última vez que me veas.

Lo veo apoyar ambas manos sobre la mesada de mármol de la cocina. Escucho como suspira antes de darse la vuelta, tiene la cadera apoyada en el mármol y estoy a un metro de distancia. Sigue siendo el soldati quien está frente a mi. Y eso me aterra.

—Necesito saber dónde estás en cada maldito segundo —dijo entre dientes, su voz bajando a una octava ronca y peligrosa.

Retrocedí un paso, pero él me siguió, acorralándome. De repente, la atmósfera cambió. Ya no éramos dos víctimas de la noche; él era el depredador y yo, de nuevo, era la presa.

—¿Qué?

Él no apartó la mirada. No había burla en sus ojos, mucho menos duda, solo algo que me heló más que cualquier amenaza.

—Te amo, Maddox —susurró, como si estuviera confesando algo hermoso.

Mi corazón se detuvo un segundo. Yo no sabía qué era el amor. Levi siempre decía que no había lugar para eso en mi vida y siempre fantasee con experimentarlo alguna vez. Ahora lo tenía frente a mi pero se sentía... Mal. Erróneo.

—Eso no es amor —susurro.

Sus dedos viajaron a mi rostro y permanecí quieta, tan quieta que sentía que podía estallar ante el mínimo roce.

Acarició mi mejilla con sus nudillos, colocó un mechón de mi cabello tras mi oreja y me dedicó una sonrisa pequeña.

Parece que lleva puesta una máscara, que fuera otra persona. ¿A quién demonios tengo frente a mí?

—¿Recuerdas cuando te lo regalé? —Murmuró acunando mi rostro con sus manos—. Nunca es demasiado cuando se trata de cuidarte —acaricia mi mejilla con suavidad—. Quizás deba darte otro.

El aire empezó a fallarme. No puede estar hablando en serio...

—Max...

—No sabes las veces que he respirado tranquilo al ver que estabas en casa —continúa, su voz era suave e íntima, tanto que me heló la sangre—. Las veces que he sabido que nadie se acercaba demasiado. Que estabas a salvo. Que eras mía... y estabas donde debías estar.

«Donde debías estar».

Mi estómago se contrajo.

—Eso es enferm...

No me dejó terminar. Su pulgar rozó mis labios con ternura, su sonrisa se mantuvo intacta y yo solo sentía mi estómago contraerse.

—Es amor —corrigió con paciencia—. Mi amor no es débil, Maddox. No es de esos que dejan ir. Yo no podría vivir sabiendo que algo te pasa y no lo veo venir. Yo necesito saber. Necesito estar un paso antes que el mundo.

Sus ojos brillan pero no con locura, con algo mucho peor: devoción y obsesión.

«Te mira como si quisiera poseerte» , otra vez las palabras de Lucchese.

—No quiero controlarte —murmuró—. Quiero proteger lo que amo. Y te amo tanto que prefiero que me odies a arriesgarme a perderte.

Entonces lo comprendí: no iba a detenerse, mucho menos arrepentirse.

Máximo de verdad creía que esto estaba bien.

Sentí el terror treparme por la espalda, frío, lento. Pero mi expresión no cambió, no quería que viera mi miedo y mi pánico. Pero sabía que necesitaba salir de aquí. Poner distancia y, por sobre todas las cosas, pensar.

Me besa con lentitud, con los ojos cerrados y saboreando mis labios, pero yo permanezco quieta, observando su rostro lleno de... ¿Placer? ¿Amor? No tenía idea.

—Max —susurro sobre sus labios—. Debo irme...

En cuanto digo las palabras abre los ojos y su mirada se llena de algo oscuro.

—¿Qué sucede, princesa? —dice en voz baja— ¿No estarás molesta? —me sonríe pero es una sonrisa extraña—. Después de todo, tu padre te dio un móvil con un rastreador —se encoge de hombros— ¿No es así el amor en nuestro mundo?

Tenía razón. No mentía. Darme cuenta de eso no me hacía sentir tranquila, aunque quizás debería, pero solo podía pensar en alejarme. Forcé una sonrisa tranquila.

—Claro que no —mentí con voz suave y tierna—. Es solo que Levi cree que estoy con Penny, no quiero preocuparlo.

Asiente antes de acercarse y me besa otra vez.

—Cierto —murmura.

Sus ojos brillan cuando me ve.

—Te llamo luego, ¿si?

Vuelve a asentir y aprovecho ese momento para zafarme de sus manos, busco mi ropa y mis zapatillas, no me detengo a cambiarme, sé que puedo hacerlo en el ascensor.

Ahora necesito poner distancia. Antes de poder acercarme a la puerta para salir me toma del brazo y me lleva hacia él para besarme por última vez. Noto su fuerza y me pongo el alerta.

—Te amo, princesa.