CAPITULO 49
maddox
T res días. Setenta y dos horas desde que las máquinas dejaron de ser mi única compañía constante.
Ya puedo hablar, aunque mi voz suena como si hubiera sido arrastrada por grava, y mis manos obedecen mis órdenes, aunque con un temblor que me irrita. Mis piernas, sin embargo, siguen siendo territorio ajeno.
Una costilla fracturada y un mapa de hematomas que cambian de un púrpura violáceo a un amarillo enfermizo me mantienen anclada a esta cama.
Cuando abro los ojos esta mañana, el vacío a mi lado me sobresalta. Mi padre, que ha sido una sombra permanente en la habitación, no está. Pero el hueco en mi pecho se llena de una calidez inesperada al ver quién ocupa su lugar.
Matthew.
Está sentado en una silla metálica en la esquina más alejada, como si temiera que su sola presencia fuera demasiado pesada para el aire de la habitación.
Tiene los codos apoyados en las rodillas y el rostro hundido entre las manos. Su cabello, normalmente impecable, es un caos de mechones revueltos. No sé si duerme o si simplemente está intentando procesar el desastre que tiene delante.
Me quedo en silencio, observándolo. Hay algo en su postura que grita derrota, una vulnerabilidad que rara vez se permite.
Mantengo la respiración, no queriendo romper el frágil equilibrio del momento, hasta que la sed se vuelve insoportable.
Mi garganta arde. Intento alcanzar el vaso de agua en la mesa de noche, pero un movimiento en falso dispara una punzada eléctrica desde mi costilla fracturada.
—Ah… —El gemido escapa de mis labios antes de que pueda frenarlo.
En un parpadeo, Matthew está a mi lado. Su reacción es instintiva, casi violenta por la rapidez.
Sostiene el vaso con firmeza y lo acerca a mis labios.
Mis manos, traidoras y nerviosas, rozan las suyas mientras bebo.
El agua fría es un choque de realidad que agradezco.
Cuando termino, me recuesto de nuevo sobre la montaña de almohadas, sintiendo cómo mis pulmones se expanden con dificultad.
Matthew no se aleja. Me mira como si estuviera intentando reconocer a la persona bajo las vendas.
Sus ojos color chocolate, usualmente cálidos, ahora están inyectados en sangre y cargados de un dolor que me quema.
Me recorre de arriba a abajo y, aunque la sábana blanca me cubre hasta la cintura y llevo una camiseta fina blanca, me siento desnuda.
Siento que su mirada puede atravesar la tela y contar cada una de las marcas, cada una de las heridas que mi cuerpo ha soportado.
Él lo sabe. Todos lo saben. Aunque no estuviera allí cuando me sacaron de ese infierno, el rastro de la tortura está escrito en mi lenguaje corporal, en la forma en que me tenso cuando alguien se acerca demasiado.
El mundo parece detenerse cuando sus ojos finalmente se posan en mi rostro.
Hace dos días, una enfermera me obligó a mirar un espejo.
Quería que viera la cicatriz «para empezar el proceso de aceptación» , dijo con una voz profesional que odié.
La marca nace en mi pómulo izquierdo y sube en una línea irregular, roja y gruesa, hasta perderse por encima de la ceja.
Diez centímetros. Tuve suerte de conservar el ojo, pero perdí la simetría de mi rostro.
Matthew separa los labios, pero las palabras se quedan atascadas en su garganta. Su mandíbula se tensa tanto que veo un músculo saltar en su mejilla. Forma una mueca de agonía pura y yo, incapaz de soportar el peso de su juicio o de su pena, aparto la vista.
La vergüenza es un ácido que me carcome por dentro. Ya no soy la Maddox que él recordaba. Soy un recordatorio viviente de lo que para él significa su fracaso y de mi propia fragilidad.
—Lo sé —murmuro, y mi voz suena como el roce de dos piedras—. No es precisamente la imagen de una princesa de la mafia, ¿cierto?
Intento que mi tono sea ligero, casi una broma, cualquier cosa que rompa la tensión eléctrica que amenaza con asfixiarnos.
Pero Matthew no se ríe. No deja de mirarme; su mirada está anclada a mi rostro con una intensidad que me hace querer desaparecer.
El pánico empieza a trepar por mi garganta.
Nunca me importó ser perfecta para el resto del mundo, pero bajo su escrutinio, mi propia piel se siente como una condena.
Llevaré este recordatorio a la vista de todos, para siempre.
—Sé que es difícil de mirar, Matthew —añado, mi voz apenas un hilo quebradizo al ver que sigue en silencio—. Así que, por favor... deja de hacerlo.
Él parpadea, como si despertara de un trance violento. Sus facciones se suavizan un segundo antes de que intente acercar su mano a mi mejilla.
Me alejo de inmediato. El movimiento es instintivo, un espasmo de terror puro que me hace encogerme contra las almohadas.
Él se queda congelado en el aire. Sus labios se presionan en una línea de amargura y cierra el puño con tanta fuerza que sus nudillos se blanquean.
Se incorpora de golpe, alejándose un paso.
—Lo siento. Yo... no sé qué hacer —admite en voz baja, y hay una nota de derrota en su voz que nunca le había escuchado.
—No hay nada que puedas hacer —respondo, intentando recuperar la compostura—. Las heridas cerrarán. Aunque esta... —Señalo con un dedo tembloroso la marca de mi rostro y me obligo a encogerme de hombros—. Quién sabe. Quizás hasta me acostumbre a ella.
Es otra broma seca, pero Matthew no me sigue el juego. El silencio vuelve a caer, pesado como el plomo. Suspiro, sintiendo el cansancio en mis huesos.
—¿Tú me sacaste de allí? —Le pregunto, aunque ya sé la respuesta. Él asiente con un movimiento rígido de cabeza.
—Entonces viste lo que me hicieron.
Su mirada de frustración regresa con más fuerza. Sus cejas se hunden en un gesto de dolor impotente e intenta inclinarse hacia mí de nuevo, pero se detiene al ver que mi cuerpo vuelve a ponerse en alerta. Se aleja, soltando una maldición entre dientes que suena a puro veneno contra sí mismo.
—Debí haber llegado antes —sentencia.
Su voz está cargada de un odio dirigido directamente a su propio reflejo. Suelto un suspiro cansado. Sé exactamente a dónde va esto, y no tengo energía para su culpa.
—No es tu culpa, Matthew —murmuro.
—Lo sé, pero…
—No te atrevas a hacerlo sobre ti.
Clavo mis ojos sobre los suyos y lo veo tragar saliva.
—Pero si hubiera llegado a tiempo, si no me hubiera retrasado... Quizá esto no habría pasado.
Niego. Es increíble.
—¿De verdad crees que todo lo que me hicieron ocurrió en un solo día? —Le devuelvo la mirada, alzando la ceja izquierda a pesar del tirón de la cicatriz—. Me torturaron cada maldita hora que pasé allí. Día tras día. No importa cuándo hubieras llegado. No ibas a salvarme.
Matthew aparta la vista, pasándose la mano por el cabello hasta dejarlo aún más desordenado. Se ve destrozado, pero mis palabras son una verdad fría que no puedo suavizar.
«No ibas a salvarme».
La frase se queda flotando en el aire estéril de la habitación, resonando como una sentencia de muerte para la chica que solía ser.
—Pero debí llegar a tiempo —insistió. Me sostuvo la mirada, y en la profundidad de sus ojos oscuros vi una promesa de sangre—. Te juro que los encontraré, Maddox. No importa dónde se escondan.
Esbocé una pequeña sonrisa, aunque el movimiento tiró de los puntos en mi mejilla.
—Lo sé, fantasma. Cuento con ello.
Él asintió despacio. El apodo pareció suavizar sus facciones por un segundo, devolviéndonos a una época en la que el mundo no era tan oscuro. Pero la tregua duró poco.
—¿Quieres… hablar de ello? —Preguntó con una suavidad que me dolió.
Ladeé la cabeza sobre la almohada, observándolo con una mezcla de cansancio y cinismo.
—¿Y qué te diría, Matt? —Susurré—. Ya has visto mi cuerpo. Sabes exactamente lo que me hicieron. No hay palabras que puedan decorar eso.
—No son esas las heridas que me preocupan —replicó de inmediato.
Aparté la vista. Sus palabras eran demasiado directas, demasiado reales. No estaba lista para abrir la caja de Pandora que guardaba mi cordura fracturada. Me aclaré la garganta, ignorando el nudo que se formaba en ella.
—¿Dónde está Levi?
—Lo envié a casa. Necesitaba una ducha y dormir en una cama de verdad —Matthew hizo una mueca y no pude evitar una risa suave y seca—. Tuve que amenazarlo con llevarlo a rastras, pero necesitaba verte a solas.
Volví a mirarlo. Sus palabras llevaban un peso implícito, una necesidad que iba más allá del deber.
—¿Qué has hecho estos días? —pregunté—. Mientras yo estaba… fuera de combate.
La conversación era tan incómoda como un campo minado. Sabía que mi rescate no era el final, sino el disparo de salida para una guerra total contra mi familia.
Imaginaba a toda la organización trabajando a contrarreloj, no solo para buscar venganza, sino para tapar las grietas que este ataque había dejado.
Me irritaba ver a Matthew así. Mi padre necesitaba a su mano derecha funcionando al cien por ciento, no a un hombre consumido por la frustración de lo que no pudo evitar.
—Estuve ocupado —murmuró. Bajó la vista un segundo y, al recuperarla, detecté un destello de duda que me puso en alerta—. Todo es un caos. Tu padre y yo no vamos a parar hasta dar con ellos, pero hemos tenido… algunos problemas.
Un mal presentimiento se instaló en mi pecho, más punzante que el dolor de mi costilla. Algo grave había pasado mientras yo dormía. Algo que él no quería decirme.
—¿Qué problemas, Matthew?
Él negó con la cabeza de inmediato, cerrándose como una tumba.
—No. Es mejor que hablemos de esto cuando te den el alta —alcé ambas cejas, mirándolo con una incredulidad que no me molesté en ocultar. Él se removió, visiblemente incómodo bajo mi escrutinio—. Créeme, Maddox. Lo único importante ahora es que descanses. Que recuperes fuerzas...
—Sí, claro —solté con un sarcasmo que cortó el aire—. Porque un par de horas más de sueño bastarán para que olvide que me usaron como un saco de boxeo, ¿verdad?
Él abrió la boca para replicar, pero lo detuve con la mirada.
Me sentía miserable. Desquitarme con Matt estaba mal, lo sabía. Me estaba comportando como una niña caprichosa, pero estaba harta de que intentaran protegerme del mundo oscuro al que ya me habían arrastrado a la fuerza.
Ya era tarde para las cajitas de cristal y los secretos. Ya no podían decidir por mí, porque ya no había nada que salvar; el punto de no retorno se quedó atrás, en aquella sala de torturas. Debían aceptarlo, al igual que yo: el mal ya no era algo que acechaba fuera de mis muros.
El mal ahora vivía dentro de mí, gestándose en silencio, como un parásito alimentándose de mi dolor.
Antes de que pudiera replicar, la puerta se abrió de par en par. La voz vibrante y casi estridente de Jace rompió la pesadez del aire.
—¡Su Alteza! —Exclamó, haciendo una reverencia exagerada antes de llegar a mi camilla—. Siempre es un placer para la vista. Hoy está más hermosa que de costumbre. Usted ilumina más que el sol al amanecer, es...
—Jace —Matthew siseó entre dientes, y noté cómo sus puños se apretaban a los costados.
El rubio sonrió, incorporándose con esa energía caótica que siempre lo definía.
Y yo... yo empecé a reír. Fue una risa seca al principio, pero pronto se torció, rompiéndose en un llanto histérico que no pude frenar.
Los tres pares de ojos se clavaron en mí.
La alegría fingida de Jace se evaporó y la preocupación de Matthew se volvió asfixiante.
Había perdido algo más que la piel en esa celda; había perdido el filtro entre mis emociones.
Me obligué a inhalar, reteniendo el aire hasta que mis pulmones protestaron, intentando recuperar una postura que ya no me pertenecía. Cuando logré serenarme, aunque las lágrimas seguían trazando caminos calientes por mis mejillas, solté un suspiro que intentó ser divertido.
—Una de las cosas que más extrañé fue tu voz, Jace —bromeé con la garganta apretada.
Él sonríe de oreja a oreja, aunque mantuvo una distancia prudente. No sabía si era por el miedo a mi fragilidad o por la mirada asesina que Matt le lanzaba. De cualquier forma, agradecí el espacio.
—Siempre es un placer, princesa —repitió, y con un gesto dramático, sacó una rosa de detrás de su espalda—. Para usted.
No pude evitarlo; el corazón se me encogió. Alargué una mano temblorosa y tomé la rosa roja. El tallo estaba limpio, sin una sola espina que pudiera lastimarme. La acerqué a mi nariz, aspirando el aroma a vida que tanto me había faltado.
Entonces, Will se acercó. Había estado apartado y en silencio, apoyado contra la pared con su seriedad habitual. Me tendió una pequeña bolsa de colores que reconocí al instante.
—Y esto también —murmuró mientras yo tomaba el paquete de dulces—. Nos dijeron que eran tus favoritos.
Miré a Matthew. Él evitaba mi contacto visual, pero el rojo intenso que trepaba por su cuello lo delataba.
El gran Matthew Hardaway, el hombre de hielo, se estaba sonrojando. Sentí un calor extraño en el pecho, una chispa de cariño genuino hacia estos hombres que, más allá del deber, parecían dispuestos a morir por mí.
—Gracias —susurré, sosteniendo mis tesoros en el regazo—. Gracias de verdad.
Por un segundo, la habitación se sintió segura. Sonreí de forma sincera, sintiendo que tal vez, solo tal vez, podría encontrar fuerzas para lo que venía.
Pero la sonrisa se murió en mis labios cuando el vacío se hizo evidente.
—¿Dónde está Max?
El silencio que siguió fue atronador. Todos se giraron hacia Matthew. Él cerró los ojos y soltó una maldición inaudible. Siento el pánico enroscarse en mi columna como una punzada de miedo frío que me recorrió de arriba abajo.
—¿No se lo dijiste? —La voz de Jace sonó filosa, acusadora.
Matthew abrió los ojos y me miró. Había un destello de disculpa en su mirada que me hizo querer gritar.
—¿Decirme qué? —Los miré uno a uno. Will bajó la vista al suelo. Jace apretaba los labios. Matthew guardaba silencio—. ¿Decirme qué? —Repetí, elevando el tono hasta que mi voz vibró con una tensión peligrosa.
El aire desapareció de mis pulmones. El presentimiento de que algo se había roto definitivamente fuera de esta habitación me consumía como veneno.
—Maddox… —empezó Matthew, su voz baja y cautelosa.
Pero Jace no lo dejó terminar. Suspiró con impaciencia y con un claro deje de molestia antes de empezar a hablar.
—Tu novio estuvo desaparecido —soltó, mirándome fijamente—. Y cuando regresó, nos dio tu ubicación exacta. Por eso te encontramos.