Traición y Sangre I (Draghi 1) CAPITULO 51
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CAPITULO 51

maximo

e l primer grito me arranca del sueño como un latigazo. Antes de abrir los ojos, mi cuerpo ya está en tensión, los músculos convertidos en granito y la adrenalina quemándome las venas.

Me giro en la oscuridad y la encuentro: Maddox.

Su cabello rubio es un incendio de hilos dorados esparcidos sobre la almohada, moviéndose frenéticamente mientras los espasmos sacuden su cuerpo.

Parece algo peor que una pesadilla. Está reviviendo el pánico, el dolor y el terror de esa habitación, y verla así me provoca un nudo en la garganta que me impide respirar.

La envuelvo con mis brazos antes de que pueda lastimarse.

La atraigo hacia mí con una urgencia violenta, pegando su espalda contra mi pecho, intentando que mi calor sofoque sus temblores.

—No... no... —Susurra.

Es una súplica rota que me desgarra por dentro.

Se retuerce, lucha contra mis brazos como si yo fuera el verdugo que la sostiene contra el suelo de cemento frío.

No la suelto. La sujeto con una mezcla de fuerza y desesperación, acunándola, hundiendo mi rostro en su cuello mientras le susurro mentiras necesarias.

Le digo que está a salvo.

Que conmigo nadie volverá a ponerle una mano encima.

Que el mundo exterior ha dejado de existir.

Que solo estamos nosotros dos y juntos estamos a salvo.

Es una mentira. Le pinto un refugio de seguridad y calma mientras mis dedos dibujan círculos lentos sobre la camiseta negra que me robó para dormir.

Se gira hacia mí y esconde su rostro en mi pecho.

Beso su frente, un roce tan leve que apenas es un suspiro, buscando desesperadamente redimirme por lo que no pude evitar.

Poco a poco, la rigidez desaparece. Los espasmos se transforman en una pesadez lánguida, pero sé que no descansa.

Siento la humedad empapando mi camiseta gris, justo donde sus ojos se hunden contra mi pecho.

Está llorando en silencio, algo que me resulta más insoportable que sus gritos.

Ninguno de los dos ha tenido el valor de encender la luz; ella no quiere que vea sus cicatrices y yo me niego a que vea las mías.

Nuestra ropa actúa como una armadura que apenas mantiene nuestras piezas en su sitio.

Cierro los ojos y las horas se arrastran, densas y asfixiantes. Cada vez que el sueño intenta reclamarla, el terror la devuelve a la superficie. Tiembla, jadea, murmura palabras que no logro descifrar pero que huelen a sangre y miedo.

No la despierto. No podría soportar ver la lucidez en sus ojos y saber que, en cuanto despierte del todo, recordará que soy un extraño lleno de secretos. Me quedo mirándola, atrapando la luz plateada que se filtra por las cortinas.

Dicen que hay belleza en la luz de las estrellas, y por un segundo, pienso que Maddox es la mía.

Pero las estrellas mueren y yo solo sé destruir lo que toco.

Maddox se remueve, dejando escapar un quejido que me corta el aliento. Sus puños se cierran sobre mi camiseta, aferrándose a mí como si fuera un náufrago, de repente, sus ojos verde esmeralda se abren en la penumbra.

Mi corazón golpea contra mis costillas. Quiero acunar su rostro, devorar sus labios y recordarle que sigue viva, que me pertenece.

Cuando apareció en mi puerta hace unas horas, hecha jirones, necesité cada gramo de mi fuerza de voluntad para no caer de rodillas ante ella.

Sé que estoy hecho pedazos. Sé que soy un monstruo hecho de remiendos y pecados. Pero si ella todavía me busca en mitad de su noche más oscura, quizás… quizás haya una oportunidad para mi alma condenada.

Pero ella no sabe la verdad , susurra la parte de mí que todavía tiene conciencia.

Trago saliva, siento el sabor de la traición amargando mi lengua.

No lo sabe. Y no sé cómo mirarla a los ojos cuando las preguntas empiecen a llover.

El hecho de que hayamos llorado juntos no borra el abismo que nos separa, pero mi parte más egoísta, la que domina mi vida, anhela que este momento sea real. Lo necesita para seguir respirando.

—Max… —Su voz es un hilo de seda, cálida pero cargada de una fragilidad que me aterra.

De repente, se tensa. La conciencia vuelve a ella y el reconocimiento trae consigo el miedo. Intenta alejarse, rompiendo el contacto.

—Maddox —murmuro, sintiendo el vacío que deja su cuerpo al apartarse. Sus ojos brillan, empañados por las lágrimas y un pánico renovado.

Parpadea, desorientada, con el pecho subiendo y bajando en un ritmo errático. Me estiro con cuidado para encender la lámpara de noche. La luz cálida inunda la habitación, revelándola: está acurrucada en el borde opuesto del colchón, con los ojos hinchados y las mejillas marcadas por el llanto.

Miedo. Eso es lo que veo en ella. Y lo peor es que no sé si me tiene miedo a mí o a lo que dejamos entrar en esta cama.

—Está bien —digo en voz baja, manteniéndome inmóvil para no asustarla—. Todo está bien. Estás en mi apartamento, ¿lo recuerdas?

Sus ojos recorren las paredes, la luz ámbar de la lámpara, los muebles que apenas conoce.

Poco a poco, la rigidez de sus hombros cede.

Se relaja lo suficiente para no salir corriendo, pero no se acerca.

Mi instinto es atraparla, pero me contengo.

No sé cómo tratar a esta nueva Maddox. La heredera de hielo habría exigido respuestas; esta versión rota solo parece querer desaparecer.

—Lo siento —murmura, y su voz se quiebra—. Desperté y… por un momento, en la oscuridad, creí que seguía en esa habitación…

Se le apaga la voz y yo cierro los puños bajo las sábanas. No necesito detalles. Puedo ver el rastro del horror en sus ojos, apagando el brillo que antes me desafiaba.

—¿Te desperté? —Pregunta, mirándome con una timidez que me resulta insoportable—. Con mis pesadillas… ¿grité demasiado?

Lo pregunta con una vergüenza que me quema las entrañas. Lo único que puedo pensar es que quiero arrancarme la piel, despellejarme vivo con tal de no sentir esta rabia ciega por lo que le hicieron.

Asentí despacio, la voz se me había quedado trabada en algún lugar entre el pecho y la mandíbula.

Cuatro veces. Cuatro veces me había despertado el sonido de sus gritos a lo largo de la noche. Y las cuatro veces, mi única reacción había sido estrecharla contra mí hasta que mis brazos le dolieran más que sus recuerdos.

Quizás necesitaba encontrar otra forma de traerla de vuelta.

Maddox apretó los párpados y su labio inferior comenzó a temblar.

Vi el movimiento lento de las sábanas blancas cuando intenta cubrirse el rostro y esconderse tras la tela, pero no se lo permito.

Atrapo el borde de la sábana con cuidado, obligándola a mirarme.

Mis movimientos son lentos, calculados para no espantarla, aunque por dentro mis nervios son cables de alta tensión a punto de estallar.

Ella duda, pero acaba cediendo cuando deslizo mi pulgar por su mejilla.

Trago saliva al rozar el relieve frío de su cicatriz. La piel nueva, aún rosácea y sensible, era un recordatorio constante.

Maddox siempre sería hermosa, con esa belleza letal que me dejó sin aliento la primera vez que la vi, pero ahora estaba dañada. Estaba rota.

Ella pareció leer mis pensamientos; mis ojos sobre su piel debían de arder como el ácido. Antes de que el silencio se volviera asfixiante, ella lo rompió con un hilo de voz.

—Necesito saber, Max —dijo, y la duda en su tono me dolió más que cualquier golpe—. Dime qué ocurrió.

El aire se volvió denso, casi sólido. ¿Cómo decírselo?

¿Cómo confesarle la verdad sin que me vea como el monstruo que realmente soy?

Sería un iluso si creyera que seguiría en mi cama después de esto.

Ella confiaba en mí, y yo estaba a punto de prenderle fuego a los cimientos de esa confianza.

Pero la mentira ya no era una opción; prefería su odio a seguir construyendo este refugio sobre arena movediza.

Mentir es mi faceta más ordinaria, el engaño es el lenguaje que hablo desde que nací, pero con ella siempre había sido distinto.

Quizás porque Maddox se incrustó bajo mi piel sin pedir permiso.

Quizás fue aquel golpe en el ring, o la forma obstinada en la que me desafía cada vez que abre la boca.

Quizás simplemente era ella, y eso era suficiente para desarmarme.

Llené mis pulmones de aire, tratando de recomponer mi máscara de frialdad.

—Penny llamó —comencé, mi voz suena extraña en la penumbra y el denso silencio—.

Dijo que no habías llegado a su casa. No quise preocuparla, así que le aseguré que estabas conmigo.

—Negué levemente, con el perfil hundido en la almohada—.

Fui a buscarte, pero no llegué lejos. Encontré tu móvil tirado en la acera, a solo un par de calles de tu casa. Ahí fue cuando el pánico me devoró.

Hice una pausa, sabiendo que lo que venía después era el punto de no retorno.

—Sabía que el chip de rastreo de tu móvil no serviría si lo habían tirado, así que usé el otro. —Sus ojos se entrecerraron, fijos en los míos—. El pasador de pelo que te regalé, Maddox. Tiene un chip de rastreo integrado.

El cambio en su rostro fue instantáneo.

El pánico la recorrió como una descarga eléctrica.

Se incorporó de golpe, arrodillándose sobre el colchón mientras retrocedía, arrastrando las sábanas como si quisiera poner un océano de distancia entre nosotros.

—Maddox…

—¿Un chip de rastreo? —Su voz perdió toda su fragilidad, recuperando su tinte normal, afilada y gélida—. ¿Me regalaste una joya para vigilarme? ¿Para saber dónde estoy cada maldito segundo? —Niega sin poder creerlo— ¿Estás demente?

—Espera, rubia. Escúchame…

—¿Que te escuche? No, no, no… —empezó a susurrar, casi para sí misma.

Llegó al borde de la cama y sus pies tocaron el suelo, pero yo fui más rápido. La rodeé por la cintura y, con un movimiento firme que no vio venir, la devolví al centro del colchón. Forcejeó, pataleó, sus puños golpean mis hombros mientras intenta zafarse de mi agarre.

—¡Suéltame, Max! ¡Basta!

—¡Maddox! —Digo entre dientes—. Si no hubieras llevado ese rastreador, jamás habríamos encontrado tu ubicación. Estarías muerta.

Intentó empujarme pero fracasó.

—¡No! ¡No intentes hacer pasar esto como algo que no es!

—¡De no hacer sido por eso no habríamos llegado a ti! —Grito.

Se quedó quieta de repente, jadeando, sus ojos permanecen fijos en los míos mientras sujeto sus muñecas con una suavidad que contrastaba con la fuerza que me obligaba a mantenerla cerca.

—Espera… —murmuró, su mirada se tiñó de sospecha—. Si tenías mi ubicación exacta desde el principio… ¿por qué tardaron tanto?

Tragué saliva, sintiendo el peso de la vergüenza aplastándome el pecho.

—No le dije a nadie —confesé, y mi voz se quebró—.

Fui un estúpido egoísta. Creí que no necesitaba refuerzos, que podría sacarte de allí yo solo.

Pero cuando llegué a la dirección, me estaban esperando.

Eran demasiados. Lo último que recuerdo es el dolor de una culata contra mi cráneo antes de despertar en un callejón, deshecho.

Ella niega con la cabeza, incapaz de procesar que el hombre que creía su salvador la había dejado desprotegida por puro orgullo.

—Pasé dos días inconsciente en un hospital.

En cuanto desperté, me arranqué los cables y escapé; no me importaban mis heridas, solo sabía que seguías allí y que yo no había llegado.

—Bajé la vista, incapaz de sostenerle la mirada—.

Hablé con Matt, le di la dirección donde me tendieron la emboscada y así fue como localizaron el galpón cercano. Así te rescataron.

Esquiva mi mirada y noto su pecho subir y bajar con fuerza, escucho el latir de su corazón desbocado y quiero abrazarla pero sé que solo recibiré un rechazo.

—Tú no… —dijo ella en un susurro roto—. Tú no estabas allí cuando me rescataron, ¿cierto?

Negué, sintiéndome la escoria más baja de la mafia Draghi .

—¿Por qué? —Las lágrimas volvieron a rodar por sus mejillas, gruesas y calientes—. ¿Por qué me dejaste sola, Max? ¿Por qué no viniste a buscarme?

Me arrodillé frente a ella, soltando sus muñecas. Dejé mis manos a los costados, rindiéndome. Ya no la encerraba; si quería irse, el camino estaba libre. Pero mi alma estaba sangrando frente a ella.

—No podía, rubia —admití con un nudo en la garganta—. Me avergonzaba haber sido tan impulsivo. Mi cerebro dejó de funcionar en cuanto supe que te tenían.

Niega, sin poder creer mis palabras y trago saliva.

—No, eso no...

—He entrenado toda mi vida para ser un hombre frío, para no sentir nada, pero contigo…

contigo todo es diferente —la veo tragar saliva mientras me escucha—.

Lo que siento por ti me supera en más de un sentido y entonces me olvido de todo mi entrenamiento.

Contigo no hay estrategia. Solo hubo desesperación en cuanto entendí que te habían secuestrado.

Pensé que podría salvarte yo solo, y mi arrogancia casi te cuesta la vida.