Traición y Sangre I (Draghi 1) CAPITULO 44
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CAPITULO 44

maddox

No sé cuánto tiempo paso en aquella oficina siendo torturada.

En algún momento perdí el conocimiento y lo recupero ahora, cuando me lanzan de lleno a lo que se supone es mi nueva jaula. El sonido de la cerradura al encajarse es el último clavo en mi ataúd metálico.

Me arrojan al suelo como si fuera una mercancía defectuosa y el impacto me arranca el poco aire que mis pulmones habían logrado retener. Me quedo allí, inmóvil, mientras el eco de sus pasos se aleja por el pasillo.

No trato de levantarme. Me encojo, abrazando mis rodillas contra el pecho en una posición fetal que busca proteger un núcleo que ya ha sido dañado.

El frío del concreto se filtra a través del vestido viejo, pero el verdadero frío es el que nace dentro de mi pecho.

La piel de mis piernas y brazos está en carne viva, la sangre se ha mezclado con la suciedad del suelo, pegándose a la tela en una costra dolorosa.

Intento moverme con esfuerzo, tardo pero logro llegar a la cama improvisada, el roce del colchón mugriento se siente como papel de lija sobre una herida abierta.

Un sollozo me quema la garganta. Es un sonido débil, animal. Me muerdo el labio hasta que el sabor metálico de mi propia sangre ahoga el llanto. No voy a darles el placer de escucharme a través de las paredes.

Alzo la vista hacia una ventana pequeña, un cuadrado perfecto de cuarenta centímetros con barrotes que parecen dedos negros apretando el cielo. A través de ellos, la luna brilla con una indiferencia cruel. Es un fragmento de plata pura en un mundo de carbón.

¿Estará mi padre mirando esa misma luna?

La pregunta me golpea con la fuerza de un puñetazo. Me imagino a Levi Salvatore en su despacho de Chicago, ¿estará buscándome? ¿Habrá librado otro operativo al saber que no regresé?

Él cree que su heredera es una extensión de su fuerza. Piensa que Maddox es su secreto mejor guardado, su arma más letal. No sabe que he sido reducida a esto: una sombra llena de grietas.

La bilis sube por mi garganta cuando el recuerdo de lo que me hicieron un par de horas atrás vuelve a invadirme. El rastro de ese contacto fantasma me quema más que las heridas físicas. Siento la suciedad impregnada en mis poros y sé que es una mancha que ningún jabón podrá borrar.

Me abrazo con más fuerza, clavando las uñas en mis propios brazos para recordarme que sigo aquí. Que sigo siendo Maddox.

Noto que no me han encadenado esta vez. Es su mayor error. Creen que el dolor me ha doblegado, que el miedo ha sustituido a la sangre que corre por mis venas.

Se equivocan.

El miedo está ahí, sí, latiendo como un segundo corazón.

Pero debajo del terror, algo más se está gestando. Es una sensación fría, negra y afilada que empieza a echar raíces en los huecos donde antes solía estar mi compasión.

Si este hombre quería romperme para obtener información, ha cometido un error de cálculo fatal. No me está rompiendo; me está despojando de las capas que me hacían humana.

Que lo intenten.

Que intenten corromper lo que queda de mí. Se van a arrepentir de haberme mostrado cómo se siente la oscuridad, porque ahora sé que en la penumbra no hay reglas.

Y yo estoy aprendiendo a afilar mis sombras.