Traición y Sangre I (Draghi 1) CAPITULO 45
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CAPITULO 45

maddox

S eparo mis párpados cuando siento el primer rayo de sol, aunque me gustaría que trajera esperanza solo trae visibilidad. Y en este agujero, la luz es un enemigo que delata mis heridas.

Me quedo inmóvil en el catre, el sueño me invadió solo un par de horas atrás en la misma posición fetal en la que me lanzaron a este pozo.

Observo la bandeja en el suelo junto a la puerta.

Un trozo de pan endurecido y un vaso de agua turbia.

Mi estómago ruge, un recordatorio de que mi cuerpo sigue vivo aunque mi alma esté en pausa.

Espero. Cuento los latidos de mi corazón, esperando que un monstruo emerja de las sombras para terminar el trabajo.

«Si hay una forma de entrar, hay una forma de salir».

La voz de mi padre resuena en mi cabeza, nítida, grabada a fuego durante aquellos juegos de supervivencia que disfrazaba de simulacros cuando yo era niña.

Levi no criaba una hija, jamás lo hizo, creó un arma y la entrenó a su antojo. En mi interior, siempre se libraba una lucha, una dualidad de posiciones: ¿Levi me quería por ser su hija o por ser un arma? En este momento no me importaba, en estos momentos ser un arma era mi mejor opción.

—Si hay una forma de entrar… hay una forma de salir —murmuro. Mi voz suena como papel de lija, pero pronunciar las palabras me devuelve un gramo de cordura—. Si hay una forma de entrar, hay una forma de salir.

O quizás acabe perdiendo la cabeza si continuo repitiendo las palabras de mi padre.

Me obligo a bajar del catre. Mis pies descalzos encuentran el frío del suelo sucio, manchado con gotas de mi propia sangre que ahora lucen como rubíes oxidados.

Me arrastro hacia la comida. No hay dignidad en la supervivencia, me habría gustado que me advirtieran de esto, solo hay necesidad.

Y es la misma necesidad la que puede hacerme pisar en falso.

Engullo el pan sin masticar y bebo el agua de un trago, sintiendo cómo el líquido apaga el incendio en mi garganta.

Cuando dejo el vaso, noto el tenedor.

Acerco mi mano y lo tomo con lentitud. Es de metal barato, con una punta ligeramente doblada y manchas de óxido. Mis dedos se cierran sobre él. Me doy la vuelta y con esfuerzo vuelvo al catre, dejo caer mi espalda contra la pared que funciona de respaldo y suspiro con pesadez.

Toso al notar el dolor en mi pecho y mis piernas arden. Cierro los ojos con fuerza, presionando mis párpados como si así pudiera olvidar todo lo que sucedió el día anterior.

Esto es solo el comienzo.

Lo sé. Pero saberlo no es un consuelo, es todo lo opuesto.

La puerta se abre de golpe, inundando la habitación con una luz blanca que me quema las retinas. Me cubro el rostro, pero reconozco la silueta. Es el mismo tipo de ayer.

Arrogante, con esa sonrisa de quien se cree dueño de una propiedad que no puede permitirse. Intento visualizar algún parecido con el tipo de ayer pero nada. No lleva sus mismos ojos pero conozco esa mirada…

«Soy un viejo amigo de tu padre».

Entrecierro los ojos cuando recuerdo las palabras.

¿Quién me secuestró?

—¿Te gustó el banquete, princesa? —Se burla, caminando hacia mí con la confianza de un depredador que cree que su presa está moribunda.

No respondo. Me quedo en el colchón viejo, encogida, ocultando el tenedor bajo mi muslo.

—Esa mirada… —el tipo se inclina, tomándome del cabello con una brusquedad que me obliga a arquear la espalda.

Me tira de la cabeza hacia atrás, exponiendo mi garganta—.

Tienes ese fuego salvaje de los Salvatore.

Me pregunto cuánto tardaré en extinguirlo.

O mejor aún, en usarlo para que me pidas más.

Su aliento huele a tabaco y alcohol barato. Su mano baja desde mi cabello hasta mi cuello, apretando lo justo para recordarme quién tiene el control.

Dejo escapar una risa ronca que lo confunde.

—Eso te gustaría, ¿cierto? —Susurro—. Pero no eres más que un perro faldero siguiendo órdenes.

—Cuidado, princesa…

—No me harás nada —digo entre dientes—. Aunque te mueres de ganas.

Su expresión se vuelve sombría. Siempre fui buena para reconocer puntos débiles, era algo que debía agradecerle a mi padre.

—Cállate.

—Porque así son los tipos como tu —escupo—.

La única forma de tener algo es si lo toman, porque jamás serán dueños de nada —siento su presión en mi cuello y mis latidos salen disparados.

No debería provocarlo. Sé que es una estupidez, Levi diría que soy impulsiva y en una situación así no debería dejar que las emociones me ganen.

Pero mi padre no está aquí, ¿cierto?—. Y solo eres un pobre imbécil que cumple órdenes del jefe, esperando…

¿qué, exactamente? ¿Ser recompensado? —sonrío mientras presiono mis dedos alrededor del tenedor—. Pobrecito…

—Eres una perra —dice mientras me acerca más a él.

—Y tú… tú no eres nada.

Algo brilla en su mirada y sonríe. Nunca tuve tantas ganas de borrarle la sonrisa a alguien como ahora mismo.

—¿Sabes qué les sucede a los perros que muerden, lindura? —Susurra contra mi oído, su mano bajando peligrosamente hacia el escote del vestido sucio. Trago saliva—. Que hay que romperlos hasta que solo sepan lamer la mano que los golpea.

Sonrío. Es una expresión rota y llena de veneno.

—¿Quieres que te cuente un secreto? —Susurro.

Se aleja de mi cuello para verme a los ojos con una ceja alzada.

—Mi padre no cría perros —siseo—. Cría monstruos.

Antes de que pueda reaccionar, clavo el tenedor en la base de su garganta. No hay vacilación. Siento la resistencia de la piel, el crujido del tejido y, finalmente, la explosión cálida de su sangre bañando mi mano.

El tipo suelta un grito ahogado, un gorgoteo inhumano mientras cae hacia atrás, llevándose las manos al cuello. Sus ojos, antes llenos de lascivia, ahora solo muestran un terror puramente animal.

Me abalanzo sobre él, ignorando el dolor de mis rodillas, y hundo el metal una vez más, esta vez cerca de su clavícula.

—¿Duele? —Le pregunto, mi voz extrañamente calmada mientras lo veo patalear—. Deberías haber revisado los cubiertos, idiota.

La puerta vuelve a abrirse. Esta vez no es un hombre, son tres.

Me arrancan de encima de él con una violencia que casi me disloca los hombros.

Me arrastran por el pasillo mientras yo río, una risa histérica y oscura que rebota en las paredes de piedra.

El imbécil se queda atrás, ahogándose en su propia sangre, y yo solo puedo pensar en una cosa: el sabor de su sangre en mis nudillos es lo mejor que he probado en días.

Me lanzan al centro de la oficina del jefe.

El mármol negro me recibe de nuevo. Él está allí, sentado tras su escritorio, observando la escena con una calma exasperante pero alza una ceja al verme llena de sangre.

Uno de los guardias le susurra algo al oído mientras señala mis manos manchadas.

El hombre deja escapar una carcajada seca, carente de humor.

Se levanta y camina hacia mí. Sus zapatos brillantes se detienen a centímetros de mi rostro.

—Maddox, Maddox… —suspira, arrodillándose para tomar mi mentón. Su agarre es de acero—. Has herido a uno de mis hombres. Jack es impulsivo, pero es mío. Y ahora, cuando despierte, su furia será algo que ni siquiera yo podré contener.

—Espero que me lo envíes de nuevo —escupo a sus pies—. Me falta un trofeo de su oreja.

Sus ojos ónix brillan con algo parecido a la admiración, y eso me aterra más que su rabia.

—La corrupción te sienta bien —murmura—. Pero la insolencia tiene un precio.

—Por escuchar los gritos de tu puta lo haría otra vez —lo desafío. Niega, sin poder creer mis palabras.

—¿Cómo es que tu padre te tuvo escondida por tanto tiempo?

—Estaba aguardando encontrarme contigo, quizás —paso mi lengua por mi labio inferior—. Para desinflarte como un maldito pez globo.

Siento su mano tomar mi mentón otra vez y presionar con fuerza. Su mirada se oscurece y me mira un momento en silencio.

—¿Tu padre te habló de mí? —su voz baja un tono.

Me encojo de hombros, como si pudiera restarle importancia.

—No, creo que jamás te consideró importante —igualo su tono—. ¿No estarás un poco obsesionado con mi padre? Si aun no superas algo…

Me suelta con brusquedad y dejo salir una risa.

—Átenla —es lo único que dice.

—¿Qué…? —Mi voz falla cuando me ponen en pie y tiran de mis brazos hacia arriba.

El sonido de las cadenas me obliga a cerrar los ojos y maldecir.

Enganchan mis muñecas a los rieles del techo y tiran.

Siento cómo mis pies abandonan el suelo, cómo mis hombros se tensan hasta el límite del desgarro.

Solo las puntas de mis dedos rozan el mármol, obligándome a sostener todo mi peso con las articulaciones de los brazos.

Es una agonía silenciosa que se expande por cada nervio.

Son ingeniosos, debo reconocerlo.

—¿Qué hizo Levi con Marcus?

Otra vez esa maldita pregunta. Cierro los ojos mientras lo escucho buscar cosas en su escritorio, me da la espalda y trago saliva. No tengo idea de quién demonios habla pero si le hago saber eso solo será para problemas porque sabrá que no le sirvo.

Y si no les sirvo para sacarme información podrán asesinarme. Debo mantenerme con vida. Así que debo aparentar.

—¿Marcus? —Murmuro pensativa y él me mira de soslayo—. No me suena de nada...

—No juegues conmigo, niña.

—Quizás debas ser más específico...

—Sabes muy bien de quién hablo —sentenció.

—¿Es otra de tus putas?

Con un gesto de la mano hace que uno de los hombres ajuste el arnés en mi muñeca provocando un estirón que me incendia de pies a cabeza y me hace gruñir de dolor pero me contengo.

Se acerca con pasos lentos.

Pasa sus dedos por mi costado, recorriendo las costillas que empiezan a marcarse bajo la tela fina.

Se detiene frente a mi rostro, su aliento frío rozando mis labios.

—¿Hablarás ahora? ¿O prefieres descubrir qué pasa cuando cansas a un líder? —Sonríe con diversión y maldad—. Puedo hacer esto todo el día, Maddox.

Miro hacia abajo, a mis pies colgando, y luego a él. La Maddox que entró aquí hace días habría suplicado. La Maddox que soy ahora solo siente un vacío gélido.

—Vete al diablo —susurro con una sonrisa sangrienta.

Él me devuelve la sonrisa, una que promete mil noches de dolor.

—Oh, Maddox. Tú ya estás con él.

Se gira hacia la mesa y toma un látigo de cuero corto.