Traición y Sangre I (Draghi 1) CAPITULO 50
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CAPITULO 50

maddox

h ace exactamente dos semanas que me dieron el alta, y si hubiera sabido que la libertad se sentiría así, habría suplicado quedarme en el hospital.

Allí, el olor a antiséptico era una barrera entre el mundo y yo; aquí, en mi propia casa, ese mismo aroma se ha convertido en el recordatorio de que soy una prisionera con un apellido ilustre.

De no ser por los ventanales de mi habitación, habría olvidado el color del sol. Levi ha decretado un estado de sitio sobre mi vida.

No tengo permitido bajar a la cocina, ni visitar la sala de lectura, ni mucho menos respirar aire que no haya sido filtrado por el sistema de ventilación de la mansión.

—Tienes todo lo que necesitas aquí, mia cara —me dijo ayer con esa voz de seda y acero—. Si falta algo, solo pídelo.

Lo que necesito es mi autonomía, pero eso no está en el catálogo de suministros de la familia Salvatore.

He adoptado una rutina que detesto: moverme entre la cama y el baño, sintiendo el tirón de mis costillas cada vez que intento estirarme.

Mis heridas están cerrando por fuera, pero sé que no es de ayuda permanecer encerrada. Al menos no para mi mente.

Y no estoy sola. Ese es el mayor castigo.

Levi solo sale para emergencias críticas de la empresa; el resto del tiempo, el Don trabaja desde el despacho de la planta baja, convirtiendo nuestra casa en una fortaleza operativa.

Matthew, por su parte, ha vuelto a ser ese fantasma omnipresente, pero con un matiz nuevo y asfixiante.

Se ha instalado en una de las habitaciones de huéspedes justo al lado de mi habitación y su presencia es una vibración constante en el aire.

Viene a verme a todas horas con la excusa de revisar si necesito algo, pero su mirada siempre esquiva la única pregunta que me quema la garganta: ¿Dónde está Max?

Por las noches, el infierno regresa. Despierto gritando, con el sabor del hierro en la boca y la sensación de la fusta cortando mi piel.

Y ahí está él siempre. Matthew aparece en la penumbra de mi cuarto como la sombra silenciosa que siempre fue, se sienta en una silla incómoda en la esquina y me observa.

No se acerca. No me toca. Permanece ahí, vigilando mis demonios hasta que el cansancio me vence.

Siento lástima por él, y eso me irrita. Me irrita que su culpa sea tan grande que lo obligue a velar mi sueño porque no hay otra cosa que hacer por mí.

Cuando los ataques de pánico se volvieron insoportables, Levi sugirió un terapeuta.

Por un segundo, la chispa de la esperanza prendió en mi pecho: poder salir y escapar de estas paredes.

Pero la chispa se extinguió antes de brillar.

El profesional vendría a la mansión. Otra pieza más para mi colección de muros.

Me he resignado al encierro, pero no al silencio. Porque a pesar del vacío de información que me está volviendo loca, mis preguntas no cesan. Jace y Will se niegan a darme información, no solo de Max, sino de los avances que podría haber en la búsqueda de South .

Pero lo que me resulta más extraño de todo el misterio y silencio que parece envolver a los soldatis es que mi padre parece no saber lo que Jace me reveló en el hospital.

Lo que quiere decir que Matthew le oculta información a Levi.

El hombre más leal de la organización está guardando secretos sobre su propio hermano, y yo estoy atrapada en medio de este juego de sombras, necesitando respuestas que nadie está dispuesto a darme.

Necesito saber qué hizo Max.

Y lo necesito antes de que estas paredes terminen de aplastarme.

A pesar de la necesidad de respuestas, de hablar con él y saber qué sucedió, no lo llamé.

No hubo mensajes ni intentos de contacto.

Una parte de mí temía que el silencio fuera su única respuesta, y la otra, la más rota, no sabía qué palabras usar para llenar el abismo que nos separaba.

Solo sabía una cosa con una certeza aterradora: necesitaba verlo.

Me había convertido en un manojo de nervios y ansiedad, una bomba de tiempo a punto de estallar ante la mínima pregunta.

La terapeuta me recetó píldoras para dormir.

Era lo único que hacía porque en cuarenta minutos de sesión no lograba hacerme hablar, me la pasaba observando un maldito punto de mi habitación.

Levi me había asegurado que era de confianza, era una profesional de Draghi y lo cierto era que le creía, además me caía bien.

El problema era que no quería hablar sobre lo que ocurrió. Con nadie. No me interesaba hacerlo.

Solo quería respuestas. Y, por encima de todo, necesitaba venganza.

Aun así, me recetó píldoras para dormir que funcionaban muy poco ya que las pesadillas parecían demasiado vívidas. Ella decía que necesitaba exteriorizar el trauma, yo le decía que solo pensaba en asesinar gente.

Intentó enseñarme algunas herramientas de control, aprendí cómo respirar para calmar los ataques de pánico. Debía admitir que había resultado útil, pero no era lo que necesitaba. Estaba muy claro que había cruzado una línea: necesitaba vengarme, necesitaba asesinar gente.

La incertidumbre era un ácido que terminaba de disolver lo poco que quedaba de mi cordura. Junto a mi sed de venganza formaban un cóctel peligroso.

El lunes de la tercera semana decidí que estaba harta.

Levi estaba en la empresa sofocando incendios y Matthew dijo que regresaría antes de que note su ausencia, pero no me importó. En cuanto el motor de su coche se alejó, supe que debía hacerlo.

Mentiría si dijera que no estaba aterrorizada.

Caminar sola por el mundo se sentía como avanzar por un campo minado.

Llevaba un móvil nuevo con rastreador, mi Mossberg cargada en el bolso y un bote de gas pimienta que apretaba como si fuera un amuleto, pero sabía que nada de eso me garantizaba seguridad.

La invulnerabilidad de mi infancia había muerto en aquella celda.

Pedí un Uber con las manos temblorosas y le envié un mensaje a mi padre diciéndole que Penny había pasado a buscarme.

La culpa me golpeó en el estómago. Penny. Mi mejor amiga, el único rincón puro que me quedaba. Tenía docenas de mensajes suyos sin leer y llamadas ignoradas. ¿Qué se suponía que debía decirle?

«Siento no haber llegado a tu casa, unos psicópatas me usaron como juguete de tortura. Ah, por cierto, mi padre es un capo de la mafia y yo soy su heredera».

Imposible.

Crucé esa línea hace mucho tiempo y no hay billete de retorno. Contárselo no solo era ponerle una diana en la espalda; era arriesgarme a que me mirara con horror. A que viera, por primera vez, la oscuridad que ahora se gestaba bajo mi piel y decidiera que ya no me reconocía.

Me moría por acurrucarme en sus brazos y llorar hasta quedarme seca. No había llorado de forma voluntaria desde el hospital; las lágrimas solo escapaban de mí cuando los monstruos me visitaban en sueños. Necesitaba la seguridad de un abrazo que no supiera a pólvora ni a secretos.

Necesitaba a mi mejor amiga. Pero no era justo.

Quizás por eso lo buscaba a él con tanta desesperación.

No solo quería las respuestas que Matthew me negaba; quería creer que Max seguía siendo mi refugio, retorcido y lleno de sombras, pero mi refugio al fin.

Quería encontrar consuelo en el chico que se había adueñado de mi corazón antes de que el mundo explotara.

Porque lo había hecho, ¿cierto?

Me bajé del Uber veinte minutos después, con las piernas sintiéndose como gelatina. El edificio de Max se alzaba frente a mí, frío e impersonal. Subí hasta su piso, cada paso pesando una tonelada, y toqué la puerta. Dos golpes suaves, pero cargados con urgencia.

Esperé, pero el silencio del otro lado de la madera fue mi única respuesta. Golpeé de nuevo, con más fuerza esta vez, sintiendo cómo el eco se burlaba de mí.

Permanecí allí, inmóvil frente a su puerta cerrada, con la humillación empezando a arder en mis mejillas. Tal vez esto era una señal. Quizás debía dar media vuelta, borrar su número y aceptar que Max era otro resto del naufragio de mi vida anterior.

Justo cuando estaba lista para rendirme, el sonido de pasos pesados rompió la quietud. El tintineo de las llaves me puso en alerta y, un segundo después, la puerta se abrió.

Me quedé sin aliento.

Max estaba frente a mí, pero el chico que recordaba había desaparecido. Tenía un tajo profundo en el labio inferior, cicatrices recientes que cruzaban su mejilla como garras y un hematoma oscuro, casi negro, que le cerraba la mirada en el ojo izquierdo.

Estaba herido. Estaba magullado. Estaba roto, igual que yo.

Mis manos empezaron a temblar. Al ver sus brazos, descubrí más marcas, quemaduras y cortes que parecían gritar bajo la luz del pasillo.

Todo en él se veía reciente, crudo, sin la asistencia médica que yo había tenido.

El rompecabezas de mi secuestro sumó una pieza nueva y sangrienta que no lograba encajar.

—Maddox —murmuró su voz, ahora convertida en un susurro roto.

Sus ojos, los únicos que quería que me vieran, recorrieron la cicatriz que ahora dividía mi rostro. Tuve el impulso instintivo de cubrirla, de ocultarla, pero me obligué a sostenerme.

Para eso había venido hasta aquí, para verlo y para dejar que vea en lo que me han convertido.

—Max —fue todo lo que pude articular.

Dio un paso hacia delante, con los brazos extendidos en lo que parecía el inicio de un abrazo. Pero el pánico me invadió llenando mis pulmones haciéndome retroceder de inmediato. Me alejé como si su tacto fuera a quemarme. Max apretó los labios en una línea.

Ver su dolor fue más fuerte que mi miedo.

Me obligué a cerrar la distancia. Fui yo quien lo rodeó con mis brazos, buscando el refugio de su pecho.

Max soltó un gemido sordo, un sonido de dolor físico que me hizo intentar apartarme, pero él no me dejó.

Sus manos se cerraron en mi cintura con una urgencia desesperada, anclándome a su cuerpo.

Permanecimos así, abrazados en el umbral, dejando que el silencio hablara por nosotros.

El ritmo de nuestras respiraciones era errático.

Nuestros corazones latían a un compás violento, martillando contra nuestras costillas como si quisieran romper el hueso para fundirse en uno solo.

Dejé que un par de lágrimas escaparan, escondiendo mi rostro en su pecho para que no viera mi debilidad.

Él empezó a acariciar mi espalda, movimientos lentos y circulares que me hicieron estremecer.

No supe si fue por placer, por miedo o por el simple shock de volver a sentir el calor de alguien que no fuera mi padre o un médico.

Pero no me aparté. En ese momento, no importaba el pasado ni las preguntas sin respuesta. Necesitaba consuelo, y lo aceptaría incluso si venía envuelto en el mismo chico que parecía esconder más secretos de lo que parecía.

Se separó apenas unos centímetros. Alcé la vista, apoyando el mentón en su pecho, y él acunó mi rostro entre sus manos. Sus ojos marrones, estaban empañados, recorrieron cada milímetro de mi piel hasta detenerse en la cicatriz. Su expresión se contrajo en una mueca que no pudo ocultar.

Me dolió pero lo entendí, ¿a quién podría gustarle esto?

No dijo nada. Cerró los ojos e inclinó la cabeza, rozando mi frente con un beso suave, que supo a despedida y a súplica al mismo tiempo. Permaneció allí unos segundos, como si intentara absorber mi dolor a través de ese contacto, antes de alejarse.

Tomó mi mano y me condujo al interior de su piso.

El sonido de la cerradura al encajarse detrás de nosotros retumbó en mis oídos.

Mi corazón se desbocó. Una parte de mi instinto gritaba que diera media vuelta, que pusiera distancia, que no me dejara llevar hacia su cama.

Pero la otra parte, la que estaba fragmentada y sangrando por dentro, necesitaba con una desesperación patológica el consuelo que él me ofrecía.

No sabía si esto era lo correcto.

Era muy probable que esto fuera lo opuesto a lo correcto. Pero en ese momento, nada importaba.

No sabía si lo que Max me daba era lo que yo necesitaba o simplemente una droga para anestesiar el horror. No me importó.

Aceptaría cualquier migaja de afecto que pudiera darme. Porque al fin y al cabo, ¿Quién podría aceptar todas estas partes rotas de mí?

Su apartamento estaba sumido en una penumbra pesada. Las cortinas estaban bajadas, bloqueando el atardecer, permitiendo solo que unos pocos hilos de luz se filtraran como grietas en un muro. Todo parecía sumido en una oscuridad irremediable. Pensé que él se sentía exactamente así.

Igual que yo.

Me dejé guiar hacia el colchón. Él se sentó y tiró de mi mano para que lo imitara.

Nos acostamos uno frente al otro y Max volvió a envolverme, atrayendo mi cuerpo contra su pecho con una fuerza que rozaba la desesperación.

Me acurruqué contra él, pensando que quizás éramos dos piezas de un rompecabezas que no encajaban, pero que estaban tan rotas que podían moldearse la una a la otra.

Sus manos acariciaron mi espalda y apreté los ojos con fuerza, deseando que el dolor se evaporara en el aire viciado de la habitación. Sentí su cuerpo temblar contra el mío. Yo también temblaba. De repente, el silencio se rompió con el sonido de nuestras lágrimas.

—Estoy destruido, princesa —murmuró contra mi pelo, con la voz ahogada por la humedad—. Estoy hecho pedazos.

Mi llanto se intensificó.

Odio ese apodo, pienso, lo odio. Lo detesto. Pero ¿por qué?

—Lo sé —susurré, rodeando su cintura y acariciando su piel herida. Lo sentí estremecerse bajo mi tacto—. Lo sé... Pero puedo cuidarte, ¿sí? Puedo ayudarte.

Era mentira. Una mentira piadosa y estúpida. No tenía las herramientas, ni la fuerza, ni la cordura necesaria para salvar a nadie. Yo estaba mucho más dañada que él; cargaba con marcas que no se borrarían con caricias y heridas que se negaban a cicatrizar.

Pero en ese momento, bajo el peso de la oscuridad, Max era la única mitad que me hacía sentir completa.

Me aferré a él con una fe ciega, sin saber que mi error ya estaba escrito.

Para cuando me diera cuenta de la verdad, ya sería demasiado tarde para ambos.