Traición y Sangre I (Draghi 1) CAPITULO 47
66%

CAPITULO 47

maddox

l o primero que perciben mis sentidos al recuperar la consciencia es el olor a antiséptico que me rodea, impregnado en el ambiente.

Es un aroma afilado, sintético: una limpieza tan agresiva que me quema las fosas nasales.

No hay humedad. No hay rastro del hedor a metal oxidado y sudor rancio que se había convertido en mi único mundo.

A lo lejos, un pitido rítmico y monótono marca el compás firme de mis latidos.

Bip. Bip. Bip.

Un metrónomo clínico que me asegura que mi corazón sigue latiendo, aunque yo desearía que se detuviera un momento para darme un respiro.

Mantengo los párpados sellados. Me niego a abrirlos.

Si no miro, no existo. Si no existo, el dolor no puede encontrarme.

Intento contener la respiración, haciendo que mis pulmones se queden estáticos, esperando que, si me quedo lo suficientemente quieta, la oscuridad me reclame de nuevo. No quiero alertar a lo que sea que esté esperando en las sombras de esta nueva habitación.

Pero mis sentidos, traidores y alertas, siguen despertando uno a uno.

El roce de las sábanas sobre mi piel no es el de la tela áspera y mugrienta de la celda. Estas son suaves, frescas, con un ligero aroma a lavanda y almidón. El aire no está estancado; es frío y circula con una eficiencia mecánica.

La comprensión me golpea con la fuerza de un impacto físico: no estoy en la celda.

Ya no hay cadenas. Ya no hay goteos de tuberías rotas. Pero el alivio no llega. En su lugar, un terror mucho más profundo se instala en mi pecho. Porque si abro los ojos y descubro que el techo es blanco y que las paredes están limpias, tendré que aceptar que todo lo anterior no fue una pesadilla.

Tendré que aceptar que las marcas en mi cuerpo son reales. Que la sangre que me salpicó la cara antes de caer inconsciente era real.

Y que la Maddox que era antes de entrar en ese infierno, ha muerto para siempre.

Una lágrima solitaria se abre paso, trazando un surco caliente sobre la piel de mi mejilla. Es el único movimiento que me permito antes de obligar a mis párpados a separarse.

La luz me golpea con fuerza. Es un resplandor azulado, frío y clínico, tan intenso que perfora mis pupilas hasta obligarme a mantenerlas abiertas, como si el parpadeo fuera un lujo que ya no puedo costear.

No estoy en mi habitación. No estoy en la celda.

Estoy en una habitación de color blanco quirúrgico que apesta a esterilidad y a verdades que no quiero afrontar.

A mi lado, la máquina continúa emitiendo sonidos. De ella nacen cables que se enroscan hacia mí como tentáculos de plástico.

Bip. Bip. Bip.

El sonido es un martilleo constante.

En parte lo disfruto, me hace saber que no estoy en el suelo de mármol negro, tampoco en aquella celda húmeda y sucia. Estoy en una cama de hospital, pero la libertad se siente igual de pesada que las cadenas.

Nuevas lágrimas escapan y, al deslizarse, arden.

El escozor me recuerda que mi rostro es un mapa de heridas abiertas, pero extrañamente, agradezco el dolor.

Es real. Es tangible. Es diferente al terror de la pesadilla que acaba de terminar.

Intento mover un brazo, un dedo, cualquier cosa que me asegure que sigo al mando, pero mi cuerpo es una armadura de plomo.

Las vendas me envuelven como a una momia, ocultando el desastre que han hecho de mí.

Hay tubos invadiendo mi nariz y mis venas, solo puedo pensar en arrancármelos.

Cada centímetro de mi piel parece pesar una tonelada. Existir me supone un esfuerzo monumental.

Intento articular una palabra, una súplica o una pregunta, pero de mi garganta está seca y solo escapa un gemido roto, similar al sonido de un animal herido. En parte, lo soy.

— Mia cara …

La voz me envuelve como un manto de terciopelo y acero. Es una vibración que reconozco en la médula de mis huesos. El llanto se desborda, violento y silencioso, mientras mi visión borrosa intenta encontrarlo.

—¿Estás despierta, piccola ? —Murmura.

La voz de mi padre funciona como un bálsamo capaz de anestesiar lo que siento. Su presencia llena la habitación, transformando el hospital en una fortaleza. Por un segundo, el peso del mundo se aligera.

Quiero decirle que no. Que no estoy despierta, que sigo atrapada en esa oscuridad y que, quizás, una parte de mi mente se quedará en esa celda para siempre. Pero mi voz no me pertenece.

Intento hablar de nuevo, pero mi padre me hace una señal suave para que guarde silencio.

Lo observo. Su cabello rubio está desordenado, tiene sombras profundas bajo los ojos y una barba de varios días que raspa su imagen impecable.

Lleva la camisa desabrochada y parece que no se ha quitado esa ropa en una eternidad.

Ver a Levi Salvatore así, tan humano y tan roto, me asusta más que el hospital.

—Está bien, hija. No te fuerces —murmura, inclinándose sobre mí. Hay una mezcla insoportable de alivio y tristeza en su mirada—. Iré por el doctor, ¿de acuerdo?

El pánico me envuelve. Niego con la cabeza frenéticamente y trato de alcanzar su brazo. Mis dedos apenas se mueven, solo consigo un espasmo inútil sobre la sábana, pero él lo entiende al instante.

—De acuerdo. No me iré. No te dejaré sola —me asegura, presionando un botón en un control remoto—. Llamaremos al doctor desde aquí. No me moveré de tu lado.

Minutos después, la puerta se abre.

Entra un hombre. Cabello negro. Ojos oscuros.

El aire se queda atascado en mi garganta.

Mi cuerpo empieza a temblar con una violencia que no puedo controlar.

Me revuelvo en la cama, sintiendo cómo los tubos tiran de mi piel y el escozor de las agujas se intensifica, pero no me importa.

Solo veo esos ojos negros. Él tenía los ojos negros.

El hombre que me golpeó tenía los ojos negros.

El doctor se acerca, hablando en un tono bajo y profesional, pero su voz me llega como un estruendo. No confío en él. No me gustan sus ojos. No, no, no.

—Tranquila, mia cara —la voz de mi padre bloquea mi visión, interponiéndose entre el extraño y yo—. Es el doctor, Maddox. Estás a salvo. Él no te hará daño. Nadie volverá a tocarte.

Es mentira.

Sé que es mentira. Pero no puedo decir nada.

Sigo moviéndome de forma errática, mis extremidades no obedecen, solo envían ráfagas de dolor a mi cerebro.

Mi rostro se contrae en una mueca agónica.

Lloro sin control, un torrente de lágrimas calientes que nublan mi vista hasta que el mundo se convierte en una mancha gris de miedo.

A través de la niebla, veo al hombre inyectar un líquido transparente en el catéter de mi brazo.

Siento una ola de frío recorriendo mis venas, un silencio químico que empieza a apagar el incendio en mi cabeza.

—Duerme, Maddox —susurra mi padre.

Cierro los ojos y me dejo hundir.