Traición y Sangre I (Draghi 1) CAPITULO 46
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CAPITULO 46

maddox

n oventa y seis horas. Cuatro días divididos en minutos de agonía que se estiran como chicle bajo un sol negro.

He dejado de ser Maddox Salvatore, la heredera de Chicago, para convertirme en un amasijo de carne, humedad y terror. Mi mundo se ha reducido a estas cuatro paredes que sudan moho y al eco de mis propios latidos, que cada vez suenan más como tambores de guerra.

Agradezco la falta de espejos. No quiero ver el mapa de miseria que debe ser mi rostro. Si no lo veo, las heridas son solo conceptos, no realidades. Pero están ahí, palpitando, recordándome que sigo viva solo porque mis captores aún no han terminado de jugar con sus piezas.

Los rayos del sol se filtran por la rendija de hierro de la ventana y sé que todo está cerca de comenzar otra vez. Se repetirá la misma rutina: ser arrastrada por el piso como un saco de basura, colgada como ganado y esperar a que el dolor me haga hablar.

Pero mis labios están sellados, sé que esperan que hable y pueden torturarme por horas, jamás lo haré. Mi padre vendrá. Levi Salvatore no deja deudas sin cobrar, y yo soy su activo más valioso. Esa esperanza es el último hilo de seda que sostiene mi cordura sobre el abismo.

Cierro los ojos, pero la oscuridad ya no se siente segura, en cuanto mis parpados se cierran todo se reproduce ante mi como un maldita película, una proyección de todo lo que me han hecho desde que llegué. Me muevo en el catre y las sábanas, ásperas y frías, torturan mis heridas.

Otra esperanza que se abre paso en este abismo de pura oscuridad por si Levi no aparece es la infección de mis heridas, sé que aun estoy bien, pero no faltará mucho para que todo lo que me hicieron tenga sus consecuencias reales.

Si la muerte me reclama antes que ellos, habré ganado.

De repente, siento un pinchazo agudo en mis costillas que me saca del delirio. No es una herida nueva, no se siente como tal. Meto la mano entre el colchón y el metal frío, y mis dedos encuentran algo sólido. Punzante. Un trozo de hierro oxidado, desprendido del catre por el paso del tiempo.

Mi corazón comienza a latir desbocado aunque trato de recuperar el control. No es más que un trozo de metal. ¿Puede servir? Sí, pero también puede condenarme más.

Con un esfuerzo que me hace ver estrellas, levanto el colchón y tiro del alambre, desenredándolo de la estructura podrida.

Mis manos tiemblan tanto que temo que el metal caiga al suelo y delate mi secreto, pero finalmente cede.

Lo escondo en mi ropa interior, sintiendo el frío del hierro contra mi cadera y suspiro.

La puerta se abre un minuto después y veo a los tipos de siempre. Me alegra que el imbécil no haya vuelto a aparecer, espero que sigan curando sus heridas.

Esta vez, cuando entramos en la sala de mármol, no hay cadenas.

Me dejan caer de rodillas en el centro, como una ofrenda.

Mantengo la cabeza baja, dejando que mi cabello sucio cubra mi rostro.

Escucho el paso rítmico de los zapatos brillantes.

El jefe. Me gustaría saber su nombre, las preguntas que me ha hecho no tienen sentido para mí, no puedo adivinar de quien se trata. Es como si fuera un fantasma de verdad.

¿Cuántos secretos esconde mi padre que me han condenado a este infierno?

Espero tener la oportunidad de preguntárselo algún día.

Puedo oler su perfume caro mezclado con el hedor de la fusta de cuero que lleva en la mano.

—¿Sabes, Maddox? No es divertido si no sufres —murmura, y hay una frustración genuina en su voz—. Mi hijo me advirtió que te gustaba poner las cosas difíciles. Que eras… especial.

Alzo la vista. Sus ojos negros como la obsidiana me observan con una mezcla de desprecio y fascinación. Y entonces, como un relámpago en mitad de la noche, lo veo. La forma de su mandíbula, ese brillo gélido en la mirada.

Es igual a Luc.

El rompecabezas explota en mi mente. Las piezas encajan con un clic sangriento.

—Eres el padre de Luc —murmuro y sonríe.

—Además de impulsiva, eres inteligente —asiente—. Eso me dijeron, sí.

Trago saliva. Pero aunque haya hecho esa conexión hay mucho que no sé, se la pasa preguntando qué le hizo Levi a Marcus y no tengo idea quién demonios es Marcus.

—Sé que puedo quebrarte —continúa, acercándose tanto que su sombra me aplasta—. Pero me han pedido que no te dañe demasiado. Parece que uno de mis hombres está obsesionado contigo. ¿Qué tienes tú, pequeña Salvatore, que hace que los hombres quieran poseerte o destruirte?

Uno de mis hombres...

Sus palabras resuenan con fuerza en mi mente y me siento más confundida que antes.

—¿Quién eres? —Digo entre dientes.

—El líder de South —arrugo la frente—. Escuchaste hablar de nosotros, ¿cierto?

—Si —susurro—. Eres el maldito que quiere robar nuestro negocio, nuestras calles…

—Eran mías antes —dice con severidad y sé que di en un punto clave.

—Qué lástima, son de Draghi ahora.

Se inclina hacia mí y entrecierra los ojos.

—Pero volverán a ser mías.

Sonrío de costado.

—Me gustaría verte intentarlo.

—Me impresiona tu seguridad siendo que ya comencé mi tarea…

Mi risa corta el aire e interrumpe sus palabras, noto su mirada confundida y veo que empieza a impacientarse.

—¿Esto es para ti el comienzo? —Me relamo el labio inferior—. ¿Así crees que recuperaras lo que perdiste? —Remarco la última palabra y niego—. ¿Jugando al torturador? Si crees que dejaremos Chicago estás muy equivocado...

—Sigues repitiendo eso, Maddox. Pero eres tú la que está en esta posición.

Alzo el mentón hacia él.

Mis dedos se cierran sobre el hierro oculto.

—Si crees que podrás doblegarme, intentas en vano.

—Eso está por verse —murmura.

Me guiña el ojo con una sonrisa mientras se gira hacia su escritorio, escucho un ruido metálico y no lo dudo.

Me lanzo hacia adelante. Es un movimiento fluido, nacido de la desesperación.

Clavo el hierro en su hombro con una fuerza que desconozco.

Él suelta un alarido animal y me empuja con una violencia que me lanza contra el suelo.

Caigo de espaldas, pero mi adrenalina es un incendio. Me pongo en pie al instante, jadeando, aunque él es más rápido. La fusta restalla en el aire y corta mi mejilla en un tajo caliente que me ciega un instante.

—Maldito… —siseo, tocando la sangre que emana de mi cara.

Él se abalanza, me agarra de la nuca y tira de mi cabello hasta que mi cara queda a centímetros de la suya. Sus ojos son puro odio.

—Hasta aquí llegó la compasión, niña —masculla entre dientes.

Y entonces, sucede. Algo se rompe dentro de mí. El último dique de mi cordura se desmorona y empiezo a reír. Es una risa ronca, histérica, una sinfonía de demencia que lo deja paralizado.

Su expresión delata lo que un espejo reflejaría: un monstruo, sé que eso parezco ahora. Herida, histérica, con un tajo que cruza mi rostro y sangre brotando de él.

—Él te va a encontrar —le digo, siento con mi propia sangre—. Y vas a desear nunca haber nacido.

—Cuento con ello —gruñe él, aunque su confusión crece—. Cuento con que Levi intente cobrar esta deuda.

—No hablo de mi padre —murmuro con una sonrisa que sé que es la de una loca—. Él no es el diablo. Pero estás a punto de conocerlo. Te va a ahorcar con una serpiente y te hará tragar su propio veneno hasta que tus pulmones se conviertan en ceniza.

Escucho disparos a lo lejos. Explosiones. Gritos de hombres que mueren en la oscuridad. Mi risa se vuelve más suave, más letal. Sus ojos brillan de confusión, mira a un punto a mi espalda y hace una seña.

—Llévensela.

No lucho cuando me arrastran de vuelta a la celda. En su lugar, me río mientras el pasillo se llena de humo y el olor a pólvora lo inunda todo. La cordura es un lujo que ya no puedo permitirme.

De vuelta en mi catre, escupo sangre sobre el colchón. El corte de mi mejilla arde, pero no me importa. El caos está fuera, y yo estoy aquí, esperando.

Tienen que ser ellos. Tiene que ser él.

La puerta se abre y mi sonrisa se desvanece. Trago saliva.

El imbécil al que herí. No, no, no, no, no.

Entra como un animal herido, cerrando la puerta con una fuerza que hace vibrar las paredes. Su mirada me recorre, llena de una lascivia oscura y una rabia líquida.

—¿Qué le hicieron a tu rostro, lindura? —susurra, caminando en círculos como un lobo—. Mi jefe me dijo que tuviera compasión… pero te prometo que esto te va a encantar tanto como a mí.

Corro, pero estoy débil y herida, soy lenta.

Él me taclea contra el colchón, su peso me aplasta los pulmones y lucho, le clavo las uñas en las mejillas, pero él me suelta un golpe seco en el ojo que me apaga el mundo por un segundo.

Cuando recupero el sentido, sus manos ya están aprisionando mis muñecas sobre mi cabeza.

Su mano libre se desliza por mis piernas, una caricia que me hace querer arrancarme la piel. Le doy un cabezazo, desesperada, pero él solo aprieta más mi mentón, obligándome a mirarlo.

—No lo hagas difícil, perra —sisea.

El terror me invade, pero mi cuerpo sigue luchando. Veo su mano bajar, veo su intención en esos ojos vacíos. Cierro los ojos, deseando que el mundo se acabe, deseando que la oscuridad me lleve de verdad…

Un disparo. Sangre.

Y la oscuridad me engulle por completo.