Traición y Sangre I (Draghi 1) CAPITULO 48
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CAPITULO 48

maddox

Despierto y el mundo es una punzada eléctrica.

Intento incorporarme, pero me arrepiento en el mismo instante en que mis músculos se tensan.

Siento como si alguien estuviera punteando los nervios de mi cerebro, tensando cuerdas invisibles hasta que están a punto de romperse.

Vuelvo a desplomarme contra la almohada con un jadeo que termina en un gruñido sordo.

Intento hablar, pero de mi boca solo escapan fragmentos de palabras, incoherencias que se pierden en el aire esterilizado.

Exhalo con lentitud, inspeccionando mi nuevo mapa corporal. Los tentáculos han desaparecido; solo queda un catéter en mi brazo que gotea suero de forma implacable. La habitación es un vacío blanco, impecable y silencioso.

No hay rastros de mi pesadilla, pero la comodidad de esta cama se siente falsa, como una trampa bien decorada.

Paso la lengua por mis labios. Están agrietados, secos como el papel, mi garganta se siente como si hubiera tragado arena. Me obligo a realizar un ejercicio mecánico, una orden directa a un sistema que parece haber olvidado cómo funcionar.

Separa los labios. Mueve la lengua. Intenta emitir un sonido.

Lo repito como un mantra. Otra vez. Son sonidos guturales, sin sentido, pero me consuela saber que puedo lograr algo. Sé que deberé ir de a poco pero esto puede considerarse un avance, ¿cierto?

La puerta se abre y mi instinto se dispara; mis músculos se tensan, listos para un dolor que no llega.

Me relajo un poco al ver a mi padre. Entra solo, cerrando la puerta con una delicadeza inusual, como si temiera que el sonido pudiera romperme.

Se acerca con cautela, midiendo cada paso.

No sé cuántos días han pasado desde el caos de los disparos, pero en su mirada hay un cansancio que no se borra con el sueño.

—Hola, hija —su voz es un susurro profundo.

Acerca una silla y se sienta junto a mí, manteniendo una distancia prudencial—.

Los médicos dicen que estás estable. Tu cuerpo ha respondido bien a las intervenciones y las heridas están cerrando —suspira e intenta regalarme una sonrisa que no llega a sus ojos—.

Estás sanando, Maddox. ¿Cómo te sientes?

Lo miro. Sus palabras son lógicas, pero mi realidad no lo es. No importa lo que digan los doctores; la piel puede cerrarse, pero lo que hay debajo ha sido devastado. No estoy sanando. No lo haré nunca.

No respondo. No encuentro las palabras y, sinceramente, no tengo nada que decir que él quiera escuchar.

—Ten —abre su mano para mostrarme una pequeña bola de goma roja—. Tómala. Tienes que empezar a estimular las articulaciones. Perdiste mucha fuerza y la deshidratación te dejó débil, pero te recuperarás. Vamos, inténtalo.

Envío la orden a mi mano derecha. Hay un segundo de pánico absoluto cuando el brazo se queda quieto, ignorándome, pero luego, con un esfuerzo que me hace sudar, logro moverlo. Mis dedos tiemblan, parecen de cristal, pero alcanzo la bola y la atraigo hacia mí.

—Eso es —la sonrisa de mi padre es pequeña, cargada de un alivio que me duele—. Ahora presiónala. Solo un poco. Despacio.

Hago lo que dice. El simple acto de apretar un trozo de goma se siente como levantar un edificio. Mis tendones protestan, pero lo logro.

—Ahora pásala a tu otra mano y repite. Lento, Maddox. Con cuidado.

Un destello de orgullo, un eco de la chica que solía ser, me hace sonreír un poco al completar el movimiento.

Pero el gesto dura un segundo. Siento un tirón violento en el lado izquierdo de mi rostro, una punzada de dolor que me obliga a cerrar los ojos con fuerza.

Algo palpita en mi mejilla. Intento llevarme la mano al rostro, pero Levi me intercepta con suavidad.

—Está bien, ha sido suficiente por hoy —susurra.

Se gira para tomar un vaso con agua y lo acerca a mis labios. Bebo con desesperación. En cuanto el agua toca mi sistema, mi cuerpo entero tiembla en un espasmo de gratitud física. Bebo hasta que el vaso está vacío, sintiendo cómo el líquido intenta apagar el incendio que llevo dentro.

—Tranquila, mia cara . Estás a salvo. Estoy aquí.

Sus palabras son cálidas, pero el vacío en mi pecho sigue ahí. No estoy bien. Nada lo está.

El mundo ha cambiado su eje.

—Levi… —pronuncio su nombre con un esfuerzo titánico.

Me sorprendo a mí misma al escuchar la palabra salir de mis labios, aunque suene como el crujido de ramas secas.

—Está bien, Maddox. Tienes que descansar… —Él intenta suavizar su tono, pero sus ojos siguen siendo los de un hombre que ha visto el abismo.

Negué, ignorando la punzada de dolor que recorrió mi cuello.

—No. Necesito… —Tomé una bocanada de aire, sintiendo cómo mis pulmones ardían—. Necesito saber qué ocurrió. Dime qué ocurrió.

Levi presionó los labios en una línea tan fina que desaparecieron.

Una mezcla de furia contenida y una vergüenza corrosiva cruzó sus rasgos. Es el rostro de un Don que ha fallado en su tarea primordial: proteger lo suyo.

—No pude enfrentarme a él. Al que te hizo… esto —murmuró, y su mirada recorrió las vendas que cubrían mi cuerpo.

No necesito un espejo. El peso de las cicatrices invisibles es suficiente para saber que soy un mapa de su crueldad. Cada herida fue un mensaje escrito en mi piel, un insulto directo al apellido Salvatore.

—Lograron huir antes de que tomáramos el complejo —continuó, y su voz bajó una octava, volviéndose peligrosa—. Pero te doy mi palabra: no descansaré hasta encontrarlos. Los arrastraré de vuelta a Chicago aunque tenga que quemar el mundo para encontrarlos.

Tragué saliva, sintiendo el sabor amargo del rencor en mi garganta rasposa.

—¿Y qué harás cuando los tengas? —Pregunté, observándolo fijamente.

—Me encargaré de ellos —sentenció con una seguridad letal—. Les enseñaré lo que significa tocar a un Draghi .

Negué de nuevo, y esta vez mi mirada no flaqueó. Una arruga de confusión se formó en su frente, pero yo ya había tomado una decisión. El miedo se había evaporado, dejando en su lugar un vacío frío y calculador.

—No —susurré, y mi voz, aunque débil, cortó el aire de la habitación—. Yo me encargaré de ellos.

Él abrió la boca para protestar, pero la mirada que le devolví lo detuvo. Era su propia mirada. El mismo acero, la misma falta de piedad. Fue mi última declaración de guerra antes de que el cansancio me venciera y me dejara caer en un sueño profundo y, por primera vez, libre de pesadillas.

Porque ahora, la pesadilla era yo.